50.
Gorka preguntó por Karmen en la comisaría, pero nadie sabía dónde se había metido.
Tampoco contestaba a sus llamadas. Frente a él, la fotografía del homenaje a Zuriñe Aranburu de hacía veinte años ocupaba la zona central de la pared de metacrilato donde habían pegado las imágenes de todos los sospechosos.
Por más que la miraba, no era capaz de discernir por qué seguía sintiendo cierta extraña familiaridad entre los asistentes.
A muchos ya los tenía identificados, pero ¿y si estaba pasando por alto a alguien?
Llevaba un buen rato intentando asimilar todo lo que Sua le había contado acerca de las hermanas descalzas del Amparo y del internado de San Jerónimo. Seguía sin aceptar que Alma fuera una de esas monjas. Volvió a reproducir el último audio que le había enviado Sua desde Espejo.
«Hubo un chico que participó en la noche de los exploradores que debió de acabar empapado hasta arriba de agua cuando desapareció Zuriñe Aranburu.
Idoia Ballesteros, la dueña de la casa rural, me lo ha contado como un chascarrillo.
Sé que la idea es descabellada, pero creo que puede tratarse de nuestro hombre.
¿Y si Zuriñe fue su primera víctima? ¿Y si no murió accidentalmente en el río?
Aunque seguimos sin saber su nombre. El hijo de Idoia también estuvo en esa excursión.
Es probable que recuerde algo. Está trabajando en el parque de bomberos. Voy a ver si consigo hablar con él.»
Gorka le había respondido con un simple «Ten cuidado». ¿Tal vez debería haberla acompañado?
Aún recordaba lo que había ocurrido en el caso anterior.
Volvió a mirar la foto.
«¿Estás ahí?», se preguntó.
El sonido de un mensaje de Hipatia lo sobresaltó. Activó los protocolos de seguridad en su teléfono móvil para evitar rastreos y se dispuso a entablar la conexión.
—He encontrado algo más, Gorka —le anunció ella sin preámbulos. Gorka notó cierta urgencia en la voz metálica de la hacker .
—¿Sobre Alma?
—Sí. He de reconocer que se esforzó mucho por ocultar su pasado, pero siempre queda rastro. Alma procede de una familia adinerada de la zona de Urdaibai. Estudió neurología y psiquiatría y, poco después, ingresó en San Jerónimo.
Gorka sintió el peso de la decepción sobre sus hombros.
—No encaja —murmuró—. ¿Para qué iba a meterse Alma en San Jerónimo teniendo la vida resuelta fuera?
—Sí, eso es lo raro. Sobre todo, porque se graduó con matrícula de honor.
No tiene mucho sentido desperdiciar tanto talento, al menos desde mi punto de vista.
Al principio pensé que igual era una vocación religiosa tardía, pero creo que hay algo más.
He encontrado algunos documentos que la vinculan con ciertas actividades dentro del internado…
aunque no está del todo claro en qué consistían exactamente.
Hipatia proyectó en la pantalla del móvil varios documentos fechados entre los años noventa y la primera década de los dos mil.
—¿Qué es esto?
—Son actas médicas. Alma aparece firmando informes relacionados con la respuesta del cerebro a situaciones de estrés extremo. Pero hay algo extraño: en algunos casos figura como supervisora… y en otros, simplemente como observadora. No está clara su implicación en cada expediente.
Gorka notó que algo se le desgarraba por dentro.
—¿Me estás diciendo que Alma participaba en los castigos que supuestamente se imponían en esas celdas subacuáticas?
—No lo sé —admitió Hipatia—. Hay informes en los que su firma aparece junto a exámenes a críos y adolescentes bastante raros, la verdad.
Gorka se quedó en silencio.
—Hay una cosa más —añadió Hipatia—. Alma redactó varios artículos en una revista científica de la época. Mira, aquí sale con algunos de esos menores.
Gorka observó enmudecido la foto que le acababa de enviar. Alma, con bata médica, sonreía junto a dos adolescentes en lo que parecía una sala de trabajo del internado. Al fondo, varias monjas descalzas observaban la escena.
Algo en aquella fotografía resultaba inquietante. No por lo que mostraba, sino por lo que parecía ocultar.
Volvió a analizar la imagen con detenimiento hasta que algo captó su atención. Uno de los chicos.
Se le heló la mirada. Ese rostro no le resultaba ajeno. Sintió que un recuerdo se le desbloqueaba en la memoria. Buscó de inmediato en la fotografía del homenaje a Zuriñe y recorrió las caras de los participantes una a una, pero no encontró entre ellos al chico.
Maldijo en silencio, pero no se dio por rendido. Aquel rostro lo había visto antes. Estaba convencido.
—Hipatia… ¿aparecen los nombres de estos chavales en algún lado?
—No. He buscado por todas partes, pero no hay datos claros. Es como si alguien hubiera borrado toda esa información. Puede que nunca llegaran a registrarse. Ten en cuenta que estamos hablando de los años noventa. Los sistemas informáticos no eran lo que son hoy.
—He visto al chico de la camiseta negra antes —susurró Gorka—. Estoy seguro.
—¿En persona? Gorka dudó.
—No lo sé…
—Han pasado muchos años —respondió ella—. Es muy difícil que reconozcas a alguien de hoy en día en esa foto. Sobre todo, a priori . Otra cosa es que tuvieras a esa persona delante y él te dijera que aparece en la foto. Esa reconstrucción mental es mucho más sencilla.
Gorka no contestó. Estaba convencido de que lo había visto antes. Sin embargo, el cuadro seguía incompleto. Demasiadas piezas sueltas.
—Si encuentras algo más, avísame —dijo finalmente.
Cortó la comunicación y volvió a mirar la fotografía del homenaje.
Una sensación incómoda le recorrió la espalda. Sin poder evitarlo, la mano izquierda comenzó a temblarle.
Recordó el cuerpo sin vida de la neuróloga. El asesino había alterado su ritual de muerte con ella. No la había mutilado como a las otras. Porque para él Alma era distinta. Era especial.
¿Y si precisamente esa diferencia de trato se debía a que la conocía? No se le ocurría una razón más poderosa para variar de aquella manera el patrón.
De improviso, una idea le sobrevino: si el asesino conocía a Alma, entonces era posible que la respuesta a aquel rompecabezas estuviera en la casa de la neuróloga.
Abrió el expediente digital del caso. El registro de la vivienda de Alma se había limitado a la planta baja, donde se había producido el ataque. Había programado un segundo registro para dentro de dos días, pero aún se encontraba pendiente de autorización judicial.
Gorka maldijo para sus adentros.
Rememoró el salón de la casa de Alma cuando descubrió su cadáver. El asesino lo había puesto patas arriba. Buscaba algo.
¿Y si no lo había encontrado?
Llamó a Karmen, pero le saltó el buzón de voz.
«A la mierda», pensó mientras salía de la comisaría.
Mientras caminaba hacia el coche, una idea no dejaba de martillearle la cabeza. Tal vez Alma no había sido quien parecía. O tal vez sí. Pero algo en todo aquello seguía chirriando.
«¿Qué les hiciste, Alma?»
Subió al vehículo y volvió a llamar a Karmen, pero, de nuevo, sin respuesta. Algo iba mal.