EL SELLO NEGRO CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

De momento ya sabían quienes eran los cuatro jóvenes, ellos tres y Jesús, hijo del guarda forestal. Y desaparecido cuando ocurrieron los hechos.

De los mayores, el tío de Gabriel, muerto. El guarda forestal asesinado, pero no enterrado en el cementerio viejo, su cuerpo no estaba. Un desconocido que apareció en la foto y un desconocido que no salía en la foto.

Tampoco aquella noche de los sucesos que lo vieron los tres chicos, supieron por qué el motivo de matar a los dos, y por qué no enterraron al guarda forestal Valdivia y dónde estaba su hijo.

Decidieron buscar juntos, así que invitó ese sábado a cenar a Alvaro y a Gabriel en la cabaña y enseñarle cuanto habían encontraron, las cartas y las cajas.

Gabriel dejó la última fotografía sobre la mesa.

El silencio volvió a llenar la cabaña. Los tres pensaban.

-Entonces…-susurró Alba- Sabemos lo que pasó aquella noche al menos, pero seguimos

sin saber por qué, qué motivo tenían esos dos hombre para matar a tu tío y a Valdivia.

Álvaro asintió lentamente.

-Y falta alguien. Jesús. Y quién envía las cartas.

Los tres pronunciaron su nombre casi al mismo tiempo.

Jesús.

El hijo del guardabosques había desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra. En un momento estaba allí con ellos y al momento ya no estaba. No hubo entierro, ni búsqueda oficial. Nadie volvió a verlo.

-Siempre pensé que había muerto. Quizá ha vuelto a ver qué le sucedió a su padre.-dijo Álvaro- pero ahora ya no estoy tan seguro. Puede que sea él, el que esté detrás las cartas. Ahora que sabe que hemos vuelto. Sólo él sabía quiénes éramos. Y hemos vuelto todos, ¿No es extraño?

Gabriel apoyó los codos sobre la mesa.

-Si aquellos hombres mataron a Valdivia y dispararon a mi tío, puede que no dejaran vivo a Jesús por casualidad. Sabían que era su hijo.

Alba levantó la mirada.

-¿Crees que se lo llevaron esos dos hombres?

-Es una posibilidad.

De pronto recordó una frase escrita en una de las cartas.

“El único que conoce la verdad nunca abandonó el bosque”

Hasta ese instante habían pensado que era el guardabosques.

Ahora aquella frase tenía otro significado.

Jesús.

Los tres se miraron sin decir una palabra.

Si Jesús seguía vivo, llevaba quince años escondido. Y si alguien seguía enviando cartas, era porque quería conducirlos hasta él.

En ese momento llamaron a la puerta de la cabaña.

Los tres se sobresaltaron.

Gabriel abrió despacio.

No había nadie. Solo un sobre negro apoyado en el suelo. Todavía estaba caliente como si acabaran de dejarlo allí.

En el reverso, cómo no, un sello de cera negra.

Alba rompió el lacre con manos temblorosas. Dentro había solo una hoja.

Una única frase.

“Buscad donde descansan los muertos sin nombre. Allí empezó todo… y allí os espera Jesús”

Gabriel respiró hondo, algo le decía que quien escribía aquellas cartas conocía cada uno de sus movimientos. Y sobre todo, que sabía qué ocurrió esa noche.

La lluvia comenzó esa noche de nuevo, como la anterior y empezó a golpear el tejado de la cabaña.

Alba volvió a leer la frase en voz alta.

Buscar dónde…

Gabriel fue el primero en hablar.

-Valdivia nunca apareció. En el cementerio solo hay una lápida con su nombre, pero no su cuerpo. Es una lápida vacía.

Álvaro negó con la cabeza.

-Entonces no puede referirse a él. Una lápida no es un muerto.

-No…- respondió Alba pensativa- hablaba de los muertos, en plural.

Los tres guardaron silencio.

De repente Gabriel recordó algo que le había contado su tío cuando apenas tenía diez años.

En el bosque había un pequeño cementerio.

Álvaro levantó la cabeza.

-¿Un cementerio? ¿Otro?

-Sí muchísimo antes de construirse el pueblo nuevo. Enterraban allí a los caminantes, a la gente sin familia y a quienes nadie reclamaba. Mi tío decía que solo quedaban unas cruces de piedra escondidas entre la maleza. Y al lado una antigua capilla. Todo está derruido, escondido entre la maleza.

Alba sintió un escalofrío. Como si le fuese conocido. Como si hubiese pasado tiempo allí.

-Ese es el cementerio viejo, más viejo que el que fuimos esta mañana. El primero…

-Nadie va allí desde hace décadas- continuó Gabriel- está totalmente olvidado.

Álvaro se levantó de golpe.

-Entonces ya sabemos a dónde quiere llevarnos quien escribe las cartas.

Gabriel miró el reloj.

Eran casi las nueve de la noche.

La lluvia caía con fuerza y el viento hacía crujir los pinos.

-No iremos ahora- dijo con firmeza- es una locura entrar de noche con esta lluvia al bosque, no encontraremos nada.

Alba asintió.

-Mañana al amanecer.

Los tres estuvieron de acuerdo.

Cenaron en la cabaña, tomaron café, repasaron y lo dejaron estar.

Sin embargo, ninguno logró dormir esa noche. Alba no pudo irse al dormitorio de Gabriel porque estaba Álvaro en el otro. Los tres que tenía la cabaña, estaban ocupados.

Pasada media noche, un ruido metálico rompió el silencio.

¡Clonc!

Como si algo hubiera golpeado la puerta.

Gabriel bajó los escalones, cogió una linterna y salió al porche.

No había nadie.

Solo una pequeña pala de jardinero completamente oxidada, apoyada contra la puerta de madera.

Del mango colgaba un trozo de cuerda con otra nota que .

Gabriel la desató.

Solo decía cuatro palabras.

“No olvidéis cavar profundo”

Los tres se quedaron inmóviles.

Aquello ya no era una amenaza. Alguien sabía exactamente lo que iban a encontrar en el cementerio del bosque y querían asegurarse de que no dejaran nada enterrado.

…

El amanecer cubría el bosque con una niebla espesa cuando los tres cruzaron el viejo muro de piedra.

El cementerio apenas era reconocible. Las zarzas abrazaban las cruces caídas y los nombres habían desparecido bajo el musgo.

Gabriel camino despacio.

-Era mucho más grande cuando era niño…

Se detuvo de repente.

-Aquí.

Frente a ellos había una tumba diferente.

No tenía cruz.

Solo una losa de granito lisa.

Sin nombre.

Sin fechas.

Sin inscripción alguna

Alba pasó la mano por la piedra.

-¿Quién está enterrado aquí?

-Nadie lo sabe.- respondió Gabriel- Ya estaba así hace quince años.

Álvaro dio un paso alrededor de la losa.

Entonces frunció el ceño.

-Esperad…

En la parte trasera había algo grabado.

Los tres apuntaron el musgo con cuidado.

Aparecieron cuatro líneas marcadas con un punzón.

No eran palabras.

Eran cuatro nombres.

Gabriel.

Álvaro.

Alba.

Jesús.

Debajo, una fecha.

La del día en que todo ocurrió.

Los tres retrocedieron al mismo tiempo.

-Eso es imposible…- murmuro Alba.

Aquellos nombres no podían llevar allí quince años.

Alguien los había grabado hacia muy poco.

Gabriel apoyó la mano sobre la piedra.

Todavía quedaba polvo de granito en una de las letras.

La inscripción era reciente.

Muy reciente.

De pronto un crujido sonó entre los árboles.

No era un animal.

Era una pisada.

Luego otra.

Los tres giraron la cabeza.

Entre la niebla, a unos cincuenta metros, una figura inmóvil los observaba.

Vestía una chaqueta verde de monte y llevaba un sombrero que ocultaba su rostro.

No hizo ningún movimiento.

Solo levantó lentamente una mano y señaló hacía el interior del bosque.

Un segundo después desapareció entre la niebla.

Gabriel echó a correr.

Álvaro fue detrás.

Alba los siguió.

Pero cuando llegaron al lugar, la figura aún estaba allí.

-¡Espere!

No obtuvo respuesta.

La niebla se cerraba entre los pinos dificultando cada paso. Álvaro y Gabriel apenas podían seguirlo.

De pronto un silbido corto rompió el silencio.

No era el canto de un pájaro.

Era una señal.

Gabriel se detuvo.

-¿Lo habéis oído?

El mismo silbido volvió a sonar, esta vez más cerca.

Álvaro señaló hacía un enorme alcornoque.

-Allí.

Detrás del tronco apareció lentamente un hombre.

Delgado.

De su edad.

Con una barba algo canosa y el cabello largo hasta los hombros. La ropa gastada por los años, hecha trizas. Las botas remendadas una y otra vez.

No llevaba ningún arma.

Solo un bastón de madera de esos de senderismo, hecha de los árboles del bosque.

Los ojos claros, cansados, se clavaron primero en Gabriel… después en Alba.

Cuando la vio, le temblaron los labios.

-Has vuelto…- susurró.

Alba sintió un nudo en la garganta.

Aquella voz…

Aunque más grave y rota por los años, lo reconoció.

-¿Jesús?

El hombre cerró los ojos durante un instante.

Una lágrima resbaló por su mejilla.

-Pensé que nunca volvería a escucharte llamarme por mi nombre.

Álvaro dio un paso incapaz de creer lo que veía.

-Todos pensamos que habías muerto.

-Todos estamos un poco muertos- dijo Jesús.

Gabriel sintió un escalofrío.

-¿Quiénes fueron?

-Jesús, miró con melancolía y pena el bosque antes de responder.

-Los mismos que mataron a mi padre… al tío de Gabriel. A todos.

Se hizo un silencio absoluto.

Alba dio otro paso.

-¿Por qué has estado escondido quince años?

-Jesús bajó la cabeza.

-Porque durante quince años no podía irme de aquí. Si salía del bosque… me iba para siempre.

-¿Por qué te buscaban?

-Porque yo vi sus caras, pero ya no pueden hacerme nada. El bosque está solo…