Chapter 44
El formulario de documentación para los peritos ante el TAR constaba de once páginas.
Elena Moretti lo estaba completando por tercera vez, no por dificultad técnica, sino porque cada vez que llegaba a la Sección VIII , «Relaciones económicas con las partes en conflicto o sujetos vinculados», se detenía en seco.
Tras haber respondido inicialmente «Ninguna», Elena sintió una punzada de duda y comenzó a rastrear la genealogía financiera de su propia investigación.
La Fundación Ariel , que había financiado su doctorado y el proyecto de digitalización de los registros, no tenía una web transparente.
Tras un rastreo minucioso por el registro de Gibraltar y el Companies House , la verdad emergió como un naufragio tras la marea: Ariel era propiedad de Nexus Cultural Holdings (Malta), controlada a su vez por AHL Group SA (Vaduz), que era una filial directa de la Speranza-Stiftung Verwaltungs GmbH .
Elena sintió una rabia fría y precisa . Comprendió que Vance no solo había esperado: había pagado para que ella creara las pruebas que él ahora utilizaba en el tribunal. Sus escaneos de alta resolución y sus transcripciones paleográficas eran la base del caso de Vance.
Valeria Corradi llegó cuarenta minutos después al apartamento de Elena. Su diagnóstico fue implacable: —Si no declaras este conflicto de intereses ahora, el abogado de Vance te destruirá en el estrado. Dirá que eres una colaboradora consciente.
Solo quedaban seis días para la audiencia del jueves a las diez de la mañana.
El ambiente en la cocina, bajo la luz naranja del atardecer veneciano, era de máxima urgencia.
Valeria fue directa: la única forma de neutralizar este golpe a su credibilidad era encontrar una prueba física irrefutable —el registro completo o la matriz— que hablara por sí misma, por encima de cualquier peritaje.
Elena volvió a mirar la nota marginal del pasado: «S.G.A.» con una cruz sobre un suelo de losas. — San Giorgio in Alga —sentenció Elena—. Un lugar abandonado por los monjes en 1753, justo antes de la conspiración. El sitio perfecto para que un archivista como Marco Foscari escondiera el secreto.
Valeria ya estaba al teléfono organizando la logística: —Mañana a las seis de la mañana, salimos en una motovedeta de la Capitanería. Lo justificaremos como una inspección de seguridad.
Elena y Matteo se miraron. La trampa de Vance se estaba cerrando, pero ellos acababan de encontrar la puerta de salida.