El Sello del Diablo Epílogo #3
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Epílogo #3

Julián pensó en Canarias, a las que había llegado hace tres meses con un contrato de muestreo y la expectativa de dos semanas de trabajo rutinario.

Pensó en el anillo que había encontrado en el malpaís, que ahora estaba en manos de la jueza y que eventualmente llegaría a los herederos de los Bethencourt junto con el resto del patrimonio que la sentencia les restituía.

Pensó en quedarse.

No era una decisión que hubiera tomado conscientemente.

Era más bien una observación: que llevaba tres meses en una isla y no había pensado en ningún momento en cuándo era bueno irse, que era lo que normalmente pensaba cuando estaba de trabajo en algún sitio.

Las islas hacían eso. O quizás era esta isla en particular, con su piedra negra y su luz horizontal y su manera de guardar las cosas hasta que alguien con la paciencia suficiente venía a buscarlas.

—Voy a quedarme un tiempo —dijo.

Mateo asintió como si no le sorprendiera.

Elba levantó el café.

El proceso judicial había establecido, con la precisión que solo tienen los documentos cuando son suficientemente claros y suficientemente antiguos, que la tierra bajo la cual corren los tubos volcánicos del sector sur de Lanzarote había pertenecido a los Bethencourt hasta 1730 y que el título que lo demostraba había sido falsificado por intercambio en 1987.

Lo que no podía establecer era lo que ocurriría después.

Los procesos judiciales terminan pero los lugares continúan.

El malpaís seguía siendo el malpaís: negro, rugoso, permanente.

La ermita de la Virgen de los Remedios seguía en pie.

Y los tubos volcánicos que corrían bajo todo ello seguían siendo lo que eran desde antes de que ningún apellido humano tuviera algo que decir sobre ellos.

Julián pensó en eso en el trayecto de vuelta de Las Palmas a Lanzarote, en el ferry de medianoche que cruzaba el canal con el cielo lleno de estrellas y el mar negro y tranquilo.

Pensó en los tubos volcánicos que corrían bajo la isla, que habían corrido ahí antes de que hubiera isla y que seguirían corriendo cuando todo lo que los humanos habían construido sobre ellos hubiera desaparecido.

La piedra no tiene apellido. Guarda lo que le confían y espera a que alguien con las herramientas correctas venga a buscarlo. Y cuando ese alguien llega, la piedra no distingue entre los que tienen el apellido correcto y los que no. Devuelve lo que guardó a quien llegó a buscarlo.

Era una manera justa de entender las cosas.

Julián miró las luces de Arrecife apareciendo en el horizonte, primero como un resplandor difuso y luego como puntos concretos, el puerto, el castillo, la ciudad que llevaba siglos ahí y que iba a seguir estando cuando él no estuviera.

Se quedó en cubierta hasta que el ferry atracó.

Cuando bajó la rampa y pisó el muelle de Arrecife, el aire olía a sal y a piedra volcánica y a ese algo más que tienen los aires de las islas, que no es exactamente un olor sino una presencia, como si el lugar mismo notara que has vuelto.

Llamó a Mateo desde el muelle.

—Ya estoy aquí —dijo.

—Ya lo sé —dijo Mateo—. Te vi bajar desde el bar. Ven a tomarte un café.

Julián cruzó el muelle.

Había luz en el bar. Mateo estaba en la mesa de siempre, con el café a medio beber y la expresión de siempre, que era la de alguien que ha dejado de tener prisa porque ha llegado a donde quería llegar.

—¿Y Elba? —preguntó Julián, sentándose.

—Viene en diez minutos. Está terminando un artículo.

—¿Otro?

—Siempre hay otro —dijo Mateo.

El camarero trajo el café sin que nadie lo pidiera. La noche de Arrecife era tranquila. Y la historia, que había tardado trescientos años en llegar hasta allí, estaba escrita por fin.

Elba entró al bar ocho minutos después, con el portátil bajo el brazo y la expresión de quien acaba de terminar algo que le ha costado encontrar el final correcto.

—¿Qué artículo? —preguntó Julián.

—Uno sobre Fray Tomás. —Dejó el portátil sobre la mesa—. Sobre lo que significa escribir algo que sabes que no vas a ver publicado. Sobre la fe en que alguien, en algún momento, va a leerlo.

El camarero trajo un café más sin que nadie lo pidiera.

—¿Y lo publicas? —preguntó Mateo.

—Mañana.

Fuera, el Atlántico. Adentro, los tres. Y entre ellos y el mar, la historia que habían tardado trescientos años en terminar de contar.

La historia que Fray Tomás había confiado a la piedra.

La historia que Doña Catalina había confiado a sus hijas.

La historia que Manrique había confiado al basalto tallado de una sala que solo tenía sentido si alguien llegaba a abrirla.

La historia que Diego Herrera había intentado contar y que ahora, gracias a todo lo que había dejado sin terminar, había podido terminarse.

—Bienvenido a Lanzarote.

El camarero trajo el café sin que nadie lo pidiera. Fuera, el Atlántico seguía siendo el Atlántico. Y la historia que había tardado trescientos años en contarse estaba escrita por fin, en el único sitio donde las historias sobreviven: en el papel, y en la memoria de quienes las leyeron.

Julián bebió el café.

Lanzarote, al fondo, esperaba.