El Sello del Diablo Capítulo VII
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Capítulo VII

La Falsa Seguridad

El camino hacia Haría fue una carrera contra el agotamiento.

El terreno cambió: el desolador malpaís dio paso a una vegetación más densa y al relieve escarpado del valle.

Finalmente, entre unos riscos que ocultaban la entrada, llegaron a la finca.

Era una construcción humilde, integrada en la roca, invisible desde cualquier camino principal.

Mateo se detuvo antes de alcanzar la puerta.

—No entres todavía —susurró, con los ojos escaneando el perímetro.

El guía comenzó a rodear la finca en un círculo silencioso, con el cuerpo pegado a las sombras, examinando los marcos de cada ventana, los sellos de la madera, los puntos donde la luz del exterior podía filtrarse y delatarlos.

Era un proceso meticuloso, casi ceremonial, el proceso de alguien que ha aprendido a convertir la paranoia en metodología.

Cuando Mateo volvió, su mano derecha seguía crispada sobre la cicatriz.

—Está limpio, de momento. Pero no encendamos ninguna luz exterior.

La palabra sonó extraña en el interior de la finca, donde el olor a piedra húmeda y a años acumulados creaba una atmósfera de tiempo detenido que Julián encontró, en su estado de agotamiento extremo, casi tranquilizadora. Casi.

El problema con los lugares que parecen seguros es que el cerebro decide creerlos más rápido de lo que debería.

Julián lo sabía por la geología: la tierra que parece estable suele ser la más peligrosa, porque la estabilidad aparente hace que uno deje de prestar atención a las señales de lo que ocurre debajo.

Los peores terremotos llegan en zonas que llevaban décadas sin actividad registrada.

Se sentó en el banco de madera y dejó que el cuerpo procesara el agotamiento.

Los últimos dos días habían comprimido más experiencia física de la que su cuerpo había acumulado en los últimos diez años de trabajo de campo: tunneles volcánicos, acantilados, carreras sobre lapilli, el agua helada de la bahía de Arrecife.

Tenía cortes en las palmas de las manos que no recordaba haberse hecho, un moratón en la rodilla izquierda que palpitaba con su propio ritmo.

—¿Siempre eres así? —preguntó Julián.

—¿Así cómo?

—Así de... sistemático. En situaciones como esta.

Mateo se detuvo frente a la tercera ventana.

—No me meto en situaciones como esta con frecuencia —dijo—. Pero cuando lo hago, la única diferencia entre salir y no salir suele ser no haber asumido que ya estabas a salvo.

Julián miró sus propias manos. Los cortes. El anillo que seguía en su bolsillo, ese pequeño peso frío que había arrastrado a través de cavidades volcánicas y aguas del Atlántico.

—Mateo. Si esto sale mal...

—No saldrá mal.

—Pero si saliera mal. ¿Quién sabe lo suficiente para continuar sin nosotros?

Mateo terminó de revisar la ventana. Se giró y miró a Julián con esa expresión suya que no revelaba nada pero que, después de dos días juntos, Julián había aprendido a leer mejor.

—Hay una periodista en Arrecife —dijo Mateo—. Elba Bethencourt. Tiene semanas de trabajo sobre Rodrigo y no sabe todavía lo que significa su propio apellido en todo esto.

Julián recordó la palabra en el cuaderno de aquella mujer en el bar: Majada Blanca.

—Si algo nos pasa —continuó Mateo—, el anillo tiene que llegar a ella. Con o sin nosotros.

Fue la primera vez desde que se conocían que Mateo usó la primera persona del plural para referirse a los dos juntos. No como estrategia. Como hecho.

* * *

Pasaron cerca de El Golfo al alba, cuando la luz todavía era esa cosa indecisa entre azul y gris que en Lanzarote duraba menos que en cualquier otro sitio porque la isla parecía impaciente por llegar a la luz del día.

Julián lo vio desde la carretera y no entendió lo que estaba viendo.

Una bahía semicircular, abierta al mar por un lado, cerrada por el otro por las paredes de un cráter volcánico que el tiempo y las olas habían cortado por la mitad.

Y dentro de esa bahía, en lugar del agua gris del Atlántico que la rodeaba, una laguna de un verde imposible, casi fluorescente, que brillaba con una intensidad propia incluso bajo la luz débil del amanecer.

—El Lago Verde —dijo Mateo, sin desviar la vista de la pista—.

Un cráter que el mar partió. La laguna no comunica con el océano, pero el agua salada filtra por la roca.

La alga que crece ahí, Dunaliella salina , produce ese color.

La concentración de carotenos es la más alta que se conoce en cualquier organismo vivo.

Julián miraba por la ventanilla con la expresión de quien intenta encontrar una explicación lógica a algo que, por un momento, su cerebro ha registrado como sobrenatural.

—Manrique lo intentó proteger —continuó Mateo—.

Consiguió que declararan la zona parque natural.

Pero la roca volcánica que rodea la laguna se erosiona.

Dentro de unos siglos, el mar terminará de llevarse el cráter y la laguna desaparecerá.

—Una pausa—. Esta isla no es permanente. Es un estado temporal de la tierra.

Julián no respondió. Miraba la laguna verde alejarse por el espejo retrovisor, pensando en el cráter que el mar se llevaba, en la arquitectura de la erosión, en cuánto tiempo aguanta una cosa antes de que la presión sea demasiada.

* * *

Mateo se detuvo frente a la ventana trasera. Sus dedos, rígidos, tocaron el marco de madera.

—Alguien ha estado aquí —susurró.

Sobre el alféizar de piedra, que solía estar cubierto de polvo, se observaba una marca clara, un surco fresco. Y a un lado, un pequeño fragmento de tejido sintético: el tipo de tejido técnico y resistente que Julián había reconocido en los uniformes de los hombres del Ejecutor.

—No nos han seguido desde el malpaís —concluyó Mateo—. Nos han estado esperando.

Un sonido muy leve llegó desde el exterior: el chirrido de un neumático sobre la grava, a varias decenas de metros. Alguien acababa de apagar el motor de un vehículo.

Mateo hizo una señal rápida: debían moverse ahora.

—La puerta trasera da a un antiguo sendero de pastoreo. Si salimos en cuanto oigamos el crujido de la grava en la entrada principal, ganaremos ventaja.

Justo cuando Mateo se disponía a abrir el cerrojo, un destello de luz atravesó las cortinas. El sonido de la madera astillándose fue la señal que necesitaban.

—¡Ahora! —ordenó Mateo, impulsando a Julián a través de la abertura.

Salieron a la oscuridad total del huerto de higueras. El aire del valle de Haría los recibió con una brisa fresca, cargada con el olor a tierra y a higueras mojadas.

Julián recordó el mensaje de Vidal. VID. En el teléfono de Mateo.

Se detuvo.

—Mateo. ¿Cuánto tiempo llevas en contacto con mi coordinador de la universidad?

El guía siguió andando dos pasos antes de parar. Se giró despacio, con esa calma que Julián ya sabía que no era indiferencia sino control.

En la oscuridad del valle, la cicatriz de Mateo brilló bajo la luna como una respuesta que ninguno de los dos estaba preparado para dar todavía.

* * *

El hostal donde se habían alojado esa noche era pequeño, en el casco antiguo de Teguise, con paredes de piedra volcánica y ventanas que daban a la calle empedrada.

Julián se había quedado sentado en la cama con el anillo sobre la mesita y el teléfono en la mano, mirando el hilo de mensajes con Vidal sin responder ninguno.

Había algo que lo molestaba y tardó en identificarlo: era la ecuanimidad de Vidal. Sus mensajes eran uniformemente tranquilos, uniformemente centrados en el mismo punto: los datos crudos de las anomalías térmicas. No en el bienestar de Julián. No en los plazos. Solo en los datos.

El patrocinador quería saber dónde estaban los tubos volcánicos.

Julián tardó cuarenta y ocho horas en entender por qué: los tubos eran la única ruta de acceso al castillo que no pasaba por las entradas controladas.

Si alguien sabía exactamente dónde estaban, podía entrar por donde ninguna cámara miraba.

Y si había algo que recuperar antes de que otra persona lo encontrara primero, esa información valía más que cualquier informe académico.

Julián escribió un correo a Vidal con los datos más irrelevantes del muestreo, sin ninguna mención a las anomalías del sector este, las que formaban la cadena que llegaba hasta el castillo.

Suficiente para que Vidal pensara que seguía teniendo el control, insuficiente para que el patrocinador obtuviera lo que realmente buscaba.

Se levantó, fue al baño, se mojó la cara con agua fría y se miró en el espejo. El hombre que le devolvió la mirada era alguien que doce días atrás había aterrizado en esta isla pensando en datos térmicos y en la separación de Sara. Ese hombre parecía bastante más lejano que doce días.

* * *

Esa noche, en la habitación del hotel de Puerto del Carmen que olía a aire acondicionado y a la colonia del huésped anterior, Julián abrió el portátil y pasó cuatro horas haciendo lo que debería haber hecho antes de aceptar el contrato: buscar el historial de Vidal.

No el historial profesional. Ese lo conocía.

Gerente de inversiones de la familia Salazar-Ponte desde hacía nueve años.

Especializado en la identificación y adquisición de patrimonio histórico en riesgo.

Licenciado en economía por la Complutense, máster en gestión de activos por el IESE.

Una carrera limpia, una reputación sólida, el tipo de persona que aparece en las páginas de economía de los periódicos regionales cuando la empresa que representa compra algún terreno o restaura algún edificio con fondos europeos.

El historial que buscaba era otro.

Encontró el primero a las once de la noche, en la hemeroteca del Diario de Lanzarote: una nota breve de 2014 sobre la muerte de un investigador de la Universidad de Las Palmas que había estado trabajando en la cartografía histórica de los tubos volcánicos de Timanfaya.

Muerte accidental. Caída en el malpaís durante trabajo de campo nocturno. El expediente cerrado.

Encontró el segundo a las doce y media, en los archivos digitalizados del Cabildo: la suspensión de un proyecto de catalogación de documentos históricos del siglo XVIII en 2018, con una nota administrativa que mencionaba "interferencias con intereses privados legítimos" sin especificar cuáles.

Encontró el tercero a la una y cuarto de la madrugada, y este fue el que le hizo cerrar el portátil y quedarse sentado en la oscuridad durante un buen rato.

Era un artículo de 2014 en el suplemento cultural de El País Canarias, firmado por una periodista llamada Elena Peraza, sobre la colección de arte de la familia Salazar-Ponte.

El artículo describía la colección con detalle: pinturas flamencas del XVII, cerámica prehispánica, documentos históricos enmarcados que decoraban el despacho principal de la finca.

Entre los documentos históricos mencionaba, de pasada y sin darle más importancia, "una merced real de 1698 que otorga a los antepasados de la familia el dominio sobre las tierras del malpaís sur de Lanzarote".

La misma merced real que, según Elba Bethencourt, estaba en los archivos del Cabildo de Teguise.

La misma merced real que, según Mateo, era la prueba documental de que los Salazar-Ponte habían estado ocultando durante trescientos años el origen real de su título de propiedad.

Si la familia tenía el original enmarcado en su despacho y el archivo tenía una copia certificada, alguien, en algún momento, había hecho una copia muy buena de un documento muy importante.

O alguien había intercambiado los dos. Y Julián no tenía manera de saber cuál era cuál sin ver los dos documentos al mismo tiempo.

A las dos de la madrugada envió un mensaje a Mateo.

Necesito hablar con Elba Bethencourt. Lo antes posible.

La respuesta llegó cuarenta minutos después, cuando Julián estaba considerando seriamente dormirse con el teléfono en la mano.

Mañana a las nueve. Bar del puerto de Arrecife. La que tiene la barca pintada en la puerta.

Julián soltó el teléfono sobre la almohada.

Afuera, el viento del norte había girado y traía el olor del mar.

No el mar tranquilo de los días sin viento sino el Atlántico de verdad, el que tiene tres mil kilómetros de profundidad y el recuerdo de todos los barcos que han cruzado sobre él.

Julián lo conocía desde niño, desde las tardes en que su padre lo llevaba al puerto de su ciudad natal y le explicaba que el océano no tiene memoria pero guarda todo.

Su padre había sido un hombre de frases de ese tipo. Frases que sonaban a refrán pero que en realidad eran observaciones personales disfrazadas de sabiduría general.

Cerró los ojos.

A las nueve de la mañana iba a conocer a Elba Bethencourt. Y con un poco de suerte, las piezas que ella tenía y las que él tenía y las que Mateo llevaba doce años guardando iban a encajar de una manera que no pudiera ignorarse.

A las nueve menos cinco Julián llegó al bar del puerto. La barca pintada en la puerta era pequeña y azul y tenía ese estilo naive de los murales que pintan los marineros jubilados con demasiado tiempo libre y un entusiasmo genuino por el resultado.

Elba ya estaba dentro, con el portátil abierto y el café a medio beber. Era más joven de lo que Julián había imaginado, o quizás era que tenía la cara de las personas que duermen poco y trabajan mucho, que a veces parece juventud y a veces parece todo lo contrario.

—Julián Vega —dijo, sin levantarse.

—Elba Bethencourt.

Se estrecharon la mano.

Mateo llegó dos minutos después, con la expresión de alguien que ha dormido menos de lo necesario pero no va a mencionarlo.

—¿Habéis pedido ya?

—Estábamos esperándote.

Se sentaron los tres alrededor de la mesa pequeña, con el sonido del puerto entrando por la puerta abierta y el café llegando antes de que nadie hubiera dicho del todo qué quería, porque el camarero era el tipo de camarero que sabe lo que va a querer cada mesa sin que se lo digan.

Llegaron los cafés. Los tres bebieron el primero en silencio, que era el silencio de gente que tiene mucho que decir y está calculando por dónde empezar.

Fue Elba la que empezó.

—Voy a contaros lo que tengo y luego cada uno me cuenta lo que tiene. Sin omitir nada, sin decidir de antemano qué es relevante y qué no. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Julián.

Mateo asintió.

—Bien. —Elba abrió el portátil—. Empecemos por el principio.

Y empezaron por el principio.

Tres horas después, cuando el camarero les preguntó si iban a quedarse a comer, Elba dijo que sí sin pensarlo, porque el portátil seguía abierto y los documentos seguían sobre la mesa y ninguno de los tres había mirado el reloj ni una sola vez.

Eso también decía algo.

Decía que las tres personas sentadas alrededor de esa mesa habían encontrado algo suficientemente importante como para pasar horas hablando de ello sin cansarse y sin distraerse. Que el rompecabezas encajaba. Que mañana por la noche, si todo iba bien, tendrían lo que necesitaban.