El Sello del Diablo Capítulo III #2
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Capítulo III #2

El teléfono sonó cuando salía del archivo de Teguise con la merced real de 1698 fotografiada en el móvil y los dedos todavía temblando ligeramente de la emoción controlada con que los periodistas de investigación aprenden a tratar los documentos que llevan años buscando.

Era un número que no reconoció. Dejó que sonara y siguió caminando hacia el coche.

Volvió a sonar dos minutos después. El mismo número.

Respondió.

—¿La señorita Bethencourt? —La voz era masculina, educada, con el acento específico de los canarios de buena familia que han estudiado en el continente—.

Soy el director de comunicación del grupo Salazar-Ponte.

Me han informado de que está realizando una investigación que podría afectar a la reputación de nuestra empresa.

Nos gustaría ofrecerle una reunión para clarificar algunos puntos antes de que publique cualquier cosa.

Elba llegó al coche, entró, cerró la puerta y puso el teléfono en manos libres.

—¿Cómo han obtenido mi número? —preguntó.

—Los periodistas de su nivel no son difíciles de localizar.

—No voy a reunirme con ningún director de comunicación. Si el señor Salazar-Ponte tiene algo que decir sobre mi investigación, que lo diga a través de sus abogados. Y que se prepare para que sus abogados tengan bastante que leer.

Colgó.

Se quedó sentada en el coche durante un minuto, mirando la plaza de Teguise.

El castillo de Santa Bárbara proyectaba su sombra larga sobre las casas blancas del casco antiguo.

Habían llamado. Lo cual significaba que sabían que estaba buscando.

Lo cual significaba que estaba más cerca de encontrarlo de lo que habían esperado.

Arrancó el coche y llamó al director de comunicación desde el manos libres mientras salía de Teguise por la carretera del sur.

—He pensado en su oferta —dijo, cuando el director respondió al segundo tono, con la voz de alguien que esperaba la llamada.

—Me alegro. ¿Y bien?

—No voy a reunirme con ustedes. Pero voy a hacer algo mejor: le voy a dar la oportunidad de responder a mis preguntas por escrito antes de que publique. Tienen cuarenta y ocho horas para mandar las respuestas. Si no llegan en ese tiempo, publico sin ellas.

Silencio en la línea.

—Eso no es lo que ofrecimos —dijo el director al fin, con un tono que había bajado un registro.

—No. Es mejor para usted que lo que ofrecieron. Cuarenta y ocho horas.

Colgó.

Las cuarenta y ocho horas que le daba a la familia Salazar-Ponte para responder eran exactamente el tiempo que necesitaba para llegar al Castillo de San José con Mateo y el geólogo, encontrar lo que Manrique había guardado, y tener el diario en la mano antes de que nadie pudiera hacer desaparecer nada.

Calculó distancias y tiempos con la precisión automática de quien lleva años trabajando contra el reloj y se ha acostumbrado a que el tiempo siempre sea el factor más escaso.

Esa noche, en el piso de Arrecife que compartía con dos colegas de la redacción, Elba extendió sobre la mesa del comedor todo lo que tenía y lo miró como se mira un puzzle al que le faltan piezas: sabiendo que las piezas existen, sin saber exactamente dónde están.

La merced real con la cláusula completa. La copia que tenía la familia, sin la cláusula. El acta de defunción de Don Esteban Bethencourt, fechada en septiembre de 1730, causa de muerte: "accidente en el campo." El artículo de 2014 de Elena Peraza sobre la colección de la familia.

Y el nombre de Diego Herrera, escrito en un papel aparte, que era la pieza que no encajaba en el puzzle de los documentos pero que sí encajaba en el puzzle de las personas: el investigador que había llegado demasiado cerca doce años antes y que había muerto en circunstancias que la Guardia Civil había clasificado como accidente y que Elba, desde el día en que había encontrado su nombre en los archivos, clasificaba como otra cosa.

Llamó a Mateo a las once de la noche.

—Sé quién eres —dijo, cuando él respondió—. Sé que conociste a Diego Herrera. Y sé que lo que encontró él y lo que yo estoy buscando es lo mismo. Necesito que hablemos.

Mateo tardó en responder. Elba había llamado a las once de la noche y Mateo contestó al primer tono, lo cual le decía algo sobre cómo estaba durmiendo.

—¿Cómo has encontrado mi número? —preguntó.

—Lo mismo que tú encontrarías el mío si quisieras. Hay un número limitado de guías certificados del Parque Nacional de Timanfaya.

—¿Y cómo sabes que conocí a Diego?

—Porque Diego me habló de ti. —Una pausa—. Antes de que muriera.

Silencio en la línea. Elba contó cuatro segundos antes de que Mateo volviera a hablar.

—¿Cuándo quieres quedar?

—Mañana. Tengo un geólogo que necesita conocerte también.

—¿Un geólogo?

—Ha encontrado el anillo. El original.

Esta vez el silencio fue más largo. Cuando Mateo habló, la voz había cambiado de tono de una manera que Elba reconoció: el tono de alguien para quien algo que llevaba tiempo siendo abstracto acaba de volverse real.

—Mañana —dijo—. A las nueve. Bar del puerto de Arrecife.

Elba colgó y miró el techo oscuro del dormitorio.

Un geólogo que había encontrado el anillo original. Mateo Díaz, que había conocido a Diego. Y ella, con los documentos.

Tres ángulos distintos de la misma historia. Mañana a las nueve.

Elba cerró el portátil y fue a la ventana. Las luces de Arrecife se reflejaban en el mar. En algún sitio de esa ciudad, Mateo Díaz estaba pensando en el mismo anillo que ella llevaba dos años buscando. Y mañana iban a estar los tres en el mismo sitio, con piezas distintas del mismo rompecabezas.

Tres años trabajando sola. Mañana ya no estaría sola.