Epílogo
La Justicia de la Sangre
La llamada con Vidal duró diecisiete minutos. Julián la hizo desde un banco en el paseo marítimo de Arrecife, con el sol de la mañana en la cara y el teléfono grabando.
Vidal respondió al primer tono, lo que significaba que llevaba horas esperando.
—Julián. Gracias a Dios. Escúchame, necesito que—
—¿Cuánto te pagaban?
Un silencio.
—No era así. No era dinero directo. Era financiación para el departamento. Una beca anual de la Fundación para el Patrimonio Geológico, suficiente para mantener tres plazas de investigador y renovar los equipos de laboratorio. Llevamos seis años recibiendo esa financiación, Julián. Seis años.
—¿Y a cambio?
—Informes de progreso. Eso es todo lo que me pedían.
Coordenadas de las zonas estudiadas, hallazgos preliminares, si encontrábamos algo de interés arqueológico.
Me dijeron que era por razones de protección del patrimonio.
—Una pausa—. No sabía que había cuerpos, Julián. Te juro que no sabía nada de eso.
Julián miró el mar. Recordó a Diego. Recordó la cicatriz de Mateo. Pensó en cuántos informes de progreso había enviado Vidal sin saber exactamente para qué servían.
—Por eso voy a darte la oportunidad de arreglarlo. Hay un fiscal en Las Palmas que va a necesitar un testimonio sobre cómo funciona la red de financiación de la fundación. Nombres, fechas, transferencias. Todo lo que tengas.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—Si lo hago, el departamento pierde la beca.
—Si no lo haces, el departamento pierde algo peor. —Julián se levantó del banco—. Tienes hasta mañana, Vidal.
Colgó. Guardó la grabación en tres lugares distintos. Luego escribió a Elba: El coordinador coopera. Red de financiación encubierta que conecta a Rodrigo con cuatro instituciones académicas. Te lo explico esta tarde.
La respuesta llegó en treinta segundos: Estoy en la oficina del fiscal. Ven cuando puedas.
* * *
A las diez y cuarto de la mañana del día siguiente a la publicación, el abogado de Rodrigo Salazar-Ponte llegó a la mansión del acantilado con el maletín cerrado y la cara de quien trae noticias que habría preferido no dar en persona.
—El juez Cabrales ha recusado el caso por conflicto de interés —empezó—. Esta mañana, antes de las nueve, ha pedido él mismo ser apartado de cualquier procedimiento relacionado con la familia Salazar-Ponte. Su declaración voluntaria está ya en poder de la Fiscalía.
Rodrigo no dijo nada.
—El director del periódico local ha llamado para comunicar que rescinden el acuerdo de colaboración editorial que manteníamos desde 2011.
El alcalde de Yaiza no coge el teléfono desde las siete de la mañana.
Los dos diputados del Parlamento canario han emitido sendas notas de prensa distanciándose de cualquier vinculación con el grupo empresarial.
El texto de las notas es idéntico, lo que sugiere que las redactó el mismo asesor de comunicación.
Rodrigo miraba el retrato. El hombre de la casaca bordada. El blasón con el ave y la serpiente.
—¿La Fiscalía? —preguntó.
—Ha abierto diligencias. El testimonio de Fray Tomás no tiene valor penal directo, pero la merced real de 1698 sí establece un precedente de propiedad que el juzgado civil tendrá que examinar.
Y el testimonio del coordinador universitario sobre la red de fundaciones...
—una pausa breve— eso es lo que más complica la situación.
Porque eso no es historia. Eso es presente.
—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó Rodrigo.
Fue la primera vez en veintidós años que le hacía esa pregunta, y el abogado tardó un segundo en responder.
—Para las cuentas personales, el juzgado puede ordenar una cautelar en días. Para los activos inmobiliarios, el proceso civil es más largo: meses, posiblemente años. Pero la imagen pública... —el abogado abrió las manos en un gesto que no necesitaba terminar en palabras.
—Ya —dijo Rodrigo.
Se quedó mirando el retrato un momento más. Luego miró el mar desde la terraza hasta que el sol estuvo alto y el frío de la mañana cedió al calor seco del mediodía. No hizo llamadas. No mandó mensajes.
Por primera vez en setenta y dos años, no tenía ningún plan que elaborar.
* * *
Mateo salió del hospital doce días después de que lo encontraran en el pasadizo del Castillo de San José.
Dos costillas fisuradas, el labio reconstruido con cuatro puntos, una contusión en el hombro derecho que tardaría semanas en dejar de molestar.
Los médicos le habían dicho que podía salir antes si prometía no hacer nada físicamente exigente durante un mes.
Mateo había prometido lo que los médicos necesitaban escuchar.
Julián lo esperaba en la puerta, con dos cafés en las manos y una torpeza visible en todo el cuerpo que Mateo identificó, sin decirlo, como el aspecto de alguien que no sabe exactamente qué se dice en estos casos porque nunca le habían enseñado.
—Tienes peor cara que yo —dijo Mateo.
—He dormido mal.
—Yo he dormido en un hospital. Que conste que es peor.
—¿Adónde quieres ir? —preguntó Julián.
Mateo lo pensó un momento.
—Conozco un sitio.
* * *
El Mirador del Río estaba en lo alto del Risco, a cuatrocientos setenta metros sobre el nivel del mar, en un punto donde la roca caía verticalmente hacia el estrecho que separa Lanzarote de La Graciosa.
Manrique lo había construido en 1973 hundiendo el edificio en la roca misma para que no se viera desde abajo, integrándolo en el perfil del acantilado con esa habilidad suya para hacer que lo construido pareciera encontrado.
Dos grandes ojos de cristal curvo miraban hacia el norte como los de un animal tranquilo y enorme que lleva mucho tiempo en el mismo sitio y ya no necesita moverse para dominar el paisaje.
Salieron a la terraza. El estrecho de El Río, el canal de apenas dos kilómetros que separaba la isla de La Graciosa, era de un azul tan denso y tan quieto que parecía pintado.
Al otro lado, la isla pequeña —arena blanca, roca oscura, sin un edificio de más de una planta, sin una carretera asfaltada en sus ocho kilómetros— brillaba bajo el sol de noviembre con la indiferencia de los lugares que no necesitan ser descubiertos porque siempre han estado ahí.
—Manrique venía aquí a pensar —dijo Mateo, apoyando los codos en la barandilla—.
Hay una foto de los años setenta donde sale sentado exactamente aquí, mirando hacia La Graciosa.
Después de construir este mirador empezó a hablar de la isla de otra manera.
Como si haberle dado a la gente este punto de vista le hubiera aclarado algo sobre lo que merecía ser protegido.
Julián miró hacia el horizonte. El viento del norte traía un frío seco y limpio que no se parecía al frío de Madrid.
—¿Sabías que sobrevivirías? —preguntó Julián.
Mateo tardó en responder.
—No. —Hizo una pausa—. Pero sabía que si no lo intentaba, Diego no tendría razón. Y necesitaba que Diego tuviera razón.
Julián asintió sin decir nada.
—El Ejecutor —dijo Julián—. ¿Qué va a pasar con él?
—La policía lo tiene identificado. —Mateo se encogió levemente de hombros—. Quizás tenga que responder por lo de Diego.
Lo que Mateo no dijo ese día en el Mirador, y que Julián supo después por Elba, que lo supo por el fiscal, era que Aurelio Bravo había tomado una decisión extraña para alguien en su posición: había cooperado.
No completamente, no de la manera en que cooperan los que tienen miedo, sino de la manera en que cooperan los que han llegado a un punto en su vida en que mantener una lealtad que ya no tiene objeto se convierte en un peso mayor que la alternativa.
Había confirmado los hechos de la noche en que Diego murió.
Había dado nombres. Había descrito con precisión quirúrgica el funcionamiento de la red de Rodrigo durante quince años.
A cambio había pedido una sola cosa: que constara en el expediente que Mateo Díaz había tenido la oportunidad de matarle en el pasadizo del Castillo de San José y había elegido no hacerlo.
El fiscal, que era un hombre pragmático, había aceptado.
Mateo, cuando Julián le contó esto semanas después, no dijo nada durante un momento. Luego dijo:
—Diego habría encontrado eso gracioso.
Y volvió a mirar La Graciosa.
* * *
Se quedaron en silencio durante un rato. Abajo, el estrecho de El Río seguía siendo del mismo azul imposible. Un barco pequeño cruzaba hacia La Graciosa llevando provisiones o turistas o las dos cosas, dejando una estela blanca que se deshacía en el agua como si nunca hubiera estado.
—¿Qué harás ahora? —preguntó Mateo.
—No lo sé todavía. —Julián pensó en el cuaderno que había empezado a llenar con notas sobre la isla.
No notas geológicas: otra cosa. Algo entre la crónica y el análisis, el tipo de escritura que no sabía si tenía nombre pero que necesitaba hacer—.
Quizás quedarme un tiempo. Hay cosas de esta isla que no he visto todavía.
Mateo lo miró de reojo.
—¿Y Elba?
Julián no respondió de inmediato.
—Me invitó a un café —dijo finalmente.
—¿Y?
—Y aún no hemos ido.
Mateo asintió con esa expresión suya que no era exactamente una sonrisa pero que funcionaba como una.
—Eso tiene solución —dijo.
Volvieron al silencio, los dos hombres apoyados en la barandilla del mirador que Manrique había construido para que la gente pudiera ver lo que él veía: que hay lugares en el mundo que son más grandes que cualquier cosa que los humanos hagan en ellos, y que la única respuesta sensata frente a esa escala no es la rendición sino el cuidado.
El viento movió las chaquetas de los dos. La Graciosa brilló en la distancia con su luz de siempre.
Julián sacó el teléfono y escribió un mensaje a Elba: ¿Cuándo es ese café?
La respuesta llegó antes de que guardara el teléfono: Esta tarde. Tú invitas. Yo elegí el bar la última vez.
A su lado, Mateo miraba La Graciosa sin preguntar nada. Sabía leer los silencios de los demás con la misma facilidad con que leía el terreno volcánico: sin necesidad de que nadie le explicara lo que significaban.
* * *