Capítulo XIV
La Red
Eran las once de la mañana cuando Julián llegó al estudio de Elba con dos cafés del bar de abajo y la certeza de que no había dormido suficiente para funcionar con normalidad, aunque tampoco lo suficientemente poco para poder atribuir a eso lo que sentía cuando llamó al timbre.
Elba abrió con el pelo recogido en un nudo improbable, una camisa azul que no era la de la noche anterior y los ojos de quien lleva horas en marcha. Tenía el teléfono entre el hombro y la oreja y le hizo una seña para que entrara mientras terminaba la llamada.
—Buenos días —dijo Julián.
Elba lo miró un segundo y algo en su expresión se suavizó levemente, como una tensión que se afloja sin que uno lo decida.
—Buenos días. Siéntate. Tenemos trabajo.
* * *
La pared del fondo del estudio era, Julián lo entendió ahora que la veía con luz del día, un mapa.
No un mapa geográfico: un mapa de conexiones.
Docenas de notas adhesivas de diferentes colores unidas por hilos de lana roja y azul, con nombres, fechas, cifras y flechas que señalaban en todas direcciones.
En el centro, enmarcado en un círculo de rotulador negro, el nombre de Rodrigo Salazar-Ponte.
—Llevo tres semanas construyendo esto —dijo Elba, plantándose frente a la pared con el café en la mano—.
Lo que ves en azul es lo que puedo demostrar con documentos públicos.
Lo que ves en rojo es lo que sé pero no puedo probar todavía.
Lo que ves en negro son las conexiones que todavía no entiendo.
Julián se acercó. Leyó algunos nombres: un juez del Tribunal Superior de Canarias.
El alcalde de Yaiza. El director de una agencia de desarrollo regional.
El presidente del colegio de notarios de Las Palmas.
Dos diputados en el Parlamento canario. Y, casi perdido entre los papeles del borde inferior izquierdo, un nombre que Julián reconoció con una sacudida en el pecho: Fundación para el Estudio del Patrimonio Geológico de Canarias.
—Eso ya lo tenía —dijo Elba, siguiendo su mirada—. Es una de las cuatro fundaciones instrumentales que Rodrigo usa para canalizar dinero hacia instituciones que luego le deben favores. La tuya es la geológica. Hay una de patrimonio cultural, una de desarrollo rural y una de investigación marina.
—¿Cuánto dinero?
—En total, en los últimos diez años, aproximadamente cuatro millones de euros distribuidos entre universidades, organismos públicos y asociaciones culturales. —Hizo una pausa—. Cuatro millones de euros compran mucha gratitud institucional y muy pocas preguntas.
Julián se quedó mirando la pared durante un momento.
—¿Cómo funciona exactamente?
—La mayoría de los receptores ni siquiera saben que están en la red.
Reciben la beca, publican sus investigaciones, viven su vida.
Pero cuando Rodrigo necesita que alguien archive un expediente, que un informe pericial llegue tarde o que una solicitud de acceso a registros históricos se pierda en el sistema, tiene suficientes nodos en la red para que ocurra sin que nadie tenga que mancharse las manos de manera obvia.
Julián pensó en Vidal. En los seis años de becas. En las instrucciones de reportar hallazgos cerca de la ermita antigua. Vidal probablemente ni siquiera sabía para qué servía la información que mandaba. Era un nodo más en una arquitectura diseñada precisamente para que nadie viera el conjunto.
—¿Y los documentos de Fray Tomás cambian esto?
—Son la piedra angular de todo. —Elba señaló el hilo rojo que llegaba hasta un rectángulo en la esquina superior derecha donde había escrito 1730 - Majada Blanca - Origen —.
Ahora mismo, todo lo que tengo en azul son irregularidades.
Transferencias sospechosas, permisos concedidos a empresas vinculadas.
Son suficientes para un artículo de investigación, pero no para una acusación penal.
Lo que cambia la confesión de Fray Tomás es el origen.
Si podemos demostrar que el primer eslabón de la cadena fue un asesinato y un robo de tierras en 1730, toda la estructura que viene después deja de ser una serie de irregularidades y se convierte en la continuación de un crimen que nunca prescribió.
Julián la miró.
—¿Un crimen de hace trescientos años puede perseguirse legalmente?
—No en términos penales. Rodrigo no va a la cárcel por lo que hizo su antepasado.
Pero la merced real de 1698 establece la propiedad legítima de las tierras de Majada Blanca en la familia Bethencourt.
En mi familia. Y esa propiedad nunca fue transferida legalmente.
Fue robada bajo la cobertura de una erupción volcánica.
Lo que significa que desde un punto de vista de derecho civil, las tierras siguen siendo nuestras.
Julián procesó eso.
—¿Cuánto valen esas tierras hoy?
Elba soltó algo que podría haber sido una risa en otras circunstancias.
—El grupo Salazar-Ponte tiene activos en esa zona valorados en aproximadamente trescientos millones de euros. Entre hoteles, instalaciones turísticas y derechos de explotación.
El silencio que siguió tenía su propio peso.
* * *
Trabajaron durante horas. Julián aportó lo que sabía sobre la red de fundaciones académicas: fechas, montos, nombres de investigadores cuyas áreas de trabajo coincidían sospechosamente con zonas de interés para el grupo Salazar-Ponte.
Elba lo fue integrando en la pared con una precisión que a Julián le recordó, extrañamente, la forma en que él mismo construía los mapas de anomalías térmicas: punto a punto, sin asumir conexiones que los datos no confirmaban todavía.
A las cuatro de la tarde pidieron comida.
A las seis descubrieron que una de las empresas vinculadas al grupo había intentado comprar los derechos de archivo del periódico local tres años atrás, fracasando por un margen muy estrecho.
A las ocho y media, Elba encontró en los registros del Parlamento canario una enmienda presupuestaria presentada en 2019 que redirigía fondos de conservación del patrimonio histórico hacia una empresa pantalla cuyo administrador único era el mismo abogado que había llamado a Elba a las tres de la madrugada.
—Esto es sistémico —dijo Julián, mirando la pared—. No es un hombre con dinero que hace favores. Es una estructura diseñada para que ningún investigador, ningún periodista y ningún juez pueda ver el cuadro completo porque cada uno solo ve su trozo.
—Exactamente. —Elba se recostó en la silla y estiró los brazos por encima de la cabeza—.
Por eso llevo tres semanas sin publicar.
Porque si publico solo lo que tengo en azul, sus abogados lo destrozan en cuarenta y ocho horas y queda como un ataque infundado.
Necesitaba el origen. —Miró los documentos de Fray Tomás—. Ahora lo tengo.
Julián la observó un momento. Había algo en la forma en que Elba trabajaba —esa combinación de rigor y urgencia, de cabeza fría y compromiso genuino que se transparentaba aunque ella no lo expresara directamente— que le resultaba a la vez familiar y completamente distinto a cualquier cosa que hubiera visto antes.
—¿Por qué periodismo de investigación? —preguntó.
Elba lo miró, levemente sorprendida por el cambio de registro.
—¿Por qué geología? —respondió, con la misma pregunta.
—Porque las rocas no mienten. Guardan todo lo que ha pasado en su estructura. Si sabes leerlas, te dicen la verdad con una precisión que ningún testigo humano puede igualar.
Elba consideró eso.
—Entonces hacemos lo mismo. Yo busco en los archivos lo que las personas intentan ocultar.
Tú buscas en las rocas lo que la geología ha registrado sin que nadie pudiera censurarlo.
—Una pausa—. La diferencia es que tú tratas con millones de años y yo con décadas.
Y que tus rocas no te mandan abogados a las tres de la madrugada.
—Todavía no.
Esta vez Elba sí se rio. Breve, genuina, el tipo de risa que escapa cuando uno no la está controlando.
Afuera, Arrecife había encendido sus luces. El puerto brillaba en el ventanal del estudio como una versión tranquila y ajena de todo lo que había ocurrido en los últimos días. Julián pensó en el bar con las paredes manchadas de sal donde se habían visto por primera vez sin saberlo.
—Cuando esto termine —dijo Julián—, ¿te apetece un café en ese bar donde nos conocimos?
Elba lo miró un segundo. Luego volvió a la pantalla del ordenador.
—Cuando esto termine —dijo—, te invito yo.
Fue la última frase antes de que el teléfono fijo sonara y el bufete de Salazar-Ponte los devolviera a la realidad de lo que estaban a punto de hacer.
* * *
La pared de la redacción de Elba tenía tres columnas de nombres conectadas por hilos de distintos colores. Azul para los documentos verificados. Rojo para las conexiones que aún eran hipótesis. Negro para las personas.
En el centro del negro: Rodrigo Salazar-Ponte.
A su derecha: Aurelio Bravo. Debajo: el nombre de tres empresas registradas en las Islas Canarias cuyos beneficiarios últimos convergían, a través de tres sociedades pantalla, en la misma persona.
Al lado: Majada Blanca, con el valor catastral subrayado dos veces.
—Trescientos millones de euros en valor catastral actualizado.
Si los terrenos de Majada Blanca se desarrollan para uso turístico —la zonificación fue aprobada por el pleno del cabildo con cuatro votos de mayoría, tres de los cuales son de concejales con contratos de consultoría con empresas del grupo Salazar-Ponte— el valor se multiplica por seis o siete.
—Dos mil millones —calculó Julián.
—Aproximadamente. Para una familia que lleva trescientos años siendo propietaria de algo que no le pertenecía, ese es el tamaño del beneficio. Y también el tamaño del motivo para que no salga nunca a la luz.
—¿Cuándo publicamos?