44.
El viento no daba tregua a aquel pequeño rincón del valle.
Los lugareños se habían guarecido en el interior de sus hogares a la espera de que el temporal amainase, pero no había visos de que la situación fuera a mejorar pronto.
El cielo se cubría de nubes oscuras cada vez más densas y decenas de relámpagos asomaban por el horizonte.
Sua Abasolo, Eneko Sagasti y Elene del Amo avanzaban lentamente, luchando contra la furia descarnada del vendaval.
La residencia Nagusi Bikain se erigía sobre un pequeño promontorio, al final de la calle donde vivían Elene y Kattalin García.
Apenas trescientos metros les separaban de su destino, pero se les hicieron eternos.
Era un edificio de apariencia endeble, pero, aun así, resistía incólume los embates del viento huracanado.
Desde el exterior, era difícil discernir cuál era su finalidad.
Su fachada, rematada con robustas vigas de madera y remates metálicos, lo asemejaba más a una antigua caballeriza que a un hogar para personas mayores.
Cuando llegaron, llamaron al timbre, pero nadie salió a recibirles. Al final, decidieron empujar la puerta y guarecerse en el vestíbulo. El recibidor estaba impregnado de una cálida luz aterciopelada, que le confería una agradable sensación de hogar.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —preguntó Sua.
A lo lejos se escuchó un rumor que se fue haciendo más y más cercano. Dos hombres jóvenes vestidos de uniforme gris bajaron corriendo las escaleras, sorprendidos de recibir visitas en esas circunstancias. Con una velocidad pasmosa, bajaron las persianas de las seis ventanas de la planta baja.
Uno de ellos se les acercó.
—Aupa, Elene, ¿qué tal? ¿Cómo te encuentras? ¡Madre mía! ¿Pero cómo se te ocurre acercarte a visitarnos con este tiempo?
Ella intentó sonreír.
—Ojalá fuera una visita de cortesía, Andrés. Sua le mostró su placa.
—Agente Sua Abasolo, encantada. Necesito hablar por favor con Teresa Urkijo. Él la miró con desconfianza.
—Teresa no se encuentra muy bien hoy. Está en la biblioteca leyendo, o haciendo que lee. Se pasa las horas muertas dormitando allí, la pobre. ¿Tiene autorización judicial?
Sua lo miró con perspicacia y pensó rápido. Había prometido a la inspectora Ayala no volver a meter la pata con el procedimiento, pero no podían perder el tiempo con trabas burocráticas.
—Sí. La tengo impresa en el coche. Se la traigo en cuanto amaine un poco el viento. ¿Dónde está la biblioteca?
El hombre no terminaba de fiarse de ella.
—Subiendo las escaleras a mano izquierda. No tiene pérdida.
—De acuerdo —le respondió.
Sua hizo un gesto con la mano al periodista para que le acompañase, pero el cuidador lo frenó en seco.
—Perdone. ¿Tiene este señor autorización judicial también?
Esta vez fue Elene la que salió al paso para intentar solventar la situación cuanto antes.
—Venga, Andrés. No seas tan quisquilloso, hombre. Es un periodista que está haciendo un reportaje sobre el pueblo.
Él no cedió ni un milímetro.
—Aguanta tú a los familiares de los residentes si se enteran de que dejamos pasar a gente sin permiso de los jueces. Nos linchan.
Sagasti retrocedió y volvió con ellos.
—No pasa nada. Esperaré por aquí.
Finalmente, el auxiliar accedió a que fuera Elene quien acompañara escaleras arriba a Sua. Al fin y al cabo, también era una cuidadora de la residencia, aunque estuviera de baja.
La biblioteca era un pequeño salón amueblado de manera acogedora con varias estanterías de madera de roble y elegantes cortinas de terciopelo verde.
Una tupida alfombra de color granate cubría cada rincón del suelo.
Al fondo, una lámpara de pie alumbraba la butaca donde Teresa leía con avidez una novela.
En cuanto vio a Elene, hizo ademán de levantarse para ir a saludarla.
—¡Tranquila, Teresa! Ya me acerco yo.
La mujer volvió a aposentarse y ambas se fundieron en un cálido abrazo.
—Te veo estupenda, Teresa. Como una rosa.
La anciana sonrió y le agradeció el piropo con un beso en la mano.
—¿Y tú qué tal estás, preciosa? Ya te queda poco para volver aquí, espero. Elene del Amo intentó mostrarse convincente.
—Eso espero, Teresa. Eso espero… Quiero presentarte a la agente Abasolo, de la Ertzaintza. Está investigando un caso relacionado con el internado de San Jerónimo. He pensado que con lo que sabes tú, tal vez podrías ayudarla.
La mujer se quedó paralizada al oír aquel nombre. Era evidente que su mero recuerdo le causaba dolor.
—No quiero hablar de eso. Ocurrió hace mucho tiempo —sentenció.
Sua miró a Elene. Les iba a costar más de lo que habían previsto conseguir el testimonio de la mujer.
Elene la tomó de la mano con suavidad.
—Teresa, ya sé que todo esto te revuelve por dentro, pero es necesario que respondas unas cuantas preguntas a la agente Abasolo. Será solo un momento.
La mujer se cerró en banda.
—Te he dicho que no. Dejadme en paz, por favor. Fue Sua quien intentó esta vez hacerle hablar.
—Doña Teresa, Elene me ha contado que usted tuvo un hijo, Julen, que lamentablemente murió siendo un niño.
La anciana le devolvió una mirada repleta de rabia.
—No murió. Me lo mataron. Y no fue el único. Esa gente me destrozó la vida. Sua se alegró de que por fin hubiera aflojado un poco.
—¿Qué gente, Teresa? —preguntó—. Elene me ha dicho que algunos de ellos estaban relacionados con el internado de San Jerónimo.
La mujer miró de reojo a la cuidadora. Su lenguaje corporal denotaba que estaba disgustada.
—Te lo conté para desahogarme, no para que lo fueras gritando a los cuatro vientos.
Elene suspiró y le tomó la otra mano. Sabía que lo que iba a decir podía considerarse un chantaje emocional, pero no se le ocurrió otra manera de hacerla hablar.
—Lo sé, Teresa. Pero esto es importante. Puede que estemos a punto de lograr que quienes hicieron eso a tu hijo paguen por ello.
Ella se mantuvo en sus trece.
—Lo dudo. Esa gente sabe protegerse. Llevan haciéndolo años. Dejadme en paz. No quiero hablar.
Sua se acercó y se agachó frente a la mujer.
—Teresa, creemos que los últimos asesinatos que ha habido en el valle están relacionados de alguna manera con San Jerónimo.
Todavía no sabemos muy bien cómo encajar todas las piezas.
Por eso necesito que me cuentes todo lo que sabes, por favor.
Cualquier información que obtengamos puede ser clave para atrapar al culpable.
Si no lo haces por tu hijo, hazlo por todas esas mujeres que han muerto.
Elene la zarandeó con dulzura.
—Teresa, háblales de sor Suniva.
La mujer agarró con fuerza el rosario que le colgaba del cuello. Su expresión se volvió hosca, como si mentar simplemente aquel nombre le hiciera retrotraerse a un pasado terriblemente doloroso.
Tras unos segundos de incertidumbre, se decidió a hablar.
—Esa monja era el mismísimo diablo. Un ángel de la muerte.
Su belleza era capaz de engatusar hasta el más listo, pero yo nunca me fie de ella.
Vivía en el internado. Venía del extranjero, de algún país del norte.
Apenas hablaba castellano. Siempre dudé que fuera una monja de verdad.
Era joven por aquel entonces, pero su maldad no conocía límites.
Ella estuvo presente el día que mataron a mi hijo.
Sua intentó tragar saliva. El sufrimiento que emanaba de cada una de las palabras de Teresa era un proyectil cargado de veneno y resentimiento. Casi se podía palpar.
—¿Qué pasó el día que murió su hijo, Teresa?
La anciana apretó el rosario con más vehemencia.
—Julen y otros niños iban a un grupo de tiempo libre.
Se juntaban varios chavales y chavalas de todo el valle.
Nos lo recomendó el cura de Espejo, así que no sospechamos nada raro.
Eran los noventa, y la iglesia aún tenía mucho poder por aquel entonces.
Lo dirigían dos hombres, aunque el que llevaba la voz cantante era un extranjero.
No sé si fue él quien trajo a Sor Suniva.
Todo iba a ser como un fin de semana cualquiera, unas convivencias en una de las casas que el grupo tenía por todo el País Vasco.
Pero acabó en tragedia y con mi hijo bajo tierra.
A Sua se le pusieron los vellos de punta.
—¿Dónde estaba esa casa?
—A las afueras de Salinas de Añana. Junto al arroyo del río Omecillo.
Sua reconoció el nombre. El Omecillo vertebraba la zona y pasaba por varios pueblos, como Villanueva, Espejo y Bergüenda.
Elene volvió a tomar las manos de la mujer.
—Cuéntale a la agente lo que les hacían.
La mujer desvió los ojos a un lado, como si intentara rebuscar en el pozo lacerante de sus recuerdos.
—Los metían en el río hasta altas horas de la noche, como un juego de supervivencia, según nos explicó el cura.
Julen murió por hipotermia una de esas noches.
Esa monja, sor Suniva, participó en aquellas convivencias.
Los niños le tenían mucho miedo. Y, al parecer, razón no les faltaba.
Aunque debía de ser peor el hombre, el extranjero.
Los niños le obedecían sin rechistar. Incluso Sor Suniva parecía obedecerle a él.
Sua no podía dejar de mirarla. Las palabras de la anciana rasgaban con cuchilladas de verdad la atmósfera densa de la biblioteca.
—No era la primera vez que les hacían ese tipo de juegos —prosiguió—.
Mi hijo me había contado que de vez en cuando venía gente rara a las convivencias, además del cura y un par de monitores.
Muchos eran de fuera. Nos quejamos al cura, y nos dijo que eran personas de otras comunidades cristianas de Europa, que buscaban grupos similares con los que hermanarse.
Sua apretó los dientes. Una idea siniestra surgió en su mente. Como una araña que tejía su tela sobre su presa antes de devorarla.
—¿Se acuerda del nombre del cura?
—Me acuerdo perfectamente. Don Javier. Murió hace años.
—¿Y del hombre extranjero? El que mandaba. La anciana hizo un esfuerzo por recordar.
—No lo sé, la verdad. Tenía un nombre raro.
Sua rebuscó en su teléfono móvil y le mostró una fotografía de Hans Larssen de la época en la que aún vivía con la familia de Gorka.
—¿Era este hombre?
La anciana observó la fotografía durante varios segundos. Sus dedos comenzaron a temblar.
—No lo sé… —susurró—. Han pasado muchos años. Hizo una pausa.
—Pero esos ojos…
Elene le apretó más fuerte las manos.
—Teresa, haz memoria, por favor —le suplicó.
La mujer se concentró en la imagen, pero terminó apartando la vista. Sua apretó un poco más.
—¿Puede que se llamara Hans? ¿Hans Larssen? Cerró los ojos mientras trataba de recordar.
—Yo solo lo vi dos veces directamente. No me acuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que nunca sonreía.
La mujer tragó saliva y su voz se ahogó en un susurro.
—Y cuando hablaba… todo el mundo callaba.
Sua intentó reformular la pregunta de otra manera, pero se topó con la oposición de Elene.
—Ya es suficiente, agente Abasolo. Teresa está muy cansada. Estas preguntas la han removido por dentro. Está agotada.
—Pero si intentara recordar…
—Basta. Ha quedado claro que no se acuerda.
La anciana volvió la vista al libro que tenía en el regazo y no quiso volver a hablar. Descendieron a la planta baja y buscaron a Eneko, pero no aparecía por ninguna parte.
Sua abordó a una trabajadora que llevaba a un anciano en silla de ruedas a uno de los cuartos de baño.
—Perdona. Antes hemos venido con un hombre. Le enseñó una imagen del periodista.
—Sí, os he visto. Estaba aquí hace un rato, pero ni idea de dónde puede estar. A lo mejor está con Andrés, lo he visto hablando con él.
—¿Puedes llamar a Andrés, por favor?
—Andrés se ha ido a ver si conseguía ayuda. El viento ha derribado uno de los árboles que hay al lado sobre la claraboya de la tercera planta y la ha hecho añicos.
La agente miró a Elene y ambas decidieron salir. Sua la acompañó a su casa y le agradeció el esfuerzo. Kattalin las recibió con un reproche, pero, aun así, estrechó a Elene entre sus brazos.
Se despidió de ambas y se preguntó dónde se habría metido Eneko.
Lo llamó, pero no obtuvo respuesta. ¿Habría escuchado a escondidas la conversación con Teresa?
Era capaz de eso y de mucho más. Eneko ya no buscaba una historia.
Ahora sabía que había encontrado algo que nadie quería que saliera a la luz.
Había tocado algo. Y sabía que, si seguía tirando del hilo, alguien intentaría cortárselo.
Había llegado el momento de publicar. Y de buscar el reconocimiento profesional que ansiaba.
Solo esperaba que la investigación no se fuera al traste por su culpa.
Al salir de la casa, la rama de un árbol arrancada de cuajo estuvo a punto de golpearle la cabeza.
El viento continuaba soplando con fuerza y le impedía avanzar con seguridad hasta el coche.
Le costó más de lo previsto llegar hasta él.
Al acercarse, tuvo la sensación de que alguien la estaba siguiendo.
Giró la cabeza, pero no vio a nadie. Decidió darse prisa y puso en marcha el motor.
Necesitaba hablar cuanto antes con Idoia Ballesteros.
De nuevo, aquel extraño presentimiento.
No vio a nadie, pero la sensación no desapareció.
Era como si alguien supiera exactamente a dónde iba. Y la estuviera esperando.