Capítulo V
Las Venas de la Isla
Julián se guardó el anillo en el bolsillo con dedos torpes, sintiendo el metal frío contra su muslo mientras el motor del todoterreno se apagaba a pocos metros de la ermita.
Mateo le agarró del brazo, obligándolo a moverse en la oscuridad total con la destreza de quien conoce cada irregularidad del terreno de memoria.
—Por aquí —siseó Mateo—. Conozco este conducto. Conecta con una red volcánica que va hacia el norte. Si nos quedamos aquí, somos hombres muertos.
Se deslizaron por una grieta estrecha que apenas permitía el paso de un cuerpo. Justo cuando Julián lograba introducirse, un haz de luz potente barrió el interior de la ermita, iluminando el lugar exacto donde habían estado hacía escasos segundos.
—Están aquí, en algún lugar. Buscad la entrada a los tubos —ordenó una voz ronca y fría desde la superficie.
Los tubos de lava tienen una característica que los distingue de cualquier otro tipo de cavidad subterránea: el silencio dentro de ellos no es neutral.
Es un silencio activo, el silencio de algo que estuvo lleno de fuego y que guarda la memoria de ese fuego en la temperatura de sus paredes, en la textura brillante y rugosa del basalto, en el olor mineral que no tiene equivalente en la superficie.
Julián lo había estudiado en libros. Había visto fotografías. Nada de eso preparaba para la realidad física de moverse dentro de uno a oscuras, con los perseguidores detrás y el peso de trescientos años de secreto en el bolsillo.
Mateo se movía sin luz. El guía había apagado su linterna porque la luz era más peligrosa que la oscuridad cuando alguien te persigue, y avanzaba por el tubo con las manos rozando la pared izquierda, los pies encontrando el suelo con una seguridad que solo da el conocimiento físico, muscular, de un terreno recorrido cientos de veces.
Julián iba detrás, con la mano derecha en el hombro de Mateo y la izquierda contra la pared.
El basalto era frío y húmedo, y en algunos puntos tenía protuberancias que se clavaban en la palma como avisos.
La temperatura bajaba a medida que avanzaban: paradoja geológica de los tubos volcánicos, que mantienen una temperatura interior constante de alrededor de dieciséis grados independientemente del calor exterior.
Dieciséis grados. Julián lo sabía de memoria porque era uno de los datos del informe que había venido a redactar. Ahora lo sentía en la piel como nunca lo había sentido en ningún manual.
—¿Cuánto conocen ellos de estos tubos? —susurró Julián.
—Lo suficiente para no perderse —respondió Mateo—. No lo suficiente para anticiparse.
—¿Y la diferencia?
—Que anticiparse es lo que necesitan para alcanzarnos.
Este tubo conectaba con la red principal —la misma que llegaba hasta el mar.
Los tubos volcánicos de Lanzarote no eran cuevas aisladas: eran un sistema nervioso subterráneo que se extendía kilómetros desde el interior hasta la costa.
En el norte de la isla, ese sistema se encontraba con el Atlántico en los Jameos del Agua, una caverna donde el túnel volcánico se sumergía bajo el nivel del mar y aparecía al otro lado convertido en una laguna de agua salobre.
En esas aguas vivía el Munida iris , un cangrejo blanco y ciego que había evolucionado durante milenios en la oscuridad total, sin ojos porque no había nada que ver.
Una criatura que solo existía allí, en ningún otro lugar del mundo, perfectamente adaptada a un mundo sin testigos.
Julián pensó fugazmente que había algo apropiado en eso.
* * *
La costa por la que corrieron al emerger del tubo no se parecía a ninguna otra costa que Julián hubiera visto.
La lava había llegado aquí con toda su fuerza y se había encontrado con el Atlántico, y el resultado de ese choque era un litoral de roca negra y afilada cortada en formas que desafiaban cualquier categorización geológica simple.
Arcos, puentes, cuevas, grietas que el mar había excavado en el basalto a lo largo de milenios con la paciencia infinita del agua contra la piedra.
En algunos puntos, las olas entraban por canales subterráneos y salían disparadas hacia arriba a través de chimeneas naturales, con un rugido que se sentía en el pecho antes de escucharse con los oídos.
Los Hervideros. Julián conocía el nombre por los mapas.
Lo que los mapas no transmitían era el sonido: un rugido constante, cambiante, que llenaba el aire con una presencia casi animal.
El mar atacando la roca. La roca resistiendo.
El mismo combate desde hace diez mil años, desde que aquella lava se enfrió y se solidificó y el Atlántico empezó a reclamar lo que consideraba suyo.
Corrían por el borde, a cincuenta metros del agua, suficientemente cerca para que el spray salado les llegara a la cara y suficientemente lejos para que la roca bajo sus pies fuera estable. Detrás de ellos, las linternas de los perseguidores parpadeaban entre el malpaís.
—Por ahí no —dijo Mateo, agarrando a Julián del brazo cuando este estaba a punto de desviarse hacia la izquierda—. Ahí el suelo suena distinto.
Julián no preguntó cómo sabía. Confió, y siguió.
Mateo arrojó una bengala de emergencia, inundando el túnel de una luz roja cegadora que desorientó momentáneamente a sus perseguidores. Luego, con un movimiento que Julián tardó medio segundo en comprender, lo empujó hacia un ramal lateral.
El ramal descendía con una pendiente que obligaba a apoyarse contra las paredes para no rodar. El aire comenzaba a cargarse de una corriente ascendente que olía a salitre.
—¡Agáchate! —rugió Mateo, frenando en seco.
Justo delante de ellos, una rendija de luz natural cortaba la penumbra: una chimenea volcánica que subía hacia la superficie.
Mateo se puso en cuclillas para ofrecerle apoyo a Julián, que comenzó a trepar.
Cuando finalmente emergió a la superficie, la inmensidad de la noche lanzaroteña lo golpeó de frente.
Julián se giró para ayudar a Mateo. Sin embargo, antes de que pudiera darle la mano, una sombra se recortó contra el horizonte: uno de los hombres del Ejecutor los esperaba.
—Nadie sale vivo de las cuevas con lo que habéis robado.
Julián no buscó un arma. Buscó una piedra volcánica de buen tamaño y la lanzó no al hombre, sino a un sector del suelo a dos metros frente a él, donde la ceniza formaba una pequeña depresión casi imperceptible: un punto de inestabilidad que había detectado en sus mediciones térmicas.
El atacante, sobresaltado, dio un paso lateral y se colocó exactamente sobre la costra fina.
El suelo cedió con un crujido agudo. El atacante desapareció en una fracción de segundo, hundiéndose en una cavidad volcánica superficial.
Los segundos que siguieron fueron los más extraños que Julián había vivido, porque lo que sintió no fue alivio sino una especie de distancia clínica de sí mismo: se vio desde fuera, empapado en sudor y ceniza, con las manos temblorosas y el corazón golpeando contra las costillas, y reconoció que lo que había hecho —calcular la trayectoria de una piedra para que un hombre cayera en una cavidad volcánica que él había detectado con sus sensores tres días antes— era exactamente el tipo de cosa que su cerebro de geólogo sabía hacer y que ninguna otra parte de él había imaginado nunca que tendría que usar de esa manera.
Mateo lo miró un segundo. No dijo nada, pero asintió con la cabeza de un modo que Julián tardó un momento en descifrar: no era aprobación exactamente, era reconocimiento.
El reconocimiento de quien ha calibrado durante días a la persona que tiene al lado y acaba de confirmar que la calibración era correcta.
—Vamos —dijo Mateo.
Mientras corrían hacia el norte, el teléfono de Mateo vibró. El guía lo sacó sin detenerse, miró la pantalla un segundo y lo guardó de nuevo con una rapidez que Julián habría ignorado en otras circunstancias. No en estas.
—¿Quién era? —preguntó Julián, sin dejar de correr.
Mateo tardó un momento.
—Nadie importante.
Pero Julián había visto, en el medio segundo que duró el destello de la pantalla, las tres letras que identificaban al remitente.
VID.
Las mismas tres letras con las que el doctor Vidal tenía guardado su número en el teléfono de Julián.
* * *
Los Hervideros estaban en el extremo suroeste de la isla, donde la lava de 1730 había llegado al mar y había creado una costa de una violencia geológica sin parangón en ningún otro punto del litoral canario.
Las olas entraban por las grietas de la roca con una presión que había ido ampliando los conductos durante siglos, y al salir por las aberturas superiores creaban chorros de agua salada que en los días de marejada alcanzaban los diez metros de altura.
Mateo los había llevado allí por el ruido: en los Hervideros, el sonido del mar era tan constante y tan alto que una conversación a metro y medio de distancia era completamente inaudible para alguien a tres metros. Era un lugar donde hablar de ciertas cosas sin ser escuchado.
—El tubo volcánico que encontraste llega hasta el Castillo de San José. Lo sé porque lo rastreé hace ocho años, cuando intentaba entender cómo Diego había llegado a saber dónde buscar.
—Una caja. Eso es lo que decía el anciano al que Diego entrevistó antes de morir.
Un albañil que había trabajado en la restauración del castillo en el setenta y cuatro.
Manrique había pasado varios días trabajando solo en una sección de los muros interiores, sin asistentes, sin explicar qué hacía.
Y cuando terminó, esa sección era exactamente igual que el resto. Como si nada hubiera ocurrido.
—¿Y ese albañil no habló antes?
—Habló con Diego. Diego murió. El albañil se llama Isidoro Cabrera, tiene setenta y cuatro años. —Mateo miró el horizonte—. Hay que saber antes de preguntar. Si alguien vigila al anciano, preguntar sin saber puede costarle más que años de silencio.
—¿Cuánto tiempo lleva Rodrigo Salazar-Ponte vigilando este asunto?