Capítulo XIV #2
—Cuando tengamos el escáner de los tres documentos subido a tres servidores distintos en tres países distintos y la copia certificada en poder de un notario.
Y cuando el fiscal de guardia tenga en su bandeja de entrada un correo con un resumen ejecutivo de doce páginas y los adjuntos correctamente numerados.
—¿Y después?
—Después —dijo Elba, con la voz de alguien que lleva dos años esperando poder decir esto— publicamos.
* * *
El artículo salió el jueves a las dos de la tarde y a las cinco de la tarde tenía cuarenta y siete mil visualizaciones.
Elba lo leyó en el teléfono desde la terraza del bar donde había escrito la primera versión tres semanas antes, cuando todavía no tenía el diario ni el cuaderno de Doña Carmen ni el anillo y solo tenía la merced real y la intuición de que la historia era real aunque no pudiera probarlo.
A las seis tenía doscientas respuestas en la cuenta de correo.
La mayoría eran de periodistas de otros medios que querían detalles adicionales o declaraciones exclusivas.
Tres eran de investigadores universitarios que llevan décadas trabajando en la historia de la propiedad de la tierra en Canarias y que querían ver los documentos originales.
Una era del director del Museo de Arte Contemporáneo de Lanzarote, que quería saber si la caja que habían encontrado en el nivel inferior del castillo iba a ser devuelta.
—¿Y va a ser devuelta? —preguntó Julián, que había llegado a la terraza en algún momento entre las cinco y las seis sin que Elba lo hubiera notado exactamente.
—Los documentos son evidencia en un proceso judicial. El juez los retiene hasta que termine el proceso.
—¿Y después?
—Después depende de lo que decida el juez sobre la legitimidad del título de propiedad. Si el título es nulo desde 1730, las tierras vuelven al dominio público de la isla. Lo que se encontró en las tierras también.
Julián pensó en eso.
—¿Vidal me va a demandar?
—Su abogado ya ha enviado una carta. —Elba le mostró el teléfono—. Incumplimiento contractual, apropiación indebida de resultados de muestreo patrocinado, cuatro términos más que no significan nada y uno que sí significa algo: vas a necesitar un abogado.
—¿Tú conoces uno?
—El mismo que llevó los documentos al juzgado. Es bueno.
Julián asintió y se quedó mirando el puerto de Arrecife, que a esa hora tenía la luz específica de las seis de la tarde en una isla atlántica, horizontal y anaranjada, del tipo de luz que hace que todo parezca más permanente de lo que es.
—¿Crees que importa? —preguntó—. Digo, a largo plazo. Una familia con ese dinero puede sobrevivir a un juicio incluso si lo pierde.
Elba guardó el teléfono.
—La tierra puede que vuelvan a comprarla. Pueden comprar muchas cosas. Lo que no pueden comprar es que la historia esté escrita. —Pausa—. Y esta historia ya está escrita.
El número de visualizaciones había llegado a ochocientas mil a medianoche.
Elba lo leyó en el teléfono con la calma de quien ha aprendido que los números grandes en pantalla no cambian la naturaleza de lo que se ha escrito; lo que se ha escrito es lo que es con cien visualizaciones o con un millón.
Lo que cambió fue el teléfono de Mateo.
Le llegaron cuarenta y tres mensajes en las primeras seis horas.
Conocidos que no sabían que había estado involucrado.
Profesores de la universidad de Las Palmas que lo habían tenido de estudiante y que ahora le escribían con la mezcla de orgullo y sorpresa que tiene la gente cuando alguien que conocieron hace tiempo aparece en las noticias haciendo algo que no esperaban.
Dos periodistas de medios nacionales pidiendo entrevista.
Y uno de la madre de Diego.
Mateo. He leído el artículo. No tengo palabras. Gracias. Diego lo hubiera querido.
Mateo leyó el mensaje tres veces. Luego lo guardó en la carpeta donde guardaba las cosas que no quería perder.
—¿Estás bien? —preguntó Julián, que había estado mirando el mar y había visto desde el rabillo del ojo cómo Mateo leía algo en el teléfono con una expresión que no era fácil de clasificar.
—Sí —dijo Mateo—. Estoy bien.
Y era verdad.
Tres días después del artículo, Elba recibió el Premio de Periodismo de Investigación de Canarias.
La ceremonia fue en Las Palmas, en un salón del Cabildo con sillas de terciopelo y un podio de madera que olía a los discursos de décadas.
Elba subió con la misma chaqueta con la que había entrado al archivo de Teguise dos semanas antes, porque no había tenido tiempo de comprar otra y porque en el fondo le parecía apropiado.
El discurso que dio fue corto.
Habló de Diego Herrera, que no había llegado a ver el resultado de lo que había empezado.
Habló de Doña Carmen Talavera, que había guardado un cuaderno durante treinta y cinco años esperando que alguien viniera a buscarlo.
Habló de Fray Tomás de Armas, que había escrito en la oscuridad de una noche de 1730 con la ceniza volcánica cayendo sobre sus hombros y que había confiado en que la piedra guardaría lo que la memoria olvida.
—La historia que les cuento esta noche —dijo al final— no la encontré yo. La encontraron ellos. Yo solo llegué en el momento correcto con las herramientas correctas.
Mateo y Julián estaban en la quinta fila. Mateo con las costillas todavía vendadas. Julián con la expresión de alguien que está aprendiendo que hay lugares donde uno llega pensando que va a estar dos semanas y luego resulta que no.
Elba bajó del podio con el peso específico de los momentos en que uno acaba de hacer algo que no podrá deshacerse.
En el pasillo del Cabildo, Mateo la esperaba con una expresión que era difícil de leer excepto en el punto en que dejaba de ser difícil.
—Bien —dijo.
—¿Solo bien?
—Muy bien. —Pausa—. Diego te hubiera dado la mitad.
Era el mayor cumplido que Mateo sabía dar, y los dos lo sabían, y no necesitó añadir nada más.
Esa noche cenaron los tres en un restaurante del barrio pesquero de Las Palmas.
Pidieron el pescado del día y una botella de vino blanco de La Geria y hablaron de cosas que no eran el caso: de geología, de fotografía, de un libro que Julián había leído en el ferry y que no había terminado porque los últimos treinta páginas se las había dejado en la casa rural de Uga.
Era la primera noche en semanas en que ninguno de los tres tenía que estar en ningún otro sitio.
Hablaron hasta las doce. Cuando salieron a la calle, Las Palmas tenía ese silencio de las ciudades grandes a medianoche que no es quietud sino volumen bajo: la ciudad seguía ahí, respirando, esperando el día siguiente.
—Ha sido una buena semana —dijo Julián.
—Sí —dijo Elba.
—Sí —confirmó Mateo.
Ninguno añadió nada más porque no había nada más que añadir.