EL SELLO NEGRO CAPÍTULO II #2
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CAPÍTULO II #2

Podía leerse una inscripción casi borrada.

Cabaña forestal n.º 7

-Aquí hubo otra cabaña- murmuró Gabriel.

-Pero no aparece en ningún mapa.

-Precisamente por eso.

Los dos levantaron la vista.

A pocos metros, ocultos entre la maleza, se distinguían los restos de unos viejos muros de piedra.

Alguien había intentado esconder aquel lugar durante muchos años.

Entraron con cautela.

El techo estaba hundido y el suelo cubierto de hojas secas.

Sin embargo, había algo extraño.

El polvo estaba removido.

Alguien había estado allí hacía muy poco.

Gabriél se agachó.

-Mira esto.

Debajo de unas tablas apareció una pequeña caja de madera.

El candado estaba roto. Dentro solo había un cuaderno antiguo envuelto en un paño.

Alba lo abrió con cuidado.

En la primera página, escrita con una caligrafía elegante solo había una frase.

“Si estás leyendo esto, significa que el sello ha vuelto”

Los dos se miraron sin decir una palabra. Aquello ya no era una casualidad. Alguien había dejado aquel cuaderno esperando exactamente ese momento.

Y, mientras Alba pasaba lentamente las páginas del cuaderno con una mezcla de curiosidad y temor.

El papel estaba amarillento y desprendía un ligero olor a humedad, como si hubiera permanecido escondido durante décadas.

Las primeras hojas contenían anotaciones sin sentido aparente: fechas, dibujos de árboles, caminos y símbolos negros repetidos una y otra vez.

Al llegar a la mitad del cuaderno, su respiración se detuvo.

Una frase ocupaba la página.

“Cuando recibas la tercera carta, no abras la puerta a nadie, aunque conozcas su rostro”

Sintió un escalofrió recorrerle la espalda. Levantó la vista hacía Gabriel que leía con ella.

El bosque permanecía inmóvil. Ahora ni una rama se movía.

Siguió leyendo.

Las voces imitan la voz. Imitan tus recuerdos. Sabrán cosas que una sola persona cercana puede saber. Te harán creer que son reales. Si los dejas entrar, ya no podrás distinguir quién eres tú.

Alba cerró el cuaderno de golpe. Y ambos en silencio volvieron a la cabaña. Pero esta vez entraron.

Una vez dentro…

Tres golpes secos a la puerta.

Toc…

Toc…

Toc…

El corazón empezó a latirle con fuerza.

-No abras- dijo Gabriel.

El sobre negro que descansaba sobre la mesa y la cajita, seguían allí junto con la libreta, como si esperara aquel momento.

Los golpes volvieron a sonar y ella se abrazó a Gabriel.

Esta vez, una voz masculina habló desde el otro lado.

-Alba… soy Álvaro. Ábreme. Tenemos que hablar antes de que sea demasiado tarde-

Gabriel negó con la cabeza.

Ella conocía aquel nombre. Habían compartido escuela del pueblo cuando eran niños. Habían sido junto con Gabriel y Jesús, amigos inseparables. Recordaba perfectamente su sonrisa y como siempre la defendía de los mayores.

Pero la advertencia del cuaderno sobre la mesa, seguía clavada en su mente.

No abras la puerta a nadie, aunque conozcas su rostro.

Alba dio un paso atrás.

Fuera la voz volvió a sonar, esta vez mucho más baja.

-Si no me abres ahora… él llegará antes que yo.

Gabriel y ella permanecieron inmóviles.

Tres golpes más.

Más lentos.

Más fuertes.

-Alba… soy yo- la voz sonaba casi cansada, desesperada. Gabril dile que abra. Sé que estás ahí. Tu coche está fuera. Sabes perfectamente quién soy.

Gabriel tragó saliva.

Aquella voz era la de Álvaro. La misma entonación, la misma forma de pronunciar su nombre.

Pero recordó la frase escrita de la libreta. La de que no abriera la puerta a nadie aunque conociera su rostro. Alba también.

Negó a Alba nuevamente con la cabeza.

-No.

Fuera se hizo un silencio tan profundo que incluso el viento dejó de oírse.

Entonces volvió la voz.

-Gabriel…¿te acuerdas el día que nos escondimos detrás del viejo molino a fumar el primer cigarrillo? Tú vomitaste y nos juraste que nunca volverías a hacerlo.

Gabriel palideció.

Nunca había contado aquello a Alba. Era cosa de adolescentes.

Sólo lo sabían él y Álvaro.

La respiración se le aceleró.

-¿Cómo puede saber eso…?-susurró.

Alba abrió de nuevo la libreta con las manos temblorosas.

Buscó entre las páginas hasta encontrar otra anotación escrita con una letra cada vez más irregular. Le temblaban las manos y el corazón le iba a mil.

-“No responderán con mentiras. Responderán con tus recuerdos. Cada recuerdo que les entregaste durante tu vida, será un arma para abrir la puerta”

Gabriel cerró la libreta de golpe.

Fuera sonó una risa.

No era una carcajada.

Era una risa apagada, como si alguien estuviera aprendiendo a reír.

Después llegó otra voz.

Idéntica.

-Gabriel… no le hagas caso. Yo soy el verdadero Álvaro.

Los dos se miraron horrorizados.

Ahora había dos Álvaros.

Las voces comenzaron a hablar al mismo tiempo desde distintos lugares del bosque.

-Alba…

-Gabriel…

-Abrid…

-Solo queremos ayudar…

Las linternas, apoyadas sobre la mesa, comenzaron a parpadear.

De repente…

Silencio.

Un silencio absoluto.

Ni viento.

Ni grillos.

Nada.

Gabriél se acercó muy despacio a la ventana. Apartó apenas un centímetro la cortina.

Y sintió que el corazón dejaba de latir durante un instante.

No había nadie en el porche.

Pero pegado al cristal, al otro lado de la ventana…

Había un sello de cera negro.

Recién colocado.

Y debajo, escrito con una uña sobre el cristal empañado, una sola frase.

“No debisteis leer la libreta en el bosque. Siempre hay alguien mirando”

Los dos se quedaron helados. No significaba que hubiera alguien dentro o hubiese entrado a la cabaña.

Significaba algo peor.

Desde las ruinas de la vieja cabaña forestal… alguien los había observado todo el tiempo. Y habían dejado que encontraran la caja con la libreta.

…

Antes de dormir, ninguno de los dos dijo un apalabra. Estuvieron cenando algo cuando todo se calmó y se dieron una ducha. Gabriel iba a quedarse con ella esa noche en la cabaña. No pensaba dejarla sola.

Tomaban un café. La libreta con la caja permanecía sobre la mesa, a un lado, con su cartera de piel. Gabriel la observaba una y otra vez, como si esperara que aparecieran nuevas palabras. Alba en cambio, tenía la vista fija en la libreta.

-No ha sido casualidad, Gabriel- murmuró ella- querían que encontráramos esa caja.

Gabriel asintió.

-Y querían saber si seguiríamos las instrucciones.

Alba, pasó lentamente todas las páginas. La mayoría seguían siendo un caos de fechas, árboles marcados con cruces, caminos dibujados a mano y símbolos repetidos. Pero casi al final, descubrió que dos hojas estaba pegadas entre sí, y eso no lo había visto con las linternas en el bosque.

-Espera…

Las separo con cuidado.

Entre ellas, había una pequeña hoja doblada, mucho más reciente que el resto. La tinta apenas había perdido color.

Solo decía:

“No confíes en el tercero”

Se miraron.

-¿El tercero?- preguntó Gabriel.

-¿Tú, Álvaro… y quién más?

No tuvieron tiempo de seguir pensando.

El teléfono de Alba vibró sobre la mesa.

Solo parecía “Número desconocido”

Dudó unos segundos antes de responder.

-¿Sí?

Al otro lado, solo se escuchaba una respiración lenta. Después una voz grave habló despacio.

Ella puso el manos libres.

Habéis encontrado la caja antes de lo previsto.

Alba sintió que le vello se le erizaba.

-¿Quién es usted?

-Eso ya no importa. Escuchadme con atención. Mañana, a las once, id al cementerio viejo- Buscad la tumba de Tomás Valdivia. No llevéis el cuaderno. Si alguien os sigue…no entréis.

La llamada se cortó.

Gabriel frunció el ceño.

-¿Tomas Valdivia? Ese nombre me resulta familiar…

Intentó recordar.

De repente abrió mucho los ojos.

-¡Claro! Era el guarda forestal. El padre de Jesús. Desapareció hace quince años… la misma semana en que murió mi tío.

Alba sintió un nudo en el estómago.

Tres nombres.

El tío de Gabriel.

El guarda forestal.

Álvaro.

Y alguien que conocía la existencia de la libreta.

Pero aún había otra frase que no dejaba de resonar en su cabeza.

No confíes en el tercero.

Entonces ambos comprendieron que, desde ese momento, ya no podían estar seguros ni siquiera el uno del otro. ¿Quién era realmente ese tercero?

¿Álvaro…o alguien que todavía no había aparecido?