CAPÍTULO IV
Alba aún seguía sujetando el teléfono cuando había leído la última frase de la libreta. La pantalla ya estaba negra, la llamada había durado apenas veinte segundos, pero era suficiente para cambiarlo todo.
Gabriel fue el primero en hablar.
-¿Has reconocido la voz? Yo no.
Ella negó despacio también.
-No. Era una voz distorsionada… tú lo has notado también, como si hablara a través de un aparato. Solo dijo: Mañana. Once de la mañana. Cementerio viejo. No llevéis la libreta, y lo de la tumba de Valdivia y que no entremos si nos siguen. Menuda noche de nervios llevo…
Ninguno de ellos dos añadió una palabra,
El viento golpeó las ventanas de la cabaña. Gabriel comenzó a caminar de un lado a otro mientras intentaba ordenar los recuerdos.
De pronto se detuvo en seco.
-Espera…
Miró a Alba con los ojos muy abiertos.
-Tomás Valdivia, el guarda forestal, despareció la misma semana que mi tío, sin embargo y aunque dijeron que probablemente habría sufrido un accidente en el monte… nunca apareció una sola prueba y nunca apareció su cuerpo. Pero sí que le pusieron una tumba.
Los dos se quedaron inmóviles.
Hasta ese momento siempre habían pensado que las desapariciones eran hechos separados.
Ahora empezaban a formar parte del mismo rompecabezas.
Alba tomó el cuaderno negruzco casi sin darse cuenta.
-La llamada dijo que no lo lleváramos mañana.
Al abrirlo de nuevo, varias hojas se movieron solas por la corriente de aire. Una de ellas, que hasta entonces parecía completamente en blanco, comenzó a mostrar unas letras oscuras, como si la tinta despertara lentamente.
Alba contuvo la respiración.
-Gabriel…
Los dos leyeron al mismo tiempo.
NO CONFÍES EN EL TERCERO.
El silencio fue absoluto.
-Lo que nos ha dicho la llamada- dijo Alba.
Gabriel empezó a hacer memoria.
-En aquella fotografía antigua solo estaban mi tío, Tomás Valdivia… y una tercera persona cuya cara estaba parcialmente quemada.
Alba recordó esa imagen.
-Siempre pensamos que podía ser Álvaro…
-Sí, pero nunca estuvimos seguros. ¿Qué iba a hacer un adolescente con ellos? No tiene sentido.
Volvieron a mirar la frase.
No confíes en el tercero.
No decía: cuidado con Álvaro.
No daba ningún nombre.
Solo hablaba de un tercero.
Eso significaba una de dos cosas.
O Álvaro nunca había sido ese hombre…
O el verdadero tercero seguía vivo ¿Pero quién era?
En ese mismo instante, un leve crujido sonó fuera de la cabaña.
No era una rama.
Era una pisada.
Otra más.
Después otra.
Gabriél apagó la linterna de un manotazo. Los dos permanecieron inmóviles, respirando apenas.
Una sombra cruzó lentamente la ventana.
No intentó entrar.
Solo se detuvo unos segundos tras el cristal.
Somo si estuviera observándolos.
Y luego desapareció entre los árboles. Ninguno de los dos se atrevió a moverse hasta varios minutos después.
Cuando Gabriel abrió muy despacio la puerta para comprobar el exterior, encontró algo apoyado en el marco de la ventana.
Era una pequeña cruz de madera recién tallada.
No era una carta, ni un sello.
En la parte trasera de la cruz, grabadas con un cuchillo, cuatro palabras:
“Mañana llegará demasiado tarde”
…
La lluvia empezó a caer esa noche golpeando el tejado de la cabaña con un sonido constante que, poco a poco, dejó de parecer una amenaza.
Gabriel cerró con llave y el cerrojo la cabaña y comprobó las ventanas.
-Por hoy se ha acabado Alba, deberíamos dormir. Me quedo contigo esta noche.- dijo con firmeza. Hemos descubierto demasiado en un solo día, bueno en una sola tarde noche y eso que venía a saludarte solamente. Si seguimos dándole vueltas, mañana no veremos con claridad.
Alba asintió. Tenía el rostro cansado. Desde que había llegado a la vieja cabaña, la había reformado, entera y luego las cartas, el miedo. No había tenido un solo día de tranquilidad.
Guardó el cuaderno dentro el arcón de madera que hacia de mesita de centro. Y lo cerró.
Mañana seguirá ahí.
Habían cenado y se volvieron a hacer otro café de nuevo. Ella prefirió una tila. Tenía los nervios de punta. Y no volvieron a hablar de nada, de todo menos de cartas, cementerio, bosque…
Recordaron el colegio, las travesuras de cuando tenían catorce años y a los profesores que parecían eternos.
Gabriel confesó que siempre le había gustado pasar tiempo con ella porque le gustaba, aunque nunca se había atrevido a decirle nada, porque la vida los había llevado después por caminos distintos. Pero también le había gustado a Álvaro y a Jesús.
Supongo que ambos necesitábamos esos quince años para volver a encontrarnos.
Gabriel levantó su vaso de agua.
-Brindo por eso.
Chocaron los vasos entre risas.
Por primera vez desde que el sobre negro había llegado a la vida de Alba, sintió que no estaba sola.
Cuando terminó de recoger la cocina, Gabriel cogió un manta del armario.
-No pienso irme. Dormiré en el sofá.
Alba sonrió.
No pensaba decirte que te fueras, y menos esta noche.
-Entonces asunto resuelto.
-No Gabriel. Tengo tres dormitorios, no te dejaré dormir en el sofá.
-He dormido en sitios peores.
-Lo sé pero mañana nos espera un día importante y necesito que descanses y estés cerca de mí, aún tengo el miedo en el cuerpo.
Subieron arriba y le señaló un dormitorio. El de enfrente suyo.
-Si tienes frio hay más mantas en el armario arriba. Pero está calentita la casa. Buenas noches Gabriel y gracias por todo.
-No es nada. Buenas noches, Alba.
Gabriel que se había duchado antes de cenar, cuando vinieron del bosque y no tenía allí ropa, se acostó sólo con los bóxer.
Ella con un camisón, sin sujetador, solo un tanga.
Se metió en la cama y recordando esa tarde noche y cuanto habían pasado, a pesar de estar la cabaña calentita, empezó a tiritar.
Ahora que podía estar tranquila, no lo estaba.
Quiso centrarse en cómo estaba Gabriel, alto, guapo como en la escuela.
A ella siempre le gustó también, pero como él decía, no hubo tiempo, ella tras los acontecimientos, se fue del pueblo con su padre a estudiar a Madrid, a un instituto de la ciudad.
Su padre encontró trabajo en un almacén descargando.
Tuvieron un pisito de alquiler, pero jamás vendió la cabaña.
Cuando ella se casó, fue cuando él murió y se quedó sola, con su marido y su mejor amiga. Y luego se quedó sin su mejor amiga y sin su marido Daniel.
Ver de nuevo a Gabriel a pesar de ellos acontecimientos, volvió esa niña adolescente que lo adoraba coo lo adoraban todas, que deseaba que un día lo besara.
Soñaba con él, pero luego vino Jesús y todo cambio…
y ahora era un hombre. Un hombre deseable, alto con esos ojos verdes, esa barba recortada y ese cuerpo que sabes que va a un gym, que conserva aún esos andares seguros y ese olor de su colonia cara.
Una ropa cara que le sentaba como un guante.
Y entonces despertó al verlo en el huerto, deseos que ya estaban dormidos de meses.
No tenía sexo desde hacía meses y al verlo… pero era algo más, era un hilo invisible del pasado y lo supo.
Seguía tiritando y necesitaban que la abrazaran y le daba igual. Se levantó y fue al dormitorio de Gabriel.
Éste encendió la luz de la mesita.
-¿Qué te ocurre Alba?
-No puedo dormir, estoy tiritando. ¿Puedo dormir contigo?, solo dormir- y Gabriel le abrió la cana y ella se metió y se abrazó a él. Y Gabriel la abrazó y sintió temblar a su cuerpo.
-Vamos, estoy aquí. Tenemos que descansar con la lluvia no oiremos nada. Y debe saberlo quién sea.
Para romper el hilo, él bromeo:
-Con tu cuerpo tan pegado me voy a poner como cuando era adolescente y me gustabas. Aunque nunca has dejado de gustarme y tienes los pezones duros pegados a mi pecho.
-Tengo el camisón bobo.
-Se notan Alba. Y tus piernas. ¡Joder! ¡Cómo te deseaba cuando eras adolescente…! Tan chiquita, tan bonita, y ahora estás aquí en mis brazos y sigues siendo chiquita y bonita, pero toda una mujer.
La besó en el pelo y ella miró hacía arriba y ese fue su error.
O no…
Él la besó, tierno como siempre quiso, como ese sueño que tuvo. La besó lento en los labios y después ya no fueron suaves, se besaron en la boca, las lenguas reciprocas se buscaban y la bajo la lluvia de fuera sus cuerpos se calentaban.
Él mordió sus pezones a través del camisón y ella dio un gemido. Le bajó los tirantes y sus pechos quedaron en plena libertad, los lamio, los cogió…
-Preciosos- y pellizcaba sus pezones y Alba notó su dureza salirse de los bóxer.
-Me da vergüenza contigo, Gabriel.
-Ya no hay marcha atrás, chiquita. Voy a explotar tantos años soñando con esto.
Le apartó el tanga y movió su sexo y ella se retorcía porque en nada tenía que ver con nada de lo anterior.
Ella también lo tocó y sacó su pene de los bóxer, y quedaron desnudos de cuerpo y alma.
Ella se puso encima y su pene entró duro y resbaladizo en su interior oculto de primaveras lluviosas con olor a pinos. Él se movía. Ella también. Cogía sus pezones y a la vez la mordía y ella rozaba sus sexos.
-¡Ah dios nena, joder!, es mejor de lo que siempre soñé contigo.
Y se movieron más rápido.
Y más.
Un golpe de sus sexos.
Otro.
Un gemido al unísono.
Otro.
Sigue nena. voy a correrme.
-Yo también dame, oh dios dame Gabriel y él se movía hacia arroba llenándola toda y llenándose de ella.
Se quedó con su pelo en el pecho de él, no se había protegido. Tomaba pastillas, pero ya hablarían de ello.
Me protejo siempre- le dijo como si hubiese adivinado sus pensamientos.
-Eres adivino,-le dijo- tomo pastillas. Y hace meses desde el divorcio que no tengo sexo.
-Yo unos cuatro meses. Con el cambio de despacho. No hay nadie.
Y ella se echo a un lado y se besaron de nuevo. Él no dejaba de acariciarla, las caderas, el trasero, la espalda, la besaba. Sus pechos en le suyo… eso era vida y no el bosque.
-Vamos a dormir nena, que mañana vamos a las once y son las once.
-Ummm- gruñó ella- y empezó a tocarlo de nuevo.
-Estás un poco loca. Verás cómo vas a ponerme de nuevo.
-Es lo mejor que podemos hacer.
-¿Ah sí?
-Sí, vamos con retraso- y él sonrió- lo deseaba como él a ella y estaría toda la noche haciéndole el amor.