El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 43.
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Un vendaval huracanado los recibió al llegar a Villanueva de Valdegovía.

Las hayas y los pinos se agitaban violentamente a merced de las corrientes de aire, y a duras penas conseguían caminar.

El viento parecía empeñado en arrancar de raíz todo el valle.

El cielo encapotado anunciaba tormenta y estaba prevista una bajada brusca de las temperaturas, pero eso a Sua le daba igual.

Iba ataviada con una cazadora de cuero negra y unos vaqueros, como si las inclemencias meteorológicas no fueran con ella.

A su lado, Eneko Sagasti se afanaba por localizar en su móvil la ubicación exacta.

Tras perderse en un par de ocasiones, por fin localizaron la casa.

Al llamar al timbre, Kattalin García los hizo pasar rápidamente al interior.

Tras invitarles a sentarse en el mullido sofá del salón, les ofreció una taza de té.

—Gracias por acceder a hacer la entrevista, Kattalin —se sinceró el reportero de la NTB—. No debe de ser fácil hablar de su propia familia sabiendo que estuvo implicada en la adopción irregular de su hermano.

La hermana de Kepa García arrugó el entrecejo.

—Hablemos con propiedad. Adopción ilegal, nada de irregular. Mis padres pagaron por Kepa. Y trátame de tú, por favor.

Sua la observaba extasiada. Había algo en aquella mujer que atraía poderosamente a quien hablaba con ella. Tal vez fuera esa sinceridad indómita que asomaba en su mirada.

—¿Qué ocurrió exactamente? —preguntó Sua—. ¿Cómo se implicaron tus padres en algo tan turbio?

—Mi padre, que en paz descanse, siempre estuvo metido en asuntos un tanto delicados.

Dejó embarazada a mi madre, que es de familia acomodada, y así llegué yo al mundo.

Mis abuelos maternos, que eran bastante conservadores, organizaron la boda enseguida.

Pero la cabra siempre tira al monte y mi padre siguió involucrado en negocios un tanto ilegales.

De la mayoría yo no me enteraba. Mi madre me lo contó todo cuando mi padre murió.

Eneko Sagasti se adelantó a Sua.

—¿Y por qué decidieron adoptar a Kepa?

—Bueno, mi madre era muy amiga de una mujer de Espejo que consiguió tener a su hijo de esa forma.

Mi madre había quedado estéril por una operación de útero, y ansiaba tener un segundo hijo.

No sé quién comió la cabeza a quién, pero el caso es que dio su beneplácito para adoptar a Kepa de esta manera.

Sua apretó las manos.

—Pero ¿qué ocurría exactamente en el internado de San Jerónimo?

Kattalin se levantó y se acercó a una estantería. Al poco tiempo trajo consigo un viejo álbum de fotos. Lo depositó sobre la mesa frente a ellos. Pasó varias hojas hasta llegar a las que estaba buscando.

Eran cinco instantáneas en total.

—No todo el mundo en ese internado estaba metido en el ajo —les dijo mientras se las mostraba—.

Las hermanas descalzas del Amparo hicieron muchas cosas buenas por los niños huérfanos o en situaciones de vulnerabilidad social.

Fueron un ejemplo para todo el valle durante muchos años. Hasta que todo se torció.

Sua cruzó la mirada con Sagasti.

—¿Descalzas?

—Sí, así se llamaba la orden de monjas. Y la mayoría de ellas seguían a rajatabla la regla que las regía. Iban descalzas a todas partes, supongo que como un símbolo de penitencia.

Sua examinó las fotografías. Las religiosas iban ataviadas con un uniforme blanco y prácticamente todas estaban descalzas. Sus pies desnudos descansaban sobre las piedras húmedas del río. Recordó el corte limpio en los tobillos de las víctimas y sintió un escalofrío.

Volvió a mirar a Eneko. Él parecía estar pensando exactamente lo mismo.

El segador estaba obsesionado con los pies de sus víctimas. ¿Sería posible que aquella especie de fetichismo tuviera algo que ver con las monjas de San Jerónimo?

Una de las fotografías captó inmediatamente la atención del reportero. Sin pedir permiso, la tomó entre sus manos. En ella aparecía una monja joven, alta, con el pelo rubio platino, de aspecto extranjero.

—Sé que te parecerá raro, pero ¿le habló alguna vez su hermano de esta monja? —le preguntó mientras la señalaba.

Ella sonrió.

—Sor Suniva —afirmó con rotundidad—. El diablo en persona. Esa monja llegó desde Suecia, nadie sabe muy bien por qué. El caso es que maltrató a muchos de los niños, incluido Kepa. Aunque él jamás lo va a admitir.

—¿Maltratar? —preguntó Sua sorprendida—. ¿Qué quieres decir con maltratar?

Kattalin volvió a pasar las páginas del álbum. El sonido del papel era el único ruido en la habitación.

Les enseñó otra fotografía. Dos monjas posaban sonrientes junto a las celdas ubicadas bajo la plataforma construida en el río que pasaba al lado del internado. Eneko y ella habían estado allí hacía poco.

—Metían a los niños ahí —dijo. Pasó otra página del álbum.

—Y los dejaban encerrados durante horas. Sua tragó saliva.

—Descalzos —añadió Kattalin—. Siempre descalzos.

Sua se estremeció al escuchar sus palabras. Sintió que el estómago se le encogía. Aquellas celdas bajo el río no eran un simple castigo. Era una especie de tortura, pero ¿por qué? ¿Con qué propósito?

Los pies descalzos, el agua, la penitencia… todo encajaba demasiado bien. Y, aun así, algo seguía fallando.

Si el segador había sido uno de aquellos niños, ¿por qué había matado a Ana, Mila, Sandra y Alma? ¿Por qué ellas?

—Allí los críos aprendían a no hablar —añadió—. A no contar nada de lo que allí pasaba. A no decirle a nadie todas esas cosas horribles que les hacían. Y no os penséis que era algo improvisado.

Quienes iban a ser castigados eran obligados a esculpir o dibujar una pata de ganso. Supongo que como una forma adicional de meterles más miedo. Y una advertencia para los demás.

A Sua se le encogió el estómago. Ahí lo tenían. Las patas de oca que vieron en las ruinas del internado y en el viejo cuaderno escolar.

El viento golpeó las contraventanas de la casa. Durante unos segundos ninguno dijo nada.

—¿Tu hermano también sufrió aquellos castigos?

—Sí. Durante una borrachera me lo confesó todo.

Digamos que, aquella noche de fiesta, el alcohol y los porros desbloquearon su mente.

Me lo contó todo: las celdas, el agua al cuello, lo de las patas de ganso…

Pero después de aquel día, jamás ha querido volver a hablar del tema.

Mi hermano sigue teniendo miedo. A pesar de los años que han pasado.

Eneko Sagasti ojeó las fotografías de nuevo. Decidió ir un paso más allá.

—¿Conocías a Alma Arana? ¿Sabes de quién te hablo?

Ella permaneció con los labios sellados durante unos instantes.

—Sí, claro. Nos entendíamos bien, a pesar de no ser amigas. Lamento mucho su muerte. La gente del valle dice que era una mujer rara y excéntrica. Yo creo que no era para tanto. Siempre que me cruzaba con ella me preguntaba por Kepa. Se preocupaba por él.

—¿Por qué preguntaba por él?

Kattalin tomó el álbum en busca de una fotografía.

—Aquí la tenéis —les dijo mientras se la extendía.

Sua examinó la imagen. Una monja joven, también descalza, abrazaba sonriente a un niño en lo que parecía una actividad al aire libre. A pesar de los años transcurridos, la reconoció a la primera.

Era Alma Arana.

—¿Alma Arana fue monja de San Jerónimo?

—Eso parece. Aunque nunca quería hablar del tema. Veréis: estuvo muchos años fuera del valle cuando cerraron el internado. Muchos ni siquiera se dieron cuenta de que había regresado hasta que ya llevaba un año por aquí de nuevo.

Sua volvió a analizar la fotografía. ¿Era factible que el segador conociera a Alma en San Jerónimo? Desde luego, era más que una posibilidad.

Eneko Sagasti rebuscó algo en su teléfono móvil.

—Kattalin, ¿conociste tú o tu hermano a Zuriñe Aranburu? Fue profesora en la escuela de Villanueva. Murió ahogada hace unos veinte años en el Purón.

La mujer apuró el té frío de su taza.

—Sí, me acuerdo perfectamente. Fue una tragedia. Todo el mundo quería mucho a esa chica. Yo la conocía de vista, pero nunca tuve contacto con ella. Kepa supongo que la conocería del colegio, no sé.

—¿Dónde está tu hermano ahora? —quiso saber Sua.

—Se ha ido a pasar unos días con nuestra abuela, a Mundaka. Y esta vez es verdad. He hablado con ella esta mañana.

Sua cerró el álbum despacio. Necesitaba unos segundos para procesar lo que acababa de ver.

—Hay una cosa que no termino de entender, Kattalin —prosiguió—. ¿Por qué guardas todas estas fotografías de las monjas de San Jerónimo?

La joven suspiró.

—Durante años me obsesioné con desenmascarar a las monjas que maltrataron a mi hermano, pero no conseguí ningún avance.

Hasta que una buena amiga de mi madre encontró estas viejas fotografías en el archivo parroquial de Espejo.

Alguien las había ocultado tras un mueble.

La verdad es que me ayudó mucho a tratar de probar lo que pasó, pero no conseguimos apenas nada.

—¿Quién es esa amiga de tu madre?

—Idoia Ballesteros. Tiene una casa rural en Espejo. Es muy conocida en el pueblo. El hijo de Idoia también estaba mucho por el colegio en aquella época. Era algo mayor que Kepa. Ella os podrá hablar de Zuriñe Aranburu —añadió—. Las dos eran catequistas en algunas de las parroquias del valle.

Sua sintió un escalofrío. Imanol Barandika le había contado a Karmen que Ana Rodríguez había estado preguntando en el bar por Idoia y su marido Joxean. Por fin todos los cables comenzaban a conectarse.

La silueta de una mujer joven surgió de la nada en el quicio de la puerta. No tenía pelo en la cabeza y unas ojeras violáceas enmarcaban sus ojos cansados.

—¿Por qué no les has hablado de Teresa? Kattalin volvió la cabeza.

— Laztana , no deberías haber bajado —le recriminó—. Tienes que descansar para la siguiente sesión de quimio.

La otra mujer hizo caso omiso a sus palabras.

—He bajado a por un vaso de agua y os he oído. Sagasti se levantó y le tendió la mano.

—Aupa. Soy Eneko Sagasti, de NTB.

—Ya sé quién eres. Te sigo en TikTok. Kattalin se incorporó y la ayudó a sentarse.

—Esta es Elene, mi pareja —les explicó.

Eneko esperó a que la mujer se sirviera un poco de té.

—¿Quién es Teresa?

—Nada, una mujer del pueblo —añadió Kattalin—. La pobre está un poco trastornada. Vive en una residencia para mayores aquí cerca.

Elene la interrumpió.

—Como para no estar trastornada. Esa gente que pasó a controlar el internado mató a su único hijo. ¿Tú no te volverías loca si te pasara a ti?

Sua y Eneko se miraron sin comprender nada.

—¿Qué gente? —preguntó Sua.

Kattalin miró a Elene y trató de impedir que continuara hablando.

—Nada. Habladurías de pueblos.

Elene no dio el brazo a torcer y continuó hablando.

—No son habladurías. Esa monja de la que hablabais, Sor Suniva, era uno de ellos. Aunque para mí que ni era monja ni nada. Vete a saber.

Kattalin miró a Sua y a Eneko, que asistían atónitos a aquella revelación.

—No la hagáis caso. Son solo rumores.

Elene soltó de golpe la taza y el té se derramó por la mesa.

—¡No son rumores! —gritó—. Me he pasado muchos años cuidando a Teresa en la residencia. Y sé que dice la verdad.

Sua se levantó y se colocó de pie frente a ellas. Necesitaba volver a tomar el control de la conversación.

—A ver, a ver. Vamos por partes. ¿Teresa tenía un hijo en el internado de San Jerónimo? No entiendo nada.

—No —respondió Elene—. Pero es mejor que os lo explique ella misma. Aquello no aclaraba sus dudas precisamente.

—Sigo sin entenderte, Elene —dijo Sua—. ¿Qué tiene que ver todo esto con el internado? Elene le sostuvo la mirada con serenidad.

—Ya te lo he dicho: Sor Suniva. La monja esa extranjera. Estuvo implicada en lo que le pasó a su hijo. Teresa la llamaba «el ángel de la muerte».

Kattalin se revolvió en su asiento.

—Elene, creo que deberíamos dejar estar las cosas… Sua no le dejó terminar la frase.

—Quiero hablar con Teresa. ¿Dónde está exactamente esa residencia, Elene? La mujer se congratuló de que por fin le hiciera caso.

—Aquí al lado. Déjame que me ponga el abrigo y te acompaño. Si no te conoce, Teresa no te hablará.

Kattalin se puso en pie.

—¡De eso nada, Elene! ¡Basta! Tienes que descansar. Elene se colocó frente a ella y le tomó las manos.

—Alguien tiene que ayudar a Teresa, amor. Ya descansaré cuando me haya muerto.