El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 49.
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Llamó a la puerta con los nudillos. Le sorprendió que no hubiera timbre, el edificio no era tan viejo como quería aparentar.

A pesar de la ornamentación rústica y los materiales envejecidos, era una construcción moderna.

Incluso tenía al menos dos cámaras de vigilancia instaladas: una en el porche y otra en el sendero que llevaba a la entrada principal. Tal vez no fueran las únicas.

Esperó varios segundos, pero no obtuvo respuesta.

Dirigió la mirada hacia la ventana en la que creía haber visto luz al llegar.

La fachada de madera oscura, casi negra, se cernía sobre ella y parecía querer engullirla.

El silencio era casi absoluto, tan solo interrumpido por el lejano eco de los truenos.

Se alejó un par de metros para poder abarcar el edificio entero.

Las contraventanas estaban abiertas, pero nada parecía delatar la presencia de nadie allí.

Sin embargo, una alerta inconsciente en su interior se había activado.

Seguía convencida de haber visto luz dentro.

Rodeó el edificio. En la parte trasera, atisbó a lo lejos una extensa finca de labrado que parecía abandonada.

La tierra removida, los helechos y las malas hierbas que salpicaban el terreno aquí y allá delataban que hacía mucho que allí no se cosechaba nada.

Un viejo espantapájaros destartalado parecía vigilar desde el centro.

Sin embargo, en uno de los laterales había indicios claros de que alguien se proponía volver a utilizarla, al menos en parte: varios sacos de tierra y semillas se alineaban junto a una vieja carretilla y un arado.

Tal vez se tratase de una tierra en barbecho.

A muy poca distancia de la casa, encontró una especie de viejo cobertizo.

Parte del tejado estaba desprendido en un lateral.

Le dio la sensación de que era mucho más antiguo que el edificio principal.

Las paredes parecían estar construidas, al menos en parte, con adobe y las dos únicas ventanas estaban colocadas a diferente altura, lo que creaba una incómoda sensación de falta de armonía.

Observó que había marcas de neumáticos en el suelo, por lo que era probable que fuera utilizado como garaje.

Se aproximó para comprobar si había algún vehículo dentro.

Se asomó a una de las ventanas. Varios sacos de arena se apilaban junto a una de las paredes.

En la de enfrente, vio varios utensilios de labranza colgados en aparente buen estado junto a un desgastado mapa del parque natural de Valderejo.

Un poco más adelante, una mesa con herramientas de ebanistería y carpintería cortaba el paso.

Se fijó en el suelo: había restos de aceite y serrín.

El poco espacio y la gran acumulación de objetos dispares dificultaba la realización de cualquier actividad.

Y, aun así, parecía que había sido usado hacía poco tiempo.

De repente, algo captó su atención. En el reverso de la puerta, le pareció distinguir junto a un rastrillo, tres hoces colgadas de viejos ganchos metálicos. Una de ellas era de filo casi recto y algo más grande que las otras dos, de hoja curva.

Junto a las hoces, varios manojos de esparto colgaban de un clavo oxidado. Parecían trenzados a mano. Demasiado perfectos.

«Mierda», pensó.

Volvió a contemplar las hoces. No estaba segura del todo, pero juraría que el modelo de las más pequeñas era el mismo que el de las hoces que habían aparecido en las escenas de los crímenes.

Tenía que confirmarlo.

Intentó abrir la puerta, pero no cedió. Así que optó por forzar una de las dos ventanas.

Tras varios intentos, consiguió que una de ellas cediera.

Con mucho cuidado, se coló por el hueco y por fin pudo acceder al interior.

Nada más entrar, percibió un hedor espeso que la golpeó como una corriente de aire.

Se llevó la mano a la cara para cubrirse la boca y la nariz y se dirigió a la puerta.

Buscó en su móvil las fotografías que los de la científica habían hecho de las hoces de los crímenes.

Un escalofrío recorrió su espalda.

«Son idénticas».

Se apartó bruscamente de la puerta y tropezó con la mesa de carpintería. Algo cayó al suelo y se partió en dos. Se agachó para recogerlo.

Eran las dos mitades de un canto rodado.

Se incorporó y se percató de que, sobre una esquina de la mesa, varias piedras más reposaban alineadas. Todas del mismo tamaño. Cada una de ellas separada de la de al lado a un par de centímetros. Como si alguien las hubiera dejado así a propósito.

Notó cómo el pulso se le aceleraba. Sacó varias fotografías y volvió a percibir otra bocanada de aire cargado. Buscó a su alrededor. ¿De dónde provenía aquel maldito olor?

Por instinto, desenfundó el arma y caminó con ella en la mano.

Aquel aroma fétido la envolvía por completo y estuvo a punto de hacerla desvanecerse.

Avanzó unos pasos más hasta que se dio cuenta de que en el otro extremo del cobertizo había una placa metálica en el suelo.

Se acercó y escuchó en silencio unos segundos.

Nada.

Con el corazón en un puño, tomó una de las azadas que colgaba de la pared e hizo palanca para abrirla. Tras varios segundos desesperantes, logró abrirla. Le dio la sensación de que aquella trampilla desembocaba en un antiguo almacén de leña. Tal vez se tratase de una bodega.

Descendió por la escalera con cuidado de no tropezar y caer. El olor a putrefacción era cada vez más insoportable.

Le pareció que su pie derecho resbalaba con algo, pero no podía ver nada. La estancia estaba sumida en la oscuridad.

Pisó algo seco que crujió bajo su bota. Encendió la linterna del móvil y apuntó al suelo. Hojas de helecho.

Dirigió el haz de luz hacia delante y, durante un instante, perdió la noción de la realidad. Aquello no debía existir.

Sobre una mesa metálica, varios recipientes de vidrio aparecían dispuestos en fila india. En su interior, los pies amputados de varias personas en estado de putrefacción se mostraban ante sus ojos como si fuese un museo del horror.

No estaban ocultos, sino perfectamente ordenados. Guardados. Expuestos. Descalzos.

Deliberadamente.

Estuvo a punto de gritar, pero logró contenerse. Subió rápidamente la escalera. Tenía que salir de allí.

Ya.

Pero era demasiado tarde. No estaba sola. La silueta de un hombre se abalanzó sobre ella y la embistió de lleno.

Cayó por el hueco de la escalera y se desplomó.

Uno de los tarros de cristal se tambaleó y acabó hecho añicos sobre el suelo. El pie amputado que había en su interior rodó y se detuvo a escasos centímetros de su rostro.

Como si la mirara.