Capítulo XII
Lo Que Ocurrió en el Pasadizo
Cuando la linterna golpeó el suelo y la oscuridad se cerró sobre el pasadizo, Mateo Díaz supo dos cosas con la certeza tranquila que solo da la experiencia de haber estado antes en situaciones donde el miedo es un lujo que no se puede permitir.
La primera: Julián había salido.
Había escuchado sus pasos sobre la piedra húmeda del acantilado, luego el silencio breve y después el golpe sordo del agua. Vivo. Eso era lo que importaba.
La segunda: eran tres.
Lo supo por los sonidos antes de que los ojos se adaptaran a la penumbra —nunca oscuridad total en el Castillo de San José, siempre filtraba algo de luz marina por las grietas del muro norte.
Tres respiraciones. Tres pares de botas.
Y uno de esos pares tenía un sonido que Mateo había escuchado antes, doce años atrás, en una alquería de Yaiza mientras sostenía a Diego entre sus brazos y esperaba que el hombre de la puerta decidiera si también lo mataba a él.
Pasos lentos, seguros, sin urgencia. El sonido de alguien que sabe que tiene el tiempo y el espacio de su lado.
—Mateo Díaz —dijo la voz—. Cuánto tiempo.
Aurelio Bravo se detuvo a tres metros. En la penumbra, Mateo no podía verle la cara, pero sí la silueta: más ancho que antes, el pelo más corto, el mismo modo de pararse con los pies ligeramente separados que era una postura de combate tan antigua que ya ni se pensaba.
—Bravo —dijo Mateo.
No había sorpresa en ninguna de las dos voces.
Era el encuentro de dos hombres que habían sabido durante doce años que esto llegaría, y que lo habían aplazado porque el momento no era aún el correcto, y que ahora, en un pasadizo de un castillo del siglo XVIII con la lava volcánica por muros y el Atlántico rugiendo al otro lado, habían agotado los aplazamientos.
—El geólogo ha saltado —dijo Aurelio—. No llegarás a tiempo de salvarlo. Y aunque llegaras, no cambiaría nada. Recuperaremos lo que se llevó.
—No —dijo Mateo—. No lo haréis.
Lo dijo con la misma calma con que diría que mañana saldrá el sol. No como una amenaza. Como una información.
El primer hombre se movió desde la izquierda, rápido, con una técnica que Mateo reconoció como entrenamiento militar.
Pero el pasadizo era estrecho, exactamente la anchura de un hombre con los brazos extendidos, y en espacios estrechos la técnica vale menos que el conocimiento del terreno.
Mateo conocía el terreno. Sabía que a metro y medio a su derecha había un saliente de piedra que sobresalía del muro a la altura de la cadera.
Sabía que el suelo descendía ligeramente en los dos metros siguientes antes de volver a nivelarse.
Dejó que el primer hombre se acercara. Luego se desplazó hacia la derecha, usó el saliente como palanca y lo lanzó contra el muro opuesto. El impacto fue seco y definitivo. Uno.
El segundo hombre fue más cauteloso. Esperó.
Intentó rodearle por la izquierda, pero en un pasadizo de metro veinte no hay manera de rodear a nadie, y Mateo usó ese error de cálculo para reducir la distancia y convertir el enfrentamiento en algo demasiado cercano para que las armas sirvieran de algo.
Dos golpes. Una rodilla. Un codo en el lugar correcto.
El segundo hombre se desplomó sobre el primero y el pasadizo quedó bloqueado.
Entonces se giró hacia Aurelio.
El hombre de Rodrigo no se había movido durante todo el proceso. Seguía en el mismo lugar, con las manos a los costados, observando con esa atención clínica que Mateo había visto en muy pocas personas.
—Bien —dijo Aurelio—. Siempre fuiste mejor de lo que parecías.
—Tú también —dijo Mateo.
Un silencio. Los dos hombres se miraron en la penumbra del pasadizo con la expresión de quien reconoce en el otro algo que no se puede nombrar fácilmente: no respeto, no exactamente, pero sí el reconocimiento de que el que tienes enfrente ha pagado un precio real por ser lo que es.
—Diego —dijo Mateo.
No era una pregunta. Era la única palabra que necesitaba decir.
Aurelio no respondió de inmediato. En el silencio, el agua golpeaba el acantilado con la regularidad de un metrónomo.
—Fue un error de cálculo —dijo finalmente—. No estaba previsto que estuvieras allí.
—Pero ocurrió de todas formas.
—Sí.
Mateo asintió levemente, como si aquella confirmación, que había esperado doce años, pesara exactamente lo que había esperado que pesara: mucho, pero no más de lo que podía sostener.
—¿Y ahora? —dijo Mateo.
Aurelio lo estudió durante un momento.
—Ahora depende de ti. Si te quedas aquí, esto termina esta noche de un modo o de otro. Si me dejas seguir, tienes mi palabra de que llegas al amanecer.
—Tu palabra —repitió Mateo.
—Mi palabra. Que vale lo que vale, que no es mucho, pero que nunca he roto.
Mateo pensó en Julián nadando hacia las luces de Arrecife con la caja de Manrique.
Pensó en Diego. Pensó en los doce años que había pasado esperando este momento y en la curiosa sensación de que el momento, ahora que había llegado, no tenía la forma que había imaginado.
No era venganza. Era algo más parecido a una cuenta que se saldaba.
—Está bien —dijo Mateo.
Aurelio se acercó. Fue rápido y profesional: una inmovilización que Mateo no intentó resistir, unas bridas de plástico en las muñecas, el peso frío del suelo de piedra cuando lo sentaron contra el muro. Antes de marcharse, Aurelio se detuvo un momento junto a Mateo.
—El geólogo tiene lo que necesita —dijo—. Si lo usa bien, esto termina. —Una pausa—. Y si termina, quizás lo de Diego termina también.
Luego se fue. El sonido de sus pasos se apagó en la oscuridad del pasadizo y Mateo se quedó solo, con la espalda contra la piedra volcánica del Castillo de San José, con las muñecas atadas y la certeza tranquila de que había hecho lo que podía hacer y que el resto dependía ahora de un geólogo empapado corriendo hacia un estudio de Arrecife con trescientos años de justicia bajo el brazo.
Cerró los ojos.
Le encontraron a las siete y cuarto de la mañana, cuando el primer empleado del museo llegó a abrir. Tenía dos costillas fisuradas, el labio partido y una brida de plástico en las muñecas que tardaron cuatro minutos en cortar. Cuando el enfermero le preguntó cómo se encontraba, Mateo dijo que bien.
Y lo decía en serio.
* * *
Mateo había tardado doce años en entender que hay dos tipos de deuda. La primera te aplasta. La segunda te sostiene.
Durante los primeros años después de la noche de Yaiza, había sido la primera: un peso que llevaba en cada turno en el parque, en cada grupo de turistas a los que explicaba la geología del malpaís con esa tranquilidad profesional que se construye deliberadamente para cubrir lo que hay debajo.
Sabía quién era Aurelio Bravo. Sabía el nombre que estaba detrás de todo.
Y no podía hacer nada con ese conocimiento porque sin pruebas era solo la palabra de un guía de parque contra la de una familia que llevaba trescientos años siendo la más importante de la isla.
Pero en algún momento la deuda había cambiado de naturaleza. Cada año que pasaba sin poder actuar no era un año perdido sino un año de información acumulada, de comprensión creciente, de mapa mental que se iba completando.
En el pasadizo del Castillo de San José, con los dos hombres de Aurelio inmovilizados y Aurelio mismo frente a él, Mateo había sentido algo que no era exactamente miedo ni exactamente calma sino una mezcla extraña de las dos cosas: la conciencia de que este era el momento que había estado esperando.
—Doce años —había dicho Aurelio, sujetándose el brazo donde el golpe había sido certero.
—Los dos —respondió Mateo.
Lo que Aurelio no había calculado era el terreno.
No era más fuerte ni más rápido, pero Mateo conocía cada centímetro de ese pasadizo.
Sabía dónde la piedra era resbaladiza, dónde el techo bajaba sin aviso, dónde el suelo tenía una irregularidad que hacía tropezar en el momento en que uno necesitaba tener los pies firmes.
—¿Qué fue lo que dijo? —le preguntó Julián más tarde, en la ambulancia.
—Dijo que había sido un error de cálculo. En referencia a Diego.
—¿Y tú qué le respondiste?
—Que ya era tarde para recalcular.
* * *
La ambulancia había tardado diecinueve minutos en llegar al Castillo de San José desde que Julián llamó al 112 desde la escollera.
Diecinueve minutos en los que Mateo había permanecido inmóvil en el pasadizo, apoyado contra la pared de basalto, esperando con esa calma específica de los que han decidido que si están esperando es que todavía están en condiciones de esperar.
Aurelio Bravo estaba en el suelo con los brazos inmovilizados detrás de la espalda con el cinturón del propio Aurelio, en una postura que a Mateo le parecía técnicamente apropiada dado el contexto.
Uno de los otros dos hombres estaba en el mismo pasadizo, con el tobillo en un ángulo que no prometía nada bueno.
El tercero había huido cuando Mateo había desactivado al segundo, y probablemente ahora estaba en algún punto de la ciudad reportando el resultado de la noche a alguien que no iba a estar contento.
Cuando llegaron los sanitarios, encontraron a Mateo con dos costillas fisuradas y la expresión de alguien que ha terminado algo.
—¿Cómo está? —preguntó el sanitario, tocando la zona con cuidado clínico.
—Bien.
—Tiene dos costillas rotas.
—Fisuradas. Hay una diferencia.
El sanitario lo miró con esa mezcla de exasperación y reconocimiento que tienen los que trabajan de noche en urgencias ante pacientes que minimizan sus propias lesiones.
—Le vamos a llevar al hospital de todas formas.
—Lo sé.
En la ambulancia, mientras el sanitario le ponía una vía y el vehículo avanzaba por las calles de Arrecife con las luces encendidas pero sin sirena, Mateo pensó en Diego.
No en la noche de Yaiza sino en la tarde en que habían subido juntos a los acantilados de Famara y Diego le había dicho que la historia que no se escribe no desaparece.
Julián tenía la caja. Elba tenía la historia. La historia que no había desaparecido iba a escribirse por fin.
Lo que Mateo no le contó al sanitario en la ambulancia, y que tampoco le contó al inspector que lo visitó en el hospital al día siguiente, era que mientras esperaba que llegaran los servicios de emergencia había tenido tiempo de pensar con mucha claridad en lo que había ocurrido y en lo que iba a ocurrir.
Aurelio Bravo había entrado al castillo antes que ellos. Lo cual significaba que la familia había tenido los datos del tubo, lo cual significaba que alguien había filtrado la información del muestreo antes de que Julián tuviera tiempo de decidir no hacerlo.
El sistema de GPS del parque.
Julián había tenido razón en que Vidal tenía alertas. Pero las alertas no solo habían detectado que Julián estaba en el sector noroeste; habían transmitido los datos de posición con suficiente precisión como para que alguien con recursos pudiera reconstruir la cartografía del tubo.
La caja, sin embargo, no la habían encontrado.
Aurelio Bravo había llegado antes. Había entrado a la sala. Y por la rapidez con que había salido cuando los tres llegaron, no había tenido tiempo de abrirla.
La caja de madera oscura con herrajes de hierro seguía en su pedestal.
Y el diario de Fray Tomás seguía dentro.
Mateo pensó en esto con la satisfacción tranquila de los que han sobrevivido a algo y pueden permitirse el lujo de pensar en lo que salió bien en lugar de solo en lo que salió mal.
El inspector que lo visitó en el hospital al día siguiente era un hombre de unos cuarenta y cinco años con la cara de quien lleva mucho tiempo viendo cosas que no le gustan y ha aprendido a procesarlas sin que se le note demasiado.
La declaración duró dos horas. Mateo contó todo en el mismo orden en que había ocurrido, sin omitir nada y sin añadir interpretaciones que no fueran los hechos. Los hechos eran suficientemente claros.
—¿Puede identificar a Aurelio Bravo como la persona que lo atacó? —preguntó el inspector.
—Sí. Lo conozco desde hace años. Trabaja para la familia Salazar-Ponte.
—¿En qué capacidad?
—Seguridad privada. O eso es lo que figura en el contrato.
El inspector anotó algo en su libreta.
—¿Y los otros dos hombres?
—No los reconocí. Pero el que huyó llevaba una linterna del tipo que usan los espeleólogos. Habían entrado al castillo antes que nosotros por los tubos, lo que significa que tenían la cartografía. Y la única manera de tener esa cartografía era a través de los datos del muestreo del parque.
El inspector dejó de escribir y lo miró.
—¿A través de quién?
—De Andrés Vidal —dijo Mateo—. El hombre que contrató al geólogo.
El inspector cerró la libreta.
—Una última pregunta. ¿Tiene alguna razón para creer que el señor Vidal actuaba por instrucción directa de Rodrigo Salazar-Ponte, o solo en interés propio?
Mateo pensó en eso durante un momento honesto.
—Por instrucción directa. Vidal no tenía capacidad para actuar de esa manera sin respaldo. Y el respaldo solo podía venir de una dirección.
El inspector asintió y se levantó.
—Gracias, señor Díaz. Que se recupere.
—Gracias.
Cuando el inspector salió de la habitación, Mateo se recostó en la almohada y miró el techo blanco del hospital. Costillas fisuradas. Una semana de reposo. Y la certeza de que afuera, en el juzgado de Arrecife, el proceso que había esperado doce años estaba por fin en marcha.
Y eso, pensó Mateo antes de cerrar los ojos, era suficiente por esta noche.
Mañana habría más. El proceso, los abogados, las declaraciones, los meses de espera. Pero esta noche, en la habitación del hospital con las costillas vendadas y el Atlántico sonando a lo lejos, lo que había ocurrido en el Castillo de San José era suficiente.
Diego podía descansar.