El Sello del Diablo Capítulo XI
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Capítulo XI

El Precio de la Piedra

El eco de las botas del Ejecutor se acercaba por el pasadizo, pesado y deliberado, como el tic-tac de un reloj marcando el final de algo que no podía volver al principio.

Mateo lo oyó antes que Julián. Había algo en él —algo que la isla había construido durante cuarenta años de andar por lugares donde el terreno nunca era completamente de fiar— que procesaba el sonido un segundo antes de que llegara a la conciencia ordinaria.

Un segundo que en esas circunstancias era suficiente.

—Son tres —dijo Mateo, en voz muy baja—. Dos delante, uno cubriendo la salida norte.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Por el eco. La piedra devuelve los pasos de manera distinta dependiendo del peso y del número. —Una pausa—. Y porque Aurelio Bravo nunca trabaja con menos de tres.

Julián miró la caja en sus manos. El lacre de Manrique brillaba apenas en la oscuridad total del pasadizo, un punto de luz rosada que era completamente irreal en ese contexto. Entonces Mateo lo agarró del brazo.

—Julián. Escúchame.

Algo en el tono lo hizo quedarse completamente quieto. No era urgencia. Era el tono de alguien que ha tomado una decisión que no negocia.

—El acceso por el que entramos lleva directo al acantilado. Ocho metros hasta la reja, quince hasta el borde. El fondo tiene cuatro metros mínimo en esta época del año. El agua está fría, pero es navegable. Si saltas con la caja y nadas hacia las luces de Arrecife, llegas.

—Mateo—

—El pasadizo es estrecho. Un hombre que conoce el terreno puede bloquearlo el tiempo suficiente para que otro salga. Yo conozco el terreno.

—Eso es exactamente lo que no voy a dejar que hagas.

Mateo lo miró. En la oscuridad del túnel su cara era solo una forma entre sombras, pero Julián vio de todas formas lo que había en esa mirada: no heroísmo, no sacrificio dramático, sino algo más tranquilo y más definitivo.

La expresión de alguien que ha estado esperando doce años una oportunidad de hacer que algo cuente, y que entiende que las oportunidades así no se presentan dos veces.

—Diego llevaba cuatro meses en la isla cuando murió —dijo Mateo, con esa voz suya que nunca subía ni bajaba—.

Había llegado a estudiar los archivos parroquiales de Teguise.

No buscaba lo que encontró. Solo buscaba lo que los archivos quisieran darle.

Y lo que los archivos le dieron era suficiente para que alguien decidiera que no podía quedarse con ello.

Los pasos en el pasadizo eran más cercanos. Julián los oía ahora también. Regulares, pacientes, sin prisa.

—Llevo doce años sin poder hacer nada con eso —continuó Mateo—.

Sin pruebas, sin testigos, con un expediente cerrado y un juez que encontró conveniente no hacer preguntas.

Doce años mirando a Isidoro envejecer con el boceto en el cajón y pensando que tarde o temprano alguien llegaría con lo que faltaba.

—Se tocó la cicatriz por última vez, sin dramatismo, como el gesto automático de quien toca algo que ya no duele pero que sigue siendo la marca de una deuda—. Tú llegaste con lo que faltaba.

—Por eso exactamente no puedo dejar que—

—Julián. —La voz de Mateo era completamente plana.

No había en ella ningún elemento de súplica ni de urgencia.

Solo información y algo que era difícil de nombrar pero que era quizás la cosa más parecida a la paz que Julián había escuchado en una voz humana—.

Ya he vivido mi vida en esta isla. Y la he protegido como he podido. Ahora es tu turno.

Un momento. Los pasos, más cerca todavía.

—Haz que la verdad importe.

Lo que siguió duró quizás veinte segundos y pareció mucho más.

Mateo tomó la linterna y la arrojó con fuerza hacia el ramal norte del pasadizo, en dirección contraria a la que venían los pasos.

El haz de luz rebotó en las paredes de basalto y creó un caos de sombras en movimiento que desorientó a los hombres que se acercaban —Julián los oyó dudar, una fracción de segundo de confusión, el paso que se interrumpe cuando el ojo ve luz donde no esperaba— y en esa fracción de segundo Mateo se lanzó hacia ellos con un sonido que Julián no había escuchado antes.

Un sonido que no era exactamente humano sino el sonido de algo que se ha estado guardando durante doce años y por fin encuentra la salida.

Julián corrió.

Ocho metros hasta la reja. Los pies sobre la piedra húmeda del pasadizo, la caja apretada contra el pecho con los dos brazos.

Detrás de él, el ruido de la pelea llenaba el aire —golpes secos, el crujido de algo que cede, el sonido de cuerpos contra las paredes de roca— con una violencia que Julián procesó de manera extraña: su mente registraba el sonido pero se negaba a construir imágenes con él, porque las imágenes habrían hecho que se detuviera.

La reja.

Estaba cerrada por dentro con un pestillo de hierro oxidado.

En la oscuridad, con las manos temblando y la caja bajo el brazo, tardó tres o cuatro segundos en encontrarlo.

Tres o cuatro segundos que parecieron una eternidad mientras el ruido de la pelea continuaba y el viento del Atlántico entraba por las grietas del muro con un olor a sal y a noche abierta que era lo más parecido a una promesa que Julián había sentido en días.

El pestillo cedió.

Emergió al borde del acantilado del Castillo de San José con el mundo abierto de golpe delante de él: el cielo negro sobre el Atlántico negro, las luces de Arrecife parpadeando en la distancia como señales de socorro, y quince metros de roca húmeda entre sus pies y el agua.

No miró atrás.

No se detuvo.

Saltó.

Los doce grados del Atlántico lo golpearon como un puño. No de manera gradual sino todo a la vez: un impacto físico que borró por un momento todos los pensamientos y los reemplazó con la información más básica del cuerpo. Frío. Arriba. Respirar.

Salió a la superficie tosiendo. La caja seguía en su mano. La había apretado con tanta fuerza durante el salto que los nudillos le dolían.

El agua estaba oscura y agitada, con el oleaje moderado que chocaba contra el basalto del acantilado y creaba corrientes laterales que empujaban el cuerpo en direcciones impredecibles.

Julián había nadado en el mar antes —veranos de infancia en la costa murciana, algún viaje en el litoral andaluz— pero nunca en condiciones así, de noche, en agua helada, con una caja de metal bajo el brazo y el contenido de trescientos años de silencio dependiendo de que llegara a la orilla.

Empezó a nadar hacia las luces de Arrecife.

No era un buen nadador. Sara le decía, con esa precisión afectuosa que tenía para los defectos ajenos, que nadaba como si el agua fuera un problema que resolver en lugar de un medio en el que moverse.

Tenía razón. Ahora, con el frío cortándole la respiración y la caja complicando cada brazada, entendió por qué esa observación le había molestado siempre: porque era exactamente cierta.

La corriente lo empujaba ligeramente hacia el sur, alejándolo de las luces principales, y tuvo que corregir el rumbo dos veces, calculando ángulos de manera instintiva como cuando calculaba la trayectoria de una anomalía térmica en el mapa de sensores.

Pensó en Mateo.

No en el ruido de la pelea —eso lo apartó con una deliberación que era casi física— sino en su cara en el momento en que había dicho haz que la verdad importe . En la calma de esa frase. En lo que costaba decir algo así con esa calma.

Siguió nadando.

Cuando llegó a la orilla —un tramo de escollera al sur del puerto, con las piedras cubiertas de algas resbaladizas— salió del agua en tres intentos.

Las manos no respondían bien. Las rodillas también estaban entumecidas.

Se quedó unos segundos tendido sobre las piedras, jadeando, con la caja sobre el pecho como si fuera un escudo.

Luego se puso en pie.

Estaba completamente empapado. El viento de la noche cortaba con una precisión que tenía algo de castigo y algo de recordatorio de que todo lo que había ocurrido en las últimas horas había sido real y seguiría siendo real aunque él prefiriera que no lo fuera.

Empezó a caminar hacia las luces de la ciudad.

Arrecife dormía con la indiferencia de las ciudades pequeñas que no saben que acaban de ser el escenario de algo que cambiará su historia.

Los pocos coches que pasaban no reducían la velocidad.

Las farolas iluminaban el asfalto mojado con una luz anaranjada que hacía que todo pareciera ligeramente irreal.

Julián caminó diez minutos antes de sacar el teléfono. Tenía tres llamadas perdidas de Vidal y un mensaje enviado hacía cuarenta minutos: "Julián, para. No publiques nada. Hay cosas que no entiendes. Llámame."

Lo leyó dos veces. Lo guardó como evidencia.

Buscó el número de Elba Bethencourt en los contactos. Marcó.

Ella respondió al segundo tono, con la voz de alguien que llevaba horas despierto esperando una llamada que no sabía de quién vendría.

—Soy Julián Arenas. Tenemos que vernos ahora.

Un silencio breve. No de duda sino de alguien que estaba evaluando el tono de una voz que nunca había escuchado.

—¿Qué tiene?

—Tengo lo que buscas.

—¿Cómo sabe usted lo que busco?

—Porque creo que los dos buscamos lo mismo desde hace mucho tiempo —dijo Julián, y el viento del Atlántico se llevó sus palabras hacia el puerto mientras seguía caminando, empapado y vivo, con la caja de Manrique apretada contra el pecho como la prueba de que algunas deudas se saldan aunque cuesten demasiado—. Y acabo de encontrarlo.

Elba Bethencourt le dio su dirección sin preguntar nada más.

Julián miró el trayecto en el mapa. Cuatro minutos a pie.

Apretó el paso.

* * *

La sala era exactamente como Mateo la había descrito en sus peores momentos de esperanza: pequeña, rectangular, con las paredes de basalto tallado que Manrique había elegido porque sabía que la piedra volcánica era el mejor material de almacenamiento disponible en una isla que llevaba siglos usando su propio subsuelo como archivo.