52.
Alrededores de Delika
El coche apareció entre la arboleda como una sombra. Gorka redujo la velocidad sin apartar la vista de la casa. El navegador le había llevado hasta un lugar remoto, alejado varios kilómetros del núcleo urbano.
Miró el reloj. A pesar de la velocidad, había tardado casi veinte minutos en llegar. Solo esperaba que no fueran demasiados.
El motor quedó en ralentí unos segundos antes de que lo apagara.
Entonces lo vio. Un coche aparcado frente a la casa. Gorka se quedó inmóvil. No necesitó acercarse más. Era el coche de Karmen.
Salió del vehículo procurando no hacer ruido. El viento arrastraba en furiosos remolinos las hojas secas del sendero. La casa, oscura, parecía abandonada. Y, aun así, rezumaba una energía vibrante. Una quietud densa, forzada.
Le extrañó comprobar que todas las luces estaban apagadas.
Avanzó con cautela y llegó hasta la puerta principal. Estaba ligeramente entornada.
—Cojonudo… —susurró.
La empujó suavemente y escuchó un crujido. Dentro, una oscuridad impenetrable lo envolvió por completo.
Sacó el arma.
—¿Karmen? —musitó.
Nadie respondió. Tan solo se escuchaba el sonido del gélido viento colándose por alguna rendija.
Entró con sigilo. El salón estaba revuelto, como si un vendaval lo hubiera puesto todo patas arriba: una silla volcada, un cajón desencajado… Un caos que le recordó en cierta medida al que se encontró en la casa de Alma cuando descubrió su cuerpo. Eran signos de lucha.
Los músculos se le pusieron en tensión. Apretó la mandíbula tan fuerte que sintió dolor.
«Concéntrate».
Observó con atención a su alrededor sin perder detalle. El aire estaba viciado. Un olor denso difícil de identificar lo cubría todo. Hasta el polvo de los muebles parecía transpirar ese extraño tufo.
Avanzó despacio por un pasillo, con el arma en la mano. La penumbra en aquella zona era casi opaca, apenas lograba distinguir el contorno de las paredes.
—¿Karmen?
El silencio era feroz. Casi irreal. Por más que se esforzaba, no conseguía percibir la más mínima pista auditiva que le permitiera decidir hacia dónde dirigirse.
Entonces tropezó con algo. Era un móvil con la pantalla agrietada. Se agachó y lo recogió. Aún estaba tibio.
El teléfono de Karmen.
Un latido seco le golpeó el pecho.
Se incorporó y continuó unos metros más, hasta que reparó en algo más. Había una marca de arrastre sobre el polvo del suelo. Y algo más. Varias gotas oscuras. Se agachó a palparlas temiéndose lo peor.
Un reguero de sangre. Aún estaba viscoso.
Lo siguió con la mirada sin dejar de apuntar con la pistola. Paso a paso, mientras intentaba orientarse en la oscuridad.
El pasillo desembocaba en la parte trasera de la casa. La puerta estaba abierta de par en par. El viento entraba con violencia y la golpeaba contra la pared. Estaba a punto de salirse de los goznes.
Se asomó con cautela.
Debido a la furia de la corriente le costó enfocar la mirada.
A poca distancia observó un viejo cobertizo. Las gotas de sangre continuaban unos metros más para desaparecer de repente. A partir de ese punto lo único que vio en el suelo fueron las marcas de los neumáticos de un coche, probablemente un todoterreno.
Se internaban por una pista forestal.
«Mierda».
Examinó el sendero. En un lateral, un cartel destartalado lleno de mugre anunciaba que el salto del río Nervión se encontraba al final del camino.
Gorka se detuvo y cerró los ojos. Le pareció escuchar un ruido constante, profundo. Antiguo. Era el eco lejano del agua que caía a gran altura.
El agua. Siempre el agua.
Sabía lo que eso significaba. No perdió tiempo y corrió a por su coche.
Camino forestal al Salto del río Nervión
La noche era cerrada y apenas veía el borde del camino.
El coche se tambaleaba mientras trataba de esquivar los baches y rezaba para que ningún aficionado al senderismo estuviera a esas horas por allí.
El barro saltaba a los focos y la luz se atenuaba de vez en cuando, lo que le dificultaba aún más la visión.
El viento empujaba al vehículo con fuerza, pero no redujo la velocidad.
Calculó que tenía por delante unos tres o cuatro kilómetros, aunque tenía la sensación de que no iba a llegar jamás.
«Gorka, no es lo que…»
Aquella frase del audio de Karmen retornaba una y otra vez a su cabeza.
¿Qué había querido decirle? ¿Acaso le estaba advirtiendo de algo?
Fuera lo que fuese, tenía la absoluta certeza de que Karmen estaba en peligro.
La amenaza implícita de aquel hombre y el golpe seco que se escuchaban al final del audio no dejaban lugar a dudas.
Estaba convencido de que Karmen estaba a su merced.
Igual que había ocurrido con Alma Arana recientemente.
Pero Karmen no era Alma. Karmen no tenía esa conexión especial que Xabi y Alma parecían haber compartido en San Jerónimo.
Karmen no había intentado salvar a Xabi de todo aquello.
A diferencia de Alma, Karmen no era especial para él.
Y eso solo significaba una cosa: no iba a tener misericordia con ella.
Trató de librarse de aquel pensamiento, pero no fue capaz. La mera idea de que fuera a acabar con ella y a mutilar su cuerpo le puso al borde del colapso.
¿Cómo podía haber llegado Karmen hasta Xabi Landa? ¿Había sido acaso él quien la había contactado? No podía dejar de darle vueltas a aquella incógnita.
Sin embargo, había otra pregunta que lo tenía aún más desconcertado. ¿Por qué Karmen no le había dicho que se disponía a hacerle una visita?
¿Y si estaba obcecándose y en realidad no estaba con él?
Se arrepentía de cómo se había comportado con ella recientemente. Tal vez, si no hubiera actuado como un niño pequeño cegado por los celos, ella habría confiado más en él. Se acordó de aquel amago de beso en los juzgados que jamás se había materializado. Deseó volver a ese momento.
La imagen del rostro de Xabi Landa borró de raíz aquel recuerdo.
—Ni se te ocurra hacerle nada, cabrón —masculló. Ciego de ira, pisó el acelerador.
Tenía que llegar antes de que fuera demasiado tarde.