El Sello del Diablo Epílogo #2
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Epílogo #2

Han pasado meses desde que el nombre de Rodrigo Salazar-Ponte dejó de aparecer en las portadas de los periódicos, sustituido por noticias sobre la restitución de los terrenos a la comunidad.

La mañana es clara, con ese azul profundo que solo Lanzarote posee.

Elba camina hacia un pequeño panteón local, donde la luz del sol golpea una placa nueva y austera.

No hay grandes discursos, solo el sonido del viento.

Frente a la tumba donde finalmente descansan con dignidad los restos recuperados de la cueva, coloca una placa que honra a los antepasados, aquellos cuya tragedia fue silenciada por la codicia durante siglos.

El círculo abierto en 1730 se ha cerrado.

En la distancia, observando la escena desde un mirador, se encuentra Julián. Ya no es el geólogo de despacho que llegó buscando anomalías térmicas. Sus manos, curtidas por la sal y la piedra, sostienen un cuaderno donde ha comenzado a escribir la historia real de la isla.

Lanzarote ya no es solo un esqueleto geológico. Es, por fin, una tierra libre.

* * *

Tres meses después de la publicación, el juicio contra Rodrigo Salazar-Ponte estaba fijado para septiembre.

Los abogados de la defensa habían intentado impugnar la cadena de custodia de los documentos, la validez paleográfica de la confesión de Fray Tomás, y la relevancia jurídica de un contrato del siglo XVIII.

Los abogados de la acusación habían respondido que el delito que se juzgaba no era el de 1730 sino el encubrimiento activo, la interferencia en investigaciones académicas y el homicidio de Diego Herrera, para el cual la cadena de responsabilidad era más corta y más reciente.

Aurelio Bravo estaba en prisión preventiva.

Había declarado que actuaba por encargo y que su encargo venía de Rodrigo Salazar-Ponte.

Lo había dicho con la misma calma con que decía todo: sin dramatismo, sin emoción visible, con la economía de quien ha decidido que ya no tiene ninguna razón para proteger a nadie.

Vidal había pedido una excedencia de la universidad. El expediente disciplinario seguía abierto.

Mateo Díaz había vuelto al trabajo en el Parque Nacional tres semanas después del hospital.

Sus compañeros habían notado que caminaba diferente: no más despacio, no con más cuidado, sino con una cierta ligereza que no estaba antes, como si hubiera dejado algo en el pasadizo del Castillo de San José que llevaba mucho tiempo cargando y que ahora, por fin, no necesitaba llevar más.

Julián Arenas había presentado su informe de anomalías térmicas.

La universidad había encontrado una financiación alternativa.

El informe sería publicado en el número de enero de Journal of Volcanology and Geothermal Research , sin ninguna mención al nombre de Vidal y con una nota de agradecimiento a los guías del Parque Nacional de Timanfaya.

Elba Bethencourt había ganado el Premio Nacional de Periodismo de Investigación. En su discurso de aceptación, había citado a César Manrique: "Lanzarote es un lugar donde lo que se entierra no desaparece. Solo espera."

* * *

El juicio comenzó diecinueve meses después.

Rodrigo Salazar-Ponte entró al juzgado de Las Palmas con el mismo traje gris con que entraba a todas las reuniones importantes de su vida: el que había encargado en Madrid después de que su sastre de siempre cerrara el taller, el que olía a ropa buena y a la clase de confianza que se cultiva durante generaciones.

Entró sin mirar a los periodistas que esperaban fuera y sin hacer la clase de declaración espontánea que hacen los imputados cuando quieren que la gente los vea como personas y no como casos.

Había aprendido, desde el día de su detención, que las declaraciones espontáneas no ayudaban.

Elba cubrió el juicio desde el primer día.

Fue la única periodista que había seguido el caso desde el principio y que tenía suficiente contexto para entender todo lo que se decía en la sala: los argumentos técnicos sobre la autenticidad documental, la genealogía de los Bethencourt, la cadena de custodia del diario de Fray Tomás desde el malpaís de 1968 hasta el pedestal de basalto del nivel inferior del Castillo de San José.

El proceso duró cuatro meses.

La sentencia declaró nulo el título de propiedad de la familia Salazar-Ponte sobre las tierras del malpaís sur de Lanzarote, con efectos retroactivos a la fecha en que la cláusula de la ermita dejó de cumplirse: 1730.

Reconocía que la caducidad del título no tenía efectos sobre las propiedades construidas sobre esas tierras en los siglos intermedios, cuya situación jurídica quedaba sujeta a un proceso separado, pero ordenaba la restitución de los derechos sobre el subsuelo y el patrimonio histórico encontrado en él a los herederos de la familia Bethencourt de Lanzarote.

Rodrigo Salazar-Ponte fue condenado por obstrucción a la justicia y por el encubrimiento de los hechos de la noche en que Aurelio Bravo había atacado a Mateo en el Castillo de San José.

Por los hechos de 1730 no fue condenado nadie, porque los muertos tienen la virtud y el problema de que sus crímenes prescriben.

Mateo lo leyó sentado en la terraza del mismo bar del puerto de Arrecife.

Julián estaba a su derecha, con el primer café del día y la expresión de quien todavía no ha terminado de entender cómo ha llegado a estar sentado donde está.

Elba estaba a su izquierda, con el teléfono lleno de notificaciones que había decidido ignorar durante los próximos treinta minutos.

El Atlántico estaba en calma.

—¿Y ahora? —preguntó Julián.

—Ahora hay otra historia —dijo Elba.

—¿Ya?

—Siempre hay otra historia.

Mateo bebió su café. Miró el mar. Pensó en Diego, que no estaba en esa terraza pero que de alguna manera era la razón por la que los tres que sí estaban habían llegado hasta allí.

—Que sea una buena —dijo.

El mar estaba en calma. Una de esas calmas atlánticas que no duran pero que mientras duran dan la impresión de que el mundo se ha detenido por un momento para respirar.