El Sello del Diablo Capítulo IX
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Capítulo IX

El Anciano de Haría

Haría era el único lugar de Lanzarote donde los árboles ganaban.

En el resto de la isla, la vegetación existía a pesar del paisaje: palmeras resistentes, chumberas que se aferraban a la piedra volcánica, arbustos que crecían en horizontal empujados por el viento del Atlántico.

Pero en el valle de Haría, protegido al oeste y al este por las laderas de los riscos que caían casi verticalmente, los árboles crecían hacia arriba, y en cantidad suficiente para que la sombra fuera algo más que una promesa.

Mil palmeras, decían los folletos turísticos, aunque Julián ya no sabía qué creer de los folletos de esta isla.

La casa de Isidoro Cabrera estaba al final de una calle tan estrecha que el todoterreno no cabía.

La habían dejado aparcada en la plaza y caminaban ahora por el callejón encalado, Julián con el mapa en la mano y Mateo dos pasos delante, como siempre, con los ojos revisando los tejados con la misma atención sistemática con que revisaba los túneles volcánicos.

—¿Cómo sabes que podemos fiarnos de él? —preguntó Julián.

—No lo sé —respondió Mateo, sin girarse—. Pero él fue quien me mandó el mensaje, no al revés. Y lleva cincuenta años guardando esto. Si hubiera querido vendernos, lo habría hecho en cualquier momento de esas cinco décadas.

La puerta era de madera verde oscuro, con una aldaba de hierro en forma de mano. Mateo llamó dos veces. Silencio. Luego pasos lentos, cuidadosos, el sonido de alguien que negocia cada metro con el suelo.

Isidoro Cabrera tenía setenta y siete años y el aspecto de quien ha pasado la mayor parte de su vida trabajando con las manos al aire libre: la piel curtida hasta una textura casi mineral, las manos grandes y deformadas por décadas de trabajo con piedra y mortero, los ojos de un azul claro que resultaba extraño en aquella cara oscura, como si pertenecieran a otra persona.

Miró a Julián durante un segundo más de lo necesario y luego abrió la puerta del todo.

—Pasad —dijo, en un español con el acento de las islas—. Pero dejaos los miedos fuera. Con los que tengo yo dentro ya es suficiente.

* * *

El interior de la casa era fresco y olía a albahaca y a cal húmeda.

En la pared del salón principal colgaba una reproducción enmarcada de un dibujo: la silueta del Diablo de Timanfaya, el logotipo de Manrique, pero en una versión más antigua y más tosca que la que Julián había visto en la oficina del parque.

Más parecida a un boceto que a una obra terminada.

—Era mío —dijo Isidoro, siguiendo la mirada de Julián—. Me lo dio él directamente, cuando terminamos las obras. Dijo que era un recuerdo. Yo siempre pensé que era algo más.

Se sentaron en torno a una mesa redonda. Isidoro puso delante de ellos un jarrillo de agua y tres vasos sin preguntarles si querían, con el automatismo de quien ha servido hospitalidad toda su vida.

—Tenía veintiséis años cuando empecé a trabajar en la restauración del Castillo de San José —empezó, sin que nadie le pidiera que empezara—.

Era albañil. El mejor de mi cuadrilla, sin falsa modestia.

Manrique nos había elegido personalmente porque quería gente de la isla, que entendiera la piedra volcánica desde dentro, no arquitectos de Madrid que vinieran con sus planos y sus teorías.

Hizo una pausa para beber agua.

—En octubre del setenta y cuatro, estábamos reforzando la base del muro norte, la parte que da al acantilado.

La piedra de esa zona llevaba siglos en contacto con la humedad marina y había zonas que sonaban huecas al golpearlas.

Manrique quería consolidar todo antes de abrir el museo.

Cuando empezamos a retirar una sección del muro, encontramos la cavidad.

—¿Qué había dentro? —preguntó Julián, aunque ya lo sabía.

—Al principio, nada que pareciera especial. Un espacio vacío, del tamaño de un armario pequeño, con los muros interiores más secos que el resto. Lo llamé a él. Manrique bajó a ver, tocó las paredes, estuvo callado un rato. Entonces encontró la caja.

Isidoro se levantó con esfuerzo y fue hacia un aparador de madera al fondo de la estancia. Abrió el cajón inferior y sacó una carpeta de cartón amarillento, atada con una cinta. La trajo a la mesa y la dejó delante de ellos sin abrirla.

—Él leyó los documentos esa misma tarde.

Yo no los leí. No me los mostró. Pero vi su cara cuando salió, y esa cara no se olvida.

Manrique era un hombre que había visto muchas cosas: había vivido el franquismo, había peleado por esta isla contra los especuladores, había perdido amigos y batallas.

No era fácil de asustar. Pero esa tarde salió del despacho con la cara de alguien que acaba de entender algo que habría preferido no entender nunca.

Julián miró la carpeta.

—Me llamó aparte —continuó Isidoro—. Me dijo que lo que había en esa caja era importante, que podía cambiar la historia de la isla, pero que en ese momento era imposible sacarlo a la luz porque la familia de la que hablaban los documentos seguía teniendo más poder que cualquier institución dispuesta a hacer justicia.

Me dijo que iba a volver a esconderlo, pero en un lugar diferente.

Un lugar que pudiera encontrar alguien que supiera dónde mirar. Y me dio ese boceto.

Señaló la reproducción en la pared.

—Me explicó lo que significaban las marcas que había en el margen. Dónde estaba el escondite nuevo. Me dijo que si alguna vez alguien llegaba a mí haciendo las preguntas correctas, le diera el boceto original. El original está en esa carpeta.

Mateo y Julián se miraron.

—¿Por qué no lo sacaste tú mismo? —preguntó Mateo, con esa voz suya sin adornos—. En cincuenta años habrá habido momentos.

Isidoro lo miró durante un momento. No era una mirada de reproche, sino de alguien que ha tenido esa conversación consigo mismo muchas veces.

—Tuve miedo —dijo, con una sencillez que cerró cualquier posible juicio—.

Tuve miedo durante cincuenta años, que es el tiempo que lleva el miedo cuando uno empieza joven.

Vi lo que le pasó al historiador que vino hace doce años.

Vi cómo se cerró eso. Y pensé que si yo tenía suerte y esperaba suficiente, llegaría alguien con menos que perder que yo.

Miró a Julián.

—Supongo que eres tú.

Abrió la carpeta y sacó un papel doblado.

El boceto era a lápiz, sobre papel grueso de dibujo: el Diablo de Timanfaya en el centro, y alrededor, en el margen, una serie de líneas y ángulos que a primera vista parecían parte del dibujo pero que seguían una geometría demasiado precisa para ser decorativa.

En la esquina inferior derecha, una marca que Julián ya reconocía: la firma de Manrique.

—Las líneas del margen son un plano —explicó Isidoro—.

No del castillo entero. Solo de esta sección.

—Señaló con el dedo un punto específico—.

Esta marca indica la secuencia de presión en las piedras.

Manrique era ingeniero además de artista.

Diseñó el mecanismo él mismo. Nadie que no supiera que existía podría encontrarlo.

Julián estudió el boceto. Era un sistema elegante y completamente invisible: las piedras que actuaban como cerradura estaban integradas en el relieve decorativo del muro, indistinguibles del trabajo ornamental normal.

—¿Cuánta gente sabe de esto? —preguntó Julián.

—Ahora mismo, en este salón —respondió Isidoro—, tres personas. Antes de ayer, una.

Se levantó con la misma lentitud con que se había sentado, fue hasta la ventana y miró hacia afuera un momento. Desde allí se veía el callejón, el muro blanco de la casa de enfrente, un trozo de cielo azul intenso entre los tejados.

—Llevad cuidado —dijo, sin girarse—. No porque no confíe en vosotros. Sino porque Rodrigo Salazar-Ponte lleva mucho tiempo siendo el hombre más poderoso de esta isla, y los hombres así no pierden sin hacer daño.

Luego se giró y añadió, con algo que en su cara funcionaba como una sonrisa:

—Pero tampoco ganan para siempre. Eso también lo he aprendido en setenta y siete años.

Mateo recogió el boceto con cuidado. Julián aún tenía la vista fija en la firma de Manrique en la esquina inferior derecha, pensando en un hombre que había construido museos dentro de volcanes y había escondido pruebas de un crimen dentro de un castillo, y que había muerto en una rotonda a doscientos metros de su propia fundación sin que la verdad que guardaba hubiera salido todavía a la luz.

Hasta ahora.

* * *

La casa de Isidoro Cabrera en Haría olía a cal y a romero y a algo más difícil de nombrar: el olor específico de los espacios donde alguien ha vivido solo durante mucho tiempo y ha llegado a un acuerdo con esa soledad que ya no la disimula con nada.

—Cuando Manrique llegó al castillo —dijo Isidoro, sin mirar a ninguno de los dos, mirando sus propias manos— yo llevaba ya seis meses en la obra.

Vi cómo tapaba un hueco en la pared de los muros interiores.

Lo tapó solo, sin pedirnos que lo hiciéramos nosotros.

Llevó sus propios materiales. Trabajó tres días en esa sección, sin explicar nada, y cuando terminó nadie habría sabido que aquella pared era diferente del resto.

Pero yo lo sabía. Porque yo había visto la pared antes, y antes no había nada allí.

—¿Y no preguntaste?

—Le pregunté. Manrique me miró de esa manera suya, como si estuviera evaluando cuánto podías aguantar sabiendo algo que no podías deshacer.

Y me dijo: "Isidoro, hay cosas que es mejor haber puesto en su sitio sin saber por qué.

El día que sepas el por qué, ya no te importará no haberlo sabido antes. "

Isidoro abrió el cajón de la mesa y sacó un papel doblado en cuatro, con los pliegues marcados de décadas.

Era un dibujo preciso y detallado, con las cinco piedras marcadas con números y flechas que indicaban la dirección y la presión exacta de cada movimiento.

Debajo, en caligrafía pequeña y ordenada: "Sec.

M interior, muro norte, nivel 1. Manrique. 12 dic. 1974."