Capítulo III
Majada Blanca
Elba Bethencourt llevaba cuatro horas sentada en el mismo taburete del archivo municipal de Arrecife, con la espalda cada vez más rígida y los ojos cada vez más seguros de lo que estaban viendo.
Los registros de transferencia de suelo de los últimos quince años eran públicos, en teoría.
En la práctica, estaban distribuidos en once carpetas distintas, ordenadas por un criterio que solo tenía sentido para quien las hubiera organizado deliberadamente para que nadie encontrara nada.
Elba llevaba tres semanas reconstruyendo el mapa de propiedades vinculadas —directa o indirectamente— al grupo empresarial de Rodrigo Salazar-Ponte.
Lo que había encontrado no era un fraude.
Era algo más antiguo y más elegante: una arquitectura de posesión construida ladrillo a ladrillo durante décadas, cada operación perfectamente legal por sí sola, el conjunto imposible de explicar sin conocer el punto de partida.
Y el punto de partida, en todos los casos, era siempre el mismo sector del sur de la isla.
Abrió su cuaderno en la página donde había dibujado el mapa a mano: un croquis tosco pero preciso de las parcelas originales, antes de las fusiones, antes de las sociedades interpuestas, antes de que los nombres reales desaparecieran detrás de siglas y denominaciones sociales.
En el centro del mapa había escrito un nombre rodeado de un círculo: Majada Blanca .
Nadie en la isla hablaba de Majada Blanca.
El nombre no aparecía en ningún registro turístico, en ninguna guía, en ninguna mención pública.
Era como si aquel sector de tierra nunca hubiera existido antes de que la familia Salazar-Ponte lo absorbiera.
Y eso, en una isla donde la historia de cada palmo de tierra volcánica estaba documentada con la meticulosidad de quien sabe que la lava no deja muchas segundas oportunidades, era exactamente el tipo de ausencia que a Elba le resultaba más interesante que cualquier presencia.
Su teléfono vibró. Era su editor en Madrid.
—Dime que tienes algo —dijo él, sin preámbulo.
—Tengo el esqueleto —respondió Elba—. Lo que no tengo todavía es la carne.
—El reportaje tenía que estar hace dos semanas.
—El reportaje tenía que estar cuando fuera sólido. Si publicamos con lo que tengo ahora, sus abogados lo destruyen en veinticuatro horas y no volvemos a poder tocarlo.
Un silencio al otro lado. Su editor la conocía lo suficiente para no seguir presionando.
—¿Qué te falta?
—El origen. Sé adónde llegó el dinero. Necesito saber de dónde salió la primera piedra. —Elba cerró el cuaderno—. Hay algo enterrado en la historia de esas tierras que él lleva mucho tiempo pagando para que no salga. Eso es lo que busco.
Colgó. Se quedó mirando el mapa en su cuaderno un momento y luego añadió, con lápiz, una anotación que llevaba días resistiéndose a escribir porque le parecía demasiado personal para un artículo periodístico:
Bethencourt. ¿Coincidencia o no?
Su abuela había muerto con el apellido intacto y las tierras perdidas.
La historia oficial era que el volcán de 1730 lo había borrado todo.
Pero Elba había aprendido, en doce años de periodismo de investigación, que cuando algo desaparece completamente sin dejar rastro, rara vez es porque se haya ido.
Casi siempre es porque alguien se tomó la molestia de borrarlo.
Se levantó, recogió sus notas y condujo hacia Teguise.
* * *
Teguise era la respuesta de Lanzarote a la pregunta de cómo habría sido la isla si el siglo XX no hubiera llegado con tanto ruido.
La antigua capital —la real, la que había gobernado la isla antes de que Arrecife y el turismo desplazaran el centro de gravedad hacia el litoral— conservaba una quietud que no era abandono sino elección.
Las calles empedradas eran demasiado estrechas para los coches grandes.
Las fachadas blancas y las puertas verdes y negras formaban una secuencia de contrastes que Elba había fotografiado la primera vez que vino, y que ya no fotografiaba porque había aprendido que ciertas cosas se disfrutan mejor sin el filtro del objetivo.
En lo alto del risco que dominaba el pueblo, el Castillo de Santa Bárbara vigilaba el horizonte con la paciencia de quien ha visto pasar tantas cosas —las incursiones de piratas berberiscos del siglo XVII, los vientos del Atlántico, las erupciones que habían reconfigurado el paisaje tres veces en trescientos años— que ya no le sorprendía nada de lo que ocurriera abajo.
Un apellido grabado en uno de aquellos escudos heráldicos, medio borrado por el tiempo y el salitre, la detuvo un momento.
Bethencourt.
Lo había visto antes, en otras visitas, sin prestarle atención.
Era un apellido común en las islas: Jean de Béthencourt había sido el normando que conquistó Lanzarote en 1402, y su nombre había quedado grabado en la historia local de formas diversas.
Pero hoy, con el mapa de propiedades en la cabeza y los documentos de Majada Blanca tomando forma, ver el apellido en piedra sobre una puerta le produjo una sensación extraña: no exactamente de pertenencia, pero sí de continuidad.
Como si la isla hubiera estado guardando algo para ella sin que lo supiera.
Siguió caminando hacia el archivo. Tenía trabajo que hacer.
* * *
Entró en el único bar que seguía abierto a esa hora en el centro de Arrecife, un local estrecho con las paredes blancas manchadas de sal. Pidió un café y extendió su cuaderno sobre la mesa del fondo.
El hombre que estaba sentado en la mesa de al lado tenía un mapa topográfico y cara de llevar varios días sin dormir bien.
No era turista: los turistas no estudiaban mapas topográficos con esa concentración.
Tenía las manos de alguien que trabajaba fuera —nudillos ásperos, una mancha oscura bajo la uña del índice que podría ser tierra volcánica— y las gafas de alguien que pasaba demasiado tiempo mirando cosas pequeñas.
Elba no solía fijarse en los desconocidos de los bares. Pero el hombre tenía el mapa abierto exactamente por el sector de Timanfaya, y su dedo descansaba sobre el punto donde ella había dibujado, en su propio cuaderno, el círculo con la palabra Majada Blanca .
Se contuvo. No era el momento.
El hombre levantó la vista, quizás sintiendo que alguien lo observaba, y sus ojos encontraron los de Elba por un segundo antes de que ella bajara la vista hacia su café.
—Perdone —dijo él—. ¿Sabe si hay buena cobertura en el interior del parque? Tengo que subir mañana.
—En el parque no hay cobertura prácticamente en ningún punto —respondió Elba—. Si tiene que comunicarse con alguien, hágalo antes de entrar o después.
—Justo lo que no quería oír.
—Bienvenido a Lanzarote.
Él sonrió levemente y volvió a su mapa. Elba volvió a su cuaderno. Dos personas en el mismo bar, en la misma isla, tirando del mismo hilo sin saberlo todavía.
Cuando Elba salió diez minutos después, el hombre seguía inclinado sobre el mapa. Ella no se giró. Pero anotó, en el margen de su cuaderno, sin saber muy bien por qué: Geólogo. Timanfaya. Mañana.
Su teléfono vibró de nuevo. Esta vez un número desconocido.
Lo dejó sonar. El mensaje llegó treinta segundos después: "Señorita Bethencourt.
Le recomiendo encarecidamente que reconsidere lo que está investigando.
Hay cosas que, una vez encontradas, no se pueden volver a enterrar.
Y hay personas que prefieren que sigan enterradas. Cuídese."
Elba escuchó el mensaje dos veces. Luego lo grabó en una segunda aplicación, por si acaso.
Después caminó más rápido hacia su coche.
Alguien sabía lo que estaba buscando. Lo que significaba que estaba más cerca de encontrarlo de lo que pensaba.
* * *
El archivo del Cabildo de Lanzarote estaba en un edificio colonial del centro de Arrecife que olía a papel viejo y a la humedad específica de los documentos que llevan siglos guardando secretos de personas que ya no pueden defenderlos.
Elba llevaba dos años construyendo el rastro documental de las tierras de Majada Blanca. La concentración de propiedad en la isla tenía un patrón: una familia, distintos nombres a lo largo de los siglos, pero el mismo blasón en los documentos notariales. Y ese blasón llevaba siempre a 1730.
—La nota Bethencourt —le había dicho la archivera—. La encontré hace tres años. Nunca supe qué hacer con ella.
Era una hoja suelta, archivada en el lugar equivocado.
El nombre en la cabecera era Doña Catalina Bethencourt de Armas.
La fecha: 14 de septiembre de 1730. El contenido era simple y devastador: testimonio de que en esa fecha ella había visto a tres personas entrar en la ermita de la Virgen de los Remedios y solo a dos salir.
Teguise, la antigua capital, estaba a veinte minutos de Arrecife.
Las mismas calles empedradas del siglo XVI, las mismas casas blancas con marcos en verde oscuro, el castillo de Santa Bárbara en lo alto del volcán vigilándolo todo.
En el Archivo Histórico de la Isla los registros parroquiales de la erupción eran más completos, y allí, si las referencias eran correctas, había una merced real de 1698 que describía la propiedad original de los terrenos de Majada Blanca con el nombre de Esteban Bethencourt como beneficiario.
Una merced real no desaparece. Pero puede ser enterrada bajo trescientos años de documentos que la contradicen.
Elba abrió su cuaderno en la terraza de Teguise.
La cadena que había construido en dos años era sólida pero incompleta: tenía el origen, tenía el crimen implícito, tenía la fortuna de Rodrigo Salazar-Ponte calculada en trescientos millones de euros.
Lo que le faltaba era la prueba material.
El anillo del orfebre. Si lo encontraba, la historia dejaría de ser una hipótesis.
* * *