Capítulo XIII
Lo Que Guardó el Fuego
Elba Bethencourt tenía el estudio lleno de papeles y el semblante de quien lleva días sin dormir por elección propia.
Cuando Julián llamó a su puerta a las dos de la madrugada, empapado, con la caja metálica apretada contra el pecho y el corte en la mano izquierda todavía sangrando, ella no preguntó de dónde venía.
Le hizo pasar, cerró con llave y corrió las cortinas antes de decir una sola palabra.
—¿Estás herido de verdad o solo pareces muerto?
—Mateo —dijo Julián, y no pudo terminar la frase.
Elba asintió despacio, como si ya lo supiera o como si, en el fondo, siempre hubiera sabido que aquella historia cobraría ese precio. Le puso una toalla sobre los hombros y señaló la única silla libre de papeles.
—Siéntate. Y ábrela.
* * *
La caja era de hojalata ennegrecida, del tamaño de una caja de puros, sellada con una tira de cuero que alguien había reforzado con lacre. Sobre el lacre, grabado con un objeto punzante, un trazo inconfundible: la firma estilizada de César Manrique.
Julián rompió el sello con el filo de su navaja de campo. La tapa cedió con un crujido de aire antiguo, como el suspiro de algo que llevaba mucho tiempo conteniendo la respiración.
Dentro había tres documentos, envueltos en tela encerada que los había preservado mejor de lo que nadie hubiera podido esperar.
Julián los extendió con cuidado sobre la mesa, separándolos como si fueran radiografías.
Elba se inclinó sobre ellos sin tocarlos, con los brazos cruzados, los labios apretados.
El primero era una hoja de papel grueso, amarillento, cubierta de una escritura apretada y vertical que correspondía inequívocamente al castellano del siglo XVIII. La tinta era de color ocre, casi marrón, pero legible. Julián leyó en voz alta, despacio, tropezando en las grafías arcaicas.
En el nombre de Dios y de la Justicia que Él solo puede dispensar, yo, Fray Tomás de Armas, fraile de la orden de San Francisco con destino en la parroquia de Yaiza, pongo por escrito lo que vi con mis propios ojos en la noche del catorce de septiembre del año de Nuestro Señor de 1730, siendo testigo de un crimen que el fuego de la tierra pretendió sepultar junto con sus autores.
Don Esteban Bethencourt y Perdomo, vecino principal de las tierras al norte de Yaiza, fue hallado muerto junto a su esposa, Doña Inés, y el notario Don Pedro Fajardo, en el interior de la ermita de la Virgen de los Remedios.
Los tres cuerpos presentaban una herida única en la base del cráneo, imposible de causar por un accidente o por el derrumbe de la ermita, pues las vigas estaban intactas en el momento en que los descubrí.
El autor del crimen es Don Álvaro Salazar de la Ponte, quien en los días anteriores había disputado con Don Esteban la propiedad de las tierras de Majada Blanca, amparadas por una merced real de 1698 que Don Álvaro deseaba extinguir.
La erupción le ofreció la cobertura que la ley le negaba.
Los Bethencourt fueron declarados desaparecidos.
Las tierras pasaron a la familia Salazar de la Ponte antes de que el volcán terminara de callar.
No puedo presentar este testimonio ante autoridad humana alguna, pues Don Álvaro tiene en su mano a los alcaldes y al gobernador de la isla.
Solo puedo dejar constancia para cuando Dios disponga que la verdad sea más fuerte que el poder de los hombres.
Guardo junto a esta declaración el documento de la merced real, prueba de la legítima propiedad de los Bethencourt, y el anillo que arranqué del dedo de Don Esteban antes de sellar la cripta, para que sirva de identificación el día que los restos sean encontrados.
Fray Tomás de Armas. Lanzarote, 22 de octubre de 1730.
Julián dejó de leer. El silencio en el estudio era tan denso que podía escuchar el roce de la ropa de Elba al respirar.
Elba había escuchado el nombre "Bethencourt y Perdomo" en la voz de Julián, y algo en ella se había detenido antes de que el cerebro terminara de procesar por qué.
Era la voz de su abuela. No una imagen, sino una voz: la de una mujer de ochenta y dos años que hablaba de la tierra de Lanzarote con la nostalgia específica de quien recuerda algo que nunca tuvo pero que de alguna manera siente que debería haber tenido.
Nosotros teníamos tierras , decía la abuela, y siempre lo decía así, en ese impreciso nosotros que incluía a personas muertas hacía generaciones y a una historia que nadie había podido documentar nunca porque los documentos, decía, se habían quemado en el volcán.
La lava se lo llevó todo. Las tierras, los papeles, los nombres.
El volcán no distingue entre lo que es tuyo y lo que no.
Elba había crecido pensando que aquella historia era el tipo de mitología familiar que las familias sin fortuna se inventan para explicar su situación: el origen noble perdido, la herencia robada por la historia, el podría haber sido que hace más llevadero el no es .
La había escuchado sin creerla del todo, con esa mezcla de afecto y escepticismo con que se escuchan las historias de los abuelos cuando uno es demasiado joven para entender que a veces la verdad tiene exactamente el aspecto de la mitología.
Ahora, con el testimonio de Fray Tomás extendido sobre la mesa y el nombre "Bethencourt y Perdomo" grabado en la tinta de color ocre del siglo XVIII, Elba pensó en su abuela y sintió algo que no era exactamente tristeza sino su pariente más cercana: la sensación de que alguien había esperado mucho tiempo que le dijeran que tenía razón, y que ya no estaba para escucharlo.
—¿Estás bien? —preguntó Julián.
—Sí. —Hizo una pausa—. Mi abuela habría querido leer esto.
No dijo nada más. No hacía falta.
El segundo documento era el que Fray Tomás describía: la merced real de 1698, firmada por un escribano de la Corona, que otorgaba a la familia Bethencourt la propiedad de doscientas hectáreas en el norte de Yaiza. El sello real todavía era reconocible, aunque el papel estaba frágil como piel seca.
El tercer documento no era del siglo XVIII. Era moderno, escrito a mano con una caligrafía inconfundible: grande, enérgica, con esa tendencia a alargar las letras finales que caracterizaba a César Manrique.
Elba lo cogió ella misma esta vez, con una delicadeza que a Julián le pareció casi reverencial.
Encontré esto en 1974, durante las obras de rehabilitación del Castillo de San José. Los albañiles abrieron un hueco en la base del muro norte y apareció una cavidad donde alguien, mucho antes que nosotros, había escondido lo que no podía quemar y no se atrevía a destruir.
Leí los documentos. Entendí lo que significaban. Y entendí también que presentarlos en aquel momento equivalía a firmar mi propio certificado de defunción, porque los Salazar-Ponte controlaban entonces, como ahora, demasiados despachos y demasiadas conciencias.
Pero no pude destruirlos. Hay cosas que uno no puede hacer aunque sepa que son lo más seguro.
Los escondo aquí con la esperanza de que alguien con más valor o con menos que perder que yo los encuentre cuando la isla esté lista para escuchar la verdad.
He dejado pistas en los lugares que solo alguien que ama esta tierra de verdad sabrá leer.
No en los museos ni en las guías. En los bocetos. En los márgenes.
Si estás leyendo esto, es que lo encontraste. Cuídalo bien. Y ten más cuidado aún con quién te lo quiere quitar.
César. Lanzarote, junio de 1974.
Elba dejó el papel sobre la mesa con una lentitud que parecía el gesto de alguien que acaba de recibir algo que no sabe exactamente cómo sostener. Julián la observó. Tenía los ojos secos, pero algo en la tensión de su mandíbula decía que ese equilibrio era una decisión, no una ausencia de emoción.
* * *
—En el bar —dijo Elba de repente.
Julián la miró.
—Hace cuatro noches. El hombre del mapa topográfico.
Julián lo recordó: una mujer en la mesa de al lado, café con leche, cuaderno con tapas de hule negro. Lo había notado porque lo había mirado con esa atención tranquila que no intenta disimularse del todo.
—Le pregunté por la cobertura —dijo.
—Me dijo que bienvenido a Lanzarote.
—Usted me dijo eso.
—Sí. —Elba lo miró—. No sabía que cuatro días después iba a estar sentada aquí con usted leyendo la confesión de un crimen de trescientos años.
Julián no supo si aquello era una disculpa o el principio de algo diferente.
—Era usted la que estudiaba el mapa de propiedades —dijo—. Vi la palabra Majada Blanca en su cuaderno cuando se levantó.
Elba lo miró durante un segundo con una expresión que Julián no supo leer del todo.
—¿Y no dijo nada?
—Tampoco sabía que cuatro días después estaríamos aquí —respondió Julián.
Elba soltó algo que, en otras circunstancias, podría haber sido una risa. Breve, casi sorprendida.
Se miraron un momento más de lo estrictamente necesario.
Luego Elba cogió el teléfono y dijo, con la voz ya de vuelta a la urgencia:
—Escaneamos primero. Nos ponemos sentimentales después.
—De acuerdo —dijo Julián.
Pero cuando se giró hacia los documentos, notó que seguía con la misma ligera sonrisa que no había estado allí un momento antes. Y pensó que, si sobrevivían a esta noche, quizás habría tiempo para ese bar de Arrecife con las paredes manchadas de sal.
* * *
La caja de metal que César Manrique había sellado en diciembre de 1974 contenía tres documentos.
El primero era la confesión de Fray Tomás de Armas, escrita la noche del 14 de septiembre de 1730. No el fragmento que circulaba entre historiadores: el original completo, con cuatro páginas de detalle que ningún investigador había leído antes.
El segundo era una copia del contrato de arrendamiento de 1731, con el sello del blasón impreso dos veces. El mismo sello que estaba grabado en el anillo que Julián llevaba en la bolsita de muestra. El mismo blasón que colgaba en el cuadro del salón de la mansión de Rodrigo Salazar-Ponte.