El Sello del Diablo Capítulo I
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Capítulo I

Cenizas y Silencios

El aire que recibió a Julián al bajar del avión no se parecía a nada que hubiera respirado antes.

No era solo la humedad salina del Atlántico; era una densidad eléctrica, casi metálica, que parecía vibrar bajo sus pies como si la isla recordara que seguía viva por dentro, que el fuego que la había creado no era historia sino una pausa.

Julián se detuvo en la pista un momento, ignorando las quejas del pasajero que venía detrás.

Se quitó las gafas, las limpió innecesariamente y volvió a ponérselas.

Era un gesto que Sara siempre le recriminaba.

"Cuando no sabes qué hacer con las manos, limpias las gafas" , le había dicho la última noche que pasaron juntos en el piso de Madrid, mientras metía sus cosas en cajas con una eficiencia que a él le resultó más dolorosa que cualquier lágrima.

"Tratas los problemas como tratas las muestras de roca: los clasificas, los etiquetas y los guardas en un cajón. "

Quizás tenía razón. Quizás por eso había aceptado este encargo tan rápido, sin apenas leer los términos.

Un informe de anomalías térmicas en Timanfaya.

Trabajo de campo solo, en una isla donde nadie lo conocía, sin el ruido de los pasillos de la facultad ni las miradas de los colegas que ya sabían lo de la separación.

El decano lo había mirado con esa lástima profesional que a Julián le resultaba más insoportable que el desprecio.

"Tómate el tiempo que necesites, Julián.

El informe puede esperar." No, no podía.

Julián necesitaba que el informe no pudiera esperar.

La carretera hacia el interior pasaba por La Geria, y La Geria era la cosa más improbable que Julián había visto nunca en su vida profesional, y había visto muchas cosas improbables.

No eran viñedos en ningún sentido convencional.

No había filas ordenadas de cepas, ni alambre, ni la geometría verde y domesticada de los viñedos europeos que él conocía de las revistas de viaje.

En La Geria, cada vid crecía sola, en el centro de un hoyo circular excavado en la lava negra, con un muro de piedra volcánica de medio metro que la rodeaba en forma de herradura abierta al norte para protegerla del viento.

Miles de hoyos, miles de muros, miles de vides solitarias extendiendo sus ramas sobre la ceniza volcánica.

Julián detuvo el coche en el arcén y bajó. No podía evitarlo.

Lo que miraba era geología aplicada con una precisión que ningún manual académico describía con justicia: los agricultores de Lanzarote habían descubierto, hace siglos, que la capa de lapilli volcánico que cubría el suelo de la isla actuaba como un sistema de captación de humedad perfectamente calibrado.

De día, la piedra oscura absorbía el calor del sol.

De noche, la diferencia de temperatura entre la superficie y el aire fresco generaba condensación en la base de cada planta.

Sin lluvia. Sin riego. Sin otra agua que la que la propia tierra producía de su diferencia térmica.

Era el tipo de solución elegante que solo surge cuando no hay alternativa: cuando la tierra que tienes es negra y dura y volcánica y lo único que puedes hacer es entenderla tan bien que acabe trabajando para ti.

Las uvas que crecían en aquellos hoyos producían la Malvasía, un vino blanco con un punto de dulzor mineral que los cronistas del siglo XVI habían llamado el mejor vino del mundo conocido.

Shakespeare lo mencionaba. Los reyes lo pedían.

Y todo surgía de esta tierra que, desde la carretera, parecía un lugar donde nada podría vivir nunca.

Julián volvió al coche con la sensación de que acababa de entender algo sobre esta isla que todavía no sabía formular: que Lanzarote no era un lugar que aceptara a los que llegaban con sus propias reglas. Era un lugar que exigía que aprendieras las suyas.

No supo entonces que esa lección tendría mucho que ver con todo lo que estaba a punto de ocurrirle.

Mientras conducía hacia el interior, dejó atrás el bullicio costero para adentrarse en un paisaje que parecía extraído de otro planeta.

A ambos lados de la carretera, los campos de lava negra —el malpaís— se extendían hasta perderse en el horizonte, interrumpidos únicamente por los conos volcánicos que se alzaban como guardianes mudos de un pasado violento.

Como geólogo, conocía bien la naturaleza de aquel paisaje: basalto alcalino, coladas pahoehoé, piroclastos de la erupción de 1730.

Sabía que bajo aquella superficie aparentemente muerta existía un sistema de tubos volcánicos que se extendían kilómetros hacia el interior, como arterias de un cuerpo que dormía.

Lo que la mayoría de la gente no sabía era que la erupción de 1730 no había durado días ni semanas.

Había durado seis años . Desde el primero de septiembre de 1730 hasta el 16 de abril de 1736, más de cien bocas volcánicas se habían abierto sucesivamente en el interior de la isla, derramando coladas que sepultaron una cuarta parte de Lanzarote bajo la lava.

Pueblos enteros desaparecieron. Las mejores tierras agrícolas quedaron enterradas bajo metros de basalto.

Miles de personas huyeron y nunca volvieron.

Seis años. Una generación entera había crecido escuchando el rugido de la tierra, viendo el cielo ennegrecido de ceniza, sin saber si el fuego avanzaría hacia sus casas o se detendría. Era la mayor catástrofe volcánica de la historia europea en tiempos modernos, y el mundo apenas la recordaba.

El todoterreno del parque lo esperaba al pie del centro de visitantes.

El guía que le habían asignado estaba de espaldas, mirando las Montañas del Fuego con una expresión que Julián identificó, sin saber muy bien por qué, como la de alguien que está terminando una conversación consigo mismo antes de empezar una con otro.

Mateo Díaz. Cuarenta y dos años, nacido en Yaiza, guía del parque desde hacía dieciocho.

Delgado, con el pelo negro y las manos de alguien que trabaja con ellas y no se excusa por ello.

Cuando se giró y lo miró, Julián notó dos cosas casi simultáneamente: la primera, que sus ojos tenían la calidad de los de alguien que sabe exactamente dónde está pisando antes de poner el pie.

La segunda, una cicatriz larga y fina en el dorso de la mano derecha, demasiado limpia para ser accidental.

—Julián Arenas —dijo el geólogo, extendiendo la mano.

—Ya sé quién eres —respondió Mateo—. Te he estado esperando.

No lo dijo como un reproche. Lo dijo como un hecho. Y Julián tuvo la extraña sensación de que Mateo no se refería solo a esa mañana.

Aquella tarde, mientras instalaba los sensores en la primera zona de muestreo y Mateo observaba desde una distancia que era respetuosa pero también vigilante, llegó el mensaje de su coordinador en la universidad.

El doctor Vidal. "El patrocinador pregunta por el progreso.

¿Tienen novedades?" Julián leyó el mensaje dos veces.

El patrocinador. Ningún informe académico de anomalías térmicas tenía un patrocinador con ese tipo de urgencia.

Respondió con evasivas y guardó el teléfono.

Aquella noche, mientras el sol se hundía detrás de las Montañas del Fuego y el paisaje volcánico tomaba un color entre naranja y negro que no parecía de este siglo, Julián pensó que había venido a esta isla a escapar de sus problemas y que la isla, con esa lógica inexorable de los terrenos volcánicos, había decidido devolverle unos propios.

* * *

Lo que Julián no supo, hasta varias horas después, era que el anillo que encontraría al día siguiente en la cavidad de basalto no había llegado allí por azar.

Mateo lo llevó al primer punto de muestreo siguiendo una ruta que no era la oficial del parque. De vez en cuando se detenía y ponía la palma de la mano plana sobre la roca y contaba. No en voz alta. Contaba como cuentan los que buscan algo que solo se detecta por el tacto.

—¿Qué buscas? —preguntó Julián al fin.

—Temperatura. La lava encima de un tubo volcánico activo es siempre un grado y medio más caliente que la de al lado. Si sabes lo que buscas, lo notas.

—Eso es exactamente lo que yo vengo a medir con los sensores.

—Tú lo mides con instrumentos. Yo lo siento con las manos. Las dos formas llegan al mismo lugar.

Aquella tarde llegó el mensaje de su coordinador en la universidad. El doctor Vidal. "El patrocinador pregunta por el progreso." Julián leyó el mensaje dos veces. El patrocinador. Ningún informe académico de anomalías térmicas tenía un patrocinador con ese tipo de urgencia. Respondió con evasivas.

Aquella noche revisó los primeros datos en la pantalla: una distribución de puntos calientes que formaba, si se miraba de determinada manera, una cadena de cámaras subterráneas que llegaba hasta el este, hasta la costa, hasta las inmediaciones del Castillo de San José.

Pensó en el mensaje de Vidal. En el patrocinador sin nombre que necesitaba verificar las anomalías "antes de proceder.

" El lenguaje de alguien describiendo una exploración previa a la compra.

Julián cerró el ordenador. Al día siguiente volvería al campo. Y esta vez no iría a donde el protocolo le indicaba.

* * *

Lo que Julián encontró al día siguiente no era exactamente lo que buscaba.

Los sensores indicaban una anomalía en el sector noroeste del área de muestreo.

No grande, no espectacular, no del tipo que habría justificado la urgencia del patrocinador.

Pero lo suficientemente precisa como para que Julián pasara dos horas buscando su origen, apartándose del recorrido marcado, adentrándose en el malpaís con Mateo siguiéndolo a una distancia que era respetuosa pero también, entendió después, protectora.

La grieta era estrecha y oscura y olía a azufre y a siglos.

Julián metió el sensor de temperatura por la abertura y obtuvo una lectura que no correspondía al gradiente geotérmico estándar de la zona: dos grados y medio por encima de la media del sector, lo que indicaba una cámara subterránea activa a una profundidad de entre ocho y doce metros.

—¿Qué hay aquí debajo? —preguntó.

—Un tubo —dijo Mateo, con la voz de alguien que ya lo sabía—. Conecta con el sistema principal que va hacia la costa.

—¿Hacia el castillo?

Mateo no respondió inmediatamente. Miró el horizonte hacia el este, hacia donde las coladas de lava negra se extendían hasta el mar.

—Hacia el castillo —confirmó al fin.

Julián sacó el sensor de la grieta y lo guardó en el estuche con movimientos lentos y deliberados, como hace la gente cuando necesita tiempo para pensar y la mano ocupada sirve de excusa.

Le había dicho a Vidal que el muestreo avanzaba según lo previsto.

Le había dado datos del sector suroeste, que eran los menos interesantes y los más alejados de cualquier cosa que pudiera importar.

Le había dado el equivalente geológico de cambiar de tema.

Ahora tenía los datos del sector noroeste en el sensor y en su cabeza, y tenía la certeza de que esos datos eran exactamente lo que el patrocinador había enviado un geólogo a Lanzarote a encontrar.

La pregunta era si iba a dárselos.

La respuesta, cuando llegó, no fue dramática. Fue simplemente práctica, del tipo de respuestas que llegan después de que uno ha agotado las versiones complicadas y lo que queda es lo único que se puede hacer.

Llamaría a Vidal. Le daría los datos del sector suroeste, que eran los que tenía obligación contractual de reportar y los que Vidal esperaba y los que no servían de nada para nadie con intenciones que Julián ahora entendía claramente que no eran las que le habían dicho que eran.

Los datos del sector noroeste se los guardaría.

—Voy a necesitar tiempo —le dijo a Mateo esa tarde, mientras el sol bajaba sobre el malpaís y las sombras de las piedras se alargaban hacia el este—. Una semana, quizás dos. Para entender lo que tenemos aquí exactamente.

—No tenemos dos semanas.

—¿Por qué?

Mateo lo miró con la expresión de alguien que está midiendo cuánto puede decir y en qué orden.

—Porque Vidal ya sabe que has estado en el sector noroeste. Tiene alertas en el sistema de GPS del parque. En cuarenta y ocho horas va a saber que tienes algo.

Julián procesó esto.

—Entonces tenemos cuarenta y ocho horas.

—Exactamente.

Mateo se levantó y miró el horizonte. El malpaís se extendía en todas direcciones, negro e inmóvil, con esa quietud específica de los paisajes que no han cambiado en siglos y que hacen que los problemas humanos parezcan pequeños sin por ello dejar de serlos.

—Hay una persona que necesitas conocer —dijo—. Antes de que decidamos nada.

—¿Quién?

—Una periodista de Arrecife. Lleva dos años buscando lo mismo que hemos encontrado nosotros esta tarde. Y sabe cosas que nosotros no sabemos.

Julián guardó el sensor en la mochila.

—¿Cuándo?

—Mañana por la mañana. Si estás de acuerdo.

Julián pensó durante un momento. Había llegado a Lanzarote con un contrato y un protocolo y la expectativa de que las dos semanas iban a ser exactamente lo que prometían ser: trabajo de campo, muestras, datos, informe.

En cuarenta y ocho horas había encontrado un anillo de trescientos años y había decidido no darle a su empleador los datos que le pagaba para encontrar.

Las cosas rara vez salían del cauce tan completamente y tan rápidamente.

Y sin embargo, pensó Julián mientras caminaban de vuelta al todoterreno, había una especie de lógica en cómo había llegado hasta aquí. No la lógica de un plan sino la lógica de la piedra: una cosa sobre otra, cada capa revelando lo que hay debajo, sin prisa y sin saltos.

El anillo en el malpaís. Mateo en el parque. La historia de Diego. La anomalía térmica. Elba Bethencourt en Arrecife con sus documentos y sus dos años de trabajo.

Cuatro cosas que no se habían buscado mutuamente pero que habían terminado juntas. Como las capas de la piedra.

Julián guardó el sensor en la mochila y miró el horizonte.

Mañana se reunirían los tres en el bar del puerto de Arrecife y algo que había estado separado durante mucho tiempo empezaría a juntarse.

No sabía exactamente qué era ese algo todavía.

Pero la piedra ya lo sabía. La piedra siempre lo sabía antes que la gente.

Esa noche Julián durmió mejor de lo que esperaba.

En los años que llevaba de trabajo de campo había aprendido que el cuerpo duerme cuando ha tomado una decisión y tiene claro lo que toca hacer al día siguiente.

La indecisión es lo que quita el sueño. La claridad, aunque sea la claridad de haberse metido en algo complicado, permite descansar.

—Mañana —dijo.