53.
Salto del Nervión
El barranco era de más de doscientos metros de altura.
A pesar de la oscuridad, el caudal del río que se precipitaba por aquel tajo era visible desde lejos.
La luz de la luna alumbraba la corriente cuando las nubes la dejaban asomarse en el cielo.
El viento subía con fuerza desde el fondo del abismo y arrastraba con él las gotas de la enorme cascada que nacía en el borde del despeñadero.
Muy cerca, el cuerpo de Karmen yacía maniatado sobre una gran roca. La humedad sobre su piel arañaba sus heridas y la hundía en un lacerante martilleo de dolor que le ayudó a volver a la realidad.
Estaba aturdida y le dolía la cabeza, pero, poco a poco, iba recuperando el conocimiento. Se maldijo en silencio. Había intentado huir, pero él la había atrapado. Las imágenes del enfrentamiento dentro de la casa resonaban en su cabeza como fogonazos de dinamita.
Lo primero que hizo al ser consciente de la situación fue mirarse los pies. Él no se los había amputado.
Aún.
Vio la hoz a un lado. Se preguntó si era una de las que colgaban tras la puerta del cobertizo. Una ráfaga incontenible proveniente de su subconsciente salió a la superficie transformada en una imagen aterradora: la de los pies amputados expuestos en aquel sótano dentro de los tarros de cristal.
Tenía que escapar de allí.
Lo buscó a su alrededor, pero no aparecía por ningún lado.
Seguía sin poder creerse que aquel miñón de apariencia inofensiva fuera el segador.
Lo había tenido delante todo el tiempo y no había sido capaz de ver más allá.
Aún recordaba la primera vez que habló con él en aquel control de carretera al comienzo de la investigación.
Él había sido quien le había mencionado por primera vez al segador.
Había jugado con ella. Pero lo que más le dolía era que hubiera participado en la batida cuando apareció el cuerpo de Alma Arana.
Ella misma le había encargado rastrear el bosque para cazar al asesino. Se sintió estúpida.
Intentó ponerse de pie y no lo logró. Todo le daba vueltas. Era como si hubiera perdido el equilibrio. Al cabo de unos segundos, vio surgir al segador entre la oscuridad. Llevaba un machete en la mano.
—¿Qué vas a hacerme, hijo de puta?
Él no dijo nada y usó el arma para cortarle las ataduras.
Karmen pensó en aprovechar el momento y huir, pero las fuerzas le flaqueaban. Necesitaba recuperarse cuanto antes para tener una mínima posibilidad. Y para eso tenía que ganar tiempo.
Decidió hacerle hablar.
—¿Por qué las mataste? Él la miró con desprecio.
—Cállate.
Karmen sintió el peso de sus ojos sobre ella. Emanaban una mezcla de miedo y repugnancia.
—¿Por qué las mataste? —insistió.
Él se quedó mirando el fondo del despeñadero.
—No deberían haber hablado. Ni tú tampoco. Se observa y se calla… Se giró hacia ella. Su voz sonaba afligida.
—Allí aprendíamos eso. A mirar. A aguantar. A no decir nada. El que hablaba… desaparecía.
Karmen no comprendía del todo sus palabras. Observó a su alrededor. La única vía para escapar de allí era enfrentarse a él y derribarlo.
—¿Por qué los pies?
Aquella pregunta pareció llevarle a algún recuerdo doloroso.
—Cállate —le ordenó.
—¡Que por qué les amputaste los pies! —gritó Karmen. Él la miró con desdén.
—Las hermanas del Amparo iban descalzas —respondió—. Decían que así aprendías obediencia.
Una sonrisa rota cruzó fugazmente su rostro.
—Pero lo único que aprendimos fue miedo. Las hermanas del Amparo sabían callar. Y sabían cómo hacernos callar. Nos quitaban los zapatos. Para que no pudiéramos huir. Para que recordáramos nuestro sitio. Para que calláramos.
Karmen analizó sus palabras. Todo apuntaba a que había estado de pequeño en San Jerónimo. Era el momento de ir un poco más allá.
—¿Por qué Zuriñe Aranburu? —le preguntó.
El viento seguía golpeando con furia el borde del Salto del Nervión. Xabi permanecía inmóvil frente al vacío.
—Ella no debía seguir preguntando.
—Era una profesora.
—Y una bocazas.
Karmen lo observó en silencio. Había algo turbador en la forma en que lo había dicho.
—Empezó a hablar con los chavales que quedábamos del internado. A preguntar por las celdas.
Por las noches. Por los castigos del río.
Karmen se estremeció al escuchar aquella revelación. Zuriñe había sido la primera víctima.
—¿Qué castigos?
La mandíbula de Xabi se tensó, pero no quiso responder a esa pregunta.
—Zuriñe no entendía lo que podía provocar.
—¿Y qué podía provocar?
Él tardó en responder.
—Que todo volviera a empezar. Karmen apretó los puños.
—¿Qué coño significa eso?
Xabi Landa negó lentamente con la cabeza.
—Tú no estuviste allí metida. No tienes ni idea de lo que fue aquel sitio. De lo que esa gente nos hacía.
—No. Pero tú sí. Y decidiste convertirte en uno de ellos. Aquella frase pareció atravesarlo.
—Nadie debe remover aquello. Yo solo hice que no hablara. Tal y como nos enseñaron las hermanas del Amparo.
Karmen sintió cómo la ira le subía por el gaznate.
—¿Y por eso mataste también a Ana Rodríguez?
—Ella estaba acercándose demasiado.
—Como su hermana Mila hizo después. Él no dijo nada.
—¿Y Sandra?
Xabi cerró los ojos un instante.
—No paraba de hacer preguntas. Todas estaban haciendo lo mismo que Zuriñe. Preguntar.
Remover. Sacarlo todo a la luz.
El agua rugía abajo como un trueno constante.
—¿Por qué Alma? —preguntó Karmen. No entendía cómo encajaba la neuróloga en aquel rompecabezas.
Por segunda vez, algo parecido al dolor rasgó en dos la expresión de él.
—Yo…
—¿Por qué la mataste?
—Ella no… —intentó explicarse—. Ella no debía morir… Ella fue la única que intentó sacarme de allí.
Sus ojos parecían estar a punto de verter una lágrima.
—Pero habló con tu compañero, el que trabaja contigo. Los vi. Nunca debió hablar con él. Karmen lo miró fijamente sin comprenderlo. Le dio la impresión de que el miñón estaba delirando.
—Todo este tiempo creíste que estabas protegiendo algo —le dijo.
El silencio se extendió entre ambos. Entonces Xabi negó lentamente con la cabeza.
—No. Yo solo he hecho lo que nos enseñaron. Lo que me enseñaron.
Karmen intentó incorporarse, pero todavía no se había recuperado del todo.
—¿Sabes lo que creo? Que llevas toda la vida obedeciendo a fantasmas. Y has pagado con esas mujeres tus mierdas de niño traumatizado.
Él dio un paso hacia ella.
—Cállate.
—No eres más que un puto cobarde que no puede enfrentarse a lo que pasó en San Jerónimo.
—¡Que te calles de una puta vez!
Se abalanzó sobre ella y la golpeó en la cara. Karmen estuvo a punto de perder el conocimiento. Él la agarró y la obligó a ponerse de pie.
Karmen observó de reojo que estaba más cerca del borde del precipicio de lo que había pensado.
—Quítate los zapatos —le ordenó.
Karmen deseaba meterle un tiro entre ceja y ceja, pero, de repente, se sintió vulnerable.
—Quítamelos tú, hijo de puta.
Él volvió a abofetearla, pero ella aguantó en pie. Aunque fuera lo último que hiciera, aquel animal no iba a derribarla.
—Quítate los zapatos. Ella dudó.
—Si quieres, te los quito yo a machetazos —la amenazó.
Karmen comenzó a desatarse los cordones, mientras calculaba las pocas opciones que tenía de salir indemne. Su cabeza iba a mil por hora, mientras trataba de idear la manera de ganar un poco más de tiempo.
—¡Más rápido! —le gritó.
En ese momento los faros de un coche que se acercaba los deslumbraron por completo. Karmen aprovechó aquel fugaz instante para empujarlo y huir unos metros. Pero, en mitad de la confusión, se equivocó y se acercó aún más al borde del barranco.
Casi podía sentir la fuerza del agua que caía a aquel agujero negro sin fondo. Xabi se giró y vio una sombra que se acercaba.
—¡Policía!
El viento rugía cada vez más fuerte mientras Gorka avanzaba con el arma en alto.
—¡Aléjate de ella!
Xabi no se movió. En su lugar, esbozó un amago de sonrisa.
—Llegas tarde, suboficial.
Gorka dudó si era el momento de dispararle.
—Se acabó, Xabi.
—No entiendes nada.
—Suelta el puto machete.
Xabi dibujó una mueca perturbadora en su rostro y observó el abismo que se abría a sus pies.
—Ellas tampoco lo entendían —susurró.
Karmen dio un paso a un lado para alejarse de la cornisa del barranco, pero no calculó bien la distancia. Su pie se trabó con una roca y comenzó a resbalarse.
El vacío parecía querer engullirla.
—¡Gorka!
Él corrió y se lanzó sobre ella. La agarró del brazo en el último instante antes de sucumbir a la fuerza de la gravedad. El tirón le sacudió entero y cayó al suelo. Sus rodillas golpearon la roca.
El peso tiraba hacia abajo.
—¡Aguanta!
Karmen trató de incorporarse, pero no podía. El borde del precipicio se deshacía bajo sus pies en cientos de piedras minúsculas.
Xabi los observaba en silencio a poca distancia. Inmóvil. Con la mirada perdida. El machete aún colgaba de su mano.
—Así termina todo —les anunció. Dio un paso hacia ellos.
—¡No te muevas! —le gritó Gorka.
Hizo caso omiso y dio otro paso. Gorka asió con más fuerza a Karmen y le suplicó con la mirada que no se soltara. Sentía que se iba a partir en dos. A continuación, alzó el arma y disparó hacia Xabi.
La detonación restalló entre las rocas. Karmen seguía tirando de él hacia el abismo.
Xabi se quedó quieto. Durante un segundo pareció dudar. Avanzó otro paso, muy cerca del borde.
Un nuevo disparo retumbó en el precipicio. Esta vez, la bala le rozó el cuello.
Xabi se detuvo conmocionado. Con la mano intentó taponar la herida.
—Descalzos… —dijo, con una sonrisa rota—. Así aprendíamos a no hablar.
Gorka apretó el gatillo por tercera vez y lo alcanzó en el pecho. Xabi se tambaleó y perdió el equilibrio.
Su cuerpo se despeñó.
Pero no se escuchó el golpe contra el fondo del abismo. Tan solo se oía el ruido violento del agua indómita.
Gorka soltó el arma y tiró de Karmen. Una vez.
Otra.
Hasta que por fin logró subirla y los dos quedaron tendidos sobre el suelo. Respirando. Estaban vivos.
Gorka seguía sin soltar a Karmen. Ella se giró y lo abrazó. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
El viento seguía azotando el borde del precipicio. El agua continuaba cayendo con la misma fuerza. Implacable.
Gorka levantó la vista y observó la negrura del vacío. Una infinitud que parecía tragarlo todo.
—Se ha acabado… —murmuró Karmen.
Gorka no respondió. Sus ojos seguían clavados en la oscuridad. El agua rugía en el fondo del abismo. Durante un instante, tuvo la extraña sensación de que aquello no era el final.
De que algo seguía ahí abajo. Esperando.
Solo había cambiado de forma.