El Sello del Diablo Capítulo XV #2
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Capítulo XV #2

No rezó exactamente. No era el tipo de conversación que tenía con los lugares de ese tipo.

Pero pensó en Fray Tomás, que había estado sentado en ese mismo espacio trescientos años antes tomando una decisión que nadie le habría pedido que tomara.

Pensó en Manrique, que había encontrado el diario en el malpaís y lo había guardado en el único lugar que le pareció suficientemente permanente.

Pensó en Diego, que había llegado tan cerca de lo mismo que Elba y Julián y él habían llegado, y que no había tenido la suerte o el tiempo o la combinación de los dos que habían tenido ellos.

—Lo encontramos —dijo en voz alta.

La ermita no respondió. Pero tampoco hizo falta.

Cuando salió, el sol estaba en el punto de las cuatro de la tarde que hace que el malpaís tenga ese aspecto de superficie lunar que llevó a Neil Armstrong a visitarlo antes del Apolo 11.

Mateo lo miró un momento, la extensión negra y rugosa que guardaba tubos y secretos y el tiempo lento de la piedra, y luego tomó el camino de vuelta al aparcamiento.

Tenía que hacer una llamada. La había estado aplazando durante días.

Marcó el número. Esperó.

La madre de Diego respondió al tercer tono, con la voz de siempre: tranquila, un poco cautelosa, la voz de una mujer que lleva doce años sabiendo que el teléfono puede traer cosas que no esperaba.

—Señora Herrera —dijo Mateo—. Soy Mateo. Tengo algo que contarle.

La conversación duró cuarenta minutos.

La señora Herrera preguntó todo lo que una madre que lleva doce años sin respuestas pregunta cuando las respuestas llegan por fin: cómo, por qué, quién, cuándo, qué significa para el proceso judicial, si va a haber alguien que responda por lo que le hicieron a su hijo.

Mateo respondió todo lo que pudo responder con honestidad y todo lo que no pudo respondió con la honestidad de decirle que no lo sabía.

Al final de los cuarenta minutos hubo un silencio largo.

—¿Lo sabía ya cuando te pasó lo del castillo? —preguntó la señora Herrera.

—¿A qué se refiere?

—Si ya sabías entonces que ibas a llegar hasta aquí. Si lo tenías claro.

Mateo pensó en la pregunta con honestidad.

—No —dijo—. No lo tenía claro. Sabía que quería intentarlo. No sabía si iba a funcionar.

—Pero lo intentaste igual.

—Sí.

Otro silencio. Más corto este.

—Diego también era así —dijo la señora Herrera—. Hacía las cosas aunque no supiera si iban a funcionar. Era su mejor cosa y su peor cosa al mismo tiempo.

Mateo miró el malpaís que se extendía hasta el horizonte, negro y quieto y permanente.

—Lo sé —dijo—. Lo recuerdo.

Colgó el teléfono y se quedó quieto en el coche durante un momento, con el malpaís a un lado y el cielo de la tarde al otro.

Había algo en la conversación con la señora Herrera que no terminaba de asentarse, y tardó un rato en identificar qué era.

No era la tristeza, que era esperada. Era algo parecido al alivio: la sensación de que algo que había estado sin terminar durante doce años había terminado ahora, no de la manera que hubiera querido que terminara, sino de la única manera que podía terminar dado lo que había pasado.

Diego no había muerto por nada.

Eso era lo que la señora Herrera había necesitado saber. Y eso era lo que ahora sabía.

Mateo arrancó el coche y tomó la carretera hacia el norte, hacia Arrecife, hacia la terraza del bar del puerto donde Julián y Elba estaban esperándolo para cenar.

Era la primera cena de los tres sin ningún objetivo más allá de cenar, lo cual era un tipo de normalidad que los tres habían tardado un tiempo en llegar a merecer.

El sol se estaba poniendo sobre el Atlántico con ese espectáculo de colores que el polvo del Sáhara produce en el cielo de las Canarias en ciertas tardes de verano: rojo y naranja y morado y luego, muy rápidamente, el azul oscuro de la noche.

Aparcó frente al bar del puerto cinco minutos antes de las nueve. Las luces del interior hacían un rectángulo naranja en la oscuridad del muelle.

Dentro, Julián y Elba ya estaban sentados.

La mesa de siempre: cerca de la ventana, suficientemente lejos de la barra para hablar.

El camarero llevó el café antes de que Mateo se sentara, con la memoria automática de los que atienden los mismos clientes lo suficiente para saber lo que quieren antes de que lo pidan.

—¿Cómo estaba? —preguntó Elba.

—La señora Herrera. Bien. —Mateo pensó en la manera de decir lo siguiente—. Tranquila. Como alguien que lleva doce años esperando y ahora puede dejar de esperar.

Julián asintió.

—¿Le has contado lo del juicio?

—Todo. Y que puede que los abogados tarden, pero que la historia ya está escrita.

Elba levantó la taza.

—Por Diego —dijo.

—Por Diego —dijeron los otros dos.

Las tazas chocaron suavemente.

El café estaba caliente. El puerto seguía siendo el puerto. Y afuera, el Atlántico seguía siendo el Atlántico, que es decir: enorme e indiferente y completamente ajeno a lo que tres personas habían conseguido hacer en las últimas semanas en una isla pequeña en su borde occidental.

Pero la isla lo sabía. Y la piedra también.

Julián aparcó el coche y entró al bar.

Pidió el café de siempre. El camarero se lo puso sin que lo pidiera, que era la señal de que ya llevaba suficiente tiempo viniendo como para que le hubieran tomado la medida.

Mateo y Elba llegaron cinco minutos después.

Era una noche de miércoles y el bar estaba casi vacío y el Atlántico sonaba suave desde el muelle y los tres tenían mucho tiempo por delante, que es quizás la mejor de las condiciones posibles para una conversación que no tiene prisa en ninguna dirección.