EL SELLO NEGRO CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

Gabriel retiró la mano sobresaltado.

-¡No he podido tocarte!

Jesús negó con la cabeza.

-Eso no significa nada. Tampoco podéis tocaron vosotros como antes. Los cuatro estamos atados al mismo lugar, pero no abemos por qué.

Alba respiró hondo.

-Entonces… ¿estamos muertos de verdad?, ¿no existió mi divorcio ni mi trabajo ni he reformado la cabaña de mi padre?

Jesús asintió con tristeza.

-Sí. Vosotros ya lo habéis visto. Vuestras tumbas están aquí. Eso ya no admite dudas. Álvaro miro al suelo.

-Pero tú, no tienes tumba.

-No.

- Entonces, solo quedan dos preguntas.

Jesús levantó al cabeza.

-Las únicas que importan.

Gabriel las dijo en voz alta, como si necesitara escucharlas.

-La primera: ¿qué pasó contigo?¿dónde está tu cuerpo si de verdad estás muerto ¿Moriste aquella noche después de enterrar a tu padre o sigues vivo, aquí o en algún lugar?

Jesús cerró los ojos.

-Y la segunda…

Alba terminó la frase.

-¿Qué tenemos que hacer para descansar en paz? Estoy agotada.

El silencio volvió a apoderarse del cementerio. Jesús miró hacía el bosque que se veía a lo lejos al otro lado del muro.

-Creo que las dos respuestas están en el mismo sitio.

-¿En el bosque?

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque allí empezó todo… y allí terminó todo. Si mi cuerpo sigue allí, debemos encontrarlo. Si no está, descubriremos qué ocurrió realmente conmigo. Y solo cuando conozcamos la verdad. De aquella noche, sabremos por qué ninguno de nosotros ha podido marcharse.

Los tres siguieron la dirección de su mirada.

El bosque permanecía inmóvil, como si hubiera esperado quince años ese instante.

Jesús dio el primer paso a la salida del cementerio.

-Ha llegado la hora de volver.

…

El silencio volvió a envolver al viejo cementerio.

Ninguno habló durante varios minutos.

Jesús permanecía inmóvil, mirando la tumba abierta donde habían encontrado la última pista. Su rostro no mostraba miedo, sino una tristeza infinita.

-¿Entonces no sabemos si estoy vivo o muerto?- preguntó con voz baja.

Gabriel negó con la cabeza.

-No, solo sabemos que nosotros estamos muertos. Tú… eres diferente, no apareces como nosotros ni estás unido a este lugar de la misma manera.

Alba dio un paso hacía él.

Jesús bajo la mirada hacía la ropa que llevaba.

La misma sudadera, los mismos vaqueros y las mismas zapatillas de cuando tenía catorce años.

-Si sigo vistiendo así… quizá nunca llegue a salir del bosque y quizá nunca lo hice y el cabrero ni existió, igual que vuestra vida.

El pensamiento heló a los tres.

Después de un largo silencio, Jesús levantó la cabeza con decisión.

-Hay una sola forma de averiguarlo.

-¿Cuál?- preguntó Álvaro.

-Volver al lugar donde desaparecí. Si estoy muerto, mi cuerpo, bueno, los restos deben seguir allí y entonces sabremos la verdad.

Nadie discutió.

Era duro pero tenía sentido.

Gabriel respiró hondo.

-Y cuando sepamos al verdad…

Jesús terminó la frase.

-Entonces buscaremos la manera de que todos podamos descansar en paz. Sin secretos. Sin miedo, odios o envidias. Sin volver a este mundo una y otra vez.

Los cuatro se miraron.

Por primera vez desde que todo había comenzado, tenían un objetivo claro.

No descubrir quién era el culpable. Ya lo sabían.

No escapar.

Sino encontrar le cuerpo que faltaba. El de Jesús.

Porque solo entonces sabrían si seguía vivo… o si llevaba quince años esperando, sin saberlo, a que alguien fuera a buscarlo.

….

Los cuatro caminaron por el bosque tras Jesús. Iba el primero. Delante de todos.

No hablaba.

Cada paso parecía devolverle un recuerdo.- Fue por aquí…- susurró- después de enterrar a mi padre intenté seguir corriendo y arrastrarme, pero no pude. Sabía que nadie ya podía perseguirme, que están herido y el resto muertos.

Luego todo se volvió oscuro.

Llegaron a un viejo olivo.

Jesús se detuvo.

-Aquí.

Gabriel y Alba comenzaron a apartar la tierra con las manos.

Los primeros centímetros no revelaron nada.

Después apareció un trozo de tela.

La misma sudadera que llevaba Jesús.

Mas abajo unos huesos.

Un brazo.

Las zapatillas casi deshechas por el paso de quince años.

No había duda.

Jesús contempló sus propios restos, solo huesos, algunos separados del tronco sin decir una palabra.

Entonces comprendió la verdad.

Nunca había salido del bosque. Ni con el pensamiento, porque él quería vivir en sueños en el monte. El resto tenía otros sueños y cada uno buscó los suyos.

Pero él había muerto esa noche como todos los demás.

Álvaro cayó de rodillas llorando.

-Nos hemos estado buscando quince años. Y hace unos meses apenas nos encontramos.

El viento comenzó a soplar entre los árboles.

Algo sobresalía entre los huesos de la mano derecha.

Gabriel lo sacó con el mayor cuidado posible.

Era una carta protegida por una funda de cuero ennegrecida por la humedad.

Un sobre negro.

El sello negro lacrado seguía intacto.

Alba rompió el lacre.

Dentro solo había unas líneas, escritas con una letra temblorosa.

“Si alguien encuentra esta carta, ya es demasiado tarde para mí”

“No lloréis por vuestra muerte, la muerte no nos encadena. Nos ata los secretos, la culpa, las promesas incumplidas”

“Enterrad nuestros restos juntos, decid en voz alta toda la verdad de aquella noche y perdonaos unos a otros. Solo entonces, el bosque dejará de llamarnos y podremos descansar en paz”.

Los cuatro permanecieron inmóviles.

Por fin sabían qué debían hacer.

No era luchar contra ninguna maldición.

Era descubrir toda la verdad, reunir restos de quienes habían muerto y romper, de una vez para siempre, el silencio que llevaba quince años sepultado bajo el olor del bosque.

…

El sol comenzaba a esconderse tras los olivos cuando regresaron del bosque.

La cabaña estaba llena de risas.

Sobre la mesa descansaban los folios que Alba había leído durante el picnic en el bosque, cerca del cementerio del bosque y la capilla. La portada era maravillosa. En la primera página podía leerse un título sencillo.

EL SELLO NEGRO

Durante dos horas habían reído, se habían sorprendido, y en algunos momentos hasta habían guardado silencio.

-No puedo creer que me mataras de esa manera- bromeó Jesús.

-Ni yo que fuese el villano de la historia y me hicieras llorar y sufrir por ti, tanto- respondió Gabriel entre risas.

Alba los contempló a todos.

Entonces recordó aquella tarde de primavera, quince años atrás, sentados en la plaza del pueblo. Eran solo unos niños, hablando de sus sueños, lo que querían ser de mayores.

Uno soñaba con cuidar el bosque.

Otro con defender a la gente como abogado.

Otro con marcharse a Nueva York y hacerse rico.

Y cuando llegó el turno de Alba, sonrió y dijo:

-Cuando dibuje portadas para cuentos y novelas y mi primera novela, os la leeré a todos.

Ninguno lo había olvidado.

Y aquella promesa con catorce años, acababa de cumplirse.

Jesús se acercó a ella. Y la besó delante de todos.

Durante meses la había visto escribir en silencio.

Mientras ella trabajaba y, por las tardes, llenaba páginas en la cabaña, él salía a recorrer el bosque, cuidaba el huerto y volvía a casa sin hacer una sola pregunta.

Vivían juntos desde que supo que había vuelto. Era su único amor. El amor de su vida.

Nunca quiso leer una línea.

Quería descubrir la historia del día que ella decidiera compartirla.

La abrazó con fuerza.

-Ha sido la espera mas bonita de mi vida.

Alba apoyó la cabeza sobre su pecho.

-Gracias por dejarme soñar.

No gracias por cumplir aquel sueño.

Fuera, el viento movía lentamente las ramas de los pinos.

En ese momento la puerta sonó.

Los cuatros se miraron. Era ya noche cerrada.

Gabriel fue a abrir y en el suelo una carta negra con un sello negro.

Abrió mucho la boca.

Todos se quedaron inmóviles. Paralizados

Alba le quitó la carta y la abrió.

Sacó una hoja y la leyó.

Todos esperaban.

Abierta se las enseñó.

FIN

-Pero ¡qué bandida!- decía Gabriel, menudo susto- y ella se reía a carcajadas.

-¡Joder Alba!¡, qué tía, decía Alvaro!

-No se puede con ella. Tendré cuidado con sus novelas…- reía Jesús.

-Pase suegro que vamos a cenar. Tenemos invitados.- gracias suegro por el favorcito.

Y el padre de Jesús entro con Ana que traía la comida y venían riéndose.

La cena fue maravillosa, entre risas.

Ya no había sobres negros.

Ni cartas.

Ni sellos.

Ni secretos.

Solo el bosque que los había visto crecer.

Solo una vieja cabaña convertida en un hogar precioso, moderno con ese toque vintage.

Y una joven escritora que acaba de terminar la primera novela que había prometido escribir cuando era una adolescente.

Cuando todos se despidieron esa noche…

Alba cerró el manuscrito. Sonrió.

Sabía que aquella historia ya no le pertenecía solo a ella.

Unos días después…

También pertenecía a todos los lectores que se atrevieran a abrir la primera página de

El sello negro.

Y, mientras apagaba la luz de la cabaña, y caminaba de la mano de Jesús por las escaleras, hasta el dormitorio, mirándose con ese deseo que anticipaba una noche de sexo, comprendió, que los finales más felices no son los que ponen fin a una historia.

Son los que anuncian que una nueva acaba de empezar.

Ahora sí.

FIN