Chapter 46
La motora de la Capitanería se deslizó fuera del canal de la Giudecca a las seis y once de la mañana, en un alba que aún no terminaba de decidirse entre la niebla y la luz.
Elena había dormido apenas tres horas; Matteo parecía no haber dormido nada, cargando con la bolsa de equipo y un termo de café con el aire de quien ya ha resuelto el problema en su cabeza.
Valeria permanecía en la proa sin usar los prismáticos, pues conocía la laguna lo suficiente como para orientarse en sus aguas internas sin necesidad de instrumentos.
La isla se materializó entre la bruma como suelen hacerlo las cosas en la laguna: primero una sombra oscura, luego una masa de vegetación desordenada y, finalmente, los detalles de ladrillo rojo desteñido por la sal y el campanario a vela con sus arcadas vacías.
San Giorgio in Alga era pequeña, con un pontón de piedra parcialmente derrumbado donde amarraron la motora a los postes de cemento.
El interior era una mezcla entre la ruina y la naturaleza salvaje, donde las higueras crecían a través de las ventanas de los edificios conventuales y las raíces habían levantado el pavimento de los claustros.
Se dirigieron a la iglesia, en el extremo oriental de la isla.
Aunque la nave estaba abierta al cielo por el derrumbe del techo, el ábside aún conservaba una bóveda de cañón decorada con un fresco casi ilegible donde todavía se distinguía el azul de las alas de un ángel.
El presbiterio, con su suelo de baldosas de terracota en forma de losange, era lo que Elena buscaba.
Matteo pasó el detector de metales lentamente por el pavimento en franjas paralelas.
Durante veinte minutos solo hubo silencio, hasta que el tono del aparato cambió en el ángulo noreste a un sonido plano y ancho, indicando una superficie metálica extensa.
Elena se arrodilló y apartó los escombros con la mano; allí, grabada en la junta de calce de una baldosa, había una pequeña «X» .
Matteo hizo palanca con delicadeza hasta que la baldosa cedió.
Debajo apareció un hueco revestido con una lámina de piombo oxidados por el tiempo.
Al acercar la linterna, Elena vio la impronta: era el negativo de un sello circular con un león alado rodeado por cuatro símbolos: dos llaves cruzadas, una espada, una balanza y un libro abierto.
—No es el sello del Dogo —susurró Matteo al ver las llaves de San Pedro mezcladas con el león de San Marcos. —No debía serlo —respondió Elena mientras fotografiaba el hallazgo—. Es la firma del falso.
En ese momento, el silencio de la isla fue interrumpido por el sonido de un motor. No era una embarcación de la Capitanería; era un ruido más alto y rápido que se acercaba por el lado occidental. Valeria salió del presbiterio con la mano en el cinto.
—Quedaos aquí —ordenó Valeria con una voz que no admitía réplica.