Capítulo VIII
El Guardián de la Memoria
La huida los llevó lejos de las rutas marcadas, adentrándose en el corazón del norte, donde los riscos caen verticales hacia el Atlántico. Mateo se detuvo tras una formación rocosa que parecía una muralla natural.
—Aquí estaremos seguros hasta que salga el sol.
Habían llegado al pie de los acantilados de Famara sin planificarlo, siguiendo el instinto de Mateo hacia los lugares altos donde se ve el peligro antes de que llegue.
Desde arriba, si hubiera habido luz suficiente para verlos, los acantilados caían cuatrocientos metros hasta el mar en una pared vertical de roca rojiza que los geólogos datan como la parte más antigua de la isla: el núcleo original del volcán, el que emergió del Atlántico hace quince millones de años antes de que el resto se fuera añadiendo por capas de sucesivas erupciones.
Abajo, la playa de Famara se extendía en una franja de arena oscura donde, incluso de noche, incluso en octubre, había dos o tres siluetas de surfistas que esperaban las olas con esa paciencia que Julián siempre había encontrado incomprensible y que ahora, después de todo lo ocurrido, empezaba a entender de otra manera.
A veces esperar es lo único que se puede hacer. Y a veces la ola llega.
Al norte, más allá del Archipiélago Chinijo que se recortaba como sombras contra el horizonte, estaba La Graciosa: la isla más pequeña habitada de España, ocho kilómetros cuadrados de arena y roca sin un solo metro de asfalto.
Manrique la había mencionado en una entrevista de los años setenta como el ejemplo de lo que Lanzarote podría haber sido si el turismo de masas no hubiera llegado tan rápido y tan sin control.
Mateo la señaló con un gesto de la barbilla.
—Ahí es donde voy cuando necesito recordar por qué hago esto.
Julián no preguntó qué era esto exactamente. Lo entendía sin que hiciera falta formularlo: la defensa de un lugar. La decisión de que ciertos paisajes no se tocan, no porque sean intocables, sino porque hay personas que eligen hacer de ese principio el centro de su vida.
Julián se dejó caer, exhausto. Con una reverencia casi sagrada, sacó el anillo de su bolsillo. A la luz tenue de la luna, el sello del ave atrapando a la serpiente parecía cobrar vida propia.
—Mientras el sol no suba, somos invisibles —sentenció Mateo—. Pero en cuanto haya luz, el magnate sabrá que seguimos vivos. Usa este tiempo, Julián. Descifra lo que ese sello significa.
Pero Julián miraba a Mateo, y había algo en la expresión del guía —esa culpa antigua que asomaba entre las arrugas de su cara como la lava entre las grietas de la roca— que necesitaba salir antes que cualquier otra cosa.
—Mateo. Es hora de que me cuentes cómo te hiciste la cicatriz.
* * *
Se sentaron sobre la roca fría, con el horizonte atlántico comenzando a palidecer hacia el este. Mateo apoyó los codos en las rodillas y miró sus manos durante un momento, como si ordenara las palabras antes de pronunciarlas.
—Hace doce años —empezó—, había un hombre en el parque que se llamaba Diego. Era historiador, no geólogo. Había venido de Las Palmas con una beca pequeña para estudiar los archivos parroquiales de los pueblos que el volcán de 1730 había sepultado. Un trabajo de archivo, decía. Polvo y papel viejo.
Julián no interrumpió.
—Diego y yo nos hicimos amigos. Él era de esos que hacen preguntas en voz alta mientras trabajan, que piensan contigo aunque no le hayas pedido que lo haga.
Un día me mostró algo que había encontrado en los registros municipales de Yaiza: una referencia a una familia llamada Bethencourt que había poseído tierras en el sur antes de la erupción.
Las tierras no aparecían en ningún registro posterior.
Ni vendidas, ni heredadas, ni confiscadas.
Simplemente dejaban de existir como si nunca hubieran estado allí.
Diego llevaba semanas siguiendo ese rastro.
—¿Hasta dónde llegó?
—Hasta el nombre Salazar de la Ponte. Cuando empezó a tirar de ese hilo, alguien se dio cuenta.
Dos hombres vinieron a verle una noche, al alojamiento donde se quedaba en Yaiza.
Dijeron que eran abogados, que representaban a una familia que tenía derechos sobre los documentos que él estaba consultando.
Mateo se detuvo. Miró la cicatriz en el dorso de su mano.
—Yo estaba allí esa noche. Había ido a devolverle un mapa que me había prestado. Cuando llegué, los dos hombres ya estaban dentro. Diego estaba en el suelo. Intenté sacarlo. Uno de los hombres tenía un cuchillo. —Una pausa larga—. Diego no sobrevivió. Yo sí, pero por poco.
Julián sintió el frío de la madrugada con una intensidad nueva, como si el aire hubiera cambiado de temperatura en el tiempo que tardó en escuchar esa frase.
—¿Fueron a la policía?
Mateo soltó algo que podría haber sido una carcajada en otras circunstancias.
—El juez que instruyó el caso era el mismo que firmaba los permisos de construcción del grupo Salazar-Ponte desde hacía veinte años. El caso se cerró como robo con resultado de muerte. Autor desconocido.
—¿Y Vidal? ¿Desde cuándo está en contacto con él?
Mateo no apartó la vista.
—Desde que Rodrigo Salazar-Ponte lo puso en mi camino hace tres meses, cuando empecé a hacer preguntas de nuevo. Vidal cree que trabaja para una fundación cultural. Yo lo dejé creerlo. Necesitaba saber hasta dónde llegaba la red antes de tirar de ella.
El alba terminó de romper sobre el Atlántico. En la distancia, las Montañas del Fuego ardían en naranja bajo el primer sol, exactamente igual que llevaban siglos ardiendo: silenciosas, pacientes, guardando todo lo que les habían confiado.
—Ahora ya sabes por qué no podía dejar que fueras solo —dijo Mateo, recogiendo su mochila—. Y por qué, si llega el momento, no dudes ni un segundo en seguir sin mí.
—La marca del orfebre genovés nos da el origen del anillo —dijo Julián—. El testimonio de Fray Tomás, si existe, nos daría el nombre del asesino. Y el castillo de San José...
—Tiene lo que buscas —interrumpió Mateo—. Manrique lo encontró durante las obras. Lo sé desde hace años.
Julián lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no fui yo el primero en buscarlo. Y la persona que lo intentó antes que yo pagó un precio que todavía cargo.
Señaló su mano derecha. La cicatriz.
—Ya es hora de que vayamos a terminar esto.
* * *
Famara era la costa más desnuda de Lanzarote: un farallón de cuatrocientos metros que caía en vertical sobre el Atlántico, con la playa al pie y el viento constante que había tallado los acantilados durante millones de años.
Desde la cima, en los días claros, se veía La Graciosa flotando sobre el canal del Río con esa quietud de los lugares que existen a una distancia suficiente para ser hermosos.
Mateo había subido aquí muchas veces con Diego, en los meses que el historiador había pasado en la isla.
Diego tenía la costumbre de pensar en voz alta cuando el paisaje era lo suficientemente grande como para que los pensamientos tuvieran espacio.
"La historia que no se escribe no desaparece" , le había dicho una tarde de viento.
"Se deposita en la tierra como la ceniza volcánica.
Invisible, pero presente. Y un día alguien viene con los instrumentos adecuados y la encuentra. "
Diego había muerto tres semanas después de decir eso.
La noche de la alquería de Yaiza había sido en noviembre, con el viento del norte y la luna nueva.
Mateo había llegado tarde porque el coche había tenido un problema en la pista y había tenido que caminar el último kilómetro a oscuras.
Si hubiera llegado cinco minutos antes, habría llegado a tiempo para que todo fuera diferente.
Había llegado en el momento exacto para ver lo que vio sin poder cambiar nada.
El hombre que había estado allí aquella noche era el mismo que ahora enviaba al geólogo a medir temperaturas en el parque volcánico.
Esa era la conexión que Mateo había tardado meses en construir: que el encargo académico no era académico, que el patrocinador era Rodrigo Salazar-Ponte, cuya familia tenía en esas tierras volcánicas un interés que no había empezado con el turismo sino con algo que había ocurrido trescientos años atrás.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo quién es? —preguntó Julián.
—Siete años. Tuve el nombre antes de tener la prueba. Y sin la prueba el nombre no vale nada.
Mateo miró el anillo en la bolsita que Julián llevaba en el bolsillo.
—Ahora tenemos el principio de ella.
* * *
Los tres se reunieron al día siguiente en el bar del puerto de Arrecife donde el café era fuerte y las mesas de la terraza quedaban suficientemente lejos de la barra como para hablar sin que nadie oyera nada que no quisieran que oyera.
Elba llegó primero, con el portátil y una carpeta de documentos que puso sobre la mesa con el gesto tranquilo de alguien que lleva el material necesario para una reunión de trabajo.
Julián llegó dos minutos después, con el sensor y el anillo en la bolsa de muestra.
Mateo llegó el último, con la expresión de alguien que ha dormido poco y lo ha procesado todo.
Elba extendió los documentos sobre la mesa.
—Aquí está lo que tengo. —Señaló el primero—.
La merced real de 1698. Original en el archivo de Teguise; fotografiada ayer.
Otorga a Don Gonzalo de Salazar-Ponte el señorío sobre un área de tres leguas cuadradas de malpaís en el sur de Lanzarote, condicionado al pago de un tributo anual a la Corona y al mantenimiento de la ermita de la Virgen de los Remedios.
—¿Condicionado al mantenimiento de la ermita?
—Eso dice el documento original. Lo cual es interesante porque si miras el documento que tiene la familia, la cláusula de la ermita no aparece.
Silencio.
—¿Los has comparado? —preguntó Julián.
—Uno al lado del otro, foto contra foto. Son el mismo documento en todo excepto en esa cláusula. Alguien hizo una copia del documento original, eliminó la cláusula, y en algún momento de los últimos trescientos años intercambió el original con la copia en el archivo del Cabildo.
—¿Y por qué importa la cláusula de la ermita? —preguntó Julián.
Mateo respondió antes de que Elba pudiera hacerlo.
—Porque si la merced real estaba condicionada al mantenimiento de la ermita, y la ermita se cerró en 1730 tras la muerte de Don Esteban Bethencourt y su esposa, entonces el título de propiedad caducó en 1730.
Todo lo que la familia ha hecho con esas tierras desde entonces, cada venta, cada edificio, cada concesión, está construido sobre un título que legalmente dejó de ser válido hace tres siglos.
Elba asintió.
—El problema es que demostrarlo requiere el anillo como prueba material que vincula la merced con los hechos de 1730. El anillo tiene el mismo blasón que aparece en la merced.
Julián sacó la bolsa de muestra y la puso sobre la mesa.
—Encontrado en el sector noroeste del área de muestreo. A dos metros de profundidad bajo la colada de 1730.
Elba lo miró durante un momento largo.
—¿Y el diario de Fray Tomás?
—Eso requiere entrar al Castillo de San José —dijo Mateo—. Por los tubos.
Elba cerró el portátil.
—Hay una cosa más —dijo—. Antes de que entremos al castillo, necesito que quede claro entre los tres lo siguiente: lo que encontremos allí dentro, si encontramos algo, va a publicarse.
No puede desaparecer en una caja de evidencias policiales durante dos años mientras los abogados de la familia paralizan el proceso. Tiene que salir.
—Estoy de acuerdo —dijo Julián.
—¿Y tú? —Miró a Mateo.
Mateo tardó un momento en responder. No porque no estuviera de acuerdo sino porque estaba pensando en Diego, que había llegado a la misma conclusión doce años antes y no había llegado a ver el resultado.
—Sí —dijo—. Pero con una condición: la madre de Diego sabe primero. Antes de que salga en ningún medio.
Elba lo miró.
—¿Por qué?
—Porque ella lleva doce años sin saber por qué murió su hijo. Si esto es la respuesta, merece saberlo antes que nadie.
Silencio.
—De acuerdo —dijo Elba.
—Entonces esta noche —dijo Julián.
—Esta noche. —Mateo miró su café—. Hay una cosa más que tenéis que saber.
Los dos lo miraron.
—La familia sabe que estamos cerca. Ayer por la tarde, cuando salí del parque, había un coche que no reconocía aparcado frente a mi casa. Esta mañana ya no estaba. Puede ser nada. Pero si no es nada, significa que esta noche vamos a tener compañía.
—¿Compañía del tipo que hay que evitar o del tipo que hay que enfrentar? —preguntó Elba.
—Del primero tipo si podemos. Del segundo si no queda otra.
Elba cerró el portátil.
—Estoy de acuerdo con eso —dijo—. En ese orden de preferencia.
Pagaron el café y salieron al puerto. El Atlántico estaba de ese azul específico de las mañanas sin viento en Lanzarote, tan quieto que costaba imaginar que era el mismo océano que en los días de levante golpeaba los acantilados con la fuerza de algo que ha estado acumulando energía durante miles de kilómetros.
Mateo los miró a los dos.
—Hay una cosa más —dijo—. Si esta noche nos encontramos con alguien en el castillo, quiero que los dos hagáis lo que os diga sin preguntar por qué. ¿Podéis hacer eso?
—¿Qué tipo de cosa es la que vas a decirnos? —preguntó Julián.
—El tipo que se dice cuando hay que moverse rápido y no hay tiempo para explicaciones.
Julián procesó esto.
—De acuerdo.
—¿Elba?
—Sí. Pero después me lo explicas todo.
—Después te lo explico todo —confirmó Mateo.
Salieron del bar con el plan en la cabeza y el peso de lo que iba a ocurrir esa noche instalado en el pecho de cada uno de una manera diferente: Julián con la precaución de quien calcula riesgos, Elba con la adrenalina controlada de quien ha llegado muy cerca de algo que lleva mucho tiempo buscando, Mateo con algo más difícil de nombrar que era una mezcla de los dos.
El sol de media mañana calentaba los adoquines del muelle. Una gaviota pasó bajo sin hacer ruido. En el puerto, los barcos de pesca estaban de vuelta y los pescadores descargaban las cajas con los movimientos de gente que ha hecho lo mismo mil veces y no necesita pensar en ello.
Esa noche los tres harían algo que ninguno había hecho antes. Eso también era cierto.