Capítulo XI #2
La caja estaba en el centro de la sala, sobre un pedestal de piedra que la elevaba unos treinta centímetros del suelo para protegerla de la humedad. Era de madera oscura y herrajes de hierro, del tamaño de las cajas en que los notarios del siglo XVIII guardaban sus documentos más importantes.
Estaba cerrada.
—Necesitamos la llave —dijo Elba.
—No necesitamos la llave —dijo Mateo.
Lo que Mateo necesitaba era el tiempo suficiente para trabajar los herrajes con la herramienta que llevaba desde que salieron de Arrecife, anticipando este momento con la clase de optimismo preventivo que tiene la gente que ha esperado doce años algo y no puede permitirse llegar hasta aquí y no llegar hasta aquí.
Tardó ocho minutos.
Dentro de la caja había tres cosas: un anillo de plata idéntico al que Julián llevaba en la bolsa de muestra, un rollo de pergamino que olía a los siglos que tenía, y un cuaderno de tapas negras que no olía a ningún siglo en particular porque era moderno, de los años setenta, con la letra inconfundible de César Manrique en la primera página.
—¿Qué dice? —preguntó Julián.
Elba tomó el cuaderno con cuidado, con las manos que tienen los periodistas cuando tocan los documentos primarios: firmes pero no apretadas, como si supieran que la cosa que sostienen es frágil de una manera que va más allá de lo físico.
—Dice —leyó en voz baja, luego más alta—: "A quien encuentre esto: lo que hay aquí fue encontrado en el malpaís norte en el verano de 1968, durante las obras de canalización del agua.
El diario es de Fray Tomás de Armas, fechado en septiembre de 1730.
El anillo corresponde al blasón de la familia que todos en esta isla conocemos.
He guardado todo aquí porque hay cosas que no pueden destruirse aunque el mundo que las rodea intente destruirlas.
Y porque creo que el momento correcto para que esto salga a la luz todavía no ha llegado.
Cuando llegue, lo sabrá quien lo encuentre. "
Mateo escuchó hasta el final. Luego se agachó y tomó el rollo de pergamino.
—El diario de Fray Tomás —dijo.
—Trescientos años —dijo Julián.
—El momento correcto —dijo Elba, y cerró el cuaderno de Manrique con suavidad.
Se quedaron los tres en silencio durante un momento.
No era el tipo de silencio que se llena con palabras. Era el tipo de silencio que ocupa el espacio entre lo que acaba de ocurrir y lo que va a ocurrir después, y que tiene la textura específica de los momentos en que algo que ha estado cerrado durante mucho tiempo se abre por fin.
Julián miró la caja, la sala, las paredes de basalto tallado.
—¿Manrique sabía lo del diario antes de construir esto?
—Lo encontró primero —dijo Mateo—. El diario, el anillo, el blasón. Construyó la sala después. Para guardar lo que había encontrado en el sitio que le parecía más adecuado: dentro del arte que él mismo había creado.
—¿Por qué no lo publicó él?
Mateo recogió el cuaderno de Manrique con cuidado.
—Porque los sesenta en Lanzarote no eran los sesenta en Madrid. La isla era pequeña. La familia era grande. Y Manrique era un artista, no un periodista ni un juez. Sabía que lo que había encontrado necesitaba a alguien que supiera qué hacer con ello.
—Y esperó a que llegara esa persona.
—Y esperó. —Mateo miró a Elba—. Resulta que tardó cincuenta años.
Elba tomó el rollo de pergamino con las dos manos.
—Vámonos —dijo—. Todavía tenemos que salir de aquí.
Tardaron cuarenta minutos en salir, que fueron más rápidos que los cuarenta de la entrada porque ahora sabían el camino y porque llevar algo que vale la pena llevar siempre hace que el paso se acelere de una manera que no es completamente voluntaria.
Cuando salieron por la grieta del sector noroeste, el cielo estaba empezando a aclarar por el este. Cuatro de la madrugada, o cerca. El malpaís a esa hora tenía una quietud distinta a la del resto del día: no la quietud de algo inerte sino la de algo que respira muy despacio.
Elba sacó el teléfono.
—Tengo que llamar al periódico.
—Son las cuatro de la mañana —dijo Julián.
—Lo sé. Pero si lo que tenemos en esta bolsa es lo que creo que es, el jefe de edición va a querer saberlo ahora y no a las nueve.
Marcó. Esperó dos tonos.
—Soy Elba. —Pausa—. Tengo el diario. El original. —Otra pausa, más larga—. Sí. Mañana a las diez en la redacción. Trae al jurídico.
Guardó el teléfono.
—Mañana a las diez —dijo.
Mientras caminaban de vuelta por el pasadizo, con la caja que Mateo llevaba bajo el brazo y el rollo de pergamino que Julián había insistido en cargar él, Elba pensó en Fray Tomás caminando por la noche de septiembre de 1730 con el paño de lino en el puño.
La misma isla. El mismo secreto. Tres siglos de diferencia.
—¿Crees que sabía que llegaríamos? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular.
—Fray Tomás —dijo Julián, que había entendido la pregunta—. No lo sé. Pero escribió con la precisión de alguien que quería que quien leyera lo entendiera. Como si supiera que iba a haber alguien que leyera.
—La fe —dijo Mateo, en voz baja.
—O la esperanza —dijo Elba—. Que a veces son lo mismo.
Siguieron caminando en silencio. El pasadizo olía a piedra y a los siglos que llevaba construido, y a algo que los tres reconocieron sin decirlo: el olor del tiempo que ha terminado de esperar.
Mateo caminaba el último, con la caja bajo el brazo, y pensaba en Diego.
En la última vez que habían hablado, dos días antes de Yaiza.
En lo que Diego había dicho sobre la historia: que no se puede enterrar una historia porque las historias no ocupan espacio y no se pueden cubrir con tierra. Solo se pueden aplazar.
Diego había tenido razón. Solo que no había podido verlo.