Capítulo IX #2
—Guardé el boceto porque sabía que algún día importaría. —Pausa—. Manrique murió en el noventa y dos. Cuando vino el chico historiador, hace doce años, le di una copia.
—¿Guardaste el original? —preguntó Mateo.
—Siempre guardé el original.
* * *
La visita al almacén de la familia Talavera duró dos horas.
Doña Carmen había sido archivera del Cabildo durante treinta y dos años.
Su jubilación, cinco años atrás, había coincidido aproximadamente con el momento en que la salud de su memoria empezaba a declinar en algunas áreas y a mejorar en otras: había olvidado el nombre de tres de sus cuatro nietos pero recordaba con precisión fotográfica el contenido de cada caja que había catalogado entre 1979 y 2011.
—El intercambio —dijo, después de mirar las dos fotografías que Elba le había puesto delante— fue en 1987. Yo no lo hice. Fue el director de entonces, Don Ramón Estévez Calderón. Y no lo hice yo pero lo vi, y lo registré.
Elba contuvo la respiración.
—¿Lo registró?
—En mi diario personal. No en el registro oficial del archivo, que era exactamente el problema.
En el registro oficial aparecía como una "restauración y sustitución de documento deteriorado.
" —Doña Carmen pronunció las palabras con el tono específico de quien lleva treinta y cinco años sabiendo que una descripción es falsa—.
Pero en mi diario describí el proceso completo.
La llegada de Don Ramón por la mañana con un hombre al que no presentó.
El documento que ese hombre trajo en un tubo de cartón.
La extracción del original. El reemplazo.
—¿Tiene ese diario?
—Lo guardé en el almacén cuando me jubilé. No confiaba en dejarlo en casa.
El almacén resultó ser el trastero del edificio de la calle Mayor donde Doña Carmen había vivido durante cuarenta años. Cuatro cajas de documentos personales, dos maletas cerradas con candado, y dieciséis cuadernos de tapas negras ordenados por año.
El cuaderno de 1987 tenía la fecha del intercambio marcada con una pegatina roja.
Cuatro páginas de letra apretada y regular, la letra de una mujer que había pasado su vida profesional haciendo que los documentos fueran legibles para otros.
La descripción era exactamente lo que Doña Carmen había prometido: completa, precisa, sin ambigüedades.
—¿Puedo fotografiarlo? —preguntó Elba.
—Puede llevárselo. —Doña Carmen cerró el cuaderno y se lo tendió con las dos manos—. Llevo treinta y cinco años esperando que alguien viniera a buscarlo. Pensé que sería más joven.
Elba tomó el cuaderno.
—¿Por qué no fue a la policía en su momento?
Doña Carmen la miró con la expresión de quien acaba de escuchar una pregunta que tiene una respuesta obvia.
—Porque la familia Salazar-Ponte donó el edificio donde estaba la comisaría. —Una pausa—. Y el hospital. Y la mitad de los colegios de la isla. Hay cosas que en 1987 en Lanzarote no se podían decir en voz alta aunque fueran ciertas. Hoy quizás sea diferente.
Elba la miró y pensó que la dignidad tiene muchas formas, y que una de las más difíciles de mantener es la de quien sabe algo que le costó todo y ha esperado décadas para que alguien viniera a buscarlo y cuando por fin alguien viene, no pierde la compostura.
—Gracias —dijo.
—No me dé las gracias todavía. Todavía tiene que usarlo para algo.
Salió del almacén con el cuaderno en la bolsa y el peso específico de los documentos que cambian las cosas. No el peso físico, que era mínimo, treinta páginas de letra apretada en un cuaderno escolar. El otro tipo de peso. El que se siente cuando uno carga con algo que no solo le pertenece a uno.
En el coche, antes de arrancar, llamó a Mateo.
—Tengo el cuaderno de Doña Carmen. Y tengo el documento del archivo con la cláusula completa. Y tengo fotografías de la copia que tiene la familia.
—¿Es suficiente?
—Para el artículo, casi. Para la prueba material que conecta todo con 1730, necesito el diario.
—Esta noche vamos.
Elba miró el cuaderno en el asiento del copiloto. Doña Carmen le había dicho que llevaba treinta y cinco años esperando. Elba llevaba dos. El diario de Fray Tomás llevaba trescientos.
—Esta noche —dijo.
Antes de salir del aparcamiento, Elba guardó el cuaderno de Doña Carmen en la mochila junto con las fotografías de los documentos y el pequeño grabador de voz que llevaba a todas las entrevistas, por costumbre más que por necesidad, porque había aprendido hace años que la memoria es más fiable cuando tiene respaldo.
El camino de vuelta a Arrecife pasaba por el interior de la isla, por los pueblos blancos que se asientan sobre el malpaís con esa tranquilidad específica de los lugares que llevan siglos conviviendo con la posibilidad de que la tierra vuelva a moverse.
Pensó en los Bethencourt. En los que habían muerto en la ermita en 1730. En los que habían seguido viviendo en la isla durante trescientos años, sin saber exactamente qué habían perdido y sin poder reclamarlo porque no tenían la prueba material que demostrara que había algo que reclamar.
Y pensó que ella se llamaba Bethencourt también. Que el apellido no era una coincidencia ni una casualidad ni ninguna de esas cosas que la gente dice cuando quiere decir que algo es demasiado conveniente para ser cierto.
Era simplemente un apellido que venía de algún sitio. Y ese sitio, resultaba ahora, tenía historia.
Una historia que no había tenido acceso a la parte que le correspondía.
Elba pensó en eso durante varios kilómetros de carretera interior: en lo que significaba llevar un apellido que había sido despojado de algo trescientos años antes.
No el despojo material, que era abstracto y remoto, sino el despojo de la historia.
De saber de dónde venía uno. De tener los papeles completos.
Eso era lo que la familia Salazar-Ponte había borrado realmente con el intercambio del documento: no la propiedad de unas tierras sino la coherencia de una historia.
El derecho de los Bethencourt a saber que la merced tenía una cláusula y que la cláusula había sido incumplida y que ese incumplimiento no había sido accidental.
Quizás era por eso que a ella le había importado tanto desde el principio. Más de lo que la importancia periodística de la historia justificaba.
Quizás los apellidos guardan memoria de las cosas que los cuerpos olvidan.
Quizás era solo una historia que se contaban a sí mismos los Bethencourt, de generación en generación, para darle sentido a una pérdida que no tenía explicación oficial.
O quizás los apellidos sabían más de lo que las personas que los llevaban creían saber.
Esta noche lo averiguaría.
Arrancó el coche y tomó la carretera de Arrecife.
El interior de la isla pasaba por la ventanilla: los campos de lapilli negro, los viñedos, los pueblos blancos, los molinos de viento que ya nadie usaba pero que seguían en pie porque en las islas las cosas que dejan de ser útiles tardan en desaparecer.
Era una isla que guardaba sus cosas.