45.
Comisaría de Lakua, Vitoria-Gasteiz
Gorka Larssen abandonó un momento el mapa de sospechosos que la inspectora Ayala les había ayudado a diseñar.
Los rostros de todos ellos parecían mirarle desde el otro lado del cristal, como si el vidrio los protegiese de la acción de la policía.
Una inmunidad que a Gorka le resultaba despreciable.
Y dolorosamente irritante. Mucho más desde que había colocado la foto de Alma Arana junto a la de las otras tres víctimas.
¿Hasta cuándo iba a durar aquella locura?
Consultó en su móvil si la alarma de su casa continuaba correctamente conectada.
Desde que se había encontrado la puerta abierta, no conseguía disminuir su nivel de alerta.
Algo en su interior le decía que aquello no había sido un simple olvido.
La mera idea de que alguien hubiera entrado sin su consentimiento lo atormentaba.
Sin embargo, por más que había revisado el historial del sistema, no había detectado ningún tipo de manipulación.
Lo cual aumentaba su incertidumbre. ¿Se había dejado la puerta abierta y había salido sin activar la alarma?
Una notificación le confirmó que todo era correcto. Todos los sensores y las cámaras funcionaban correctamente.
En ese momento, su teléfono móvil comenzó a vibrar. Era Leandro.
— Aita , dime.
— Aupa , Gorka. ¿Te pillo bien?
La voz del viejo profesor sonaba extraña.
—Sí, sí. ¿Ocurre algo?
—Nada, Gorka. Seguramente es una tontería, pero me he quedado con mal sabor de boca. Tengo un poco de disgusto.
—¿Ha pasado algo con Txiki?
Gorka se imaginó al perro agonizando sobre la alfombra del salón.
—No, no. Txiki me va a sobrevivir a mí, si no al tiempo —bromeó.
—¿Entonces? ¿Te pasa algo? ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí. Tranquilo. No es eso… —comenzó a explicar—.
Es que me ha pasado una cosa un poco rara hace un rato.
Una mujer extranjera me ha abordado en el portal, cuando iba a entrar.
Iba con gafas de sol. Alta. Rubia. Vestida completamente de negro.
Llevaba ropa cara. He tenido una sensación extraña cuando me ha empezado a hablar.
Al principio he pensado que era una turista, pero enseguida me he dado cuenta de que actuaba como si supiera quién era yo.
Gorka se levantó de la silla.
—¿Qué te ha dicho?
—Pues que si yo vivía ahí. Me ha parecido muy raro…
Le he dicho que sí y le he preguntado si necesitaba ayuda para encontrar algún sitio o algo.
Se ha quedado callada, como si no supiera qué contestarme.
A todo esto, Txiki ha empezado a ladrarle como si no hubiera un mañana. Nunca lo había visto así.
Gorka intentó desechar la idea, pero el nombre de Ingrid acudía una y otra vez a su mente.
—Pero… ¿te ha dicho algo más?
—Sí, Gorka. Me ha preguntado por ti.
Gorka tragó saliva. Un ligero hormigueo comenzó a bajarle por el brazo derecho.
—¿Cómo?
—Sí. Me ha dicho que era una compañera tuya de la carrera y que quería contactar contigo por algún asunto laboral. Pero me ha parecido que mentía, porque era bastante más joven que tú.
—¿Cómo de joven?
—No sé, pero igual ocho años ya le sacas. Puede que incluso más.
Un sudor frío comenzó a resbalarle por la nuca. El cosquilleo de la pierna se transformó en una vibración molesta.
—¿Y tú qué le has contestado?
—Nada. Le he dicho que hacía años que no sabía de ti. Igual he metido la pata, pero me ha dado mala espina todo.
Un recuerdo fugaz de su juventud surgió ante él, como un visitante imprevisto.
Mientras estuvo acogido en casa de Leandro e Iñaki, Leandro siempre había ostentado el papel de protector, a veces en exceso.
Mientras que Iñaki empujaba a Gorka a tomar sus propias decisiones y equivocarse, Leandro siempre lo había resguardado con aplomo de los envites de la vida.
De nuevo, volvía a hacerlo.
—Gorka… ¿estás ahí?
—Sí, sí, aita . Perdona…
—¿Sabes quién es esa chica?
Estuvo tentado de contarle la verdad: que tenía una clara candidata a ocupar aquel puesto. Esta vez fue él quien quiso protegerlo. Por su seguridad, Leandro debía permanecer alejado de Hans e Ingrid.
Rebuscó en su móvil la fotografía que Hipatia le había facilitado del carné de conducir de Ingegärd Krüger.
— Aita , te acabo de mandar una foto por WhatsApp. El anciano tardó unos segundos en responder.
—Sí, ya la veo.
—¿Es esa la chica con la que has hablado? Leandro pareció dudar.
—No lo sé, Gorka. Esta chica de la foto es mucho más joven. Gorka elevó el tono de la voz, pero no quiso incomodarlo.
—Por favor. Es importante. Fíjate bien.
Se lo imaginó acercando la pantalla a sus ojos.
—No sé… el color del pelo es muy parecido, Gorka. Rubio ceniza. Pero no estoy seguro del todo.
Ya te digo que no se ha quitado las gafas de sol en ningún momento.
Gorka carraspeó. El temblor de la pierna se había extendido a la otra.
—Vale, aita . Seguramente será alguien de la universidad —intentó tranquilizarlo—.
Pero, por si acaso, estate atento. A lo mejor es una periodista camuflada queriendo sonsacar información de la investigación.
No hables con nadie de mí, por favor. Y no abras la puerta de casa a nadie. ¿Me has entendido?
Leandro parecía aturdido al escuchar a Gorka hablarle así.
—Está bien, está bien. Me estás asustando. No soy un viejo desvalido. Sé lo que me hago. A Gorka se le encogió el corazón, pero no quiso preocuparlo.
—Ya lo sé, aita . Pero ten cuidado, por favor. Te dejo, que entro ahora a una reunión.
Durante un instante se imaginó la vida sin Leandro.
Aquel viejo profesor y su difunto marido Iñaki eran lo más parecido a un padre que había tenido en la vida.
Su generosidad con él siempre lo había sorprendido.
Con ellos, había conseguido estar tranquilo.
En paz. Protegido. Aunque fuera de manera efímera.
No soportaría perderlo.
—Espera, Gorka. Hay algo más.
—¿Qué pasa?
—La chica esta me ha dicho algo que no he entendido. Igual tú sabes a qué se refiere.
—¿El qué?
—Cuando me ha dicho lo de la universidad, me ha preguntado si seguías coleccionando minerales. No he sabido qué decirle.
Un espasmo violento lo sacudió de arriba abajo.
Estuvo a punto de dejar caer el móvil al suelo. Aquellas palabras habían impactado en él como un yunque candente lanzado a un estanque congelado.
—No sé, aita . Igual le has entendido mal.
Como pudo, logró recuperar el control y se despidió de él.
Mientras salía del despacho, no podía quitarse de la cabeza aquellas palabras.
Había coleccionado piedras y minerales toda su vida, desde que tenía cinco años.
Aún seguía haciéndolo, aunque a menor escala.
Una estantería del salón de su casa lo atestiguaba.
Entró en la reunión preguntándose si aquella misteriosa mujer podía ser Ingrid. De ser ella ¿era posible que se acordara de aquel dato tan concreto? Hans se la llevó cuando apenas tenía tres años. Había pasado demasiado tiempo.
O aún peor.
¿Era acaso Hans quien le había facilitado aquella información?