47.
Hace veinte años
El frío calaba los huesos de todos los participantes y los empujaba hacia la hipotermia.
La humedad del parque natural de Valderejo era gélida y pegajosa, mucho más de lo que estaba previsto.
Pero nada los iba a detener. La noche de los exploradores era uno de los acontecimientos más ansiados por todos los niños y adolescentes de la zona norte de la comarca.
Decenas de menores de entre doce y dieciséis años habían venido desde distintos puntos del valle para probar su valentía en una experiencia única.
La mayoría de ellos pertenecían a la escuela de Villanueva, pero también había algunos de Espejo, Tuesta, Villanañe y hasta de Kuartango.
Muchos de ellos se conocían de la catequesis.
El juego había comenzado hacía casi una hora.
El sonido de un silbato los había dispersado por el bosque, con la esperanza de encontrar un escondite lo suficientemente bueno como para no ser encontrados.
Algunos adultos se habían repartido con linternas entre los árboles, por si alguna de las parejas de participantes se perdía o necesitaba un punto de referencia.
No era su caso.
—Tengo miedo —le dijo su compañero—. Hace mucho rato que no oímos a nadie. Deberíamos volver al punto de encuentro. Veo la linterna desde aquí a lo lejos.
El muchacho lo miró con condescendencia.
—Yo me quedo. Vete tú si quieres, llorica. El otro se puso de pie y se le encaró.
—Llorica lo serás tú, bastardo.
El golpe seco sonó en la oscuridad. No soportaba que lo llamaran así.
—Ahora se lo cuentas a tu mamá cuando la veas.
El chico se alejó de él corriendo con lágrimas en los ojos.
Mejor. No soportaba al llorica. El llorica era lo más parecido que había tenido en toda su vida a un colega. Y, aun así, lo despreciaba.
Mejor que se fuera. Le gustaba estar solo. Los demás pensaban que era un raro, pero le daba igual.
Se quedó quieto unos segundos, mientras escrutaba los sonidos del bosque.
El viento agitaba las copas de las hayas y hacía crujir las ramas.
Si se concentraba, podía sentir la humedad de la tierra que atravesaba su piel.
Un búho pasó volando cerca de él con una presa atrapada en su pico.
Lo siguió con la vista hasta que desapareció en la copa de un árbol.
Un escalofrío lo sacudió desde la nuca hasta los tobillos.
Hacía un frío de mil demonios y no había traído suficiente ropa, pero le daba igual.
Había aceptado estar allí por una promesa. A ella.
Y no pensaba defraudarla.
En realidad, no quería estar con nadie. Nunca le había gustado. Prefería el silencio, el control.
Hacer las cosas a su manera. Sin que nadie le dijera qué debía hacer o qué debía callar.
Un recuerdo punzante atravesó su mente.
En los últimos días se había convertido en un pensamiento recurrente. Callar. Siempre callar.
O atenerse a las consecuencias.
Apretó los dientes. Había cosas que no debían salir a la luz. Nunca.
Y aquella noche tenía algo que hacer. Algo en lo que no podía fallar.
La vio a unos metros de distancia, junto al río. La linterna iluminaba su rostro mientras miraba el móvil. Estaba sola. La ira lo embargó mientras la observaba. Ella quería saber, quería sacar a flote lo que había permanecido oculto tanto tiempo.
No podía permitirlo.
Se aproximó a ella con cautela, mientras procuraba que sus pisadas no la pusieran en alerta. El ruido del agua amortiguaba cualquier sonido. Cuando la tuvo lo suficientemente cerca, se detuvo. El corazón le latía con fuerza.
Había llegado el momento.
Corrió hacia ella. Ella ni siquiera lo vio venir hasta que fue demasiado tarde. Levantó la vista en el último segundo.
Un grito se ahogó en su garganta. Resbaló y cayó al agua. Él se detuvo. No hizo nada.
La vio emerger, agitar los brazos, intentar mantenerse a flote. El agua la arrastraba. La corriente era más fuerte de lo que parecía.
Desapareció y volvió a salir unos metros más allá.
—¡Ayúdame! Volvió a hundirse.
Él dio un paso adelante. El agua le golpeó las piernas. Estaba helada. Sintió que mil cuchillas afiladas trataban de perforarle la piel. Avanzó un poco, tanteando el fondo con los pies.
—¡Ayuda…!
La voz de ella era apenas audible. Se detuvo. La observó con calma.
Durante unos segundos dudó. Y decidió no moverse. Ella ya había hablado demasiado.
La mujer se hundió y no volvió a salir a la superficie.
Se quedó extasiado contemplando el agua. La luz de la luna se reflejaba de manera sutil en ella, de una forma hipnótica. Casi poética.
Pero aquello no era ningún poema. Nunca lo había sido. Recobró el sentido de la realidad y fue consciente de lo que acababa de suceder.
Tras unos segundos de aturdimiento, retrocedió, dispuesto a alejarse de allí antes de que nadie lo viera.
Pero era demasiado tarde.
Salió del agua empapado y descubrió al llorica agazapado tras una roca. Sus ojos horrorizados lo delataban. Había sido testigo de todo.
Con calma, se acercó lentamente a él.
El llorica estaba petrificado. Ni siquiera intentó huir. Cuando lo tuvo delante, clavó sus ojos en él:
—Tú tampoco vas a decir nada.