EL SELLO NEGRO CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

Un viernes, al volver de la empresa, encontró algo extraño.

Había una carta sobre la mesa de madera del porche.

No tenía sello.

No tenía dirección.

Ni siquiera estaba dentro del buzón.

Solo un sobre negro perfectamente colocado, como si alguien hubiera esperado a que ella se marchara para dejarlo allí. Como si alguien conociera sus rutinas.

Alba sintió un escalofrío.

Miró alrededor.

Solo los árboles.

Solo el silencio.

Abrió el sobre con cuidado.

Dentro había una carta blanca.

Una frase escrita con tinta negra.

“Has tardado quince años en volver”

Nada más.

Ni firma.

Ni fecha.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

-Debe ser una broma…

Quizá de algún vecino.

Quizá unos adolescentes.

Pero mientras rompía la carta y la arrojaba a la chimenea, una idea empezó a crecer en su cabeza.

Ella jamás había contado a nadie que, quince años atrás, había estado en aquel mismo bosque.

Nadie podía saberlo.

Aquella noche cerró todas las ventanas.

Echó la ave y el cerrojo dos veces.

Y antes de acostarse miró desde la ventana hacía el límite del bosque.

Le pareció distinguir una silueta inmóvil entre los árboles.

Parpadeó.

Y no había nadie.

Sin embargo, cuando amaneció, encontró algo grabado en un objeto afilado en la madera de la puerta de la cabaña.

Solo dos palabras:

SIGO AQUÍ.

…

Pasó un mes…

Treinta días de calma.

Alba volvió a la ciudad a reunirse con el equipo, entregar proyectos y planificar los siguientes encargos. Como cada mes.

Aquél viernes salió de la ciudad al caer la tarde.

Mientras conducía a casa por la carretera que la llevaba a su camino privado, sonreía.

Había olvidado la primera carta.

Había decidido que todo había sido una broma de mal gusto.

Cuando llegó a la cabaña, era de noche cerrada y era tarde, más que otras veces.

Todo parecía igual, las dos farolas iluminaban el porche y la explanada.

Hasta que vio el sobre sobre la mesa de piedra.

Negro.

Perfectamente colocado.

Ni una gota de polvo.

Como si alguien acabara de dejarlo allí unos segundos antes de su llegada.

Esta vez no dudó.

Miró alrededor.

El bosque permanecía inmóvil.

Ni un pájaro.

Ni el viento.

Solo aquel silencio extraño que empezaba a resultarle familiar.

Entró en la casa, cerró la puerta y abrió el sobre.

Solo había una hoja.

La misma tinta negra.

La misma caligrafía elegante.

“La primera noche no estabas sola”

Las manos comenzaron a temblarle.

Aquella frase despertó en ella un recuerdo que llevaba quince años enterrado.

La primera noche que pasó en aquel bosque…

Había oído pasos alrededor de la vieja cabaña.

Siempre creyó que eran animales.

Ahora ya no estaba tan segura.

Le dio la vuelta a la hoja.

Pensó que estaría en blanco.

Pero, en la esquina inferior, apareció una última frase.

“Nos volveremos a ver dentro de un mes”

Alba dejó caer el papel sobre la mesa.

Por primera vez desde que había llegado a la cabaña, comprendió una verdad aterradora.

Aquello no era una amenaza improvisada.

Alguien seguía un calendario.

Y conocía perfectamente su rutina.

…

El martes amaneció limpio, con un cielo tan azul que costaba creer que aquel bosque pudiera esconder algo.

Alba llevaba dos días intentando convencerse de que la ultima carta no era más que una broma cruel. Había trabajado desde casa para la empresa de diseño durante la mañana y, por la tarde salió al pequeño huerto que empezaba a dar sus primeros tomates y calabacines.

Quella rutina era justo lo que había soñado cuando dejó atrás su antigua vida.

Entonces oyó un coche detenerse frente a la verja. Se secó las manos en el pantalón y levantó la vista.

Un hombre alto salió del vehículo. Vestía unos vaqueros, zapatillas gastadas y una sudadera gris con la capucha caída sobre la espalda. Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo.

Alba lo observo unos segundos.

Había algo en su forma de caminar que le resultaba familiar.

-¿Gabriel…?

El hombre sonrió con timidez.

-Hola, Alba.

Ella tardó un instante en reaccionar.

-No puede ser…¿Gabriel Rivas?

Él asintió.

-Han pasado muchos años.

Se quedaron frente a frente, separados por la verja de madera. Los dos buscaban en el rostro del otro algún recuerdo de la adolescencia.

-Creía que vivías en Granada.

-He vuelto hace unas semanas. Mi padre está enfermo y me he quedado con el despacho. Ahora soy abogado en Valdemora.

Alba abrió la verja.

-Pasa.

Entraron despacio. Gabriel recorrió el jardín con la mirada, admirando la cabaña restaurada y el huerto.

-Has construido aquí una vida bonita.

-Estoy intentándolo.

Mientras hablaban, sus ojos se desviaron hacia la mesa del porche.

Allí estaba.

El sobre negro.

Gabriel se quedó inmóvil.

Toda la tranquilidad despareció de su rostro.

-Así que era verdad…

Alba siguió la dirección de su mirada.

-¿Conoces ese sobre, te resulta familiar quizá? El sello…

Gabriel tragó saliva.

-Demasiado.

Alba sintió un escalofrío y lo invito con la mano a sentarse alrededor de la mesa. Él soltó la carpeta de cuero a un lado.

-Explícate.

Él permaneció unos segundos en silencio.

-Hace quince años hubo tres personas en esta comarca que empezaron a recibir sobres exactamente iguales negros. Sin remitente. Con ese mismo sello de cera.

-¿Y qué ocurrió?

-Nadie quiso hablar. Decían que eran bromas. Pero los tres cambiaron por completo. Dos se marcharon del pueblo sin despedirse de nadie… y el tercero apareció muerto meses después. Dijeron que había sido un accidente de montaña.

Alba notó como el corazón le golpeaba en el pecho.

-¿Cómo sabes todo eso?

-Porque uno de ellos era mi tío.

El silencio cayó sobre los dos.

El viento movía las ramas de los robles como si alguien caminara hacia ellos.

Gabriel volvió a mirar el sobre.

-Cuando te vi el sábado salir de la oficina de correos con uno igual, pensé que mis ojos me engañaban. Pero no. Ha vuelto a empezar.

-¿Qué ha vuelto a empezar?. Fui a la oficina para saber si el cartero me las dejaba pero no ha visto este sobre nunca ni me ha dejado ese correo. Hasta se sorprendió, así que dime que ha vuelto a empezar.

Él negó lentamente con la cabeza.

-Eso es precisamente lo que quiero descubrir…antes de que sea demasiado tarde.

Por primera vez desde que llegó a la cabaña, Alba sintió que ya no estaba sola frente al misterio.

Pero también comprendió algo mucho más inquietante.

Aquellas cartas no habían sido escritas para ella.

Llevaban años esperando a que regresara.

…

La noche cayó pronto sobre al cabaña. Gabriel y Alba permanecían sentados en el porche. Entre los dos, el sobre negro parecía pesar más que cualquier conversación.

-Hay algo que nunca te he contado- dijo Gabriel al fin.

Alba levantó la vista.

-Porque nadie hablaba de ello. En este valle había una norma escrita: si aparecía un sello negro, se guardaba silencio. Mis padres me prohibieron hacer preguntas cuando era niño.

-¿Y tú obedeciste? Yo eso no lo recuerdo.

Gabriel sonrió con amargura.

-Durante muchos años. Hasta que estudié Derecho y comprendí que los secretos también pueden matar.

Abrió la carpeta de cuero que había llevado consigo.

Dentro había varias fotocopias amarillentas, recortes de periódicos y una vieja fotografía del colegio.

Alba tomó la imagen entre las manos.

Era la fiesta de fin de curso de sexto. Los niños sonreían mirando a la cámara. Ella estaba en la segunda fila. Gabriel unos metros más atrás.

Pero no era eso lo que llamó su atención.

Al fondo, junto a la puerta del gimnasio, aparecía una figura vestida completamente de negro. Su rostro era imposible de distinguir.

-¿Quién es ese?- preguntó en voz baja.

Gabriel negó con la cabeza.

-Nadie lo sabe. Cuando la fotografía apareció revelada, todos pensaron que era un profesor o algún padre. Pero nadie lo reconoció.

Alba sintió un escalofrío.

-Parece que nos estuviera mirando.

-Eso mismo dijo mi tío la primera vez que vio la foto.

Gabriel sacó entonces un recorte de periódico.

El titular era breve:

“Muere un vecino de Valdelobos tras caer por un barranco. La Guardia Civil descarta indicios de criminalidad”

-Ese era mi tío Juan.

Alba leyó la fecha.

Había muerto apenas seis meses después de recibir el tercer sobre negro.

-Nunca encontraron nada extraño- continuó Gabriel- Pero antes de morir dejó escrita una frase en una libreta.

-Cuál?

Gabriel respiró hondo antes de responder.

-“Cuando el bosque conozca tu nombre, ya será demasiado tarde”

Las palabras quedaron en el aire.

En ese mismo instante un golpe seco sonó contra la ventana de la cabaña.

¡Tac!

Los dos se levantaron de un salto.

Gabriel abrió la puerta con cautela.

Fuera no había nadie,

Solo el viento.

Y, en el alféizar de la ventana… una pequeña pieza de cera negra con la marca del mismo sello que parecía en los sobres.

Alba la tomó entre los dedos. Aún estaba tibia.

Alguien acababa de dejarla allí.

Y debía seguir muy cerca, oculto entre los arboles que rodeaban la cabaña.

CAPÍTULO III

Alba dejó caer la pequeña pieza de cera sobre la mesa del porche. Todavía conservaba el calor de unos dedos que acababan de sostenerla.

-Quédate aquí.

-Ni hablar.

Antes de que pudiera detenerla, Alba cogió una linterna y salió tras él. La noche había cubierto el bosque con una oscuridad espesa. Solo el haz de luz dibujaba el estrecho sendero que conducía la cabaña.

-¡Hay alguien ahí!- gritó Gabriel.

No obtuvo respuesta.

Durante unos segundos se oyó el viento moviendo las copas de los pinos.

Entonces…

Un crujido.

A la derecha.

Los dos enfocaron la mismo tiempo.

Entre los árboles apareció una silueta con una sudadera oscura. Permaneció inmóvil apenas un segundo y echó a correr.

-¡Vamos!

Gabriel salió tras ella.

Alba lo siguió como pudo. Las ramas le golpeaban los brazos y las piedras resbalaban sobre sus botas.

La figura conocía perfectamente el bosque.

Giró hacía un viejo camino que descendía hacía un arroyo seco.

Cuando Gabriel llegó al claro, ya no había nadie. Solo un silencio absoluto.

-Ha desaparecido- dijo respirando con dificultad.

Alba iluminó el suelo con la linterna.

-Espera…

Junto a una roca había algo medio enterrado entre las hojas.

Era una chapa metálica, oxidada por el paso del tiempo.

La limpió con la manga.