51. #2
Le costaba avanzar y hacía rato que había perdido cualquier oportunidad de orientarse.
Los pulmones se le cerraban a cada paso y la opresión en el pecho era insoportable.
Sentía que la cabeza le iba a estallar en cualquier momento.
Se recostó sobre la hierba, con la esperanza de poder recuperarse.
Pero, poco a poco, fue perdiendo la consciencia.
Hasta que una mano tiró de ella y la arrastró hasta ponerla a salvo.
—¿Estás bien? —le preguntó al tiempo que le ofrecía una botella de agua. Sua asintió. Aún le costaba respirar con normalidad.
—Gracias.
—Me han dicho que has estado preguntando por mí.
Sua lo observó. No podía creerlo. Por fin tenía ante ella al hijo de Idoia Ballesteros. ¿O estaba alucinando?
—¿Eres Peio?
—El mismo.
Sua tardó aún un par de minutos en poder incorporarse.
—Soy la agente Abasolo. Pensaba que ya no iba a encontrarte. He estado con tu madre esta mañana y me ha contado algo relacionado con Zuriñe Aranburu, no sé si te acuerdas de ella.
Él la miró desconcertado y dudó durante un instante.
—Sí. La maestra de Villanueva. ¿Pues? ¿Qué pasa con ella?
De manera instintiva, Sua se llevó la mano a la funda en busca de su arma. Estaba vacía.
—El día que Zuriñe apareció muerta en el río. Tu madre me ha dicho que fue en la noche de los exploradores. Hace veinte años. La organizaba la escuela de Villanueva. Tú participaste en ella.
Él seguía observándola aturdido.
—¿A qué viene todo esto?
—Sé que te va a parecer rara la pregunta, pero necesito que hagas memoria, por favor. Tu madre me ha dicho que aquella noche uno de los niños volvió completamente empapado, como si hubiera caído al río.
El bombero se sacudió el polvo negro del uniforme.
—No sé… es posible, sí. Ha pasado mucho tiempo.
Sua le suplicó con la mirada.
—Lo sé, pero es importante. ¿Recuerdas lo que pasó? ¿Sabes de quién te hablo? Peio miró hacia el humo, como si buscara allí la respuesta.
—Sí, creo que sí. Pero creo que mi madre se ha liado un poco. Era uno de los mayores del grupo; tendría quince o dieciséis años.
Sua dio un paso hacia él.
—¿Lo conocías?
—Sí… del internado. Coincidí con él un tiempo. El pulso de Sua se aceleró.
—¿San Jerónimo? Él asintió.
—¿Te acuerdas cómo se llamaba?
Peio dudó unos segundos y bajó un momento la cabeza.
—Sí. Xabi, creo —murmuró—. Eso es. Xabi. El nombre quedó suspendido en el aire.
Sua lo apremió.
—¿Te acuerdas de su apellido? Peio negó con la cabeza.
—Todos le llamábamos el Rarito. El nombre sí me acuerdo, Xabi. Pero el apellido… Sacó el móvil del bolsillo.
—Espera un segundo.
Marcó un número y se apartó unos metros. Desde su posición, Sua solo acertaba a distinguir frases sueltas.
—Sí, hombre. El Rarito. El del internado.
Intentó aguzar el oído, pero solo escuchó la despedida.
—Eso es. Gracias.
Peio colgó y se acercó.
—Xabi Landa. Ahora sí me acuerdo. Un conocido de Villanañe me habló hace tiempo de él.
Coincidieron preparando alguna oposición años después de salir del internado.
Sua notó cómo el corazón le daba un vuelco. Xabi Landa. Había escuchado ese nombre no hacía mucho, pero, por más que lo intentó, no logró relacionarlo con nadie.
Sentía que seguía faltando una pieza, pero no tenía tiempo para pensar. Se despidió rápidamente del bombero y corrió hacia el coche.
Sacó el móvil de su cazadora. Estaba sin batería. Subió al coche a toda prisa y conectó el cargador. Necesitaba hablar con Gorka.
Ya.
Casa de Alma Arana
Gorka no apartaba la vista de la fotografía. El nombre del chico seguía allí, escrito en el reverso, como si hubiera estado esperándolo todo ese tiempo.
«Xabi»
Debajo, la tinta temblorosa revelaba un momento concreto: diciembre de 2005. Aquel nombre resonaba en su cabeza.
El teléfono vibró en su bolsillo.
—Dime.
Escuchó la respiración agitada de Sua al otro lado.
—¿Dónde coño estabas? Llevo llamándote no sé cuántas veces.
—No hay cobertura aquí, va y viene. ¿Qué pasa?
—He conseguido hablar con Peio, el hijo de Idoia Ballesteros. El bombero. Me ha confirmado que estuvo allí, en la noche de los exploradores, cuando murió Zuriñe.
Gorka no dijo nada.
—El chico que volvió de la excursión calado hasta los huesos era uno de los mayores del grupo; tendría unos quince o dieciséis años —continuó ella—. Se conocían del internado.
Gorka apretó la fotografía entre los dedos.
—Se llamaba Xabi… —añadió Sua—. Xabi. Gorka intentó tragar saliva, pero no pudo.
—¿Xabi qué?
Hubo un breve silencio.
—Landa, creo que me ha dicho… —dijo ella—. Sí. Landa.
Gorka cerró los ojos un instante.
—Xabi… —susurró. Abrió los ojos.
—Xabi Landa.
Sacó el móvil. Salió corriendo de la casa y recorrió varios metros hasta que por fin consiguió cobertura.
—Gorka, ¿estás ahí? —preguntó Sua.
Él no respondió y le colgó. Rápidamente, se conectó a la base de datos de la Ertzaintza.
Enseguida obtuvo un resultado.
Se le cerró la boca del estómago.
Xabi Landa: miembro de la Sección de Miñones de la Ertzaintza. Domiciliado en Delika, a muy pocos kilómetros de allí.
Una fotografía de frente y otra de perfil ilustraban su ficha. No podía creerlo. Había estado allí todo el rato. Con ellos.
Lo recordaba perfectamente, con su enorme chapela roja. Había participado con otro miñón en la batida del bosque cuando apareció el cuerpo de Alma Arana. El muy cabrón estaba jugando con ellos.
Sintió un frío gélido que le heló el alma. Recordó la imagen de la fotografía del homenaje de Zuriñe Aranburu.
Era uno de los asistentes. Rápidamente buscó la foto en su móvil.
Allí estaba: veinte años más joven, pero sus rasgos eran inconfundibles.
Volvió corriendo a la casa y tomó entre sus manos las fotografías que había descubierto detrás del cuadro y la que había encontrado sobre la nevera. Las comparó con la del homenaje y con las de la ficha del miñón en la base de datos de la policía.
No le hizo falta analizarlas con ningún programa informático. No tuvo ninguna duda: era el mismo hombre.
Recopiló todas las fotografías y corrió hacia el coche. Nada más cerrar la puerta, el teléfono vibró de nuevo. Era un audio.
De Karmen.
Por fin sabía de ella. Necesitaba contarle todo.
Lo reprodujo. Era la voz de Karmen y la de un hombre que no reconoció.
«—Gorka… no es lo que…»
«—¡Suelta el puto móvil!»
Se oyó un golpe seco y el mensaje se cortó.
Le costó reaccionar a lo que acababa de escuchar. Una alarma en su interior comenzó a sonar con fuerza. Karmen estaba en peligro.
Pero… ¿cómo?
Sintió que el mundo se le venía encima, pero no permitió que los temblores volvieran a adueñarse de él. Esta vez no.
Mientras encendía el motor no podía dejar de pensar en una cosa: ¿hacía cuánto que Karmen le había enviado ese audio?
Recordó todas las llamadas sin respuesta y la falta de cobertura en casa de Alma. ¿Acababa de enviarle el mensaje o su móvil simplemente lo había recibido más tarde?
¿El hombre del audio era el segador? Miró de nuevo la fotografía.
«Xabi Landa».
Apretó el móvil con fuerza contra su pecho y salió de allí a toda velocidad.
—No la toques, hijo de puta.