El sello de los diez Chapter 57
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Chapter 57

Marco Foscari regresó a la isla una sola vez, en abril, cuando el frío se había retirado lo suficiente como para hacer navegable la laguna interior sin una capa pesada.

No tenía ningún motivo oficial para ir.

El expediente estaba cerrado, el compartimento sellado, la lámina de plomo incorporada a los registros. No quedaba nada por hacer.

Aun así fue.

La iglesia conservaba todavía el techo intacto y la primavera aún no había alterado el silencio de los meses fríos.

La hierba del claustro empezaba a crecer entre las losas, verde e inconsciente.

El presbiterio estaba exactamente como lo había dejado: la baldosa recolocada, la junta de cal nueva contrastando con las antiguas, la X grabada en el borde ya devuelta a la sombra como si nunca hubiera existido.

Permaneció de pie ante la baldosa durante varios minutos.

Después sacó el cuchillo que llevaba al cinto y, junto a la X, no encima, sino al lado, con la misma profundidad y el mismo gesto, grabó un pequeño círculo.

No se lo explicó a nadie porque no había nadie a quien explicárselo.

Era la clase de cosa que se hace cuando se quiere que algo permanezca, sabiendo que uno no se quedará allí para custodiarlo.

Elena Moretti volvió a la isla en octubre, un día en que la niebla aún estaba decidiendo si quedarse o marcharse.

Tenía autorización de la Superintendencia para una inspección documental. El presbiterio había sido clasificado como lugar de interés histórico y estaba a punto de ser incluido en un plan de consolidación estructural que probablemente requeriría cinco años y tres cambios de gobierno.

El compartimento había sido sellado con una reja metálica atornillada al perímetro.

Elena tenía la llave.

Abrió la reja, encendió la linterna y miró.

La lámina de plomo seguía allí, con la impronta del sello falsificado, exactamente como la recordaba. Ya disponía de todas las fotografías necesarias, archivadas por triplicado.

No necesitaba tomar más.

Pero la luz de la linterna iluminó también algo que no había advertido la primera vez: junto a la X grabada en la junta de cal, casi superpuesto a ella, había un círculo.

La profundidad del corte era la misma.

La herramienta puntiaguda también.

No estaba allí la primera vez. De eso estaba segura. Aquella mañana de agosto había fotografiado la junta con precisión milimétrica.

Alguien había regresado.

Después de ella.

Elena permaneció arrodillada sobre el suelo del presbiterio durante un largo instante, con la linterna enfocando el círculo y el silencio de la isla rodeándola por completo.

Luego sacó el teléfono y tomó una fotografía: la X y el círculo juntos, en la junta de cal, entre dos baldosas romboidales de barro cocido veneciano del siglo XIV.

No sabía quién los había dejado.

No sabía qué significaban juntos, la X y el círculo; si eran una firma, un comentario, una indicación o un saludo.

Nunca lo sabría. No en el sentido en que se sabe algo cuando es posible pedir confirmación a quien lo hizo.

Pero los fotografió.

Porque eso era lo que se hacía.

Se documentaba lo que estaba allí, incluso cuando no se comprendía todo su significado, incluso cuando el significado estaba distribuido a través del tiempo de tal manera que nunca podía verse por completo desde un único punto.

Ese era el trabajo.

Siempre había sido el trabajo.

Elena volvió a cerrar la reja, guardó la llave en el bolsillo y se puso de pie.

La hierba del claustro seguía verde, a pesar de octubre.

Las golondrinas ya se habían marchado, pero algo más, estorninos quizá, se movía entre las arcadas abandonadas con ese sonido característico de las aves que habitan los lugares que los hombres han dejado atrás.

Afuera, la laguna esperaba con su paciencia habitual, plana y gris e indiferente y absolutamente necesaria.