Capítulo II
El Anillo del Diablo
El todoterreno del Parque Nacional avanzaba con dificultad por la pista de tierra volcánica.
Pasaron cerca del Islote de Hilario, el punto más visitado del parque, donde los grupos de turistas se apiñaban para ver la demostración.
Un guía echaba un cubo de agua en una grieta del suelo y en menos de diez segundos el agua salía convertida en vapor.
A dos metros de profundidad, la temperatura superaba los cuatrocientos grados.
La tierra no estaba fría ni muerta; estaba en pausa, conservando el calor de una erupción que había terminado hacía tres siglos como si el tiempo no hubiera pasado.
Mateo miró de reojo a los turistas que aplaudían.
—Vienen a ver el fuego como si fuera un espectáculo —dijo, con una voz sin inflexión—. No entienden que están de pie sobre algo que sigue vivo.
Julián miraba los datos en su portátil: las anomalías térmicas que le habían traído hasta aquí estaban a tres kilómetros al noreste.
Temperatura superficial dos grados por encima de la media del sector.
Podía significar muchas cosas. O algo que había permanecido sellado durante mucho tiempo y estaba, muy despacio, empezando a respirar.
Tras dos horas de silencio sepulcral, el vehículo se detuvo al pie de una pequeña loma, donde las ruinas de una ermita del siglo XVIII se negaban a rendirse al avance del malpaís.
—Aquí es —dijo Mateo, apagando el motor.
El silencio que siguió fue tan absoluto que a Julián le zumbaron los oídos. Era el silencio específico de los lugares donde el ruido humano ha estado ausente durante mucho tiempo, donde la piedra ha acumulado décadas de quietud hasta que la quietud se convierte en algo casi tangible, casi pesado.
Mientras preparaba su equipo, Mateo comenzó a inspeccionar el terreno con una linterna.
—No sé qué esperas encontrar con tus máquinas, Julián —comentó—. Pero esta ermita no debería estar aquí. Según los archivos, la erupción de 1730 arrasó todo este sector.
Entonces ocurrió. Un crujido sordo, como el de una estructura colapsando bajo el peso del tiempo, resonó desde el interior de la ermita. La tierra tembló bajo sus pies un instante, y parte del suelo de piedra se hundió en un agujero oscuro y perfectamente circular.
El polvo tardó casi un minuto en asentarse.
Fue el minuto más largo que Julián recordaría de toda aquella semana, un minuto en el que ninguno de los dos habló ni se movió, con los ojos cerrados y las manos sobre la boca, escuchando el silencio extraño que queda cuando una estructura que llevaba siglos aguantando finalmente decide que ya es suficiente.
Cuando el aire se aclaró, Julián abrió los ojos y tardó un segundo en creer lo que veía.
El suelo de la ermita había cedido en un área de aproximadamente metro y medio de diámetro, perfectamente circular, como si alguien hubiera cortado la piedra con un compás.
Julián se acercó con cautela al borde. El haz de su linterna descendió hacia la oscuridad, revelando algo que hizo que retrocediera horrorizado: tres formas blanquecinas, restos humanos entrelazados que llevaban allí siglos.
Y, brillando entre los dedos de uno de ellos, un anillo que reflejaba la luz con un brillo metálico, orgulloso y prohibido.
—Dios mío —susurró Julián—. Mateo, hay tres cuerpos... esto no es un accidente.
Mateo no se sorprendió. Simplemente cerró los ojos, con la mano crispada sobre su cicatriz. Y en ese gesto Julián leyó algo que no era nuevo: era la respuesta de quien lleva mucho tiempo sabiendo que este momento llegaría y ha ensayado sin querer cómo reaccionar cuando llegara.
No era la primera vez que veía muertos. Llevaba catorce días entre muertos. Pero los muertos del volcán tenían el aspecto de algo que había pasado, de una fuerza que no entendía de personas ni de nombres. Estos tres tenían el aspecto de una decisión.
Julián se deslizó parcialmente dentro de la cavidad. Con unas pinzas de su kit de campo, intentó liberar el anillo. Al hacerlo, el cráneo del esqueleto se movió ligeramente, revelando algo que hizo que se le helara la sangre: un orificio perfecto, profundo y limpio, en la base del cráneo.
Un orificio de ese diámetro y esa profundidad no era compatible con ningún tipo de accidente ni con ningún tipo de colapso estructural.
Era compatible con un objeto largo y fino introducido con fuerza y precisión, con el conocimiento exacto de dónde estaba el punto vulnerable.
Era el tipo de herida que en el siglo XVIII producían los estiletes de los que usaban quienes querían que una muerte pareciera natural o simplemente desapareciera entre el caos de una época convulsa.
Tres personas. Tres heridas idénticas en el mismo punto exacto.
No era un crimen de pasión. No era un robo que se salió de control. Era una ejecución.
—Mateo —dijo Julián, con una voz que no reconoció como suya porque era demasiado tranquila para lo que estaba sintiendo—. Esto no es un descubrimiento arqueológico. Esto es una escena del crimen.
El guía ya lo sabía. Se lo decía cada línea de su cuerpo, cada milímetro de la tensión acumulada en sus hombros, la forma en que sus dedos habían dejado de tocar la cicatriz y se habían cerrado en un puño a su costado.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Mateo.
—Lo que deba hacer —dijo Julián.
No era una respuesta heroica. Era la única que tenía.
* * *
Usando la pequeña lupa que siempre llevaba en su kit de campo, Julián comenzó a escudriñar la cara interior del sello. Al inclinar el anillo y dejar que la luz incidiera en un ángulo preciso, una marca diminuta emergió de entre las sombras del metal.
—Mateo, mira esto. Aquí, bajo el borde del bisel. Es un sello de orfebre.
—Parece una letra entrelazada con un ancla —observó el guía—. ¿Qué significa?
—Es la marca de la Casa de los Orfebres de Génova, una de las más prestigiosas del Mediterráneo en el siglo XVIII —explicó Julián—.
Esto confirma que el anillo no fue hecho en Lanzarote.
Esta pieza fue un encargo especial, traído por un comerciante de alto rango conectado con las rutas de comercio genovesas.
La marca del orfebre no solo situaba el origen geográfico de la joya: conectaba a los antiguos dueños del anillo con redes de comercio marítimo internacional.
Si esa familia había ocultado su origen y había estado implicada en el crimen de 1730, la marca del orfebre era el hilo que, al tirar de él, desmantelaría su coartada histórica.
—Si encontramos quién encargó esta pieza —añadió Julián—, tendremos el nombre de la familia que orquestó el asesinato.
Mateo no respondió. Sus ojos bajaron al anillo y luego volvieron a Julián con una expresión que el geólogo no supo descifrar del todo.
—Mateo. —Una pausa—. ¿Tú ya sabías que esto estaba aquí?
El guía no respondió. Pero tampoco dijo que no.
Justo en ese instante, un ruido metálico —el sonido inconfundible de un vehículo todoterreno acercándose— rompió la calma del desierto volcánico. Mateo apagó la linterna de un golpe seco, sumiéndolos en la oscuridad absoluta.
—Apaga la tuya —ordenó en un susurro eléctrico—. Ya no estamos solos.
* * *
El anillo era pequeño y más pesado de lo que su tamaño sugería. Plata ennegrecida con la oxidación de siglos en ausencia de oxígeno. El sello era un ave rapaz atrapando una serpiente.
Julián lo fotografió desde tres ángulos.
Midió. Pesó. Registró las coordenadas exactas y anotó la profundidad: veintitrés centímetros bajo la superficie del malpaís, en una capa de lapilli volcánico cuya datación sugería los años posteriores a las erupciones de 1730.
Un punto que coincidía con la entrada de uno de los tubos volcánicos conectado, de manera subterránea, con el Castillo de San José.
Cuando volvió al todoterreno, Mateo lo estaba esperando con la expresión de alguien que lleva mucho tiempo esperando una noticia y por fin la ve llegar.
—¿Un anillo con un blasón? —dijo Mateo, sin mirarlo.
—¿Cómo sabes—?
—Porque lo estaba buscando. Llevaba buscándolo doce años.
Un historiador llamado Diego Herrera había llegado a la isla doce años atrás a investigar los registros de la erupción de 1730.
Había encontrado indicios de algo relacionado con las tierras de Majada Blanca y con una familia que seguía controlando esas tierras en el presente.
Había muerto antes de publicar nada, en circunstancias que la policía había calificado de accidentales.
Y Mateo había estado allí esa noche.
—¿Por qué me dices esto ahora?
—Porque si no lo entiendes, vas a cometer el mismo error que Diego. Creer que esto es solo historia.
—¿Y no lo es?
—Es historia de alguien que sigue vivo y que tiene mucho que perder.
* * *
Julián pensó durante un momento. Luego preguntó la única pregunta que le parecía importante.
—¿Qué necesitas de mí?
Mateo lo miró. Era la primera vez desde que se habían conocido que Julián veía en esa cara algo que no era la expresión neutra de alguien que controla exactamente cuánto deja ver.
—Necesito los datos del sistema de tubos. Los reales, no los que le das a Vidal. —Una pausa—. Y necesito que confíes en mí el tiempo suficiente para que lleguemos al castillo.
—¿Al castillo de San José?
—Manrique guardó algo allí. Algo que lleva cincuenta años esperando. Y la única manera de llegar a donde lo guardó es por los tubos, usando la cartografía térmica que tú tienes.
Julián miró el anillo en la bolsita de muestra. Trescientos años bajo el malpaís. La familia que llevaba todo ese tiempo siendo propietaria de algo que no le pertenecía. Diego Herrera muerto en una alquería por saber demasiado. Mateo cargando doce años la cicatriz de esa noche.
—¿Y después? —preguntó—. Si lo encontramos, ¿qué hacemos con ello?
—Lo publicamos. —Mateo dijo las dos palabras con la sencillez de quien lleva mucho tiempo esperando poder decirlas—. Hay una periodista en Arrecife que lleva dos años buscando la prueba material que conecta los documentos con la familia. Se llama Elba Bethencourt.
Julián guardó el anillo en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Cuándo vamos?
—Pasado mañana. Necesito hacer una llamada esta noche.
Julián miró la finca que los rodeaba: el viñedo de tierra volcánica negra, las vides bajas protegidas por los semicírculos de piedra, el cielo que se ponía de ese morado específico de Lanzarote cuando el sol ya no está pero la luz todavía no ha decidido irse del todo.
—¿A quién?
—A Elba Bethencourt. Hay algo que tiene que saber antes de que nos metamos en el castillo.
Julián asintió. Tomó la botella de vino que quedaba y se sirvió el resto.
—¿Confías en ella?
La pregunta era honesta. Mateo la recibió como tal.
—Diego confiaba en ella. —Una pausa—. Y Diego tenía buen criterio en todo, excepto en calcular cuánto le quedaba de tiempo.
No añadió nada más. El silencio entre los dos hombres no era incómodo; era el tipo de silencio que se instala cuando dos personas han decidido hacer algo juntas y ya no necesitan convencerse mutuamente.
Julián se terminó el vino.
La noche olía a la tierra volcánica y a las plantas bajas que crecen en ella, tomillo y lavanda y esa vegetación específica de las islas áridas que huele más fuerte cuando el viento baja y el aire se asienta sobre el paisaje.
Desde donde estaban se veían las luces de Arrecife reflejadas en el Atlántico.
—¿Diego era de aquí? —preguntó.
—De Yaiza —dijo Mateo—. Del sur. Conocía la isla mejor que nadie.
—¿Y qué encontró exactamente?
—Lo mismo que tú. Un anillo, pero diferente.
El suyo era una reproducción, una copia que alguien había hecho en el siglo XIX.
Lo suficientemente buena como para que pensara que era el original.
Lo suficientemente mala como para que, cuando la familia lo supo, supieran también que el original todavía estaba en algún sitio.
—Y lo mataron por eso.
—Por eso, y porque había llegado demasiado cerca del documento que conectaba el anillo con la merced real.
Mateo apagó la luz de la terraza. En la oscuridad, el cielo de Lanzarote mostraba las estrellas con la claridad específica de las islas atlánticas que no tienen contaminación lumínica al oeste porque al oeste no hay tierra hasta el Caribe.
—Hay noches —dijo Mateo— en que pienso que Diego sabía que algo le iba a pasar.
No en el sentido de que lo presentía, sino en el sentido de que lo había calculado.
Que había llegado a la conclusión de que si seguía por ese camino había una probabilidad real de que la historia terminara mal. Y que siguió de todas formas.
—¿Y eso te parece una buena decisión o una mala? —preguntó Julián.
—Depende del día. Esta noche me parece que era la única decisión posible para el tipo de persona que era Diego.
El vino se había terminado. La botella vacía en el centro de la mesa pequeña de la terraza. El cielo atlántico completamente oscuro excepto por las estrellas.
—¿Y tú? —preguntó Julián—. ¿Tú también sabes que hay una probabilidad real de que esto termine mal?
—Sí.
—¿Y sigues de todas formas?
Mateo pensó en la pregunta el tiempo que merecía.
—Diego no llegó hasta el final. Alguien tiene que llegar.
Julián no dijo nada durante un momento. Luego:
—Entonces lleguemos.
Era la frase más corta y más completa que podía decir. Mateo la recibió con un asentimiento que tampoco necesitaba más palabras.
El malpaís los rodeaba en silencio. Trescientos años de piedra y secreto y tiempo. Y ahora tres personas que, cada una por su cuenta y por razones distintas, habían llegado al mismo punto en el mismo momento.
A veces la historia necesita que las condiciones sean exactas.