EL SELLO NEGRO CAPÍTULO I
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EL SELLO NEGRO

EL SELLO NEGRO

Por Erina Alcala

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CAPÍTULO I

El sol de finales de noviembre, bañaba los campos cuando el coche de Alba abandonó la carretera principal y tomó el estrecho desvío a Valdelobos.

Bajó la ventanilla. El aire olía a tierra húmeda, a pinos y a hierba recién cortada. Hacía años que no respiraba aquel aroma, pero bastó un instante para que los recuerdos volvieran sin pedir permiso.

De niña había recorrido aquellos caminos en bicicleta. Había recorrido olivares, recogido moras junto al arroyo y pasado tardes enteras en la cabaña con su padre mientras él cuidaba el huerto y ella dibujaba sentada a la sombra de dos enormes nogales que presidían la explanada delantera.

Nada parecía haber cambiado.

El pueblo seguía siendo pequeño y tranquilo.

Apenas unas calles, una plaza con una fuente de piedra, el ayuntamiento, la iglesia, y un puñado de comercios donde todos se conocían.

Al aparcar frente a la casa rural que había alquilado por una semana, la recibió una mujer de unos sesenta años con una sonrisa sincera.

-Tú eres Alba ¿verdad? La hija de Julián.

Alba sonrió sorprendida.

-Sí.

-Te he conocido enseguida. Soy Matilde. Éramos vecinas. Eras muy pequeña cuando te marchaste.

Hablaron unos minutos. Matilde le entregó las llaves y le explicó que si necesitaba algo, cualquier cosa, vivía apenas dos casas más abajo.

Aquella cercanía le resultó reconfortante.

Después de dejar las maletas, decidió subir hasta la cabaña.

El camino privado seguía allí, aunque las hierbas habían invadido parte del sendero. Condujo despacio hasta que la casa apareció entre los árboles.

Era exactamente como la recordaba.

Dos plantas de piedra clara, tejado de teja vieja y ventanas oscurecidas por el paso de los años.

Delante, se extendía una amplia explanada. A un lado estaba la alberca, cubierta por una fina capa de hojas secas.

Más allá, el pozo de piedra permanecía intacto. El huerto llevaba demasiado tiempo abandonado.

Los dos nogales continuaban erguidos, enormes, como si hubieran esperado impacientes su regreso.

Alba aparcó el coche y permaneció inmóvil.

Escuchó.

Nada.

Ni motores.

Ni voces.

Solo el viento moviendo las ramas.

Aquel silencio era distinto al de la ciudad.

No era incómodo.

Era profundo.

Sacó la llave que había conservado durante tantos años y abrió la puerta principal.

Un olor a madera vieja y polvo salió a recibirla.

Las habitaciones estaban vacías, pero la estructura permanecía firme.

Recorrió lentamente la planta baja.

A la derecha pondría su despacho, con una gran ventana orientada hacía la explanada. Imaginó su mesa de despacho y la de diseño junto al cristal esta última, desde donde podría trabajar contemplando los árboles y todo el pueblo, incluso el horizonte.

Frente a la entrada se encontraba el salón. Detrás una cocina amplia con otra ventana orientada al huerto.

Junto a la escalera había un pequeño aseo.

Subió al piso superior.

Encontró dos baños, uno más grande al lado de la habitación principal y el otro entre los otros dos dormitorios. El dormitorio principal tenía un balcón desde el que se dominaba toda la finca.

La vista era espectacular.

El pueblo aparecía a lo lejos, diminuto, mientras el bosque rodeaba la propiedad como un inmenso océano verde.

Sonrió por primera vez en muchos meses.

-Voy a ser feliz aquí- susurró.

No sabía que, desde algún lugar del bosque unos ojos la observaban.

Y que alguien llevaba mucho tiempo esperando ver aquella puerta abierta de nuevo.

La tarde comenzaba a apagarse cuando Alba bajó con su coche por el camino que llevaba a su cabaña y luego salió al que llevaba al pueblo, donde iba a alojarse las noches y días que necesitara para poner en marcha la cabaña.

El aire olía a pino húmedo y a tierra recién removida por una lluvia de días atrás.

No volvió la cabeza.

Ignoraba que entre los troncos, dos ojos seguían cada uno de sus movimientos aún hasta que desapareció por la curva.

Solo entonces el bosque trasero a la cabaña, recuperó el silencio.

…

A la mañana siguiente, Alba se levantó temprano. Había dormido poco. El viento había golpeado las contraventanas durante toda la noche y, en varias ocasiones creyó escuchar pasos sobre la gravilla del jardín. Se convenció de que serían ramas o algún animal.

Después de un café rápido, cargó la mochila con un cuaderno, un juego de llaves, guantes de trabajo y productos de limpieza que compró en una pequeña tienda, así como algunas garrafas grande de agua, dos pequeñas para beber y una cuba.

Lo metió en el coche y se fue a la cabaña.

No sin antes desayunar bien en un pequeño café del pueblo que no recordaba o aún estaba cuando ella se fue.

Aquél día empezaba su nueva vida.

Llamó mientras desayunaba para que de todas formas le conectaran una línea de teléfono fija lo antes posible, la luz y el agua. Dio sus datos y su cuenta.

Y tras hacer las gestiones, cogió el coche y se fue a la cabaña.

Abrió todas las ventanas para que entrara la luz. El polvo danzaba en el aire como diminutos insectos dorados. Poco a poco fue barriendo el suelo de madera y comprobando el estado de la instalación, aunque tendrían que venir a verla esa mañana, así como el contador de agua.

Al parecer todo estaba en buen estado, solo faltaba tener de todo.

En menos de una hora, pudo encender las bombillas y el agua vino y empezó a salir por el grifo de la cocina brotando limpia y fría. La chimenea necesitaba una buena limpieza aunque parecía en perfecto estado.

-No está tan mal- murmuró sonriendo.

Vino el electricista y le dijo que el cuadro era viejo, había que cambiar toda la instalación y ella pidió dos farolas negras para el porche, además de la luz de fuera.

Compraría lámparas nuevas. Y grifos y saneamientos para los baños.

Al día siguiente lo reformaría todo. Cocina y, suelos, ventanas…

pero de lo que pensaba. Afortunadamente tenía el seguro de su padre.

Debía de comprar electrodomésticos nuevos, muebles…

una lista interminable. Peroro era preferible que todo estuviera nuevo que no empezara a dar problemas en un mes.

Al final debía pintar, arreglar la chimenea fontanería, luces y alguna reforma en cocina y baños.

También un jardinero para arreglar la piscina, pintarla llenarla, cortar las ramas de los árboles, plantarle el huerto y un pequeño jardín y arreglar la explanada y el camino privado. Quería poner una mesa de piedra bajo uno de los nogales con sillas de piedra.

Así le aconsejaron comprar una caja de herramientas completa. Y ella anotó porque podía hacerle falta.

Ya estaba todo previsto y todo iba a encajar en unos días. Todos estaban llamados para hacer el trabajo.

Sabía qué iba a poner.

Y se fue de compras que dejó parte en la casita y parte en la cabaña. Lo compró en un pueblo cercano que tenía de todo.

A media tarde tras comer y tomar café, subió las herramientas.

El bosque permanecía inmóvil.

Demasiado inmóvil.

Ni un pájaro.

Ni una sola hoja movida por el viento.

Sintió un escalofrío inexplicable.

Entonces lo vio.

En el barro, junto a la parte trasera de la cabaña había unas huellas.

No eran recientes, pero tampoco antiguas.

Botas grandes.

Alguien había rodeado lentamente toda la casa y no eran ni el electricista, ni el fontanero ni el albañil, o el jardinero o el del teléfono que vinieron a ver la casa. Era alguien.

Alba frunció el ceño.

Pensó que quizá fueran de alguien del pueblo, algún vecino curioso.

Intentó convencerse de ello.

Sin embargo, cuando levantó al vista hacia el bosque, volvió a tener la misma sensación que el día anterior, que la observaban.

La sensación de no estar sola.

Muy despacio dio un paso hacía los árboles.

No vio a nadie, solo oscuridad entre los pinos. Iba a poner cuatro farolas mejor. Dos delanteras y dos traseras. Negras, no demasiado altas, pero que hubiera luz.

…

Un mes después, estaba instalada en su cabaña. Habían trabajado con esfuerzo y tenía todo, huerto sembrado, piscina limpia y cerrada. Cuatro farolas, un pequeño jardín, la cabaña pintada preciosa, reformada y amueblada como ella quiso, maravillosa. Hasta había conectado Neflix.

Esa mañana bajó a desayunar y al pueblo cercano a hacer una gran compra al supermercado. El resto, en el pueblo.

Pagó a todo el mundo y un día después ya estaba viajando a su empresa a traerse trabajo.

Solo contrató al jardinero un par de veces a la semana, dos horas. Para que se hiciera cargo del huerto, regara la explanada, el jardín. Había hecho una casetita para los aperos del jardín y de la piscina al lado de la casa, al otro lado del garaje.

Cuando vino dos días después de la empresa, empezó a trabajar.

…

Las semanas comenzaron a deslizarse con una tranquilidad que Alba había olvidado que existía.

Una vez al mes iba a la ciudad para las reuniones y dejar y traerse trabajo.

No es que fuese un empleo brillante, pero sí suficiente para pagar los gatos y mantener la vieja cabaña, para vivir y ahorrar algo.

Además ella tenía aún el dinero del divorcio, que era bastante. Y le encantaba su trabajo.

Sus compañeros de la empresa eran amables y nadie hacía preguntas sobre su vida anterior.

Al regresar, el bosque la recibía con el olor de los pinos y el sonido del viento.

El huerto empezaba a dar sus primeros tomates, las lechugas creían con fuerza y las flores del jardín silvestres o sembradas, rodeaban el pequeño porche de madera.

Cada día dedicaba una hora a cuidar la tierra, antes de sentarse con un libro frente a la chimenea.

El resto se lo cuidaba Fran. Un señor del pueblo, pero a ella le gustaba.

Por primera vez en muchos años, dormía sin sobresaltos.

Al menos, eso creía.