Capítulo VI
El Hombre Detrás del Fuego
La terraza de la mansión se asomaba al Atlántico desde un acantilado de cuarenta metros. A esa hora, con el sol ya hundido en el horizonte y el cielo tomando el color del basalto mojado, el mar parecía una extensión de la lava: negro, inmenso, indiferente a todo lo que ocurriera en sus orillas.
Rodrigo Salazar-Ponte no miraba el mar. Miraba el hielo de su vaso.
Era un hombre de setenta y dos años que aparentaba sesenta, con la complexión seca y precisa de quien ha vivido siempre en climas extremos y ha aprendido a no desperdiciar energía en lo que no puede controlarse.
El traje era de lino gris, sin corbata, con los dos primeros botones de la camisa abiertos.
No por descuido, sino porque a Rodrigo Salazar-Ponte hacía décadas que nada le ocurría por descuido.
Su padre le había enseñado a mirar el Atlántico desde esta misma terraza.
Era el primer recuerdo nítido que conservaba de él: tenía seis años, y su padre lo había levantado antes del amanecer, lo había traído aquí envuelto en una manta y le había señalado el horizonte con ese gesto solemne que usaba para los asuntos que consideraba importantes, que eran casi todos.
Todo lo que ves , le había dicho, tiene un precio ya pagado. Antes que nosotros, otros pagaron ese precio. Tú solo tienes que saber que nadie te lo puede quitar.
Rodrigo había tardado años en entender lo que su padre quería decir con precio ya pagado .
La comprensión había llegado de manera gradual, como llegan las comprensiones importantes: no de golpe sino por acumulación de indicios que un día, sin avisar, se ensamblan en algo que uno ya no puede ignorar.
El primero había sido una conversación overheard a los doce años entre su padre y un notario al que nunca más había vuelto a ver.
El segundo había sido el archivo familiar que su padre le había confiado a los veinticinco, con la indicación de que no lo abriera hasta que estuviera seguro de poder manejarlo.
El tercero había sido ese mismo archivo, abierto finalmente a las dos de la madrugada de un invierno en Madrid, con el papel de los documentos del siglo XVIII crujiendo bajo sus dedos con la fragilidad de las cosas que han sobrevivido demasiado tiempo para seguir siendo cómodas.
El precio ya pagado era bastante específico.
Se podía leer en una merced real de 1698, en un contrato de arrendamiento de 1731, en una serie de transacciones documentadas que construían la historia de una fortuna territorial sobre un cimiento que la historia oficial no registraba.
Su familia había obtenido sus primeras tierras en la isla no por compra ni por herencia honrada sino por una transferencia que un hombre llamado Fray Tomás había facilitado desde el lado de la Iglesia, en el caos posterior a las erupciones de 1730, cuando los propietarios legítimos de aquellos terrenos de Majada Blanca estaban muertos o dispersos y los documentos que acreditaban su propiedad habían ardido con sus casas.
Su padre no le había dicho eso explícitamente.
Nunca decía nada explícitamente. Pero lo había dejado escrito entre líneas de ese archivo, con la escritura cuidadosa de un hombre que sabe que los secretos que se documentan son los únicos que se pueden controlar, y que los secretos que se controlan son los únicos de los que uno puede protegerse.
El teléfono vibró sobre la mesa de piedra volcánica. Rodrigo lo miró sin tocarlo. Dejó que vibrara dos veces más antes de responder.
—Habla.
La voz al otro lado era la del Ejecutor. Lacónica, sin inflexiones, diseñada para transmitir información sin adornos.
—Han encontrado la ermita. Hay restos. Y falta el anillo.
Rodrigo no cambió de expresión. El hielo de su vaso crujió al derretirse.
—¿Cuántos?
—Dos. Un geólogo de la universidad. Y Mateo Díaz.
Un silencio. Corto, quirúrgico.
—Mateo. —No era una pregunta. Era el reconocimiento de algo que llevaba tiempo siendo inevitable, como el movimiento de las placas tectónicas: lento, subterráneo, y completamente imparable una vez que empezaba.
—Se han metido en los tubos volcánicos. Los perdimos en el ramal norte. Uno de los nuestros está fuera de servicio. Tobillo, nada más.
—Qué considerados.
Rodrigo dejó el vaso sobre la mesa y se puso en pie.
Caminó hasta la barandilla de la terraza y puso las manos sobre el hierro frío.
Abajo, las olas rompían contra la roca con una cadencia que llevaba escuchando desde niño.
A veces pensaba que si se quedaba quieto el tiempo suficiente podía oír, mezclada con el ruido del agua, la voz de su padre explicándole la misma cosa de maneras distintas.
El anillo era el problema. Siempre había sido el anillo.
Los documentos se podían impugnar, las actas notariales del siglo XVIII se podían cuestionar con argumentos paleográficos, la cadena de transferencias podía enredarse en décadas de litigios que ningún juez viviría suficiente para resolver.
Pero el anillo del orfebre era físico, rastreable, el sello que aparecía en el contrato de 1731 y que pertenecía a un hombre cuyo nombre también aparecía en los registros parroquiales de Teguise en 1729, vivo, con propiedades documentadas en exactamente los mismos terrenos que su familia había adquirido dos años después de manera que los papeles describían como una donación voluntaria.
Un anillo no especulaba. Un anillo simplemente era.
—El geólogo tiene permisos universitarios —dijo al fin—. Si desaparece, hay preguntas. Busca el anillo. Eso es lo único que importa.
—¿Y si ya lo han documentado? ¿Fotografías, muestras?
—Entonces el problema no es el anillo. El problema es la gente que lo tiene.
Colgó sin esperar respuesta. Entró de nuevo en el salón.
Era una estancia grande, de paredes encaladas en blanco, con el suelo de piedra volcánica pulida.
En la pared del fondo, entre dos ventanas que enmarcaban el horizonte del Atlántico, colgaba un cuadro mucho más antiguo que la mansión: un retrato al óleo de un hombre del siglo XVIII, con casaca bordada y la mano derecha apoyada en el pomo de una espada.
El blasón pintado en el ángulo superior derecho del lienzo era inconfundible incluso a tres metros de distancia.
Un ave rapaz atrapando una serpiente. El mismo blasón que aparecía en el sello del contrato de 1731.
El mismo que estaba grabado en el anillo.
Rodrigo se detuvo frente al retrato un momento.
Estudió el rostro del hombre pintado —esa expresión de quien ha tomado decisiones que no le permiten dormir pero que tampoco le pesan demasiado— y sintió, como siempre, esa extraña mezcla de reconocimiento y distancia que produce verse en un espejo muy lejano.
No era un parecido físico. Era la postura, la forma en que los ojos miraban el punto situado ligeramente por encima del observador, como si el hombre del cuadro estuviera mirando no al pintor sino al tiempo que vendría después y calculando con cuánto de él podría contar.
Tres siglos. Su familia llevaba tres siglos construyendo sobre aquella piedra oscura, levantando fortunas sobre terrenos que otros habían querido reclamar y nunca habían podido.
El volcán de 1730 había sido, en cierto sentido, un aliado providencial: había sepultado los documentos, los testigos, las preguntas incómodas bajo toneladas de lava.
Lo que la tierra cubre, el tiempo convierte en leyenda.
Y las leyendas no se persiguen en los juzgados.
Pero un anillo no era una leyenda. Un anillo era una prueba.
Rodrigo volvió a la terraza. El vaso seguía sobre la mesa, el hielo ya completamente disuelto. Lo levantó, lo observó un instante y lo dejó sin beber.
El geólogo y el guía no sabían todavía con quién estaban jugando. Esa era la ventaja que había que preservar el mayor tiempo posible, y también la que se perdía más rápidamente una vez que la otra parte empezaba a entender la escala de lo que tenía entre las manos.
Rodrigo Salazar-Ponte llevaba setenta y dos años asegurándose de que nadie lo supiera hasta que era demasiado tarde.
Sería una pena tener que cambiar eso ahora.
* * *
El abogado llegó a las diez y cuarto, exactamente a la hora que había dicho, con la maleta de piel que Rodrigo conocía desde hacía veinte años y la expresión de siempre: la de alguien que ha manejado suficientes situaciones difíciles como para no ponerse nervioso por ninguna en particular.
—La periodista —dijo Rodrigo, sin preguntar.
—Elba Bethencourt. Sí. Ha estado en los archivos de Teguise esta tarde. La merced real de 1698.
Rodrigo se sirvió otro vaso. Esta vez bebió.
—¿Cuánto tiene?
—Lo suficiente para ser un problema si tiene el anillo. Sin el anillo, es una historia interesante con muchas fuentes documentales y ninguna prueba material que conecte a esta familia con los hechos de 1730 de manera irrefutable. Con el anillo, es otra cosa.
—Entonces el anillo sigue siendo el problema.
—El anillo y el geólogo que lo encontró.
Rodrigo se acercó a la ventana. La luna saliente iluminaba el acantilado con una luz plana y sin sombras.
Cuarenta metros de caída hasta el Atlántico.
Su familia llevaba tres siglos construyendo desde este acantilado hacia el interior, expandiendo los límites de lo que era suyo con la paciencia de quien no necesita precipitarse porque el tiempo trabaja a su favor cuando se tiene suficiente dinero.
Hasta ahora el tiempo había trabajado a su favor.
—¿Y la periodista tiene contacto con el geólogo?
—Todavía no. Pero el guía del parque los está acercando.
—Mateo Díaz.
No era una pregunta. Rodrigo conocía ese nombre desde hacía doce años, con la incomodidad específica de quien sabe que hay una cuenta pendiente que en algún momento habrá que saldar.
—Sí —confirmó el abogado—. Mateo Díaz.
Rodrigo dejó el vaso sobre la repisa de la ventana y se quedó mirando el mar.
—Entonces tenemos un problema que tiene tres partes. —Se giró hacia el abogado—. Y las tres partes necesitan resolverse antes de que lleguen al castillo.
El abogado se quedó en silencio durante un momento largo, con la expresión de alguien que está sopesando costes y beneficios con la rapidez mental de quien lo ha hecho muchas veces.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—La periodista dijo cuarenta y ocho horas antes de publicar. Eso fue ayer a las seis de la tarde.
—Entonces tenemos veintidós horas.
Rodrigo se separó de la ventana y volvió al centro de la habitación.
—Aurelio puede ocuparse del geólogo.
—El geólogo solo es un problema si tiene los datos. ¿Los tiene?
—Los tiene. Estuvo en el sector noroeste. Tiene la cartografía completa.
El abogado recogió sus papeles y los guardó con los movimientos lentos de quien está pensando mientras hace otra cosa.
—Entonces Aurelio tiene que ocuparse del geólogo antes de que lleguen al castillo, y hay que encontrar el acceso por los tubos antes de que ellos lo usen.
—¿Puedes localizar la entrada?
—Con los datos del muestreo del parque de los últimos cinco años, sí. Pero necesito tiempo.
—Tienes doce horas —dijo Rodrigo.
El abogado se fue a las dos de la mañana.
Rodrigo se quedó solo en la sala grande de la finca de Haría, con el vaso vacío y la certeza de que las doce horas que le había dado al abogado eran las últimas doce horas en que la situación era todavía manejable.
Después de eso, si el geólogo y la periodista llegaban al castillo y encontraban lo que Rodrigo llevaba veinte años sabiendo que estaba allí, las cosas iban a cambiar de una manera que no se podía revertir con dinero ni con abogados.
Había algunas cosas que no se podían revertir con dinero ni con abogados.
Las había aprendido una por una, a lo largo de cincuenta años de ver a su familia manejar situaciones que requerían los dos.
El dinero y los abogados podían retrasar.
Podían complicar. Podían hacer que la verdad tardara en llegar.
Pero si la verdad tenía suficiente documentación y suficiente forma material, el dinero y los abogados solo podían hacer que tardara. No podían hacer que no llegara.
Rodrigo lo sabía.
Había sabido desde que era niño y su padre le había contado la historia de la ermita y de los Bethencourt y del anillo que había en algún sitio bajo el malpaís, que este momento iba a llegar en algún momento. Su padre lo había sabido también. Y su abuelo.
Tres generaciones esperando el momento.
El momento había llegado y Rodrigo no había podido detenerlo.
Se sirvió otro vaso. Esta vez no bebió. Se quedó mirándolo.
Había una pregunta que no se había hecho en voz alta desde hacía años y que esta noche, solo en la sala grande de la finca de Haría, se hacía por primera vez con honestidad: si hubiera podido elegir nacer en una familia diferente, ¿lo habría hecho?
La respuesta honesta era que no lo sabía. La finca, la vista al acantilado, el dinero que hacía que las preguntas difíciles fueran más fáciles de aplazar, el apellido que abría puertas en toda la isla: eran las cosas que componían su vida, y era difícil imaginar su vida sin ellas.
Pero esta noche tenía claro que esas cosas habían tenido un precio. Y que ese precio lo habían pagado otras personas.
Apuró el vaso.
Fue a la cama a las tres de la mañana. No durmió bien.
A las seis estaba levantado, mirando el acantilado en la luz gris del amanecer, pensando en su abuelo, que le había dicho una vez que los Salazar-Ponte no tenían enemigos porque se aseguraban de que nadie con motivos para serlo llegara a tener suficiente fuerza.
Esta vez alguien había llegado.
Y lo que más le perturbaba de esa certeza no era el miedo ni la rabia, sino algo más inesperado: una especie de alivio extraño, como si una parte de él hubiera llevado mucho tiempo esperando que llegara el momento en que la historia se contara, y esa parte estuviera casi satisfecha de que por fin hubiera llegado, aunque la historia lo hundiera a él también.