Capítulo V #2
—Años. Tiene personas en el parque, en el cabildo, probablemente en la universidad que te financió el viaje. No actúa mientras no tenga razón para actuar. Pero cuando la tiene, actúa rápido.
—Entonces ya la tiene.
—Desde el momento en que sacaste el anillo del malpaís.
* * *
Julián procesó la respuesta durante un momento. Sacó el sensor del bolsillo y miró los datos del sector noroeste, que seguían siendo los mismos datos que había obtenido esa mañana y que seguirían siendo los mismos datos mañana y el día siguiente hasta que alguien decidiera qué hacer con ellos.
—Tengo que llamar a Vidal —dijo.
—Lo sé.
—No puedo simplemente no llamar. Tengo un contrato. Tengo un protocolo de reporte.
—Lo sé —repitió Mateo—. La pregunta es qué le vas a decir.
Era una pregunta honesta y Julián la agradeció porque era exactamente la pregunta que él mismo se estaba haciendo.
Los datos que tenía eran datos que Vidal esperaba.
Los datos que tenía también conectaban, según lo que acababa de contarle Mateo, con una historia de trescientos años que terminaba en un hombre muerto en una alquería y un guía de parque con una cicatriz en el hombro izquierdo.
—Si le doy los datos —dijo Julián—, ¿qué hace con ellos?
Mateo no respondió inmediatamente. Se agachó y cogió una piedra de basalto, la giró entre los dedos, la soltó. El malpaís estaba en silencio excepto por el viento que venía del este, caliente y seco, oliendo a azufre y a nada más.
—Los datos del sistema de tubos del sector noroeste permiten trazar una ruta subterránea hasta el Castillo de San José —dijo al fin—.
El castillo lleva cincuenta años como museo de arte contemporáneo.
Hay una sala en el nivel inferior que Manrique construyó con especificaciones técnicas que no corresponden a las necesidades de una sala de exposiciones.
—¿Y si Vidal tiene los datos?
—Entonces alguien que no debería entrar en esa sala va a entrar. Y lo que hay en esa sala va a desaparecer antes de que nadie pueda documentarlo.
Julián guardó el sensor.
—¿Y tú sabes lo que hay en esa sala?
—Sé lo que Manrique dijo que iba a hacer con lo que encontró. Y sé que Manrique no era el tipo de hombre que decía una cosa y hacía otra.
—¿Qué encontró?
Mateo lo miró.
—Un diario. El diario de Fray Tomás de Armas, escrito en septiembre de 1730. Con todo lo que vio en la ermita de la Virgen de los Remedios la noche en que murieron tres personas que no debían morir.
El sol estaba bajando hacia el horizonte del Atlántico y el malpaís se ponía de un color naranja oscuro que hacía que la piedra negra pareciera casi roja.
Julián pensó en el diario. Pensó en el anillo.
Pensó en Diego Herrera muerto en una alquería doce años atrás por haberse acercado demasiado a algo que alguien quería mantener enterrado.
—Mañana —dijo.
—Mañana —confirmó Mateo.
Esa noche Julián no durmió bien. Dormía en la habitación que Mateo le había conseguido en una casa rural de Uga, una habitación con la ventana que daba al norte y el olor a plantas volcánicas que entraba cuando el viento giraba.
Pasó las primeras horas de la madrugada revisando los datos del sensor con la meticulosidad de alguien que necesita estar completamente seguro de lo que tiene antes de apostar a ello.
Los datos eran lo que eran: la anomalía térmica del sector noroeste, el tubo volcánico que conectaba con el nivel inferior del castillo, la profundidad exacta y el gradiente que indicaba actividad residual. Nada que Julián pudiera haber inventado. Todo lo que Vidal había pagado para encontrar.
A las tres de la mañana escribió un correo electrónico a Vidal con los datos del sector suroeste.
Los datos correctos, los del área que tenía asignada originalmente.
Datos verdaderos pero incompletos, que era exactamente la versión de la verdad que un hombre de contratos habría construido con tiempo y sin escrúpulos.
Los envió y cerró el portátil y se quedó mirando la oscuridad del techo.
No era la primera vez que ocultaba algo.
En la vida de un geólogo hay datos que no se publican, hallazgos que los patrocinadores prefieren que no salgan, tensiones entre lo que la ciencia quiere decir y lo que el dinero quiere oír.
Pero siempre había sabido dónde estaba la línea entre la discreción profesional y la mentira útil.
Esta noche la había cruzado.
Y curiosamente no se sentía mal al respecto.
Se levantó cuando el cielo empezaba a aclarar por el este, ese azul oscuro que precede al amanecer en las islas y que dura exactamente el tiempo suficiente para que uno se pregunte si de verdad va a amanecer o si algo ha cambiado en el orden de las cosas.
Hizo café. Se lo bebió en la terraza mirando el malpaís, que a esa hora tenía una textura de terciopelo negro que le hacía difícil creer que fuera roca sólida y no algún tipo de tela extendida sobre el mundo.
Pensó en su padre, que le había enseñado que los geólogos son los únicos científicos que trabajan con el tiempo como dimensión principal.
Que lo que ellos leen en la piedra es tiempo: capas de tiempo, presiones de tiempo, temperaturas de tiempo.
Que la piedra no miente porque la piedra no tiene intereses que defender.
El anillo que había encontrado en el malpaís era piedra en ese sentido: no tenía intereses que defender. Era lo que era, llevaba donde llevaba, conectaba lo que conectaba. La única pregunta era si la gente que lo encontraba iba a hacer con él lo que la piedra habría hecho si pudiera hablar.
Lo que la piedra diría, si pudiera hablar, era probablemente algo tan simple y tan irreducible como lo que Julián había aprendido en veinte años de geología: que las capas no mienten. Que cada presión deja una marca. Que el tiempo no borra sino que acumula.
Que lo que está enterrado no desaparece. Solo espera.
Julián tiró el vaso de papel del café y volvió adentro.
Tenía que ducharse, desayunar, y estar en el bar del puerto de Arrecife a las nueve de la mañana.
Tenía que conocer a Elba Bethencourt y contarle lo que había encontrado y escuchar lo que ella había encontrado y decidir, entre los tres, si lo que tenían era suficiente o si necesitaban más.
Tenían el anillo.
Faltaba el diario.
Esa noche, en la terraza de la casa rural, Julián miró el malpaís por última vez antes de dormir.
La piedra negra bajo la luz de la luna parecía un mar congelado a mitad de movimiento.
Había algo tranquilizador en su permanencia: fuera lo que fuera lo que ocurriera en las próximas cuarenta y ocho horas, el malpaís iba a seguir siendo el malpaís.
Las cosas que importan duran más que los problemas que las rodean.
Julián cerró la terraza y fue a dormir pensando en el anillo que llevaba en la bolsa de muestra, guardado en la mochila junto al sensor. Un objeto de plata del siglo XVII que había esperado trescientos años para que alguien con las herramientas correctas llegara a encontrarlo.
Había llegado.
Rodrigo apagó la luz del despacho y subió al dormitorio. A través de la ventana, el acantilado seguía siendo el mismo acantilado de siempre, pero esta noche le parecía más estrecho que otras noches, como si el espacio entre la finca y el mar se hubiera reducido sin que él lo notara.
Era solo una impresión. Las cosas no se reducen de noche.
Pero a veces el espacio para maniobrar sí.