El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 46.
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El ruido del viento era ensordecedor. En la carretera había tenido que disminuir la velocidad del coche. Los bandazos de las corrientes de aire la habían empujado hacia el carril contrario varias veces. Tenía la sensación de que el valle no quería dejarla pasar.

Cuando llegó a Espejo las primeras gotas de lluvia comenzaron a empapar el cristal del vehículo. Lo detuvo a pocos metros de la casa rural Gaubea Ederra. Esperó a que una pareja terminara de hacer el check out y abordó a Idoia Ballesteros sin miramientos.

—Agente Sua Abasolo. Formo parte del equipo de la inspectora Karmen Ayala, de la comisaría de Vitoria. Me consta que la inspectora ya estuvo por aquí. Necesito hacerle unas cuantas preguntas.

La mujer estaba perpleja, pero, aun así, la invitó a pasar dentro.

—¿Quiere una toalla? Tiene el pelo empapado —le ofreció.

—No, gracias.

—¿Le apetece una taza de leche caliente? Yo me voy a preparar una, si no le importa.

Hizo el ademán de ir a buscar una taza al aparador que había junto al recibidor, pero Sua se interpuso entre ella y el mueble.

—Vayamos al grano, Idoia. No hay tiempo. Necesito preguntarle algo muy importante. La mujer dejó su teléfono sobre el mostrador de la recepción.

—Usted dirá.

Sua detectó un atisbo de incomodidad reflejado en sus ojos.

—Sabemos que usted era amiga de la madre de Kattalin y Kepa García, de Villanueva. La propia Kattalin nos lo ha contado.

La dueña de la casa rural se atusó el cabello de manera compulsiva.

—Sí, Nekane y yo éramos, somos buenas amigas. Aunque ella ya no se acuerda de mí. No recuerda a nadie la pobre. Lleva años en una residencia de Vitoria.

—Perdone que sea tan brusca con lo que le voy a preguntar, pero necesito su versión de los hechos. Kattalin nos ha contado cómo llegó Kepa a la familia.

Idoia se cruzó de brazos. La incomodidad había dado paso a un claro gesto de indignación.

—Pues ya me puede perdonar, pero yo de la vida de los demás, prefiero no hablar, la verdad. No sé a cuento de qué viene esa pregunta.

Sua estaba a punto de perder la paciencia. Aquella mujer era un hueso duro de roer. Pero sabía perfectamente cómo manejar la situación.

—¿Nos podemos sentar en esas butacas? —le pidió.

La mujer accedió y ambas se colocaron una frente a la otra. Idoia Ballesteros continuaba con los brazos cruzados.

—Voy a ser clara, Idoia. ¿Usted actuó como intermediaria en la adopción ilegal de Kepa García en San Jerónimo?

Un silencio sepulcral se adueñó de la estancia. Tan solo se escuchaba el ruido del viento golpeando las contraventas. La cara de Idoia reflejaba sorpresa, pero Sua no supo interpretar si era por el cariz de la pregunta o por algo más.

—¿A eso ha venido a esta casa? ¿A acusarme de algo tan horrible?

—Sé que la pregunta puede resultarle algo violenta y disculpe las formas. Pero hay un asesino cazando en el valle. Y no voy a perder ni un segundo más. Si lo prefiere, puede venir a declarar a la comisaría…

La mujer por fin claudicó.

—No —afirmó con rotundidad—. Yo solo le hablé del internado. Sua decidió arriesgarse y presionarla un poco más.

—Imagino que usted le inspiró para que adoptara a Kepa de manera ilegal, ¿no? —la cara de la empresaria estaba exangüe—. Tal y como usted y su marido hicieron con su hijo Peio… ¿no? —se aventuró a afirmar.

Idoia Ballesteros se levantó y estalló.

—Pero ¿qué narices está diciendo? Mi hijo Peio no es adoptado. ¿Quién le ha dicho esa tontería? Sua analizó su reacción. No estaba segura del todo si Idoia estaba haciendo la mejor actuación de su vida.

—¿Seguro? Tengo entendido que Peio fue también al internado.

—Sí, pero no por lo que usted cree —se defendió—.

Peio siempre fue un chico problemático. No me diga por qué, pero siempre andaba metido en líos.

Lo expulsaron varias veces de la escuela.

Su padre y yo estábamos desesperados. Nos vimos obligados a mandarle a San Jerónimo varias temporadas para ver si lo ponían en vereda las monjas.

—¿Así que se deshicieron de él? —Sua se arrepintió al instante de haber formulado aquella acusación.

La mujer no dudó en volver a enfrentarse a ella.

—¡Qué fácil es hablar sin saber! ¿Tiene usted hijos? No ¿verdad? Sua no dijo nada.

—No tiene ni idea de lo que una situación así implica para unos padres. Y más en un valle tan pequeño como este. Lo intenté todo con él ¿me entiende? Todo. No se atreva a juzgarme.

Sua bajó la cabeza: se había extralimitado.

—Disculpe, no he querido ofenderla. Pero entonces ¿Peio era amigo de Kepa en el internado? Idoia Ballesteros la miró con desprecio. Estaba deseando que aquella conversación finalizara.

—Bueno… Amigo, amigo… No tienen la misma edad, pero sí que coincidió con él allí algún tiempo.

Sua anotó el dato mentalmente y maldijo para sus adentros. No sabía cómo reconducir la conversación sin que la dueña de la casa rural se cerrara en banda a contestar.

Optó por ser directa.

—Le voy a ser sincera. Estamos investigando la muerte de Zuriñe Aranburu, una antigua profesora del valle.

Tras unos segundos en silencio, por fin reaccionó.

—¿Qué tiene que ver Zuriñe con todo lo que está pasando?

Por nada del mundo iba a revelarle detalles de la investigación.

—¿Conoció usted a Zuriñe Aranburu?

La mujer bajó la vista, como si su mero recuerdo la hubiera transportado a un momento doloroso del pasado.

—Sí, las dos éramos catequistas. Ella era profesora de la escuela de Villanueva. Fue una desgracia que se fuera de este mundo tan pronto. Una chica tan joven y maja…

—Sabemos que murió ahogada en una excursión que las parroquias de la zona y el colegio de Villanueva organizaron en el parque natural de Valderejo. Hace veinte años.

—La noche de los exploradores —confirmó—. Yo misma ayudé en los preparativos. Ese fue el último año que se celebró.

—¿Participó usted en la excursión de ese año?

Idoia Ballesteros le ofreció un vaso de agua a Sua, que ella rechazó con amabilidad.

—Yo no fui a la excursión, pero fueron muchos niños del valle. También algún adulto. Mi hijo también estuvo aquella noche allí. Fue un duro golpe para todos. Zuriñe cayó al río y murió ahogada. Una tragedia.

La mujer parecía apesadumbrada. Era evidente que sentía de verdad la muerte de Zuriñe Aranburu.

—Sabemos que Imanol Barandika, el dueño del bar Barandika, y su mujer Hermelinda participaron en la excursión. Y que Imanol discutió acaloradamente con Zuriñe.

—Algo de eso se contó, sí —contestó ella.

Sua decidió adentrarse en arenas movedizas. No había otra manera de sacar algo en claro.

—¿Sabe por qué discutieron?

La mujer desvió la mirada hacia una de las ventanas.

—Bueno… todos sabemos perfectamente cómo es Imanol.

—Explíquese.

Idoia fijó sus ojos en los de Sua.

—Mire, yo no quiero problemas con nadie, pero Imanol ha tenido más de un encontronazo con varias mujeres.

Es un machista y un desgraciado, si me permite la expresión.

Zuriñe era una mujer talentosa, brillante.

Lideraba la escuela y la catequesis. Y hay ciertos hombres que no soportan ese tipo de mujer.

Supongo que tendrían alguna bronca por algo.

Y Zuriñe no se callaba ante nadie: seguramente le puso en su sitio.

—Usted le dijo a la inspectora Ayala que Imanol Barandika acosó a Ana Rodríguez, la periodista de Radio Vitoria.

—Sí, ¿y? No sé a dónde quiere llegar.

—¿No le parece demasiada casualidad que el mismo hombre, con los antecedentes de rumores de maltrato a su propia mujer, estuviera involucrado en incidentes violentos con ambas mujeres?

La expresión de Idoia Ballesteros cambió por completo. Una sombra de oscuridad tiñó su mirada.

—¿Está insinuando que Imanol se cargó a Zuriñe en su día y ahora es el hombre que ha asesinado a esas mujeres? ¿Me está diciendo que piensan que Imanol es el segador?

—¿Acaso usted nunca lo ha pensado?

Daba la impresión de que la mujer estuviera intentando atar cabos para desechar la hipótesis.

—A veces sí que he pensado que la muerte de Zuriñe no fue un accidente sin más. Pero de ahí a concluir que la mató Imanol…

Sua miró su reloj.

—Necesito saber qué pasó aquella noche, Idoia. Si sabe algo debe decírmelo. Necesitamos detener al culpable de todo lo que está pasando, antes de que vuelva a matar. ¿Su hijo qué le contó de aquella noche?

La luz de la casa se fue durante un par de segundos. Un relámpago iluminó la estancia justo en ese preciso instante.

Idoia Ballesteros se levantó y se dirigió a una de las paredes del recibidor.

Un cuadro de grandes dimensiones recreaba una noche estrellada en el parque natural de Valderejo.

El agua del río Purón brincaba con fuerza entre las rocas.

Lo observó con detenimiento, como si contemplarlo le ayudara a materializar en el presente recuerdos borrosos del pasado.

—Ahora que lo dice… —murmuró—. Igual me equivoco, pero…

Se quedó en silencio unos segundos.

—Creo que uno de los chicos se perdió esa noche. Sua no dijo nada.

—Apareció después —añadió Idoia—. Empapado. Como si hubiera salido del río. Creo que me lo contó una de las madres, no recuerdo quién.

Sua notó un frío súbito en la espalda. Su instinto le decía que había dado con algo. Por primera vez, sintió que la respuesta estaba demasiado cerca.

—¿Qué chico? ¿Uno de los niños que participaron en la excursión?

—No sé, no me acuerdo bien. Probablemente, pero no sabría decirle.

Idoia miró un segundo hacia la ventana. Como si temiera que alguien pudiera estar escuchando.

—¿Dónde está su hijo Peio? A lo mejor él se acuerda.

—Está trabajando en Vitoria. Hoy tenía que ir antes al parque de bomberos.

—¿Le puede llamar?

La mujer asintió y marcó el número en el móvil. Lo intentó tres veces, sin éxito.

—No me contesta. Dejan los móviles en las taquillas desde que entran, no se los dejan tener encima. Verá mi llamada cuando salga. Pero aún le quedan seis horas.

—Idoia, necesito que vuelva a intentarlo, por favor. Si consigue hablar con él, llámeme. Sea la hora que sea.

Sua abandonó la casa rural con el presentimiento de que algo estaba a punto de desencadenarse. Sabía que aquel vago recuerdo de Idoia Ballesteros podía ser la clave para que todas las piezas encajaran de una vez.

Mientras conducía de regreso, no podía dejar de pensar en aquella noche junto al río Purón. En el agua.

En los pies.

Y en alguien que había estado allí… y nunca había vuelto a ser el mismo.