Capítulo IV #2
El notario había sido el primero. No porque fuera el más peligroso, sino porque era el que más sabía y el que menos lealtad le debía a la familia.
Don Pedro Fajardo era un hombre de papeles, un hombre que cobraba por saber y por callar, y la diferencia entre cobrar por callar y vender ese silencio al mejor postor era exactamente la diferencia que Don Álvaro no podía permitirse confiar.
La cuestión del anillo era más delicada.
Don Esteban lo había traído de vuelta del malpaís con la expresión de quien ha encontrado algo que no debería estar ahí.
El anillo de plata con el blasón familiar que llevaba ochenta años enterrado bajo la colada era la prueba de que la versión oficial de los hechos del año 1650 era, en el mejor de los casos, incompleta.
Don Esteban no era un hombre violento pero era un hombre moral, y los hombres morales con pruebas en la mano eran más peligrosos que los hombres violentos sin ellas.
La conversación en la ermita había durado cuarenta minutos.
Don Álvaro la había comenzado con la intención de negociar. Había ofrecido tierras, había ofrecido dinero, había ofrecido la alianza matrimonial que Don Esteban llevaba años buscando para su hija mayor. En los primeros veinte minutos del cuarenta, Don Esteban había rechazado todo.
—Lo que has hecho no tiene precio —había dicho Don Esteban, con esa voz tranquila que tienen los hombres cuando están seguros de que tienen razón.
—Todo tiene precio —había respondido Don Álvaro—. La cuestión es encontrarlo.
—Entonces encuentra el precio de tres generaciones de deshonor.
En ese momento Don Álvaro había entendido que la negociación había terminado. No porque Don Esteban fuera un hombre imposible de convencer sino porque había pronunciado la palabra "deshonor" con el tono de alguien que ya había decidido qué hacer con lo que sabía.
Los siguientes veinte minutos habían sido otra cosa.
Cuando Don Álvaro salió de la ermita con su hombre de complexión ancha, llevaba el anillo en el bolsillo y la certeza de que había hecho lo necesario.
No lo correcto. Lo necesario. La diferencia entre las dos cosas era el tipo de distinción que no le quitaría el sueño en ese momento pero que, presentía, le quitaría algo en los años que siguieran.
Tenía razón en esa presentación. Pero eso fue más tarde.
Lo primero que hizo al volver a la finca fue llamar a su hermano.
La conversación fue breve. Su hermano era el tipo de hombre que no necesitaba que le explicaran los problemas en detalle para entender lo que había que hacer con ellos; era suficiente con el tono.
Y el tono de Don Álvaro aquella noche era el de alguien que había cruzado una línea y necesitaba que alguien del otro lado supiera que la había cruzado.
—¿Lo tienes? —preguntó su hermano.
—Lo tengo.
—¿Y el fraile?
Don Álvaro pensó en Fray Tomás, que había llegado a la ermita justo cuando no debía llegar y que se había ido con esa expresión que tienen los hombres cuando han decidido algo pero todavía no han decidido cuándo.
—El fraile es un problema diferente —dijo.
—¿Qué tipo de problema?
—El tipo que no se resuelve de la misma manera.
Su hermano entendió. Los dos hermanos Salazar-Ponte habían aprendido desde pequeños la diferencia entre los problemas que se resuelven con dinero, los que se resuelven con fuerza, y los que se resuelven con el tiempo que pasa y borra las evidencias.
Un fraile con lo que había visto en aquella ermita era el tercer tipo de problema.
—El tiempo —dijo su hermano.
—El tiempo —confirmó Don Álvaro.
Trescientos años, resultaría. El tiempo había trabajado para ellos durante trescientos años. Pero el tiempo también guardaba lo que le entregaban, y lo guardaba hasta que alguien llegaba con las herramientas correctas a buscarlo.
Lo que Don Álvaro no había calculado era que Fray Tomás no era el tipo de hombre que resuelve el problema de un secreto peligroso guardándolo solo.
La carta llegó a Doña Catalina Bethencourt de Teguise tres semanas después de la muerte de su hermano.
Estaba escrita con la letra pequeña y apretada de un hombre que sabía que el papel era escaso y el tiempo también, y que decía exactamente lo que tenía que decir sin rodeos y sin adornos: lo que había visto, quién lo había hecho, y dónde había guardado el testimonio escrito.
Doña Catalina era una mujer de cincuenta y dos años que había sobrevivido dos maridos, una epidemia de viruela que había matado a tres de sus hijos, y la erupción volcánica que llevaba desde el año anterior convirtiendo el sur de la isla en un territorio irreconocible.
Era también, y esto resultaría más importante que cualquiera de las otras cosas, una mujer que sabía guardar papeles.
El papel que guardó no era la carta. La carta la quemó la misma noche que llegó, porque Doña Catalina entendía perfectamente que las cartas que nombran crímenes y nombran a los criminales son objetos que no deben existir si uno quiere seguir viviendo en la misma isla que los criminales que nombran.
Lo que guardó fue la memoria. La suya propia. En el único archivo que Don Álvaro de Salazar-Ponte no podía quemar.
Doña Catalina vivió veintisiete años más después de recibir la carta de Fray Tomás.
Veintisiete años en los que vio cómo la familia Salazar-Ponte consolidaba su posición en la isla, compraba tierras, construía casas, se casaba con las familias correctas y financiaba las obras correctas.
Veintisiete años en los que nunca habló con nadie de lo que sabía, porque sabía exactamente lo que le costaría hablar.
Pero lo que sabía no se fue con ella cuando murió.
Antes de morir, en el invierno de 1759, llamó a su hija mayor y le contó la historia completa.
Con nombres, fechas, y la instrucción de que si alguna vez llegaba el momento de que la historia pudiera contarse, se contara.
Y que si ese momento no llegaba en su generación, que lo contara a la siguiente. Y así.
La historia viajó de madre a hija durante cinco generaciones, cambiando ligeramente con cada transmisión como cambian todas las historias orales, pero conservando el núcleo: tres personas muertas, un anillo, un fraile que lo vio todo, y una familia que llevaba el apellido Bethencourt y que algún día tendría la oportunidad de reclamar lo que le habían quitado.
No llegó. Pero la historia llegó en su lugar.
Y la historia, a diferencia de las personas, no necesita herederos para seguir viva. Necesita papel, y tinta, y alguien que decida que lo que está escrito importa lo suficiente como para ir a buscarlo.
Fray Tomás había entendido eso. Doña Catalina también. Y Manrique, que había encontrado el diario en el malpaís y había construido una sala específicamente para guardarlo en el lugar más protegido que conocía, había entendido que la historia necesitaba tiempo antes de poder contarse.
El tiempo había pasado. La historia estaba lista.