El sello de los diez Chapter 48
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Chapter 48

Los pasos eran lentos. No era el caminar de alguien que llega corriendo, ni el de quien no sabe dónde pisa. Era el paso medido de alguien que conoce el entorno y no tiene prisa.

Pietro Gradenigo emergió de las sombras de la nave con el mismo aire que Marco le había visto en el Senado años atrás: el de un hombre que considera cada situación como una partida, con reglas que solo él ve por completo.

Vestía ropas de viaje gastadas —evidentemente había pasado días en la isla— y lucía una barba de una semana que aún no decidía si era descuido o disfraz; estaba más delgado de lo que Marco recordaba.

—Canciller —dijo Gradenigo, deteniéndose a cuatro metros del presbiterio. No parecía sorprendido—. Sabía que vendrían tarde o temprano. Lo que no sabía era si serían ustedes o los esbirros de los Inquisidores.

—Tal vez ambos —respondió Marco.

Gradenigo bajó la mirada hacia la caja abierta sobre las rodillas de Marco.

Propuso un trato : a cambio de dejarlo salir de la isla esa noche, revelaría la ubicación exacta del correo para interceptar el Título de Estado antes de que cruzara la frontera imperial.

Explicó que el título era su «seguro contra el futuro».

Sin embargo, Isabetta, desde la sombra de la sacristía, intervino con voz gélida. Reveló que los Inquisidores de Estado ya habían sido informados y que el barquero que la trajo a la isla llevaba consigo una copia del mandato de detención para interceptar al correo.

Gradenigo la miró fijamente. La satisfacción en su rostro se apagó, reemplazada por el reconocimiento frío de quien sabe que ha perdido. — Hija de su padre —dijo finalmente. — No —respondió Isabetta—. Al contrario .

No intentó huir. Gradenigo se sentó en el último banco de la nave y esperó a los Inquisidores con la rectitud de quien ya conoce su sentencia. Cuarenta minutos después, llegaron dos góndolas con seis hombres de uniforme oscuro. La matriz y el registro pasaron a custodia oficial.

Antes de que se llevaran todo, Isabetta se aseguró de conservar una copia certificada del registro.

Cuando Marco le preguntó dónde pensaba guardarla, ella miró hacia el presbiterio vacío, hacia la baldosa marcada con la X que ya volvía a fundirse con las sombras.

— En un lugar donde nadie irá a buscarla por mucho, mucho tiempo —sentenció Isabetta—. Exactamente aquí .