El Sello del Diablo Prólogo
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El Sello del Diablo

El Sello del Diablo

Por Manuel Crippa

© inepub.com

Prólogo

El cielo llevaba catorce días sin ser azul.

Desde el primero de septiembre, cuando la tierra se había abierto al suroeste de Timanfaya con un rugido que los supervivientes describirían después como el sonido de Dios cambiando de opinión, la ceniza lo había cubierto todo.

Los campos de trigo que quedaban en pie se doblaban bajo el peso del polvo volcánico, igual que los tejados de las casas más alejadas del frente de lava, igual que los hombros de los hombres que intentaban llevar sus animales hacia el norte antes de que el fuego los alcanzara también a ellos.

Fray Tomás de Armas caminaba por el camino de Yaiza con una linterna que apenas atravesaba la oscuridad densa de aquella noche.

Llevaba consigo el viático para un anciano que había pedido los últimos sacramentos en una alquería a media legua del pueblo, pero el anciano había muerto antes de que llegara, y ahora Fray Tomás volvía solo, con el aceite sin usar y la certeza de que esta isla estaba siendo destruida piedra a piedra por algo que ningún sermón sabía nombrar del todo.

Escuchó las voces antes de ver las luces.

Se detuvo en el borde del camino y apagó su linterna. No por instinto de supervivencia, sino por algo más antiguo: el instinto de quien reconoce que lo que está a punto de presenciar no debería ser visto, y sabe que si lo ve no podrá hacer como que no fue así.

Las voces venían de la ermita de la Virgen de los Remedios, una construcción pequeña y blanca que se alzaba a cien metros del camino, entre dos higueras que la ceniza había convertido en siluetas de sal.

Había tres antorchas encendidas frente a la puerta.

Tres hombres. Fray Tomás reconoció al primero por la capa: era Don Álvaro Salazar de la Ponte, el hombre que gobernaba las tierras del sur de la isla con la misma tranquilidad con que un propietario inspecciona sus almacenes.

El segundo era un hombre de complexión ancha y movimientos lentos y precisos.

El tercero era el notario Don Pedro Fajardo, que llevaba una cartera de cuero bajo el brazo y parecía haber envejecido diez años desde la última vez que Fray Tomás lo había visto en misa.

Don Álvaro hablaba con una voz baja que el viento volcánico traía en fragmentos. Fray Tomás solo pudo entender algunas palabras. Documentos. Propiedad. Firmar. Y luego, más claro que todo lo demás, una sola frase:

— Esto termina esta noche.

Entraron en la ermita.

Fray Tomás se quedó inmóvil durante un tiempo que no supo medir.

El suelo temblaba levemente bajo sus sandalias, como llevaba temblando catorce días, ese temblor constante y sordo que ya nadie comentaba porque hablar de él era como hablar del propio miedo: inútil.

A lo lejos, en el horizonte que debería haber sido oscuro, las bocas volcánicas teñían el cielo de un naranja sucio y palpitante.

Cuando salieron de la ermita, solo eran dos.

Don Álvaro y el hombre de complexión ancha.

Caminaron hacia los caballos que esperaban atados a una de las higueras, sin apresurarse, sin mirarse entre ellos, con esa calma que no es serenidad sino la ausencia completa de remordimiento.

Desmontaron las antorchas, las aplastaron contra el suelo volcánico, y se alejaron por el camino en dirección norte sin mirar atrás ni una sola vez.

La oscuridad los devoró en menos de un minuto.

Fray Tomás esperó. Contó hasta doscientos, como hacía cuando niño durante las tormentas, convencido de que llegando a ese número el rayo ya no podía alcanzarle. Luego encendió su linterna y caminó hacia la ermita.

Encontró a Don Pedro Fajardo primero, cerca de la puerta.

Luego a Doña Inés Bethencourt, junto al altar, con las manos cruzadas sobre el pecho en una postura que alguien había compuesto deliberadamente, como si quisiera que pareciera que dormía.

Y al fondo, Don Esteban Bethencourt, propietario legítimo de las tierras de Majada Blanca desde que su padre las había recibido en merced real treinta y dos años atrás, con la cabeza ladeada sobre los brazos y una herida en la base del cráneo tan precisa y tan limpia que Fray Tomás tuvo que apartar la mirada.

No era la primera vez que veía muertos. Llevaba catorce días entre muertos. Pero los muertos del volcán tenían el aspecto de algo que había pasado, de una fuerza que no entendía de personas ni de nombres. Estos tres tenían el aspecto de una decisión.

Fray Tomás se arrodilló y rezó durante un tiempo. Luego hizo lo único que podía hacer un hombre solo en una isla ardiendo, sin autoridad que lo escuchara y sin certeza de sobrevivir para contarlo.

Buscó entre los dedos de Don Esteban el anillo que el hombre llevaba siempre, el sello heráldico de plata con el ave atrapando a la serpiente. Lo deslizó del dedo con cuidado. Lo envolvió en el paño de lino que llevaba en el bolsillo para los sacramentos.

Luego encontró la trampilla en el suelo de piedra, bajo el altar.

La abrió. Depositó los tres cuerpos en la cavidad subterránea, uno por uno, con toda la dignidad que sus fuerzas permitían.

Colocó encima la losa de piedra. Llenó las juntas con mortero seco mezclado con agua del cántaro que alguien había dejado junto al altar.

Cuando terminó, no había señal de que bajo aquel suelo descansara nadie.

Salió de la ermita. La tierra volvió a temblar, más fuerte esta vez, y en el horizonte una nueva boca se abría en las Montañas del Fuego con un resplandor que iluminó por un segundo todo el paisaje: la ermita blanca, el camino de polvo volcánico, las higueras dobladas, y Fray Tomás de pie en medio de todo ello, con un anillo de plata en el bolsillo y la comprensión de que lo que había visto esta noche era demasiado grande para callarlo y demasiado peligroso para decirlo.

Empezó a caminar hacia Yaiza.

En su mente ya se estaban formando las palabras. En el nombre de Dios y de la Justicia que Él solo puede dispensar...

Escribiría esa noche. Y lo que escribiera lo guardaría donde nadie que buscara poder pudiera encontrarlo, y donde alguien que buscara verdad, algún día, sí pudiera.

La tierra ardió durante seis años más.

El secreto esperó trescientos.

* * *

Pero antes de esa última noche, Fray Tomás había vivido en Lanzarote seis años.

Había llegado de Sevilla con ideas claras sobre la justicia de Dios y la obligación de la Iglesia hacia los pobres, y la isla le había enseñado, con la paciencia sin compasión que tienen los lugares duros, que las ideas claras eran un lujo de los que nunca habían visto trabajar a nadie en condiciones de verdad.

Los hombres como Don Álvaro Salazar de la Ponte, que en el continente habrían sido simplemente hombres poderosos con malas costumbres, en Lanzarote eran algo diferente: eran la única ley, el único dinero, la única sombra que podía protegerte o destruirte.

En una isla de veinte mil personas sin otra institución que los contuviera, los hombres con tierras y dinero eran, en todos los sentidos que importaban, el Estado.

Don Esteban Bethencourt le había pedido confesión tres semanas antes de la erupción, no por sus pecados sino porque tenía algo que decir que no podía decir a nadie más.

"Alguien quiere mis tierras, padre. No el precio justo: las tierras.

Y no va a parar hasta tenerlas." Fray Tomás le había preguntado quién.

Don Esteban había negado con la cabeza. "Si lo dijera en voz alta, dentro de una semana el volcán no sería lo único que ardiera en esta isla. "

Eso había sido tres semanas antes de la erupción.

Ahora Don Esteban yacía junto al altar.

Fray Tomás se permitió un momento de terror genuino: el miedo visceral de alguien que comprende que acaba de ver algo que no puede ignorar y que ignorarlo era, precisamente, la opción más segura para sobrevivir.

Podía marcharse. Podía volver a Yaiza, rezar, esperar a que la isla dejara de arder y a que el tiempo convirtiera los crímenes en accidentes y los accidentes en leyendas. Podía.

Pero Don Esteban le había dicho algo en confesión. Y aunque el secreto de la confesión protegía al penitente de la Iglesia, no protegía al fraile de su propia conciencia.

Se arrodilló. Rezó durante un tiempo que no supo medir. Luego se puso en pie y empezó a trabajar.

* * *

Lo primero que hizo fue contar los cuerpos. Tres. Don Esteban Bethencourt, su esposa Doña Inés, y el notario Don Pedro Fajardo. Tres personas que entraron vivas a la ermita y que salieron en la oscuridad cargadas por Don Álvaro y su hombre de complexión ancha, no por sus propios pies.

Fray Tomás pasó la siguiente hora haciendo lo que ningún hombre de fe debería tener que hacer solo y sin testigos: dar sepultura improvisada, limpiar el suelo del altar, preparar una versión de la noche que pudiera ser creída si alguien preguntaba.

No era mentira exactamente. Era selección.

La historia que contaría si alguien preguntaba era cierta en todos sus hechos: había venido a dar el viático a un anciano, el anciano había muerto antes de que llegara, había vuelto por el camino de Yaiza, había encontrado la ermita vacía.

Todo cierto. Todo incompleto.

La parte que no contaría era la que iba en el paño de lino del bolsillo izquierdo, debajo del libro de los salmos: un anillo de plata con el sello de un blasón que no era el de ninguna iglesia sino el de un hombre, y una decisión tomada en silencio ante tres cuerpos bajo la mirada de una Virgen de los Remedios que aquella noche no había podido hacer mucho en concepto de remedios.

Mientras caminaba hacia Yaiza con la ceniza volcánica cayendo suave sobre sus hombros, Fray Tomás pensó en Doña Catalina Bethencourt, la hermana de Don Esteban que vivía en Teguise.

Si alguien sabía lo que había ocurrido en esa ermita, si alguien había visto desde otra distancia lo que él había visto desde la suya, era ella.

Pero llegar a Teguise era un día de camino, y un día de camino en una isla ardiendo era demasiado tiempo para que los secretos esperaran.

Escribiría primero. Lo dejaría escrito con tanta precisión y tanto detalle que cualquiera que lo leyera dentro de cien años o de trescientos supiera exactamente lo que había visto Fray Tomás de Armas en la ermita de la Virgen de los Remedios el 14 de septiembre de 1730.

Y luego guardaría lo escrito en el único lugar que la lava no podía alcanzar: la memoria de la piedra misma.

La ceniza volcánica tenía un olor que no se parecía a nada que Fray Tomás hubiera olido antes: metálico y caliente y antiguo, como si la tierra misma estuviera repasando sus propias memorias.

Caminó durante tres horas en la oscuridad, con el paño de lino apretado en el puño izquierdo, y cuando llegó a Yaiza y vio las primeras luces de las casas pensó que había pocas cosas más desorientadoras que el mundo normal continuando con indiferencia perfecta justo al lado de donde algo terrible había ocurrido.

La posada de Yaiza estaba abierta. El posadero, un hombre gordo con manos de carnicero y la cara quemada del sol de las islas, lo miró entrar sin decir nada. Los frailes llegaban solos y a deshora con más frecuencia de la que la gente imaginaba.

—Vino —dijo Fray Tomás.

—No queda vino.

—Agua, entonces.

Se sentó en el banco de piedra junto a la puerta y bebió el agua despacio y pensó en lo que iba a escribir.

No cómo escribirlo, esa parte la tenía clara, la claridad era el único regalo que le había dado la noche.

Sino dónde. Dónde guardarlo para que sobreviviera no solo a la lava que seguía avanzando desde las bocas del sur, sino a los hombres que tenían razones para que no sobreviviera.

La respuesta llegó cuando el viento giró y trajo desde el norte el olor de la piedra húmeda y el azufre y la oscuridad profunda de los tubos volcánicos que corren bajo la isla desde tiempos anteriores a cualquier memoria humana.

La piedra guarda lo que la memoria olvida.

Lo escribió en tres horas, a la luz de una vela que fue consumiéndose mientras él escribía, con la letra más pequeña y más apretada de la que era capaz para que todo cupiera en los folios que le quedaban.

No omitió nada. Los nombres, las horas, la secuencia exacta de los hechos, la descripción del anillo, las palabras que había escuchado antes de que Don Álvaro y su hombre de complexión ancha salieran de la ermita. Todo.

Cuando terminó, enrolló los folios con cuidado, los envolvió en el paño de lino que quedaba, y los guardó con el anillo en la bolsa que llevaba al hombro.

Al día siguiente comenzaría el camino hacia el norte.

Hacia la única piedra que conocía lo suficientemente permanente como para confiarle un secreto de ese tamaño.

Lo que Fray Tomás no sabía, porque no podía saberlo, era que el secreto que iba a confiarle a la piedra iba a esperar trescientos años.

Que la piedra iba a guardar con indiferencia perfecta los documentos y el anillo durante tres siglos de historia de la isla: la reconstrucción después de la erupción, el turismo, los aeropuertos, los hoteles, los artistas que llegaron a la isla y decidieron quedarse.

Que todo eso iba a ocurrir sobre la superficie mientras el diario y el anillo esperaban debajo.

Tampoco sabía que trescientos años era el tiempo exacto que necesitaban ciertas historias para poder contarse.

No porque las historias cambien con el tiempo, sino porque las personas que las escuchan cambian.

Y en 1730 no había nadie en Lanzarote que pudiera escuchar lo que Fray Tomás tenía que contar sin que la escucha los pusiera en peligro.

En 2024 había tres.

Y los tres llegaron sin saber exactamente adónde llegaban. Julián Vega con un sensor y un contrato. Elba Bethencourt con documentos y dos años de trabajo. Mateo Díaz con doce años de espera y una cuenta pendiente que había decidido saldar, de una manera o de otra, antes de que pasara otro año.

Ninguno de los tres sabía lo que sabían los otros dos. Todavía.

Lo que Fray Tomás sí sabía, porque lo había visto con sus propios ojos, era que los secretos que se confían a la piedra no se confían en vano.

La piedra de Lanzarote lleva miles de años guardando lo que la tierra le entrega: los gases, el calor, el tiempo comprimido de las erupciones.

No hay razón para que no guardara también esto.

Y así fue. La piedra guardó el diario de Fray Tomás durante trescientos años con la misma indiferencia con que guarda los gases y el calor y la memoria de las erupciones.

Sin preferencias, sin juicios, sin la impaciencia que tiene la gente cuando guarda algo que le importa.

La piedra no tiene preferencias. Devuelve lo que le entregan cuando alguien sabe dónde buscar.