EL SELLO NEGRO CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

Quince años antes…

Aquel verano parecía eterno.

El instituto cerraba sus puertas al mediodía y el pueblo entero olía a tierra caliente y a bosque.

Las bicicletas recorrían las calles estrechas mientras las madres llamaban a gritos a sus hijos adolescentes desde los balcones.

Ellos siempre acababan en la plaza.

Cuatro Coca-Colas sobre la mesa de la terraza del bar de Julián.

Cuatro amigos que creían que la vida apenas empezaba.

Gabriel era el primero en llegar. Alto, seguro de sí mismo y con esa sonrisa que hacía girarse a todas las chicas del instituto. Decía que estudiaría Derecho como su padre y que algún día defendería causas inocentes y a personas inocentes.

-Seré el mejor abogado de la provincia- repetía entre risas.

Álvaro se burlaba de él.

-Yo me iré a Nueva York. Allí sí que está el dinero. Volveré con un coche americano y os invitaré a todos.

Las carcajadas llenaban la plaza.

Alba los observaba en silencio.

Siempre llevaba un cuaderno bajo el brazo. Mientras los demás hablaban, ella dibujaba.

Casas, árboles, portadas imaginarias de novelas que no existían aún, con cartas negras y sellos negros, y cruces. Y símbolos imaginarios.

-Cuando publique mi primer libro, la portada será mía, y os la leeré- decía sonriendo.

Jesús era el único que nunca hablaba de dinero ni de ciudades lejanas.

Miraba hacía las montañas.

-Yo me quedaré aquí.

Gabriel sonreía.

-¿Aquí? ¿En este pueblo para siempre?

Jesús asentía.

-Quiero cuidar el bosque, igual que mi padre. No necesito más.

Los demás se reían con cariño.

No era ambición.

Era paz.

Lo que ninguno sabía era que Jesús y Alba compartían un secreto.

Cada tarde, cuando el grupo se despedía, ellos marchaban hacía sus cabañas en la misma dirección, ella se quedaba antes y le seguía hacía el bosque. A nadie le sorprendía que se fuesen juntos.

Pero al llegar al camino de la cabaña de Alba, en la que vivía con su padre. Se iban juntos hacía el sendero que llevaba al antiguo cementerio, al más viejo, al del bosque.

Allí no hacía falta hablar. Bastaba con caminar juntos de la mano. Aquél bosque guardaba el primer beso de muchos, las primeras promesas.

Y, una tarde de agosto, bajo la sombra de un viejo alcornoque, se entregaron uno al otro con la inocencia de quienes creen que el primer amor durará toda la vida.

-Cuando seamos mayores, construiremos una casa cerca de aquí- susurró Jesús.

Alba apoyó la cabeza en su pecho.

-Y nadie nos separará nunca.

Él besó su frente.

-Nunca.

Muy cerca de ellos, oculto entre los árboles, alguien los observaba en silencio descubriendo su secreto.

Era Gabriel.

Había seguido a Alba por pura curiosidad.

Y desde aquél instante comprendió dos cosas.

Que estaba enamorado de ella, que quería ser Jesús.

Y que había llegado demasiado tarde.

Sin saberlo, aquél verano acaba de cambiar el destino de los cuatro amigos.

…

Desde aquella noche, en el cementerio del bosque, algo cambió dentro de Gabriel, cada vez que los veía amarse, besarse, abrazarse y susurrar en silencio como las hojas d ellos árboles.

Al principio trató de convencerse de que no le importaba. Él era Gabriel, el chico al que todas las chicas del instituto buscaban, el que recibía sonrisas en los pasillos, el que siempre parecía estar seguro de sí mismo, el guapito de la clase.

Pero había algo que no podía soportar.

Jesús tenía algo que él no tenía.

Alba.

Y lo peor es que no era que Alba no lo mirara como las demás chicas, sino como a un amigo más. Sino que estuviese enamorada de Jesús. El hijo de un guardabosques. Un ser inferior, serio, introvertido y normal.

Jesús era callado, no buscaba destacar, no tenía la facilidad de Gabriel para caer bien a todo el mundo y gustar a todas las chicas.

A sus ojos, Jesús era alguien que había estado un paso detrás siempre, desde que vino al pueblo.

-“¿Qué le ve?” -pensaba.

Pero cada vez que veía a Alba mirar a Jesús, cada vez que veía cómo ella sonreía cuando él hablaba, una rabia silenciosa crecía por dentro.

Una tarde, a la salida del colegio, Gabriel decidió intentarlo.

-Alba, ¿quieres venir conmigo el sábado a pasear por el pueblo?- le preguntó con esa seguridad que tantas veces le había funcionado.

Ella lo miró sorprendida.

-¿Tú y yo solos?

Gabriel sonrió.

-Sí. Podemos ir a tomar algo, dar una vuelta…

Durante unos segundos pensó que aceptaría. Estaba acostumbrado a eso.

Pero Alba negó suavemente con la cabeza.

-Lo siento, Gabriel.

La sonrisa de él desapareció.

-¿Por qué?

Alba bajó la mirada.

-Porque tú eres mi amigo.

Esa frase le dolió más que un no.

Amigo.

Eso era todo lo que era para ella.

-¿Es por Jesús?- preguntó aunque ya sabía la respuesta y Alba se sorprendió de que lo supiera.

Alba no contestó. Y su silencio fue suficiente.

Gabriel se fue con una mezcla de orgullo herido y enfado.

Esa misma tarde buscó a Álvaro.

Lo encontró sentado detrás del gimnasio, con una mochila a su lado.

Álvaro levantó la mirada.

Durante unos segundos no dijo nada.

-¿Los viste?

Gabriel asintió.

-En el cementerio del bosque, entre sus cabañas.

Álvaro suspiró.

-Entonces, ya lo sabes.

Gabriel esperaba sorpresa, preocupación, cualquier cosa.

Pero Álvaro simplemente se encogió de hombros.

-¿Y qué?

Aquella respuesta lo desconcertó.

-¿Cómo y qué?

-Que son nuestros amigos, que es su vida Gabriel. A mi también me gusta. Pero si ellos se quieren, nada podemos hacer.

Gabriel apretó la mandíbula. A Álvaro también le gustaba.

-¿No te parece raro? Jesús… y Alba.

Álvaro lo miró serio.

-No, lo raro es que te lo tomes a pecho y que te moleste tanto. Al fin y al cabo no creo que sea porque te guste, sino porque es la única a la que no le gustas en ese plan.

La frase se quedó flotando entre los dos.

Gabriel apartó al mirada.

-No me molesta.

Pero Álvaro lo conocía demasiado bien.

-Sí te molesta.

Gabriel no respondió.

Esa noche, mientras el pueblo dormía, él no podía dejar de pensar en aquella escena del cementerio.

En cómo se amaban y se miraban. Se tocaban, hacían el amor.

Gemían como adolescentes en el silencio del bosque.

En los pechos de ella y su pezones con la claridad de la luna. En cómo entraba Jesús en su cuerpo.

No era solo celos.

Era la sensación de haber perdido algo que nunca había tenido. Alba no era como las demás.

Y esa escena la había visto repetirse día tras día al anochecer. Luego Jesús la acompañaba al camino de su cabaña y él volvía por el bosque a la suya.

Y en su habitación con la luz apagada, Gabriel se tocaba imaginando que era Jesús. Pero acababa y le salía la rabia por los ojos.

Gabriel empezó a imaginar una forma de cambiar las cosas.

No quería hacer daño.

Eso se decía así mismo.

Solo quería demostrar que Jesús no era tan perfecto como Alba creía.

Solo quería que ella lo mirara a él.

Pero los secretos cuando nacen de la envidia, pocas veces se quedan pequeños.

Y aquella noche, quince años atrás, fue cuando empezó algo que terminaría marcado por el sello negro.

Aquellos días previos a la tragedia transcurrieron con una calma engañosa.

Los cuatro seguían siendo inseparables. En vacaciones, reían juntos, salían, hacían bromas, corrían con las bicicletas, por el bosque, como si nada hubiese cambiado.

Solo Gabriel y por supuesto Álvaro sabían que, detrás de aquellas risas, existía un secreto.

Y ese secreto empezaba a consumirlo cuando iba algún anochecer a verlos.

Cada vez que Jesús y Alba cruzaban una mirada, él lo notaba. Un gesto, una sonrisa apenas disimulada, una excusa para quedarse unos minutos más… sin saber que sus amigos conocían su secreto.

Nadie parecía darse cuenta.

Nadie, salvó él.

Una tarde, mientras los cuatro caminaban por el sendero que llevaba al puente viejo de piedra, Gabriel decidió lanzar un comentario.

-¿No os parece raro que Jasús desaparezca tantas veces?

Jesús sonrió con naturalidad.

Voy a ayudar a mi padre. Ya lo sabes.

-Claro…- respondió Gabriel sin apartar la vista de Alba.

Ella bajó la vista. Había entendido perfectamente la indirecta.

Álvaro observó la escena en silencio.

Cuando Jesús y Alba se adelantaron unos metros, Álvaro sujetó a Gabriel del brazo.

-¿Qué haces?

-Nada.

-Sí. Estás intentando ponerla nerviosa, que desconfíe de él.

Gabriel soltó un gesto brusco.

-Solo digo la verdad.

-No. Estás enfadado porque ella no nos eligió a nosotros, ni a mi, ni a ti, lo eligió a él. Pasa página.

Aquellas palabras fueron como una bofetada.

Gabriel dio un paso hacía él.

-¿Y si fuera así?

Álvaro no retrocedió.

-Entonces, deja de comportarte como un niño mimado que consigue todo lo que quiere.

Hubo un silencio incómodo.

Después, Álvaro añadió en voz más baja:

-Jesús es nuestro amigo.

Gabriel respondió casi sin pensar.

-A veces me pregunto si lo conocéis de verdad.

Aquella frase hizo que Álvaro frunciera el ceño.

-¿Qué quieres decir?

Gabriel dudó unos segundos.

No tenía una prueba contra Jesús. Solo la envidia que le nacía de dentro.

Y su orgullo.

Pero en ese instante, descubrió algo peligroso: bastaba con sembrar una duda para que esta empezara a crecer.

-Nada…olvídalo.

Siguieron caminando, pero Álvaro ya no dejó de observar a Gabriel.

Era la primera vez que veía en él una expresión que no conocía.

No era tristeza.

No era decepción.

Era rencor.

Y esa misma noche, mientras una tormenta de verano comenzaba a cubrir el bosque, Gabriel tomó una decisión que cambiaría el rumbo de sus vidas.

Era una decisión negra como el cielo, y perversa como su mente.

Como decía el dicho:

Muerto el perro se acabó al rabia.

Solo había que esperar el momento, el momento perfecto y actuar.

Y en su mente retorcida, fue tramando la noche oscura de las muertes.

Porque aunque él solo pensó en una, no sería al única en el fuego cruzado del cementerio del bosque.

…

La noche había caído sobre el bosque como un manto espeso que espera algo. Apenas la luna conseguía abrirse paso entre las copas de los pinos.

Gabriel esperó a que su padre se encerrara en casa. Con el corazón acelerado, tomó la vieja escopeta de caza y varios cartuchos que metió en el bolsillo.

Mientras cerraba el armero, la única idea que daba vueltas a su cabeza: hablar con Jesús. Hacer que desapareciera de la vida de Alba para siempre.

No sabía exactamente qué iba a ocurrir cuando lo encontrara.

Vio a Alba salir de su casa y la siguió de lejos. Ella camino hasta la cabaña, habló un instante con su padre y un señor que él no conocía y el padre le habló con naturalidad.

-Alba hija, ha venido mi amigo Pedro de Sevilla, cazador. Vamos a dar una vuelta. No tardaré más de media hora.

Su padre sonrió sin sospechar nada.

Alba salió de nuevo. Jesús la esperaba unos metros más adelante. Se tomaron de la mano y desaparecieron entre árboles, rumbo al viejo cementerio del bosque. Su lugar del amor favorito.

Sin que Gabriel lo supiera, otra persona lo vio caminar con paso firme y la escopeta a un lado, como escondiéndola y tuvo miedo.

Era Álvaro.

Había reconocido la expresión de su amigo.

Aquella mezcla de rabia y desesperación le heló la sangre.

-No puede ir solo…- murmuró.

Y salió tras él.

Sabía dónde iba y que intentaba hacer.

En el viejo cementerio del bosque, el mundo parecía detenido.

Jesús y Alba se abrazaban junto a la vieja capilla derruida.

Hablaban de futuro, de marcharse algún día del pueblo, de estudiar. Había convencido a Jesús de que se fuera con ella, de estudiar juntos, de todo aquello que solo dos adolescentes creen eterno.

Y los besos llegaron, llegó amarse en el silencio de la noche, llegaron los gemidos ahogados y el clímax final. Que era de ellos y conocían.

Y así se quedaron, medio tumbados y abrazados, respirando el último deseo, esperando que sus corazones dejaran de galopar, besándose entre la oscuridad y la luna llena.

Un crujido rompió el silencio. Los dos se levantaron recomponiéndose las ropas.

Los dos se giraron.

Gabriel estaba allí.

Nadie habló durante segundos.

-Vamos Alba retírate de él.

-Pero Gabriel ¿qué haces con esa escopeta? ¿Estás loco? Deja de apuntarnos, me da miedo.

Jesús no lo vio como una broma. La cara de Gabriel la conocía bien.

Dio un paso delante de Alba.

-Gabriel baja eso.

-¡Que te separes de ella te digo!

Alba comprendió al instante lo que iba a ocurrir.

-Gabriel… por favor…

Jesús avanzó un paso.

-No merece la pena.

Entonces Alba echó a correr hacía Gabriel.

-¡No!

Un estruendo rasgó al noche.

El eco rebotó entre las montañas.

Alba cayó la primera antes de llegar a él.

El silencio que siguió fue aun mas aterrador

Gabriel dejó de respirar.

Miraba a Alba sin comprender. Álvaro apareció corriendo entre los árboles.

-¡Gabriel!...

Se arrodilló junto a ella y levanto al vista con lágrimas en los ojos.

-¿Qué has hecho?... La has matado…

Jesús cayó de rodillas junto a Alba, abrazándola con desesperación.

Su grito atravesó el bosque.

El disparo había alertado a quienes estaban cerca.

Entre los árboles empezaron a aparecer luces y voces.

El padre de Alba.

El padre de Jesús.

El tío de Gabriel.

Y el amigo cazador de Sevilla del padre de Alba que había llegado aquella misma tarde.

Todo ocurrió en apenas unos instantes.

El miedo, la confusión y el pánico de adueñaron del cementerio.

Cuando el silencio regresó, el bosque parecía irreconocible.

Gabriel, disparó a Jesús, que cayó sobre Alba, cargó al escopeta y disparó conforme fueron apareciendo, el padre de Alba, el amigo sevillano.

Su tío le gritó al reconocerlo, pero trastabillo y cayó por el barrando detrás de la ermita, muriendo de un golpe en la cabeza y por último el guardabosques que pareció con el corazón galopando.

Había cargado de nuevo la escopeta. Y le quedaba un cartucho.

Miró a Álvaro. Este enmudeció.

-No por dios Gabriel…

-No puedo dejarte vivo. Eres el que todo lo ha visto. Y disparó a la cabeza.

Miró alrededor como si no fuese él, como si fuese otra persona, sin culpa, sin miedo.

Se iría a casa, se ducharía, guardaría la ropa para quemarla, y la escopeta en al armería tal como estaba.

Pero no fue lo que pasó. el guardabosques se levantó en su último suspiro y le atravesó la espalda conforme se iba y cayó de boca.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Solo el viento movía las ramas de los pinos.

Y el viejo cementerio guardó siempre el secreto de aquella noche.

Solo uno sobrevivió. Solo dos meses.

Dos meses que fueron suficientes para enterrar a su padre.

Tan solo no encontraron nunca el cuerpo del guardabosques, peor sí su ropa, Jesús, se dio por desaparecido.

Quince años después, nadie conocía toda la verdad.

Solo las cartas con el sello negro parecían empeñadas en desenterrarla.