El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 48.
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Comisaría de Lakua, Vitoria-Gasteiz

La comisaría bullía de energía. El comisario había sido galardonado con una condecoración especial por su trayectoria y a alguien se le había ocurrido hacerle un homenaje a toda su carrera.

Pero la inspectora Karmen Ayala no estaba para fiestas.

Encerrada en su despacho, trataba de conectar todas las piezas del puzle para desenmascarar al segador.

—Oficial Ayala, tengo una llamada para usted —le anunció por el interfono una agente—. Es alguien que afirma tener información sobre Ana Rodríguez. Dice que la conoce. Un tal Aritz de Lafuente.

La inspectora le dio la orden de que se lo pasara. Recordaba bien el nombre. Era el asistente de Ana Rodríguez en la redacción de Radio Vitoria.

—Karmen Ayala al teléfono.

El joven tardó unos segundos en responder.

— Aupa … No sé si debería estar llamando, inspectora… Soy Aritz, el ayudante de Ana Rodríguez.

No sé si se acuerda.

A pesar de aparecer como principal sospechoso de la muerte de Sandra Eskibel, no habían conseguido desmontar su coartada ni establecer conexiones con los otros crímenes.

—Sí, claro. Dime.

—He encontrado una de las unidades externas del ordenador que Ana usaba de vez en cuando. Estaba bien escondida en uno de los armarios de la redacción. He conseguido acceder a ella. Estaba encriptada.

—¿Encriptada?

—Sí. Tenía una capa de seguridad extra activada, además de la contraseña de siempre.

Me ha ayudado mi sobrino Iker, el informático de la familia, que es un hacha.

Al principio pensé que era una unidad de trabajo sin más, hasta que vi que eran cosas relacionadas con la investigación de las adopciones irregulares. Llevo toda la noche analizándolo.

Karmen masculló para sus adentros. Dudó si reprocharle que hubiera manipulado una prueba clave de la investigación. Debía de haber avisado inmediatamente a la policía.

—¿Has encontrado algo importante, Aritz?

—Creo que sí… Ana quería reunirse con alguien del valle de Valdegovía relacionado con el internado que hubo en Villanueva.

Al parecer, aparece en dos testimonios de toda la gente a la que Ana entrevistó.

Alguien problemático que pasó por ese centro, San Jerónimo.

Preguntó por él a un par de exinternos: uno se negó a hablar de él y otro le advirtió de que mejor no se metiera ahí.

Ana lo consideraba una pieza clave en la investigación.

Había intentado hablar con él dos o tres veces, pero no lo había logrado.

No sé, quizá es una tontería, pero por si acaso he querido que lo supiera.

—¿Quién es? —preguntó ella con ansia—. ¿Una de las monjas de San Jerónimo?

—No, no es una de las monjas. Es alguien que estuvo allí. Un hombre. Y al parecer, sigue en el valle, por cierto. Aunque no menciona su nombre en ningún momento. Se refiere a él con un apodo: el Rarito. Al parecer, casi todo el mundo en San Jerónimo tenía un mote.

Karmen notó la garganta seca.

—¿Quiénes eran esos exinternos con los que habló?

—De uno de ellos no pone el nombre o yo no lo he encontrado. Usa también apodos para referirse a ellos. El otro sí que he conseguido deducir de quién se trata: Kepa García. He encontrado un email dirigido a ese tal Kepa. Estaba archivado en esta unidad del ordenador.

Karmen respiró aliviada. Tenía que reconocer que el joven había hecho un buen trabajo.

—¿Qué dice ese correo?

Karmen lo escuchó teclear en el ordenador.

—Aquí lo tengo:

«Kepa, necesito volver a hablar contigo. Sé que no quieres hablar de él, pero tengo que encontrarlo.

Hay cosas que no encajan en lo de San Jerónimo. Y creo que el Rarito sabe por qué.»

Las palabras de Ana Rodríguez arañaron con saña a la inspectora. ¿Era Ana consciente de que su investigación la podía poner a ella o a otros en peligro y por eso utilizaba los sobrenombres?

—¿Hubo respuesta a ese email?

—Sí. Creo que es una dirección.

El corazón de Karmen empezó a latir con fuerza. Se despidió del ayudante de Ana Rodríguez y salió del despacho sin coger siquiera la chaqueta. Arrancó el coche y puso rumbo hacia aquel lugar a toda velocidad.

Algo no iba bien.

Solo esperaba que no fuera demasiado tarde.

El sol se estaba poniendo cuando la tormenta se desencadenó sobre la carretera.

Estuvo a punto de perder el control del vehículo en un par de ocasiones, pero no dejó de pisar el acelerador.

La lluvia azotaba el parabrisas y apenas podía distinguir la línea divisoria del asfalto.

Trató de concentrarse para no cometer ningún error.

Con decenas de rayos tiñendo de blanco la negrura opaca del cielo, por fin vislumbró la casa a lo lejos.

Redujo la velocidad.

Le pareció ver luz en una de las ventanas.

Una luz breve. Como si alguien acabara de apagarla.

Aparcó con el corazón a punto de salírsele por la boca. Había dejado de llover, pero los truenos aún resonaban a lo lejos. Bajó del coche y observó la casa. Una sensación de desaliento estuvo a punto de hacerla volver al coche y avisar a alguien del equipo.

Pero no lo hizo. Estaba segura de haber visto luz.