51.
Casa de Alma Arana
Rompió el precinto policial y forzó la cerradura.
Al entrar, le pareció percibir el aroma lejano de aquel pastel que Alma estaba cocinando el día que la conoció.
Cuando cruzó el salón, comprobó que los de la científica aún no habían retirado los carteles para señalar las ubicaciones de los objetos que el segador había dejado tirados por el suelo.
Muchos de ellos aún seguían allí. Observó de reojo el cristal de la ventana de la terraza donde Alma había sido atacada.
Seguía sin poder asumir que estuviera muerta.
Subió corriendo las escaleras. El único vestigio de que la policía había subido allí era otro precinto que había sido colgado de la manilla de una puerta junto a un improvisado cartel que avisaba de una próxima inspección y prohibía el paso.
Un pasillo central distribuía el acceso a tres habitaciones: dos dormitorios y lo que parecía ser un pequeño despacho.
El dormitorio de menor tamaño estaba prácticamente vacío: una pequeña cama y un armario constituían el único mobiliario.
No encontró nada reseñable; tan solo ropa de cama y un par de vestidos de colores sobrios.
Un crucifijo de hierro presidía la cama del cuarto principal, el que probablemente Alma había ocupado hasta hacía bien poco.
Abrió el armario y revolvió entre las baldas.
Incluso extrajo los cajones de la cómoda y de la mesilla para comprobar que no hubiera un doble fondo.
A continuación, levantó el colchón, con la esperanza de que hubiera algún compartimento escondido.
Nada.
Desesperado, entró en la habitación más pequeña, la que hacía las veces de despacho.
Examinó una y mil veces la mesa de escritorio, el sillón y el diván en el que sin duda debían recostarse algunos de sus pacientes psiquiátricos.
No había ni rastro de un ordenador. Se preguntó si los compañeros lo habrían confiscado.
Se fijó en un cuadro que colgaba ligeramente torcido sobre la pared. En él, una santa joven, de mirada serena, parecía querer hablarle desde el lienzo. Por algún motivo, aquellos ojos radiantes de paz le recordaron a los de Alma.
«Santa Dimpna», rezaban las letras doradas que enmarcaban la imagen en la parte superior.
Gorka lo apartó. Tocó con los nudillos la parte trasera.
Estaba hueco por dentro. El corazón le percutía con fuerza contra las costillas.
Desprendió con cuidado la tapa y varios documentos cayeron al suelo.
Los colocó sobre el escritorio y empezó a leerlos con avidez en busca de respuestas.
Parecían escritos del puño y letra de la propia Alma. Algunos estaban firmados con su nombre.
«No puedo seguir permitiendo esto».
«Estos niños no son sujetos».
«Hay que sacarlos de aquí».
Se quedó sin aire durante un segundo. Inmóvil. Aquello no eran notas sueltas. Era un diario.
Cartas que se quedaron sin enviar. Revelaciones que Alma nunca llegó a sacar a la luz.
Algunas de aquellas confesiones relataban varios intentos que Alma había perpetrado para sacar a algunos de aquellos menores del internado sin ser descubierta. Aunque no parecía que hubiera tenido éxito.
Se percató de que un pequeño bloque de documentos atados con una cuerda había quedado atravesado en la madera del cuadro. Lo extrajo con cuidado de no romper el contenido. El corazón le iba a mil por hora. La mano izquierda le temblaba.
Eran cuatro fotografías de algunos de los niños de San Jerónimo. De nuevo, sin nombres asociados.
Se detuvo en tres de ellas. Y entonces lo vio. Era el mismo adolescente que aparecía en la foto que Hipatia le había enviado. El chico de la camiseta negra.
Otra vez, la extraña sensación de familiaridad.
En dos de las imágenes, Alma y el joven se abrazaban en una clara muestra de afecto. En la otra, parecía estar curando al chico una herida en la cabeza. La cara de preocupación de Alma era reveladora. Para ella, ese chico no era como los demás internos.
«¿Quién eres?», se preguntó.
Escrutó de nuevo la imagen. Había algo en ese rostro. Lo había visto antes. No sabía en qué momento.
Pero estaba seguro.
Parque de bomberos de Vitoria-Gasteiz
Sua entró sin detenerse en la sede del parque de bomberos de Vitoria. Una cabo intentó impedirle el paso, pero cejó en el empeño en cuanto le enseñó su placa.
—Agente Sua Abasolo. Necesito hablar ya con el especialista Peio López de Luzuriaga. Llámalo.
Es urgente.
La mujer la miró con suspicacia, pero no se atrevió a contrariarla. Se retiró a la oficina de recepción e hizo una llamada. Al cabo de un par de minutos, regresó.
—Ya lo siento, pero Peio no está aquí. ¿Ocurre algo? Sua elevó el tono de su voz.
—¿Cómo que no está? Un familiar me ha asegurado que ha venido hoy a trabajar. A la mujer le tembló la voz.
—Sí… es que hay un incendio forestal en el parque natural del Gorbea. Un equipo ha salido hacia allí hace cinco horas. Peio estaba entre ellos.
Sua estuvo a punto de lanzar un exabrupto. Aquello no podía estar ocurriendo. Necesitaba localizarlo de inmediato.
—Llámale, por favor. Tengo que hablar con él ya.
—Yo lo intento si quieres, pero dudo mucho de que nos conteste.
Sua la miró con cara de pocos amigos. Estaba perdiendo la paciencia.
—Hazlo. Ahora.
La cabo obedeció y lo llamó.
—No me coge.
—Llama al jefe de equipo. Alguien tiene que descolgar el puñetero teléfono. ¿No tenéis una emisora o algo parecido para comunicaros?
—Sí, puedo intentar hablar con Urrutia, el jefe. Dame un segundo. Volvió a alejarse y regresó al poco tiempo.
—Urrutia dice que no lo encuentra. En teoría, Peio debería estar en el camión, pero no consiguen dar con él. Llevan sin saber de él más de dos horas. Temen que se haya adentrado en la zona caliente por su cuenta. No sería la primera vez.
Sua se mordió el labio inferior.
—Dame las coordenadas exactas. La joven dudó.
—Ya lo siento, pero no puedes adentrarte en la zona cero. Solo los bomberos autorizados pueden hacerlo.
—Tú dame las coordenadas. La cabo se mantuvo firme.
—Es por tu seguridad. Un incendio es peligroso, podrías desmayarte por un golpe de calor, inhalar humo, lesionarte…
—O quemarme viva, sí. Dame las putas coordenadas. Ahora.
La mujer finalmente cedió y se las facilitó, no sin antes advertirle de que iba a avisar al jefe.
Sua salió de la estación tal y como había entrado, con la adrenalina a punto de desbordarse por cada poro de su piel.
Necesitaba encontrar a Peio. Si aquel maldito bombero era el único que podía saber el nombre del misterioso chico de la noche de los exploradores, ni el más descontrolado de los incendios iba a ser capaz de detenerla.
Casa de Alma Arana
Gorka leyó el documento por enésima vez. Una de las cartas que Alma Arana había escondido tras el cuadro hablaba expresamente de uno de los niños a los que había intentado sacar clandestinamente de San Jerónimo.
«No puedo dejar de intentarlo. Merece una vida mejor. Aquí solo le espera la muerte.»
«No puedo dejar que acaben con él. Con él no.»
«Padre, dame fuerzas para intentarlo. En tus manos pongo mi vida. A ti me encomiendo».
«Con él no, Señor. Con él no. No permitas que le pase nada malo a él». Con él no.
Aquella expresión se había clavado en su corazón con la fuerza de un hierro candente.
¿Se estaba refiriendo al mismo chico que aparecía en las fotos?
Recopiló todos los documentos y bajó las escaleras.
Al pasar junto a la ventana del salón, recordó el charco de sangre que había encontrado poco antes de descubrir su cuerpo.
Sintió que el aire no le llegaba a los pulmones.
De nuevo, la mano izquierda comenzó a producir pequeños espasmos. Necesitaba beber agua.
Se dirigió a la cocina y abrió el grifo. Al girar la cabeza para coger un vaso lo vio.
Sobre la nevera, una fotografía de Alma junto a un adolescente compartía espacio con un reloj.
Ya había reparado en ella la primera vez que estuvo allí.
El chico de la camiseta negra. El mismo que aparecía en las fotos. Con la mano temblorosa, trató de hacerse con ella, pero se le resbaló.
Al recogerla del suelo, se dio cuenta de que había algo escrito en el reverso. Era una fecha y un nombre.
Parque natural del Gorbea
Sua Abasolo llegó en menos de veinte minutos al lugar que marcaban las coordenadas.
Nada más bajarse del coche comprobó que el incendio era más grave de lo que había previsto.
Una densa nube de humo se extendía por los prados repletos de hayas y riachuelos agonizantes.
A lo lejos vislumbró las llamaradas que devoraban parte de un bosque que ascendía por la ladera de la montaña.
La escena era desoladora. Los bomberos trataban de contener el avance del fuego a duras penas.
Uno de ellos pasó a su lado corriendo.
—Perdona —lo retuvo—. Soy la agente Sua Abasolo. Estoy buscando a Peio…
—¡Vete de aquí! —la interrumpió él—. Retrocede hasta que veas el primer camión. ¿Es que no ves que estamos trabajando?
Se alejó sin darle tiempo a réplica. Sua se quitó la chaqueta y se tapó la boca y la nariz con ella.
Los ojos le escocían y le empezaba a costar respirar con fluidez.
Retrocedió unos metros y se topó de bruces con uno de los camiones. Un hombre de unos cincuenta años le salió al paso en cuanto la vio llegar.
—No puede estar aquí. Tiene que irse, pero ya —le ordenó. Ella le mostró su identificación.
—Agente Sua Abasolo. Necesito localizar al especialista Peio. Es de vital importancia que hable con él. Ayúdeme, por favor.
Él la miró sorprendido.
—¿Es usted la policía que ha preguntado por Peio en la estación? Sua asintió. Aquel hombre debía de ser el tal Urrutia.
—Peio no aparece por ningún lado. He enviado una cuadrilla a buscarle por ese flanco de allí, pero no lo han encontrado. No sabemos qué ha sido de él. Hágame caso y váyase de aquí. La cosa pinta muy fea.
Se alejó de ella sin darle más explicaciones. Sua observó a un par de bomberos que volvían de la zona que le había señalado, pero cambiaron de dirección y se perdieron entre la nube de humo.
Decidió seguirlos.