CAPÍTULO IV #2
Se la puso debajo y la penetró así de una vez y a ella le encantó y lo recibió mojada y él desatado la penetró una y otra vez, paraba y se hundía en ella hasta el fondo y luego otra vez rápido.
Le subía las manos arriba y las sujetaba.
Alba pronunciaba su nombre y su deseo y acabaron rendidos en un clímax brutal.
-¡Ah dios loco!. Eso ha sido genial.
-Me gusta contigo- Decía Gabriel- buff. Eres un vicio.
Cuando acabaron eran las tres de la mañana. Se quedaron dormidos y abrazados.
Al despertar a las nueve de la mañana, se abrazaron, volvieron a hacer el amor.
-Voy a cambiarme a casa- le dijo a ella, nos vemos en el bar de Felipe y desayunamos en media hora antes de ir al cementerio. No te lleves la carpeta, ya sabes. La abrazó, la besó.
Hablaremos de lo nuestro.
-¡Esta bien! Me ducho y bajo, allí nos vemos.
-Ten cuidado Alba.
-Lo tendré, además es de día.
…
A las diez y media desayunaron en el bar de Felipe.
El bar de Felipe estaba lleno de agricultores que comentaban la cosecha cuando ella llegó. Al ver entrar a Alba, el dueño levantó la mano.
-¡Buenos días! Gabriel acaba de llegar. Está al fondo.
Gabriel vestía unos vaqueros limpios y una sudadera azul oscura. Sobre la mesa había dos tostadas con aceite y tomate.
-He pedido por los dos.
Mientras desayunaban ninguno habló del sobre negro. Había demasiados oídos alrededor.
Cuando acabaron, Felipe se acercó con la cafetera.
-¿Vais hacia la sierra?
Gabriel improvisó.
A dar un paseo, hace años que no la veo. Alba me quiere enseñar unas rutas para la cabaña.
Felipe los observó un instante.
-Tened cuidado. Esta mañana he visto un coche gris parado junto al camino del molino. No era de nadie del pueblo.
Alba y Gabriel cruzaron una mirada.
No dijeron nada.
Pagaron y salieron.
…
El viejo cementerio aparecía entre cipreses centenarios. El muro de piedra estaba medio derrumbado y la puerta de hierro colgaba torcida, moviéndose con un chirrido cada vez que el viento soplaba.
Antes de entrar, Gabriel detuvo a Alba.
-No entres todavía.
Miró el barro del camino de la lluvia de la noche anterior.
Había huellas recientes.
No eran las suyas.
Al menos dos personas habían pasado aquella misma mañana.
-Nos han tomado la delantera…o nos están esperando.
Rodearon el muro por el lateral cubierto de zarzas.
Desde allí podían ver la entrada.
Cinco minutos después apareció un todoterreno oscuro.
Se detuvo unos segundos frente a la verja.
Nadie bajó.
El motor permaneció encendido.
Luego dio marcha atrás lentamente y desapareció entre los árboles.
-Sí nos siguen- susurró Alba.
-Y no quieren que los sepamos.
Esperaron unos minutos más antes de entrar.
El cementerio estaba abandonado. Las lápidas parecían inclinadas, cubiertas de musgo y raíces. Algunos nichos se habían abierto con el paso de los años.
Gabriel sacó la fotografía que había encontrado en el expediente.
-Según el plano antiguo… la lápida de Valdivia está en la parte norte.
Caminaron hasta un rincón donde un enorme ciprés ocultaba varias tumbas.
Allí estaba.
MATEO VALDIVIA
1938-1987
Debajo una frase casi borrada:
“Que la tierra guarde lo que los hombres jamás debieron encontrar”
Alba sintió un escalofrío.
-Ábrela.
Gabriel retiró con esfuerzo la pesada losa de piedra. Un olor húmedo salió del interior.
Iluminó el hueco con la linterna que ella le dio de su bolso. La misma de la noche anterior recargada con pilas nuevas.
Se quedaron inmóviles.
No había restos humanos, pero eso ya lo sabían. Nunca encontraron su cuerpo. Solo había un pequeño ataúd de madera… completamente vacío.
Y en el fondo de la sepultura, alguien había dejado un sobre negro sellado con cera negra fresca.
Como si lo hubiera sido colocado allí, apenas unas horas antes.
Gabriel no tocó el sobre, ni dejó que ella lo tocara tampoco.
-No.
Alba lo miró extrañada.
-¿No?
-La tercera carta, ¿la recuerdas?
Alba asintió lentamente.
No abras la puerta a nadie aunque conozcas su rostro.
-Y este sobre acaba de aparecer aquí, no en la cabaña. Alguien quiere que lo abramos. Precisamente por eso, no vamos a hacerlo.
Sacó un pañuelo del bolsillo y, con cuidado, recogió el sobre sin tocarlo directamente.
En ese instante sonó un golpe seco
¡CLAC!
Los dos se giraron.
La puerta de hierro del cementerio acababa de cerrarse sola.
El viento había desaparecido. Demasiado silencio.
Alba sintió que se le erizaba la piel.
Entonces escucharon pasos.
No delante.
Detrás de ellos.
Entre los cipreses.
Gabriel enfoco la mirada.
Nada.
Pero los pasos continuaron.
Lentos.
Arrastrados.
Como si alguien caminara sobre la grava.
-¿Quién anda ahí?- gritó.
Nadie respondió. Los pasos cesaron. Y entonces Alba vio algo. A pocos metros, medio oculto por una tumba caída.
Una cruz de piedra. Sobre ella, había un sello de cera negra recién fundida. Como el pequeña cruz que dejaron por la noche en la cabaña. Y exactamente igual que el de las cartas.
-Gabriel…
Él se acercó.
La cruz no tenía nombre. La tierra frente a ella estaba removida. Como si alguien hubiera excavado recientemente. Los dos comenzaron a apartar hojas y tierra húmeda.
Apenas unos centímetros de la superficie, otra caja igual que la de la noche anterior, pero metálica, oxidada.
Tenía grabadas dos iniciales.
M.V.
-No puede ser.
La abrió.
Dentro, solo había una llave antigua y una fotografía doblada, más antigua aún. La foto mostraba a tres muchachos con uniforme escolar. El tío de Gabriel, el guarda forestal.
Y el tercero…
Era un adolescente moreno que no había visto nunca. En el reverso, alguien había escrito:
El cuarto nunca apareció en la foto.
De pronto volvieron a escucharse los pasos.
Esta vez mucho más cerca.
Y una voz masculina susurró desde algún lugar entre los árboles:
-Ya la habéis encontrado…
Gabriel agarró la mano de Alba.
-Nos vamos. Ahora.
Y mientras corrían hacía la salida del cementerio, ninguno vio a la figura inmóvil que los observaba desde detrás del mausoleo de Valdivia.
Una figura con una vieja sudadera gris.
Y el mismo rostro que aparecía en la fotografía de hacía quince años.
CAPÍTULO V
La cabaña volvió a recibirlos con el olor a pintura aún en las paredes y el olor a chimenea y a café.
Lo primero que hicieron fue dejar las botas en el porche.
Nada de entrar con ropa del cementerio. Al abrir la puerta, fueron quitándosela y la dejaron en la lavadora. Ella desnuda puso un lavado.
Subieron a darse una ducha, después de dejar la caja oxidada y la carta nueva encima de un mantel de plástico que puso en la mesa con todo lo que había, la otra caja, la libreta y las cartas, menos al primera que había quemado.
Se vistieron cómodos. Chándal. Gabriel traía una bolsa con algo de ropa para quedarse hasta el domingo, al día siguiente. Por la noche sí que debía irse o por la mañana del lunes temprano, al trabajo al pueblo de al lado.
Cuando bajaron secos. Alba preparó un guiso para desestresarse.
Gabriel, le dijo que no la iba a dejar sola ese finde semana.
La rodeó en la cocina abierta con los brazos y la besó más para tranquilizarla que otra cosa.
Aunque él también estaba algo alterado. Cada uno intentaba organizar en su cabeza lo ocurrido.
Gabriel encendió la chimenea mientras ella cocinaba, el cielo se había vuelto gris de nuevo.
Pensaban…
En las cartas.
El sobre negro.
El sello negro.
Las cruces.
La tumba vacía de Mateo Valdivia.
La fotografía de los tres muchachos, cuando eran muchachos.
La llave.
La voz del cementerio,
Las cajas.
Y aquella advertencia que parecía perseguirlos desde el principio.
Cuando la comida quedó preparada, aún era temprano y no tenían apetito. Y ella sacó dos cervezas, frutos secos, patatas y se sentaron alrededor de la mesa.
Sobre la mesa colocaron una junto a otra, las tres cartas recibidas, la primera no estaba.
Gabriel respiró hondo.
-No vamos a leer solo la última. Primero vamos a poner orden.
Cogió una libreta y comenzó a escribir.
-Hace quince años ocurrió algo en el bosque.
Alba asintió.
-Mi tío estaba allí. Ya ha muerto.
-También el guarda forestal. Pero nunca encontraron su cuerpo y no está en su lápida.
-Y otro hombre que aún no conocemos pero que está en la foto.
Gabriel añadió otro nombre.
-Luego está el cuarto que tampoco sabemos quién es y es el único que no está en foto.
Después trazó otra línea.
-Ahora nosotros. Los jóvenes.
Escribió cuatro nombres.
Alba.
Gabriel.
Álvaro.
…
Y dejó un cuarto espacio en blanco.
Porque la fotografía dice que había un cuarto muchacho.
Alba permaneció callada unos segundos.
-Gabriel, el cuarto era Jesús. Éramos cuatro.
-Pongamos entonces a Jesús.
-Yo nunca vi lo que ocurrió. Solo vi a Álvaro salir corriendo del bosque. Estaba blanco. No dejaba de repetir que nadie debía volver allí.
Gabriel levantó la vista.
-Yo sí que recuerdo otra cosa.
Alba lo miró sorprendida.
Aquella noche, cuando los mayores nos encontraron, había un más gente con nosotros… pero al día siguiente nadie volvió a hablar del guarda y el cuarto hombre. Como si nunca hubiera existido.
El silencio lleno la habitación.
Gabriel entonces, tomó el último sobre negro.
El sello de cera estaba intacto.
Lo abrió lentamente.
Dentro solo había una hoja.
Esta vez no había dibujos.
Solo una pocas líneas escritas con una caligrafía firme:
“Esta vez habéis llegado demasiado lejos.
Un joven oculta un cadáver.
Los tres muchachos no vieron como desaparecía el cuarto.
Nadie pudo regresar al pueblo.
El cuarto sigue esperando donde lo dejasteis.
No busquéis al asesino. Sabéis quién lo hizo.
Buscad primero al desaparecido.
Y recordad…
No abráis la puerta a nadie, aunque conozcáis su rostro, ésta noche irá a visitaros”
Alba dejó caer la carta lentamente sobre la mesa.
-Eso es imposible…
Gabriel negó con la cabeza.
-No. Lo imposible es otra cosa.
Señaló la fotografía encontrada en la caja.
-Alvaro nunca dijo nada. Tú tampoco lo recuerdas. Yo apenas tengo una imagen borrosa. Es como si alguien hubiese borrado lo ocurrido de la memoria de todos.
Miró la vieja llave de Mateo Valdivia.
-Y tengo la impresión de que esa llave no abre una puerta…