Chapter 45
La tira de pergamino tenía dieciocho centímetros de largo y dos de ancho.
Contenía cuarenta y ocho caracteres dispuestos en seis grupos de ocho, alternando números romanos, letras del alfabeto latino y tres símbolos geométricos —un círculo, un triángulo y una cruz— que Marco había copiado con cuidado en su cuaderno al momento de despegarlos de la pared del campanario.
En tres semanas, había llenado once páginas con intentos de desciframiento.
Sobre la mesa de la habitación alquilada en el sestiere de Cannaregio —había dejado el alojamiento de servicio en el Palacio Ducal cuando su posición en la Cancillería Secreta fue «suspendida temporalmente»—, el cuaderno estaba abierto en la duodécima página.
Junto a él, tres versiones de la cuadrícula geométrica base del código que conocía, aquella que Casanova le había ayudado a construir dieciséis meses antes.
Las tres versiones no funcionaban. Aplicándolas a la tira se obtenían secuencias de caracteres, pero ninguna era un texto inteligible en los idiomas que Marco conocía. La variante que Gradenigo utilizaba tenía un parámetro adicional que Marco no lograba adivinar.
Llamaron a la puerta. Era Isabetta. Traía un abrigo oscuro y un papel doblado en cuatro. —Una carta —dijo ella—. Del carcelero de mi padre. Dice que el senador quiere que lea esto antes de depositar mi testimonio final.
Marco tomó el papel. Estaba escrito con la caligrafía de Alvise Contarini, más temblorosa de lo habitual. El senador enumeraba todo lo que sabía del plan económico de Gradenigo. Un punto bloqueó a Marco:
«Gradenigo me dijo que el instrumento principal no era la moneda falsa...
El instrumento principal era un título de crédito de la República , autenticado con el sello contrahecho, a nombre de un tercero fuera de las fronteras de la Serenísima.
Un título que... esperaría. Era lo que Gradenigo llamaba su seguro .
No contra el fracaso inmediato, sino contra el futuro» .
Marco leyó esa frase tres veces. —Es la explicación de por qué las páginas de la Ceca fueron arrancadas del registro —dijo Marco—.
Gradenigo estaba autenticando un título de crédito con el sello falso.
Un título que tendría valor legal incluso tras la derrota de la conspiración, porque nadie podría probar que el sello era falso sin esas páginas.
—Un seguro contra el futuro —repitió Isabetta. —Debemos encontrar ese título, o la prueba de que el sello es falso —sentenció Marco, mirando la tira de pergamino—. Este código podría decirnos dónde está escondido el registro completo con las páginas intactas.
Isabetta observó la cuadrícula. —Casanova —dijo ella—. Si existe una variante que no conoces, es probable que él la sepa. Era el tipo de hombre que coleccionaba sistemas de cifrado. Y ahora es libre.
La noticia de la fuga de Casanova de los Piombi, ocurrida la noche del 31 de octubre, había llegado a Marco por canales privados: había escapado por el tejado del Palacio Ducal. —Ya he escrito una carta a París con una copia de la tira —respondió Marco.
Isabetta añadió un último detalle de la carta de su padre: «Gradenigo me dijo una vez que el lugar que tenía en mente era un sitio donde nadie iría a buscar porque ya no quedaba nadie para custodiarlo. Dijo: los monjes han partido » .
—No dice el nombre —observó Marco. —No —asintió Isabetta—. Pero yo lo sé. Lo oí aquella noche tras la puerta del estudio de mi padre. Se llamaba San Giorgio in Alga . Los Camaldoleses la abandonaron hace tres años.
Marco cerró su cuaderno de intentos fallidos. —¿Cuándo podemos ir? —preguntó. —Mañana por la mañana —respondió Isabetta—. Ya he organizado la barca.