El Segador y la Ruina 25 Levi
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25 Levi

Me miré en el espejo del probador y no reconocí a la persona que me devolvía la mirada. —No. Absolutamente no. Cero por ciento.

X abrió la cortina de un tirón y lanzó un aullido de aprobación. —Esos shorts de mezclilla recortados realmente me encantan. ¡Y oye! —Me dio un golpecito en el estómago—. Se te ven los abdominales con esa camiseta.

Decirle «camiseta» era ser generoso. Era tan corta que apenas me cubría los pezones.

X había encontrado una falda escocesa plisada con la que se pavoneaba alegremente por la tienda. —¡Omelet! ¿Te gusta esta? —Sacudió el trasero—. ¡Oooh, siente la brisa! ¡Debería usar faldas todos los días, esto es una delicia!

Vio un par de botas negras por encima de la rodilla con el tacón más grueso que había visto en mi vida y se agachó para recogerlas.

Hice una mueca al ver el destello de su trasero por debajo de la falda. —Ropa interior, X. Ya que estamos aquí, compra algo de maldita ropa interior.

—No lo critiques hasta que lo pruebes. A tus bolas también les podría gustar la brisa.

—Mis bolas están perfectamente bien en mis jeans, gracias. —Tiré del dobladillo deshilachado de los ridículos shorts—. Y que no sean del tipo recortado.

Whip salió de otro probador; los pantalones de cuero se aferraban a su trasero y muslos, y una camiseta de malla negra cubría su pecho. Supuse que debía estar agradecido de que X no me hubiera hecho ponerme esa prenda, o mis pezones realmente habrían quedado a la vista de todos.

Solté una carcajada. —Te ves ridículo.

—Mira quién habla. Lindo ombligo.

Imbécil.

Violet nos examinó a los tres con una risa apenas contenida. —Por muy bien que se vean todos, creo que un buen par de pantalones y una camisa debotones también podrían ser aceptables. No estoy segura de que tengamos que apegarnos tanto a un estereotipo.

X hizo un puchero. —¡Pero a mi trasero le gusta la brisa, Violet! Déjame usar la falda.

—Puedes usar lo que te haga feliz.

—Y dime que me vas a manosear ahí abajo.

Ella lanzó una mirada a la vendedora, que se puso roja y se dio la vuelta, tratando de ocultar su risa. Violet se acercó, se puso de puntillas y rozó los labios de X con los suyos. —Si usas eso, definitivamente me aprovecharé de ti en algún rincón oscuro.

X se asomó por detrás de ella y golpeó su tarjeta de crédito contra el mostrador de la empleada. —¡Vendido!

—Voy a buscar un lugar donde comprar una camisa de botones —dijo Whip—. Una que no exhiba mis aréolas.

—Maldita sea, ¿por qué el hermano de Nyah no puede ser dueño de un restaurante o una lavandería o algo así? ¿Por qué un bar gay? —Odiaba la idea de usar cualquier otra cosa que no fueran los jeans manchados de aceite y la chaqueta del club en los que vivía permanentemente.

Whip me lanzó una mirada de cansancio. —¿Por qué te resistes tanto a esto? Usa tus jeans. A nadie le va a importar. ¿O el problema es más bien el hecho de que vamos a un bar gay?

—No tengo ningún problema con eso.

Whip solo me miró como si estuviera seguro de que eso no era cierto.

Oh, al diablo con él.

Había pasado más de la mitad de mi vida en una pandilla de motociclistas en Saint View.

No es que hubiera precisamente una gran cantidad de bares gay a los que pudiera entrar para tomar un trago después del trabajo.

Army, nuestro antiguo presidente antes de War, me habría dado una paliza si tan solo se me hubiera ocurrido entrar en un lugar como al que íbamos a ir esa noche.

Si era sincero, estaba jodidamente nervioso por eso.

No solo porque rezaba para que pudiéramos hablar con el hermano de Nyah y que él tuviera alguna información sobre el paradero de su hermana.

Podía notar la tensión que irradiaba Violet: el estrés de no saber, el miedo constante de que los padres de Nyah no tuvieran nada que ver con esto y que Nyah fuera otra víctima del asesino que se burlaba de nosotros.

Ni siquiera quería pensar en eso.

Puede que Nyah odiara a sus padres, y puede que ellos estuvieran metidos de lleno en el submundo criminal, pero no estaban al mismo nivel de perversión con el que habíamos estado lidiando las últimas semanas.

Pero incluso eso no era lo que me rondaba la cabeza.

Iba a un club gay y no tenía ni la más puta idea de qué se suponía que debía hacer con Whip.

Me quité el ridículo atuendo y corrí por la tienda para alcanzarlo en la puerta. —Voy contigo a buscar camisas sin agujeros.

Violet nos despidió con la mano desde la puerta. —Los alcanzamos. X quiere café.

Whip lo miró con los ojos entrecerrados. —¿De verdad necesitas cafeína? Has estado saltando por las paredes toda la tarde.

Él puso los ojos en blanco. —Cielo santo, pediré descafeinado, ¿está bien? —Luego sonrió—. ¡Con una dosis de Red Bull!

—Por favor, no dejes que haga eso —le dije a Violet, viendo a X hacer twerk frente al espejo de la tienda, de modo que su falda subía y bajaba por detrás, mostrándole el culo a toda la sala con cada sacudida.

Ella ocultó una sonrisa y entrelazó su brazo con el de X. —Anda, vamos a buscarte una buena taza de té de hierbas. Y algo de ropa interior.

—Está bien, pero solo acepto una tanga. Mi trasero se ve demasiado bien en esto como para cubrirlo.

—Me temo que hemos liberado a una bestia —le murmuré a Whip mientras salíamos a la calle bordeada de boutiques.

—Esperemos que no haya escenarios o plataformas para que baile.

Arrugué la nariz ante la idea de mirar las bolas de X por debajo de una falda demasiado corta mientras bailaba en un escenario. —¿Así va a ser este club? ¿Como Psychos pero para hombres?

Whip se encogió de hombros. —También pueden ir mujeres. Y dudo que alguien esté teniendo sexo desenfrenado en jaulas doradas como en Psychos, pero supongo que normalmente tiene una vibra similar.

Lo miré de reojo. —¿Has estado en clubes como este?

Se encogió de hombros. —Seguro. Con clientes. No es exactamente donde pasaría todos mis fines de semana, pero he estado en algunos.

Miré hacia otro lado, deseando no haber preguntado. Porque ahora lo único en lo que podía pensar era en Whip en un club, rodeado de hombres atractivos.

Tal vez no era como en Psychos, donde tendrían sexo ahí mismo.

¿Pero cuánto tiempo les habría tomado salir a un callejón oscuro donde pudieran estar solos? ¿Cuánto tiempo habrían tardado en llamar a un taxi para ir a un hotel?

Los celos que corrieron por mis venas eran espesos, duros y absorbentes.

Lo seguí a otra tienda y tironeé con mal humor de las camisas en un estante, sin fijarme apenas en el color o el talle, cuando todo lo que podía ver en mi cabeza era a Whip contoneándose con otros tipos, con sus labios y manos por todo su cuerpo.

La mirada de Whip me siguió por la tienda, mientras yo intentaba ignorarla.

Finalmente, suspiró y me tocó la mano. —¿Quieres hablar de lo que tienes en mente, o simplemente quieres destrozar una de esas camisas ahora mismo para sacar algo de esa agresión?

Aparté mis dedos de un tirón, irracionalmente molesto con él por las visiones en mi mente.

Whip no lo pasó por alto. La forma en que retrocedí ante su toque.

Apretó los labios y asintió, como si entendiera exactamente cuál era mi problema. La ira brilló en sus ojos. —Ya veo. Ahora lo entiendo. —Agarró la camisa más cercana y la arrancó del estante—. No te preocupes, capto el mensaje alto y claro.

A menos que pudiera ver el desfile de imágenes inventadas de Whip con otros hombres en mi mente, lo cual me estaba volviendo loco, estaba bastante seguro de que no tenía idea de lo que estaba pasando. Y era demasiado vergonzoso admitirlo.

Lo cual solo me hacía enojar más. Estaba enojado con él por cosas que había hecho antes de que nos conociéramos.

Estaba jodidamente loco.

Empujó la camisa hacia la empleada, pero su mirada estaba puesta en mí, con los ojos ardiendo. —No tienes que preocuparte. No voy a pedirte que me des la mano al entrar para que todo el club sepa que estamos juntos.

Resoplé. —Claro que no. Porque esta es solo otra oportunidad para ti, ¿verdad? ¿Quizás una oportunidad para conseguir nuevos clientes? ¿Ganar más dinero? ¿Ir a follarte a algún tipo guapo en un rincón oscuro y que te meta un billete de cien en el bolsillo por el privilegio?

Cerré los ojos con fuerza en el momento en que las palabras salieron de mi boca. Mis celos estaban escritos por todas partes.

Porque si era sincero, era a mí a quien quería que se follara en el rincón. Era a mí a quien quería que eligiera.

Quería que me eligiera a mí por encima de un trabajo donde otras personas obtenían lo que se suponía que era mío y de Violet.

Pero toda una vida de homofobia resonaba entre mis oídos.

Las burlas malintencionadas de Army y los otros tipos sobre maricones y tragasables.

Intenté recordarme a mí mismo que ya había superado esto una vez.

Que el club ya no era así, que el hecho de que War estuviera con Scythe había marcado el tono de una nueva era y que Whip y yo estábamos a salvo allí.

¿Pero estábamos a salvo aquí? ¿En las calles de una ciudad que no conocíamos? ¿Donde sabía que todavía atacaban a hombres a plena luz del día por ir de la mano de otro hombre? ¿Donde los clubes gay eran blanco del odio y la violencia?

Mi cerebro era un caos, y siempre había sido una mierda con las palabras. Y esa dificultad para hablar solo parecía empeorar cuando mis sentimientos estaban de por medio.

Al igual que la primera noche que puse mis ojos en Violet, lo estaba arruinando todo magistralmente.

Y aun así, mi lengua no se movía para decir algo que arreglara las cosas.

Whip le arrebató la bolsa con su camisa nueva a la mujer y luego se giró para fulminarme con la mirada.

—No te preocupes, Levi. Tu sucio secretito, ese de que te gusta que un acompañante masculino te toque, está a salvo conmigo.

No intentaré tomar tu mano esta noche. Ni besarte.

Ni hacer ninguna de las otras cosas que te han tenido gimiendo mi nombre y suplicándome más cada noche.

Su rabia me atravesó como una flecha en llamas.

Se acercó más. —Esta noche, cuando estemos en ese club, no somos nada el uno para el otro. No estamos en una relación. No estamos follando. Ni siquiera nos conocemos, maldita sea. ¿Qué te parece? ¿Eso te hace sentir mejor?

No me hacía sentir mejor. Abrí la boca, dispuesto a decírselo. A explicarle que nada de eso era lo que yo quería, y que todo esto era porque estaba jodidamente celoso, y que tenía estos estúpidos sentimientos que exigían que él solo estuviera con nosotros.

Pero no me dejó decir nada de eso.

Simplemente se puso cara a cara conmigo, con esos ojos de color azul acero perforando directamente mi alma, mientras susurraba: —Esta noche solo soy el prostituto que vos creés que soy.