El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 42.
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Marieta le dio un abrazo en cuanto accedió al establecimiento. Habían quedado en Cafetaza, una de las cafeterías que más le gustaban del barrio de Salburua. Situada a pocos minutos andando desde su casa, llevaba esperándola más de media hora para cuando ella llegó.

—Perdona, Gorka, me he liado a la entrada de Vitoria con el GPS.

—¿La has traído?

Gorka reparó en la carpeta que la mujer de su tío Serafín portaba bajo el brazo derecho.

—¿Ni siquiera me vas a dejar que te invite a un café? —le preguntó ella. Él señaló la taza vacía sobre la mesa.

—Ya me he tomado uno. No tengo mucho tiempo, la verdad. Marieta asintió y se sentó a la mesa.

—Es por lo del segador ¿verdad? Supongo que estaréis hasta arriba de trabajo por eso.

No quiso decir nada. Marieta era una mujer agradable, pero no tenía tanta confianza con ella como para que la conversación se dirigiera al ámbito profesional. Y tampoco estaba seguro del todo de querer tenerla.

—Te agradezco que hayas venido desde Murgia, Marieta, pero me tengo que ir en breve. La mujer suspiró y le entregó la carpeta.

—Ahí la tienes. Es una foto de la parroquia, cuando tus hermanas y tú erais pequeños. Debía de ser Navidad. Poco antes de que ocurriera lo que pasó.

Gorka extrajo la fotografía lentamente. En la imagen, un grupo de adultos y de niños se arremolinaban en el altar de la iglesia de Murgia.

Un belén ornamental de cartulina adornaba la pared del fondo.

Parecía que se trataba de un recital navideño, tal vez un festival de villancicos.

Vio a Maitane Abaitua, la madre de Oier, junto a su propia madre.

Las dos sonreían avergonzadas mientras trataban de entonar la canción.

Delante de ellas, unas filas más adelante, localizó a su hermana Haizea, junto a Oier.

También se vio a sí mismo unos metros más allá, mirando de reojo a un hombre, que, situado en el peldaño más bajo, sostenía a una niña de unos tres años en sus brazos.

Eran Hans y la pequeña Ingrid. Sintió que el tiempo retrocedía.

Se concentró en los detalles. El rostro de Ingrid aparecía sonriente y feliz. Nada hacía presagiar en aquella imagen lo que ocurriría al poco tiempo.

Sus ojos. Dos enormes luceros repletos de vida. Uno azul y otro verde.

La inmensidad del mar y la espesura del bosque. Ingrid tenía heterocromía.

La hipótesis que le había planteado Hipatia tenía que ser cierta. Ingrid había sobrevivido con otra identidad: Ingegärd Krüger. Todo apuntaba a que efectivamente había sido adoptada en 2002 en el orfanato de Estonia.

Buscó en su teléfono móvil la imagen de la chica que le había proporcionado Hipatia y la comparó con la de Marieta. Era difícil realizar comparaciones debido al gran salto de edad que había entre una y otra fotografía. Pero no tenía ninguna duda: aquella joven y aquella niña eran la misma persona.

Ingrid había sobrevivido.

Fue ella la que lo llamó tras resolver el caso del asesino del pantano. Ya no tenía dudas.

Se despidió de Marieta, que intentó en vano hacerle prometer que la visitaría en Murgia.

Antes de irse, le contó la verdad acerca de su tío: Serafín estaba en tratamiento psiquiátrico desde hacía tiempo.

El problema surgía cuando decidía no tomarse la medicación o se le olvidaba ingerir alguna de las pastillas.

Entonces sus actos podían ser impredecibles.

Y violentos en algunos casos. Gorka le agradeció su sinceridad, pero no se vio capaz de repetir aquel encuentro y declinó como pudo la invitación.

Se dirigió rápidamente hasta su casa y entabló conexión con Hipatia. Le envió la fotografía que le había traído Marieta. Cinco minutos más tarde, la hacker entró en la sesión.

—Déjame hacer algo, Gorka. Ahora vuelvo.

Y abandonó la conversación durante casi un cuarto de hora interminable. Cuando regresó fue directa al grano.

—Es ella, Gorka. He comparado las dos imágenes… Y encajan demasiado bien. La niña pequeña y la joven de las dos fotos son la misma persona.

Algo muy parecido a la ansiedad se adueñó de él. Pero no dejó que tomara el control.

—Puede que Ingrid siga viva. Y si lo está, la encontraré.

Sin embargo, no era eso lo que más le inquietaba. Era la sensación de que todo —Ingrid, el internado, el segador— formaba parte de lo mismo. De que Ingrid podía estar buscándolo.

Hipatia no quiso cerrar la comunicación sin advertirle.

—Ten cuidado, Gorka.

Gorka abrió en su teléfono móvil la imagen del recorte de periódico del homenaje a Zuriñe Aranburu.

Analizó con minuciosidad cada uno de los rostros de las personas que acudieron al acto conmemorativo.

Algunos de ellos sostenían velas encendidas.

No sabía por qué, pero seguía percibiendo cierta familiaridad en algunos de ellos.

«Sé que participaste en aquella excursión», se dijo.

Volvió a examinar la fotografía, con la sensación de que estaba más cerca de la verdad. ¿Y si el segador había estado allí todo el tiempo?